Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad

Libro

 

Sacerdotes gay

John Boswell, «Definiciones», en Cristianismo, Tolerancia Social y Homosexualidad, Los gays en Europa occidental desde el comienzo de la Era Cristiana hasta el siglo XIV, Biblioteca Atajos I, Muchnik Editores SA, Barcelona 1998, pp. 65-84, y las notas correspondientes que en el original se encuentran al final del texto en las pp. 452-458.

Definiciones

Si bien la palabra «gay», tanto en inglés como en muchas otras lenguas modernas[1] se utiliza hoy para designar a una persona que prefiere el contacto erótico con otra de su mismo sexo, los círculos académicos se han resistido hasta ahora a emplearla. Los motivos de esta oposición no están claros. Después de todo, el término «homosexual» no parece una alternativa satisfactoria. Macarrónicamente compuesto por un prefijo griego y una raíz latina, su significado más evidente es «de un solo sexo» (como «homogéneo» significa «de una sola clase»). Esta definición es bastante adecuada si se refiere a una relación o acto sexual: una relación sexual que implica a dos personas «del mismo sexo» es, en realidad, una relación homosexual. Pero, ¿qué es una persona «homosexual»? ¿Es alguien «de un solo sexo»? Por extensión, se supone, una persona «homosexual» es una persona dada a actos «homosexuales». Pero con más precisión, ¿cuántos actos de ese tipo debe permitirse alguien antes de convertirse en «homosexual»: uno, dos, diez, cuatrocientos? ¿Y qué decir de la persona que sueña con realizar el acto, pero nunca hace realidad su sueño? ¿Esta persona, hombre o mujer, es «homosexual»?

Alfred Kinsey postuló una escala de siete grados[2] en la cual una persona con experiencia exclusivamente heterosexual representaría el 0; una persona con experiencia exclusivamente homosexual, el 6; una persona con la misma experiencia en ambos tipos de sexualidad, el 3, etc. Aunque Kinsey, además del comportamiento, trató de explicar también la fantasía, esta escala no resulta útil para caracterizar a los seres humanos para los que no se dispone de un historial clínico bien documentado.

Es imposible concebir un modo de cuantificar la experiencia homosexual en contraposición a la heterosexual de la mayoría de los personajes históricos; y aun cuando fuera posible, el análisis no indicaría gran cosa. Por ejemplo, si Alejandro Magno tuvo relaciones sexuales con centenares de mujeres y únicamente con dos hombres, pero uno de estos (Bagoas) fue indiscutiblemente el centro erótico de su vida, la estadística nos ofrecería un cuadro enormemente engañoso. Que Tiberio invitara más hombres que mujeres a sus orgías en Capri no constituye suficiente fundamento para sostener que su interés homosexual era mayor que el heterosexual. Los factores sociales pueden desempeñar un papel decisivo en la experiencia sexual, como lo demuestra el hecho de que una gran cantidad de personas gays en culturas muy represivas no exprese jamás sus sentimientos sexuales.[3]

Dadas estas dificultades –muchas de las cuales son muy inquietantes para los investigadores de este campo–, parece probable que la reticencia de los estudiosos en emplear la palabra «gay» no se deba tanto al entusiasmo por el término «homosexual», como a la repugnancia general que sienten los medios académicos por el empleo de neologismos populares. Por justificable que esta tendencia pueda ser en términos generales, en el caso particular que nos ocupa resulta engañosa. Pese a su aire de antigüedad, la palabra «homosexual» fue acuñada a finales del siglo XIX por psicólogos alemanes. Se introdujo en Inglaterra no antes del comienzo del siglo XX[4] y chocó durante décadas con una vehemente oposición precisamente debido a su origen bastardo y a la vaguedad de sus connotaciones.[5]

Por el contrario, probablemente la palabra gay (en el sentido en que aquí nos interesa) antecede en varios siglos a «homosexual»[6] y, en general, se la ha empleado con mucha más precisión: la mayor parte de los hablantes se refieren con ella a personas conscientes de su preferencia erótica por personas de su propio sexo. Esto deja de lado el defecto más acuciante del término «homosexual» (a saber, el de establecer quién lo es y quién no lo es), al convertir la categoría en una categoría principalmente autoasignada. Por ejemplo, en una prisión puede haber muchas personas implicadas en actos o incluso en relaciones homosexuales sin que por ello piensen que son gays. Más de un tercio de la población adulta masculina ha participado alguna vez en un acto homosexual[7] pero probablemente este grupo de hombres no se describiría a sí mismo como gay.[8]

Por tanto, en este estudio la palabra «homosexual» –que se utiliza solamente como adjetivo– aparece ya sea en su sentido originario de «de un solo sexo» (como en «un matrimonio homosexual») ya sea elípticamente para referirse al «interés erótico predominantemente homosexual» («una persona homosexual»). «Homosexualidad» alude al fenómeno general del erotismo del mismo sexo y, en consecuencia, es la más amplia de las categorías empleadas; comprende todos los fenómenos sexuales entre personas del mismo sexo, ya sean resultado de preferencia consciente, deseo subliminal o necesidad circunstancial. Por el contrario, «gay» alude a personas conscientes de su inclinación erótica hacia su propio sexo en tanto característica distintiva o, en un sentido más amplio, a cosas relacionadas con esas personas, como en «poesía gay». La expresión «sexualidad gay» se refiere únicamente al erotismo asociado a una preferencia consciente. Este libro se ocupa de los gays y de su sexualidad, pero se ve compelido a tratar extensamente otras formas de homosexualidad, pues a menudo resulta imposible realizar claras distinciones en esta materia y porque muchas sociedades desconocieron en absoluto cualquier distinción al respecto.

Lo contrario de «homosexualidad» es «heterosexualidad», y se usa siempre como su inversa: la «heterosexualidad» comprende todos los fenómenos sexuales entre personas de diferente sexo, se trate de actos preferenciales, circunstanciales o subliminales. En el habla común, lo contrario de gay es «normal» (straight).[9] Esta palabra es menos defendible que gay desde prácticamente todo punto de vista: carece de historia demostrable, sus connotaciones son menos específicas aún que las de «heterosexual» (puesto que puede referirse a personas que en general son anticuadas, o que no consumen drogas, etc.), y parece implicar connotaciones negativas en su contrario.[10] En consecuencia, en este estudio se ha contrapuesto «gay» a «no-gay», expresión que puede sorprender a algunos lectores pero que no es menos justificable que las de «no-judío», «no-católico», «no-alemán» o «no-» cualquier cosa que constituya el foco de atención.

Esta terminología tiene más ventajas que la pura precisión semántica. La palabra «homosexual» sugiere implícitamente que la característica distintiva primaria de los gays es su sexualidad. No parece haber ninguna prueba de que los gays tengan una sexualidad más o menos marcada que los demás, y desde el punto de vista histórico tal sugerencia –incluso tácita– carece de fundamento. El término «gay» permite al lector extraer sus propias conclusiones acerca de la importancia relativa del amor, el afecto, la devoción, el romanticismo, el erotismo o la abierta sexualidad en la vida de las personas así llamadas. El interés y la expresión sexuales varían enormemente en la población humana, y el interés sexual de una persona puede ser débil sin que ello impida advertir su atracción por personas del mismo sexo y, por tanto, lo que en cierto sentido la distingue de la mayoría.

Además, el término «homosexual» ha llegado a asociarse más con varones que con mujeres. La frase «lesbianas y homosexuales» se ve hoy con frecuencia en la prensa, y el empleo de «gays» en este estudio es a todas luces más amplio. (En este contexto, habría que observar también que no es del todo cierto que los menores no tengan preferencias eróticas definidas, y el término «gays» se aproxima más al reconocimiento de esta última circunstancia que la voz «homosexuales», que en general evoca imágenes mentales de adultos.)

Habría que observar que los gays también parecen preferir el término «gay», que lo han elegido para aplicárselo a sí mismos con preferencia al de «homosexual», que se ha acuñado y popularizado en el contexto de la patología. No hay más razón para conservar una denominación que no goza del favor de los propios gays que para seguir refiriéndose a los negros con el despectivo apelativo inglés negro una vez que los propios afectados (los blacks) lo han declarado inaceptable. Por supuesto, no se puede complacer a todo el mundo, pero una razonable concesión en el lenguaje parece un esfuerzo que los estudiosos podrían realizar sin mayores consecuencias para ellos.[11]

Una dificultad semántica similar, aunque menos específica, es la que presenta la supuesta dicotomía entre «amistad» y «amor». En una tradición intelectual que se caracteriza por el predominio de categorías lógicas polarizadas y mutuamente excluyentes, la ausencia de clara distinción entre estas zonas de la emoción humana puede parecer muy grave, pero, desde el punto de vista académico, ninguna distinción entre «amistad» y «amor» puede evitar el ser extremadamente arbitraria. Nunca se ha propuesto una diferenciación científica, ni es fácil concebir un experimento que determine si el amor de una persona por otra es amistoso o erótico. Desde un punto de vista fenomenológico, parece probable que «amistad» y «amor» no fueran otra cosa que diferentes grados de una escala que mide una constelación de respuestas psicológicas y fisiológicas a otros seres humanos.

Desde el punto de vista histórico, la práctica concreta de semejante división resulta desesperanzadora puesto que la confusión y la duda no sólo reinan en el propio marco de referencia del historiador, sino también en el de las fuentes que utiliza. Por ejemplo, la noción popular de que la antigua Grecia expresaba claramente categorías discretas de emoción bajo los términos Φιλία, έρως y αγάπη, es una noción errónea; en realidad el empleo de todos ellos implicaba una considerable superposición y ambigüedad. El verbo Φιλέω puede referirse igualmente a un amor desapasionado o a un beso ardiente. Sólo el contexto y un razonamiento juicioso pueden sugerir qué es lo que se quiere decir en cada caso particular.

En latín, la ambigüedad es más simple y más extrema. Amicus (amigo) y amans (amante) derivan del mismo verbo –amo (amar) – y son ampliamente intercambiables. La intuición personal o las actitudes predominantes predisponen a menudo a los traductores a traducir amica, cuando aparece en un contexto heterosexual, por «novia» o «amada» y amicus, cuando aparece en un contexto homosexual, como «amigo» o «compañero», pero en realidad tal distinción carece prácticamente de justificación a priori.[12] El término amicitia («amistad») se refiere sin duda a una categoría en cierto sentido distinta de amor («amor»), pero es imposible determinar genéricamente en qué sentido preciso y cuál es su relación con la idea moderna de «amistad» en oposición a «amor». Especialmente entre los escritores latinos influidos por los ideales griegos, puede asemejarse más a la acepción moderna de «romance» que a la de «amistad».

Por tanto, a menudo es imposible discernir, sobre la única base de las palabras, si un personaje particular de las fuentes latinas o griegas «quería» a otra persona o «estaba perdidamente enamorado» de ella. Probablemente esta confusión no sea accidental. En realidad, las sociedades antiguas reconocían menos límites que las modernas entre «amistad» y «amor romántico» y es en general anacrónico e inapropiado que el investigador sugiera la existencia de una clara dicotomía entre estas categorías o que remita una relación particular a un término de dicha dicotomía.

La prueba exterior de la naturaleza erótica de las relaciones varía enormemente con la cultura y la época, por lo que es menester considerar decisivas las respuestas anticipadas de los contemporáneos a la expresión o las representaciones del amor. En la literatura ática clásica no era necesario especificar el contenido erótico de una relación intensa entre dos varones: se suponía que era una relación de amor. (Esquines observa que Homero evitaba especificar la naturaleza erótica de la amistad entre Aquiles y Patroclo, «porque pensaba que la intensidad de su afecto sería evidente para las personas cultas de su público» [Contra Timarco, 142].) A la inversa, la ausencia de erotismo habría causado sorpresa; muchos lectores no consiguen comprender el relato de Alcibíades en El banquete (216c-219) cuando cuenta que pasó la noche con Sócrates «como si la hubiera pasado con su padre o su hermano mayor». Es evidente que el comportamiento de Sócrates no correspondía en absoluto a lo que esperaban sus oyentes y que los dejaba azorados por su extraordinaria contención, que ni el propio Alcibíades hubiera podido predecir.

Puesto que la tradición griega influyó poderosamente en la literatura romana, es menester considerar probable que muchos autores imperiales alentaran la creencia de que las descripciones de amor intenso entre varones se interpretaran como indicaciones de algo más que simple amistad. Después de la desaparición de esta tradición en Occidente, sin embargo, y tras el auge de la hostilidad hacia el erotismo entre personas del mismo sexo, hay que tener mucho cuidado a la hora de valorar las expresiones de efusión romántica entre personas de estas características, que bien podrían ser manifestaciones hiperbólicas de amistades decididamente no eróticas o incluso de simple caridad.

Por tanto, a lo largo de este ensayo se ha hecho todo lo posible por someter los casos dudosos al juicio del lector; es decir, se ha proporcionado el contexto y la descripción suficientes de la relación en cuestión, como para permitir el juicio personal e independiente del lector. Siempre que fue posible se citaron las palabras con que el propio sujeto describía sus sentimientos. Las conclusiones acerca de relaciones a cuyo respecto sobreviven escasos datos concretos, se han extraído atendiendo mucho más al contexto histórico que a las expectativas modernas. En algunos casos, se han trazado paralelismos entre la efusión literaria romántica de autores que probablemente no se consideraran gays y personas que probablemente sí se consideraban tales. Estas yuxtaposiciones no se proponen sugerir que los primeros eran «homosexuales en potencia», sino, más bien, esclarecer el marco emocional de referencia en el que deberían juzgarse los sentimientos homosexuales de los últimos. Por ejemplo, la comparación entre las descripciones literarias de los sentimientos de Juan de Salisbury respecto al papa Adriano IV y el amor de Ricardo Corazón de León por Felipe de Francia no se propone insinuar que, puesto que la última parece haber sido una relación gay, también debió de haberlo sido la primera, sino, más bien, sugerir que Juan y Adriano, que concebían su amor recíproco en términos muy semejantes a los empleados para describir la pasión entre los dos reyes, habrían reaccionado ante los sentimientos homosexuales de distinta manera que los clérigos modernos, quienes no describirían en esos términos su amistad con hombres. La insistencia en que, puesto que Juan y Adriano eran clérigos, no hay semejanza entre ambas relaciones, a pesar de su paralelismo literario, sería una distorsión tan grande como la de apresurarse a considerar las semejanzas como prueba de algún tipo de equivalencia entre ambas.

Además, es esencial no perder de vista las limitaciones del investigador consciente. No se puede esperar de las fuentes históricas, ni tampoco exigirles, una «prueba» de estados emocionales. Si se tiene en cuenta que muchas veces los propios individuos involucrados no están completamente seguros acerca de la índole erótica o no de sus relaciones, se comprende que no es realista esperar que los registros antiguos y medievales nos ofrezcan un medio seguro para distinguir entre amigos y amantes. Hasta en torno a cuestiones urgentes y cuantificables como la población de las ciudades antiguas deben los historiadores contentarse con groseras aproximaciones; es injusto exigir más de estados emocionales que ni siquiera la ciencia moderna puede medir o discriminar.

Sería útil añadir a estas consideraciones semánticas preliminares un análisis de la etiología, la fenomenología y la extensión de la sexualidad gay en las poblaciones actuales, en calidad de preparación para el material histórico del que hablaremos a continuación, pero el clima de la opinión que rodea hoy este tema ha obstaculizado de tal manera la investigación objetiva al respecto que, la mayor parte de los datos tácticos que podría incluirse en la mentada introducción, o bien es deficiente o bien tan discutible que termina por resultar inútil. En verdad, desde este punto de vista, quizá los historiadores extraigan más provecho de los datos históricos, puesto que es probable que los registros originarios de las sociedades antiguas más tolerantes proporcionen un cuadro más preciso de la sexualidad gay –aunque menos detallado– que los pertenecientes a culturas modernas enormemente opresivas.

En lo concerniente a la etiología, debería observarse que las «causas» de la homosexualidad sólo constituyen un problema importante para las sociedades que consideran a los gays como individuos extraños y anómalos.[13] La mayoría de la gente no se pregunta por las «causas» de las características estadísticamente ordinarias, como el deseo heterosexual o el uso de la mano derecha; sólo se buscan «causas» de atributos personales que se suponen al margen de los patrones ordinarios de vida. Puesto que en el mundo antiguo eran muy pocos los que consideraban rara o anormal la conducta homosexual, los comentarios sobre su etiología son muy escasos.

Efectivamente, en ninguna obra de la literatura clásica se encuentran explicaciones del deseo homosexual que, aparentemente, todo el mundo consideraba extendido por doquier y completamente normal. Aristófanes, que ridiculizó todos los aspectos de la conducta humana, se burlaba a menudo de prominentes gays de Atenas, pese a lo cual describía el deseo homosexual como una «necesidad natural», de la misma manera que el deseo heterosexual, el comer, el beber y el reír.[14] Cuando comentaba que la homosexualidad era una parte de la «naturaleza humana», Jenofonte expresaba la opinión de la mayoría de los griegos de su época.[15] Todos los análisis platónicos del amor dan por supuesta la ubicuidad de la atracción homosexual, y en algunos de ellos la heterosexualidad aparece como una preferencia en cierto modo inferior.[16] Siglos más tarde, Filostrato se queja de que un joven que no responde a su afecto, «se opone al mandato de la naturaleza».[17]

A pesar de cierta incoherencia en lo que respecta a este tema,[18] parece ser que Aristóteles consideraba perfectamente «natural» la disposición homosexual:

 

Esta disposición se da naturalmente [Φύσει] en ciertas personas [...] Cuando la naturaleza es responsable, a nadie se le ocurriría llamar inmorales a esas personas en mayor medida que a las mujeres, porque en el coito éstas son más bien pasivas que activas [...] Y el que un individuo con esta disposición la venza o ceda a ella no es un problema moral propiamente dicho.[19]

 

Incluso los aspectos de la conducta homosexual que Aristóteles consideraba más inusuales y menos «normales» (por ejemplo, la pasividad en los varones)[20] le parecían «naturales», puesto que, en el pensamiento aristotélico, la «naturaleza» era la creadora tanto de lo estadísticamente ordinario como de lo menos común.[21]

Plutarco no sólo insinúa en todos sus escritos su convicción de que los seres humanos son atraídos por los dos sexos, sino que en muchos pasajes la hace explícita:

 

El noble amante de la belleza se enamora toda vez que contempla la excelencia y el esplendor de las dotes naturales, prescindiendo por completo de los detalles fisiológicos [...] El amante de la belleza humana, lejos de suponer que varones y mujeres son tan diferentes en materia de amor como lo son en sus vestimentas, mantendrá una actitud imparcial e igualmente bien dispuesta ante uno y otro sexo.[22]

 

Los autores antiguos estaban mucho mejor dotados para comentar la homosexualidad en tanto fenómeno público que en tanto práctica privada. Reconocían que sus manifestaciones públicas variaban enormemente según la época y el lugar, y llamaban la atención sobre el significado de esto. No es sorprendente que en Atenas se la considerara como cuestión política. En El banquete, 182b-d, Platón equipara específicamente aceptación de la homosexualidad y democracia.

 

Los jonios y muchos otros bajo dominación extranjera consideran una deshonra tal cosa. También lo es para los bárbaros debido al despotismo de su gobierno, del mismo modo que lo son la filosofía y los ejercicios atléticos, pues es evidente que a estos gobernantes no les interesa que sus súbditos conciban elevados pensamientos, ni que mantengan amistades o uniones físicas vigorosas, que es lo que el amor tiende particularmente a producir. Nuestros propios tiranos aprendieron esta lección a través de una amarga experiencia, cuando el amor entre Aristogitón y Harmodio se hizo tan fuerte que destruyó su poder.[23]

Sin embargo, siempre que se ha proclamado que verse envuelto en relaciones homosexuales [literalmente, «gratificar a los amantes», χαρίζεσθαι ερασταις] es una deshonra, se ha debido a la maldad de los legisladores, al despotismo de los gobernantes y a la cobardía de los gobernados.

 

De esto no se desprende con claridad que Platón considere que la aceptación democrática de la conducta homosexual que se da en Atenas sea más «normal» que la intolerancia despótica, pero en Las Leyes sugiere que sería extremadamente difícil, cuando no imposible, prohibir los actos homosexuales en cualquier sociedad; y Plutarco (Moralia, 760c) da a entender que también en otras ciudades el tiranicidio fue resultado de la interferencia en el amor.

Aristóteles presenta la estimulación de la homosexualidad como meta de libertad de los legisladores cretenses, en tanto medio para regular la población (Política, 2.7.5), y considera que el «honor público» que se acordaba a la sexualidad gay entre los bárbaros, particularmente los celtas, tenía como consecuencia la reducción del apego a la riqueza (2.6.6). Consideraba «ridículas» (άτοπος, 2.4) las sugerencias de su maestro Platón acerca de la prohibición o el desaliento de la conducta homosexual (2.4). Filón (De Abrahamo, 26) sostenía que el incremento en la conducta homosexual era consecuencia de una excesiva producción de alimento, mientras que Teodoreto de Ciro pensaba que la homosexualidad era en general una «costumbre» que algunos hombres convertían en «modo de vida permanente» por razones que no enuncia. Plutarco –probablemente en broma– hace sostener a uno de los personajes de su Erotikós que el desnudo en los gimnasios popularizó la homosexualidad (Moralia, 751).

Según una noción muy extendida, que terminó por ser la preferida en su género, la conducta homosexual se «aprendía» de los contactos transculturales. Ya en el siglo V a. C., Heródoto afirmaba que los persas aprendían la conducta homosexual de los griegos,[24] opinión que los atenienses conocían todavía setecientos años después,[25] pero en la que al parecer no creía Quinto Curcio Rufo (siglo I d. C.), quien sostenía que las relaciones homosexuales eran desconocidas entre los persas.[26] Estas ideas persistieron durante la Edad Media; se pensó que los cruzados habían vuelto a traer de Medio Oriente la homosexualidad a Europa. Gualterio de Châtillon sostenía que los jóvenes la adquirían en las ciudades. Giraldo de Cambray pensaba que los ingleses la cogían de los normandos, quienes a su vez la habían llevado de Francia.[27]

La astrología de finales de la Antigüedad presentó diversas teorías acerca de constelaciones zodiacales que producirían una u otra proclividad sexual.[28] Se mencionan las variedades de comportamiento homosexual –por ejemplo, la pederastia (aparentemente en sentido técnico), la pasividad, la prostitución masculina–, pero no aparece ninguna palabra que pudiera significar gay u «homosexual» en sentido genérico. Sin embargo, se pensaba que ciertas relaciones de Venus y Marte en el momento del nacimiento producían heterosexualidad.[29]

La conducta que se desaprobaba o que se consideraba particularmente individual suele despreciarse bajo la calificación general de «enfermedad»: a finales de la Edad Media, la herejía era una «enfermedad»,[30] y no son pocos los «diferentes» que las sociedades tildan de «enfermos». Ningún escritor antiguo parece haber considerado patológica la atracción homosexual, pero algunos tenían por «enfermiza» la conducta sexual pasiva en los varones adultos, posiblemente debido a sus actitudes respecto de la sexualidad femenina. Los Problemas, atribuidos a Aristóteles, especulaban sobre la causa de esta condición,[31] y Filón opinaba que una pasividad del varón, aunque a comienzo fuera voluntaria, podría terminar en esterilidad y volverse una «enfermedad femenina» incurable.[32] Celio Aureliano, médico romano del siglo V, reunía pasividad e identificación con el sexo opuesto bajo la categoría de perturbación mental, aunque observaba que las personas que padecían esta «enfermedad» no sufrían «menoscabo» de sus facultades mentales. Expuso dos teorías sobre etiología: o bien era resultado de un defecto congénito (la mezcla inadecuada de esperma y huevo), o bien era una enfermedad heredada.[33]

Muy rara vez los autores patrísticos y medievales que se ocuparon de este tema especularon acerca del origen de los sentimientos homosexuales. La mayoría se limitó a observaciones fenomenológicas o al comentario moral. No obstante, para Alberto Magno la homosexualidad era una enfermedad contagiosa, sobre todo entre los ricos, y sumamente difícil de curar. Santo Tomás de Aquino, tras la huella de la opinión aristotélica acerca de la pasividad, la consideraba un defecto genético.

En contraste con estas escasas indicaciones de ideas antiguas relativas a los orígenes de la homosexualidad, no hay prácticamente datos sobre la cantidad de gays en el pasado. Aparentemente, la población de Estados Unidos es la única que ha sido objeto de estudio con el fin de determinar la cantidad de gays.[34] Hoy son bien conocidos los resultados de esta investigación (que dirigió Kinsey a finales de los años cuarenta): cerca del 13 por ciento de la población masculina adulta y el 7 por ciento de la población femenina adulta es primordial o exclusivamente homosexual durante al menos parte de su vida; cerca del 40 por ciento de la población masculina y del 20 por ciento de la femenina ha tenido alguna experiencia homosexual abierta tras la pubertad.[35]

Habida cuenta del estado actual de los conocimientos, es imposible saber si estos datos representan constantes históricas, ni si se trata de datos fiables para su época. La experiencia psicológica pone de manifiesto que muchas personas no son conscientes de su sexualidad, y los fenómenos que los gays conocen como «salir del armario» o «destaparse» suelen ocurrir bastante tarde en la vida. Además, el grueso de la estadística de Kinsey se elaboró durante un período de gran dificultad para los gays y puede no representar condiciones típicas, ni siquiera en Estados Unidos.[36]

En el mito sobre los orígenes del amor de El banquete (189-93), de Platón, Aristófanes parece sugerir que los hombres y las mujeres gays representan una proporción aproximadamente igual a la de los no-gays. Esta afirmación no se presenta en un tono polémico, y a ninguno de los presentes le parece cuestionable.[37] En gran parte de la literatura clásica se yuxtaponen como opciones igualmente probables los deseos y las acciones gays y las no-gays: no se trata de concluir que, para los autores, sus contemporáneos se dividieran por partes iguales en esta materia, pero sí parece indicar la existencia de una familiaridad pública mucho mayor con los gays y su sexualidad que la existente en los países modernos. A un joven que no responde a sus requerimientos, Filostrato escribe que ese desinterés por la sexualidad gay es indudable señal de que no procede ni de Esparta, ni de Tesalia, ni de Atenas, ni de Jonia, ni de Creta, sino de alguna tierra bárbara,[38] lo que, sin duda exageradamente, implica que los sentimientos homosexuales eran universales en los estados civilizados (Epístolas, 5).

Sin embargo, buena parte de los datos del mundo antiguo, o bien contradice esto, o bien arroja luz sobre la gran variación existente entre una población y otra: el hecho de que, en Creta, los varones que no estaban «casados» con otros varones sufrieran ciertas desventajas sociales, implicaría que las relaciones de tipo gay involucraban a una mayoría de la población masculina,[39] mientras que el aspecto elitista de la banda sagrada de Tebas parece implicar que las relaciones de tipo gay constituían una preferencia minoritaria. El gran volumen de la parafernalia cultural homoerótica de Atenas –escultura, pintura, inscripciones en vasos, graffiti, terminología, derecho, literatura, etc.– hace pensar que la mayoría de la población masculina adulta, cuando no casi la totalidad, estaba involucrada en relaciones y sentimientos homosexuales.

En Roma, los sentimientos gays no parecen haber constituido algo más que una parte relativamente reducida de la vida erótica de la población. Es evidente que había personas que orientaban afectos y deseos primordialmente a su propio sexo, pero no está claro en absoluto cuántos lo hacían, ya que las categorías «homosexual» y «heterosexual» son prácticamente inexistentes en la literatura latina. Los observadores externos de las costumbres romanas transmiten la impresión de que la homosexualidad era extremadamente común en todos los niveles de la sociedad. Desde el punto de vista demográfico, algunos, como Filón, imaginaban que su difusión podía llegar a ser directamente devastadora. San Juan Crisóstomo sugiere con vigor que en la Antioquía del siglo IV las personas heterosexuales eran una ínfima minoría, pero su contemporáneo occidental, Celio Aureliano, pensaba que había personas a las que les «costaba creer» que pudiera haber hombres pasivos en el coito.

En la Edad Media, había muchos sitios en donde los gays parecen haber sido muy pocos, a tal extremo que producían asombro –aunque, aparentemente, la gente los reconocía como tales cuando se encontraba con ellos–, y en otras épocas los autores heterosexuales expresaron su preocupación de que los gays llegaran a dominar el mundo. A fines del siglo XII los escritores los comparaban con «las arenas de la costa», y veían a Europa «inundada» de ellos. En el siglo XIV, Arnaldo de Vernhola aseguraba solemnemente al inquisidor Jacques Fournier que si se proponía coger a todas las personas involucradas en actividades homosexuales en Pamiers, «tendría bastante que hacer, puesto que había más de tres mil».[40] Seguramente, esta cifra representaba más de la mitad de la población de la ciudad y, aunque no cabe duda de que se trata de una exageración extrema, es señal de la existencia de una población gay bastante amplia.

Hay una consideración demográfica en relación con los gays que a menudo ha dado origen a engañosas especulaciones, por lo cual exige un comentario. Algunos autores han afirmado o sugerido que, en el mundo antiguo, la homosexualidad se limitaba a las clases superiores. La relación de este supuesto con la realidad es muy remota: Kinsey y otros investigadores descubrieron auténticas diferencias en el comportamiento sexual de acuerdo con la clase social, la riqueza y el nivel educativo.[41] La mayor parte de los tabúes sexuales, sobre todo en lo concerniente a aspectos de la sexualidad que guardan más relación con el placer que con la procreación, son más pronunciados entre las personas de estatus socioeconómico bajo y educación limitada.

Sin embargo, no se ha mostrado que estas diferencias se relacionen con el interés o el deseo eróticos, sino únicamente con la resistencia a los tabúes referentes a actividades específicas o al desprecio de tales tabúes. Esto quiere decir que no es evidente que el deseo homosexual varíe de acuerdo con la clase social. Lo único que sugieren los datos es que, en las clases superiores, los gays están en mejores condiciones para resistir o ignorar las sanciones sociales al tipo de conducta al que se sienten inclinados. En general, cualquier forma de comportamiento no convencional es más visible en una clase privilegiada, porque los miembros de esta clase tienen menos motivos para temer la censura o el castigo y porque sus actividades llaman más la atención que las de las masas.

No obstante, en las sociedades donde no haya tabúes en lo concerniente al comportamiento homosexual, esa resistencia diferencial a la presión resultaría despreciable. En las ciudades mediterráneas de la Antigüedad se conocían poderosos prejuicios sobre actos específicos (especialmente el coito oral), pero siempre se aplicaban a ambos sexos o a cualquier combinación de los mismos; en ningún caso tenían un significado especial con referencia a la conducta homosexual.

Hay que mantener la prudencia ante los datos procedentes de ésta y de otras sociedades y que tienden a concluir que la homosexualidad fue una prerrogativa exclusiva de las clases superiores. A menudo estas indicaciones son resultado de registros sesgados por el prejuicio; el volumen de datos de que se dispone acerca de los ricos y los poderosos en las sociedades antiguas es, desde todo punto de vista, mucho mayor que el que nos ha llegado acerca de los pobres y los socialmente desdeñables. Y esto se aplica tanto a la heterosexualidad como a la amistad, la crianza de los hijos, los sentimientos religiosos, la educación o las finanzas personales, esto es, prácticamente a todos los aspectos de la vida sobre los cuales los registros tienden a ser personales y literarios. Deben rechazarse los argumentos que sostienen la inexistencia de tales fenómenos entre las clases inferiores sobre la única base del silencio de las fuentes al respecto. No hay más razón para creer que en Atenas la homosexualidad se limitara a personas de la clase social de Platón, que para creer que, en Roma, solamente se conocía la amistad en el nivel social propio de Cicerón. No es más probable el hecho de que en la Francia del siglo XII únicamente los clérigos cultos experimentaran sentimientos homosexuales, que el hecho de que sólo los clérigos cultos sintieran placer ante la llegada de la primavera. La única diferencia es, sencillamente, que estos grupos dejaban testimonio de sus sentimientos, mientras que los grupos de las capas inferiores no lo hacían.

Incluso debe dejarse de lado datos más directos. Una cantidad de comentaristas antiguos y medievales de la sexualidad gay afirman específicamente que ésta es característica de las clases altas. A veces, esto no fue otra cosa que el resultado de la mayor atención que se prestaba a los puntos débiles de los poderosos; a veces, implicaba un insulto. En ocasiones era puro esnobismo: en diversos debates sobre los méritos relativos de la homosexualidad y de la heterosexualidad, el bando gay sostenía que la sexualidad gay es un aspecto de las costumbres aristocráticas. Se trataba de respuestas a la acusación heterosexual según la cual la homosexualidad es desconocida entre los animales; el bando gay sostenía que las pasiones homosexuales surgen únicamente entre las clases acomodadas que disponen del ocio necesario para explorar distintos refinamientos de los impulsos biológicos más bajos. Ninguna de estas dos afirmaciones parece verdadera, por lo cual no hay más razón para aceptar una que otra.

Además, hay gran cantidad de material histórico que sugiere que la homosexualidad se conocía en todas las clases. Muchos registros de pasión homosexual no son particularmente cultos. Las pinturas de vasos que representan escenas eróticas pueden haber sido realizadas para placer de los ricos,[42] pero no hay razón para suponer que esto también sea cierto respecto de las inscripciones del amor de un hombre por otro que se encuentran en todo el Mediterráneo y en objetos tan cotidianos como piedras para hondas o tejas,[43] o garabateadas en paredes de templos y edificios desde Atenas hasta Pompeya.[44]

Tampoco los relatos literarios aguantan, en general, la idea de exclusividad en esta materia. La mayoría de los «amantes» de la literatura antigua (pero no todos) son aristocráticos. Sin embargo, incluso en la literatura de las clases altas, muchas veces los objetos de afecto tienen estatus social más bajo, con frecuencia de esclavo y de liberto, Filostrato (Epístolas, 7) escribe largamente a un muchacho acerca de las ventajas de aceptar como amante a un hombre que no sea rico ni poderoso. La prohibición de Solón de relaciones amorosas entre esclavos y jóvenes libres habría carecido de sentido si la homosexualidad hubiera sido algo desconocido entre las clases bajas. En la literatura romana no parece que la conciencia de clases interfiera el interés erótico: los emperadores duermen con actores;[45] los reyes, con soldados; los senadores, con esclavos. Tácito recuerda un caso de asesinato del prefecto de la ciudad por su esclavo como consecuencia de su rivalidad en el amor del mismo prostituto.[46] La literatura de ficción de la época (por ej., El Satiricón), describe gays de toda condición, y los análisis más serios de la sexualidad y sus manifestaciones nunca afirman diferencia alguna de clase en la incidencia del deseo o la conducta homosexuales, incluso cuando extraen la conclusión de que únicamente el noble de nacimiento o de carácter será capaz de relaciones verdaderamente ideales.[47] En el diálogo de Plutarco titulado «Los animales son racionales», la crítica porcina a la conducta humana observa que «hay una buena dosis de homosexualidad entre los más brillantes y los mejores de vosotros, por no hablar de los más comunes».[48]

Pocos estudiosos de la época clásica dudaron de que la homosexualidad ocupara una posición prominente y respetada en la mayoría de las ciudades griegas y romanas, en todos los niveles de la sociedad y en una parte considerablemente extensa de la población. En realidad, la familiaridad con la literatura de la Antigüedad plantea al estudioso un problema verdaderamente asombroso, que no se le hubiera ocurrido prácticamente a nadie que no tuviera un gran conocimiento de los clásicos. El problema estriba en determinar si la dicotomía que sugieren los términos «homosexual» y «heterosexual» corresponde a alguna realidad. En la literatura antigua es extremadamente raro que aparezcan estas categorías, pese a que contiene abundantes descripciones y relatos de actividades homosexuales y heterosexuales. Es evidente que la mayoría de los residentes del mundo antiguo era inconsciente de este tipo de categorías.

Esta circunstancia es inquietante. ¿Cómo una dicotomía tan evidente para la sociedad moderna, moralmente tan perturbadora, tan acuciante en la vida de muchos individuos, ha podido no tener siquiera existencia para la conciencia de sociedades en que la conducta homosexual era incluso más familiar que hoy en día? No es que la indiferencia en materia sexual haya producido una escasez general de distinciones acerca de los intereses eróticos. En efecto, otros muchos términos referidos a actos o predilecciones sexuales se basan en distinciones que griegos y romanos reconocían perfectamente y designaban con términos específicos («paidofilia», «narcisismo», «incesto», fellatio, etc.).[49]

La respuesta a esta pregunta parece tener menos relación con la realidad de la homosexualidad que con su percepción. La conciencia de los fundamentos de la distinción parece desembocar en el deseo de distinguir. El problema de quien es «negro», «de color» o «mulato» sólo preocupa a las sociedades dominadas por el prejuicio racial; tales diferenciaciones, en caso de existir, son mucho menos rígidas en culturas a las que no les interesa categorizar a las personas por el color de la piel. A los no cristianos, la división cristiana de las religiones del mundo entre cristiana y no cristiana ha de parecerles absurda y tonta: ¿por qué no clasificar las religiones sobre la base de otros criterios (por ejemplo, monoteístas o politeístas, místicas o teológicas, escatológicas u orientadas al presente)? En otras palabras, las mayorías crean las minorías en un sentido muy real, esto es, mediante la decisión de clasificarlas. Los zurdos pueden ser estadísticamente una minoría allí donde la preferencia manual adquiere significado social y la gente hace suya la tarea de clasificar a sus compatriotas sobre esta base.

En el mundo antiguo era tan poca la gente que se ocupaba de clasificar a sus contemporáneos sobre la base del sexo al que se sentían eróticamente atraídos, que no había en uso dicotomía alguna para expresar esta distinción. Se concebía a las personas como «castas» o «no castas», «románticas» o «no románticas», «casadas» o «célibes», incluso como «activas» o «pasivas», pero a nadie se le ocurría que la distinción de género por sí sola fuera útil o importante, y las categorías de «homosexual» y «heterosexual» lisa y llanamente no existían en la conciencia de la mayor parte de los griegos ni –como veremos– de los romanos.

Por qué hay sociedades que realizan distinciones ofensivas sobre la base de la raza, la creencia religiosa, la preferencia sexual u otras características personales, y sociedades en las que esas distinciones no tienen existencia: he aquí un problema complejo que todavía espera aclaración. El estudio que se leerá a continuación se propone aportar una modesta contribución en esta dirección.

 

 

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[1] Hoy en día, «gay» (o «gai»), se usa ampliamente en francés, holandés, danés, japonés, sueco y catalán con el mismo sentido que en inglés. Se está comenzando a usar en alemán y entre las clases altas de habla inglesa de las áreas cosmopolitas en muchos otros países. Muy pocas lenguas tienen un término equivalente. Probablemente el castellano «entendido» sea el que más se aproxime a una designación no oprobiosa que puedan emplear los propios gays. El alemán Warmbruder o schwul es menos despectivo que el francés tante o comme ça, pero no el equivalente exacto de «gay». Debido a que la idea de una dicotomía homosexual/heterosexual es relativamente insólita, muy pocas lenguas tienen siquiera un equivalente a «homosexual». El hebreo mishchav zachur, aunque se emplea con el significado de «homosexual», desde el punto de vista etimológico dista mucho de las implicaciones psicológicas de este último término. Los árabes emplean lūtī (¿seguidor de Lot?, véase cap. La Alta Edad Media, n. 95) pero esta palabra sólo tiene las connotaciones del inglés sodomite (castellano: «sodomita»); esto es, un significado específicamente sexual, sin alcance emocional, y no necesariamente homosexual; un marido y una esposa pueden cometer «sodomía». El griego moderno ‘ομοφυλόφιλος; es una palabra nueva, acuñada a imitación de «homosexual», y desconocida en el griego clásico o patrístico.

[2] Kinsey et al., Sexual Behavior in the Human Male, pp. 638-641. Un Kinsey 1 es «predominantemente heterosexual y sólo incidentalmente homosexual»; un 2, es predominantemente heterosexual, pero más que incidentalmente homosexual; 4 y 5 son la inversa.

[3] Bien podría sostenerse que la dicotomía homosexual/heterosexual no es una dicotomía real, y seguramente ésa sería la respuesta de la mayoría de las voces autorizadas de la Antigüedad. En el mejor de los casos, estas categorías subsumen de acuerdo con un aspecto arbitrariamente escogido de las acciones sexuales –el sexo de los elementos implicados–, variedades del comportamiento sexual que pueden tener más diferencias que semejanzas. La «heterosexualidad» recorre toda la gama desde las febriles orgías del marqués de Sade a la reprimida reina Victoria, desde el fetichismo al amor entre los Browning. Además, no está claro que en la mayoría de los seres humanos sea el sexo del otro lo que haga deseable o no el acto sexual: al parecer, mucha gente es más estimulada por el acto mismo (penetración, estimulación oral, etc.) que por las personas implicadas, y hay quienes responden sólo a compañeros sexuales rubios o con ojos azules. Estas objeciones son convincentes, pero sólo sirven para demostrar la inevitable debilidad de los ordenamientos taxonómicos de la conducta humana: la dicotomía heterosexual/homosexual es burda e imprecisa, y a menudo oscurece más que clarifica; pero, no obstante, corresponde a tipos de acciones y de sentimientos que pueden distinguirse gracias a este criterio, y el hecho de que también se los pueda ordenar de otra manera no socava la validez limitada de la división.

[4] Probablemente por obra de John Addington Symonds, quien se refería a los «instintos homosexuales» en A Problem in Modem Ethics en el año 1891, seis antes de que apareciera la primera alusión citada en el OED. Este ensayo se resume en Reade, pp. 248-285. Cuando, en marzo de 1899, se publicó el volumen «Hod-Horizontal» del OED, todavía no se conocía suficientemente la palabra «homosexual» como para incluirla. Su primera aparición tuvo lugar en el suplemento (p. 407) publicado unos cuarenta años después. Antes, la lengua inglesa había empleado la voz sodomite («sodomita») para describir a quienes se involucran en actos homosexuales, pero esta palabra no sugiere preferencia erótica, concepto ampliamente desconocido en el momento de su acuñación. A finales del siglo XIX, entre los varones gays o entre quienes simpatizaban con ellos se hicieron populares los términos uranian y urning. El primero derivaba del discurso de Fedro en El banquete de Platón, en donde se describe el amor gay como «celestial» (ουράνιος) y las pasiones heterosexuales como «vulgares». Antes de que el término homosexuality (homosexualidad) resultara aceptable en inglés y reemplazara toda la terminología previa, lo que ocurrió hacia la década de 1930, se usaban expresiones inglesas con el significado de «inversión», «sexo intermedio» «tercer sexo», «amor homogéneo», etc.

[5] En 1897, Havelock Ellis empleó «homosexualidad» (Studies in the Psychology of Sex, I, p. 1), pero observaba que se trataba de un «barbarismo híbrido», y se desligaba de toda responsabilidad por ese término.

[6] No se ha realizado hasta ahora trabajo erudito alguno acerca del origen de la palabra «gay» en el sentido en que aquí se emplea, cuya historia se ve aún más complicada por la perturbadora abundancia de opiniones. La palabra provenzal gai se usaba en los siglos XIII y XIV en referencia al amor cortés y a su literatura, y persiste en catalán –el pariente vivo más cercano del provenzal– para designar el «arte de la poesía» (gai saber), un «amante» (gaiol) y una persona abiertamente homosexual. No está en absoluto claro que, en este último sentido, el término no haya sido tomado del inglés, pero semejante contaminación no constituye prueba alguna de que, en un momento anterior, gai no significara «homosexual». Donde el culto del amor cortés alcanzó más popularidad fue en el sur de Francia, zona conocida por la sexualidad gay, y cierta poesía trovadoresca era explícitamente homosexual. Además, tanto la poesía trovadoresca como el amor cortés guardaban estrecha relación con los movimientos heréticos de la Francia meridional, sobre todo con el de los albigenses, de quienes internacionalmente se sospechaba que fomentaban la homosexualidad. Es posible que, fuera de las áreas familiares, gai también adquiriera connotaciones homosexuales con todo el alcance del erotismo trovadoresco. Bruce Rodgers, The Queen’s Vernacular, San Francisco, 1972, s.v. «gay», opina que esta palabra deriva del «francés del siglo XVI gaie = hombre homosexual», pero no ofrece mayor prueba, y yo, por mi parte, no he encontrado ninguna. Sin embargo, muchas lenguas europeas emplean «gay» o sus parientes con referencia a la relajación sexual. Grimm, Deutsches Wörterbuch, Leipzig, 1878, s.v. gähe, (4), da «irracional» o «imprudente», reminiscencia de la aplicación medieval de ’αλογευσάμενοι («irracional») a los gays; pero más claros son los paralelismos entre el castellano «gaya» y el inglés antiguo gay, términos ambos usados en referencia a las prostitutas o los hombres cuyo estilo de vida se asemeja al de éstas (para el uso inglés, véase OED, s.v. gay, A.2.a,b). Aunque la asociación popular de prostitución y homosexualidad carece de fundamento (véase, por ejemplo. Paúl Gebhard, «Misconceptions about Female Prostitutes», en Medical Aspects of Human Sexuality, 3, núm. 3, 1969, pp. 24-30), es antigua y persistente. En todo acontecimiento sería fácil imaginar una transferencia de la idea de relajación sexual de la prostitución a la inmoralidad que se atribuye a las personas homosexuales en los medios hostiles a la homosexualidad. A comienzos del siglo XX, el término «gay» era común en la subcultura homosexual inglesa en tanto suerte de contraseña o código. Al parecer, su primer empleo público en Estados Unidos fuera de la literatura pornográfica de ficción tuvo lugar en el filme Bringing up Baby, 1939, donde Cary Grant, que llevaba puesto un vestido de mujer, exclama haberse «vuelto gay».

[7] Las mejores estadísticas disponibles sobre la incidencia de la conducta homosexual siguen siendo las publicadas en los estudios pioneros de Kinsey et al. (Sexual Behavior in the Human Male, Sexual Behavior in the Human Female), y se invita además al lector a que consulte, en cada volumen, los capítulos tilulados «Homosexual Outlet». Desgraciadamente, es más frecuente citar estos estudios que leerlos: para entenderlas correctamente, las estadísticas deben consultarse en su contexto original. Casi siempre me he apoyado en los totales, ligeramente reinterpretados, que se ofrecen en Paul Gebhard, «Incidence of Overt Homosexuality in the United States and Western Europe», en National Institut of Mental Health Task Force on Homosexuality: Final Report and Background Papers, DHEW Publication, núm. 72-9116, Washington, DC, Government Printing Office, 1972, pp. 22-30.

[8] No cabe ninguna duda de que muchas personas no sabrían con seguridad si son gays o no gays y que negarían tanto una cosa como la otra. Esto no elimina las ventajas de la dicotomía. Que muchas personas no se puedan clasificar ni como estrictamente rubias ni como estrictamente morenas no demuestra que no haya «rubios» y «morenos». Simplemente confirma la necesidad de aceptar prudentemente la imperfección de toda clasificación de series vivos. Kinsey (como Freud) creía que los seres humanos nacen con una capacidad de respuesta erótica a ambos sexos, y que los factores sociales inclinan a la mayoría a preferir uno al otro (véase, por ejemplo, su «Homosexuality: A Criteria for a Hormonal Explanation of the Homosexual», en Journal of Clinical Endocrinology, I, núm. 5, 1941: pp. 424-428; o «The Causes of Homosexuality: A Symposium», en Sexology, 21, núm. 9, 1955, pp. 558-562). Desde este punto de vista, las personas homosexuales y las heterosexuales no representan distintos tipos, sino los puntos extremos de una escala que cubre una extensa gama desde la heterosexualidad exclusiva a la homosexualidad exclusiva, mientras la mayoría de los seres humanos ocupan puntos intermedios y son capaces de responder a uno u otro sexo (pero a menudo reprimidas por las circunstancias al extremo de limitar sus respuestas a un solo compañero durante gran parte de su vida). Si este enfoque es correcto, los gays son los que se acercan lo suficiente al extremo homosexual de la escala de Kinsey como para concebirse a sí mismos predominantemente homosexuales.

[9] Es traducción de la palabra inglesa straight, de la que el autor, en nota a pie de página, comenta que presumiblemente deriva de straight arrow y además aclara que, en slang, esta expresión sugiere adhesión a valores convencionales. (Nota adaptada por el T.)

[10] Más bien en el sentido en que «no convencional» implica un escarnio deliberado de los valores que sostienen las personas «convencionales», que en el de preferencia sexual involuntaria.

[11] Los lectores familiarizados con la terminología gay moderna pueden sorprenderse ante la ausencia, en un libro que versa sobre el prejuicio contra los gays, del vocablo «homofobia», que goza de tanta difusión, y que se emplea para designar un miedo irracional por los gays y por su sexualidad. «Homofobia», a diferencia de «homosexual», deriva precisamente del griego, por analogía con tantas otras palabras; sin embargo, de acuerdo con el modo de derivación y la evidente relación de sus partes, debería significar «miedo de lo que es semejante», no «miedo de la homosexualidad» (que sería más bien «homosexofobia», suponiendo la consagración de tan macarrónica voz). El primer significado no es ajeno al uso corriente de «homofobia», puesto que connota tanto el miedo al contacto sexual con personas del mismo sexo como el miedo a los que favorecen dicho contacto. Pero la relación entre estos dos significados es ambigua, y la resonancia general de «homofobia» parece basarse en su semejanza superficial con «homosexual».

[12] Obsérvese, en griego, el masculino εταιρος, que se traduce por «compañero», mientras que el femenino εταίρα es una cortesana o una prostituta.

[13] Muchísimo se ha escrito en las dos últimas décadas sobre los aspectos psicológico, psiquiátrico y médico de la homosexualidad, lo que resulta muy desproporcionado al volumen de conocimiento que sustenta esa producción. Este material (hasta 1968) ha sido convenientemente ordenado y resumido en Martín Weinberg y Alan Bell, Homosexuality: An Annotated Bibliography, Nueva York, 1972. Se puede encontrar material más reciente si se consulta la bibliografía que publica cuatrimestralmente Joumal of Homosexuality.

[14] Las nubes, 1075; Πάρειμ’ εντευθεν ες τας της φύσεως αναγκας. Es impertinente la debatida cuestión relativa a las simpatías del autor en este pasaje: las acciones a las que alude con εντευθεν (παίδων, γυναικων, κοττάβων, όψων, πότων, κιχλισμών) son tan universales que apenas es posible que Aristófanes tuviera la intención de que esto fuera un tema de discusión, y mucho menos un error. No parece probable que, si hubiera querido que la alusión se tomase irónicamente, incluyera la heterosexualidad, el comer, el beber y el reír.

[15] Hierón, I, 33: Εγώ γάρ δή ερω μέν Δαϊλόχου ωνπερ ίσως αναγκάξει η φύσις ανθρώπων δεισθαι παρά τωτ καλων.

[16] Por ejemplo. El banquete, 181b, 191e-192. Incluso en Las Leyes, donde la homosexualidad se halla desperdigada, no hay sugerencia alguna de que no se encuentre por doquier (de algo ubicuo).

[17] Epístolas, 64: αντίπαλον των φύσεως επιταγμάτων.

[18] En la Ética a Nicómaco, (7.5.3 ss.), emplea el vocablo θηριώδεις para describir las relaciones homosexuales, y esta palabra se ha traducido a veces como «propensiones enfermizas» o «pasiones no saludables», pero tales traducciones van descaminadas: en la misma categoría se incluye el morderse las uñas de la mano, a pesar de que muy difícilmente esto último pueda justificar términos como «enfermizo» o «no saludable». A lo sumo debería utilizarse «mal hábito», pero incluso esta expresión es sospechosa, pues en otros pasajes de la misma obra Aristóteles representa la homosexualidad como algo completamente normal y saludable (por ejemplo, 8.4.1-2). Probablemente, aquí «peculiaridad» o «idiosincrasia» den más adecuadamente cuenta del sentido, que podría entenderse tan sólo en referencia a los deseos pasivos en varones más que a la homosexualidad en sí misma.

[19] Ibíd., 7.5.3-5. Este pasaje influyó en muchos enfoques posteriores del tema: véase más adelante, cap. Definiciones. Obsérvese que se trata de un buen ejemplo del sentido «realista» originario de «naturaleza» en griego, sin una sola idealización, ni siquiera en un comentario sobre la moral de la conducta homosexual.

[20] En el contexto de la conducta homosexual, los términos «activo» y «pasivo» pueden ser causa de gran confusión. Dado que, desde el punto de vista científico, la terminología sexual está mucho menos estudiada que la mayor parte de los campos léxicos, a veces resulta difícil captar o mostrar sutiles matices de sentido en relación con palabras que aluden a actos sexuales. Una prueba apabullante de la diferencia de actitudes culturales respecto de la sexualidad es que la lengua inglesa no puede ni siquiera nombrar actos que en la literatura latina son moneda corriente. Sin la elaboración de circunloquios es prácticamente imposible traducir palabras como irrumo, paedico, ceveo, etc., razón por la cual es menester intentar subsumir tales distinciones bajo las dicotomías inglesas, mucho menos precisas, entre conducta sexual «activa» y conducta sexual «pasiva». Sobre la base del uso informal moderno, de designaciones antiguas comparables y de estereotipos sexuales persistentes en muchos aspectos a lo largo de la historia, empleo estos términos con el supuesto de que «activo» se refiere al individuo que, en una relación homosexual, inserta el pene en su compañero, ya sea por vía oral, ya por vía anal, y que «pasivo» se refiere al individuo que es así penetrado. No es mi intención sugerir nada acerca de los aspectos psicológicos, ni de los actos involucrados (por ejemplo, no debe entenderse «pasivo» como «desinteresado», «coercionado», «renuente», «afeminado» etc.), ni de la relación: una persona muy agresiva y socialmente dominante puede preferir lo que –a falta de mejores términos– se llama aquí conducta sexual pasiva. A veces, aunque con menos frecuencia, esta dicotomía aparece en documentos históricos y en referencia a mujeres (gays o no) y en tales casos debería entenderse en un sentido análogo a su aplicación a los hombres: una mujer que adopta el papel «activo» penetra a su compañera, ya sea con una parte de su cuerpo, ya sea con un objeto; el compañero/a «pasivo/a» es penetrado/a. (Hay comentarios sobre las mujeres que parecen más bien una proyección de los sentimientos sexuales masculinos que fruto de la observación de los femeninos.) Toda esta área del discurso es torpe y embarazosa; estos esfuerzos de clarificación son lo máximo que puedo ofrecer, pero distan mucho de ser satisfactorios.

[21] Problemas, 4.26, 880a: Τά μέντοι πολλά καί τό έθος ώσπερ πεφυκόσι γίνεται. (Probablemente no se trate de una obra auténtica, pero sin duda las ideas que se manifiestan en este pasaje tienen paralelo en las obras genuinamente aristotélicas: véase más adelante, cap. Cambio intelectual, el análisis de la influencia de Aristóteles en Tomás de Aquino.)

[22] Plutarco, Dialogue on Love (Amatorius), trad. ing. de W. C. Helmhold, Cambridge, Mass., 1961, p. 415 (= Moralia 767).

[23] Aristogitón y Harmodio se confabularon para asesinar al tirano Hipías, del siglo VI, cuando éste intentó interferir entre ellos. El complot fracasó, pero provocó la admiración de las generaciones posteriores de griegos, muchos de los cuales atribuyeron equivocadamente a ese intento la fundación de la democracia. Cf. Plutarco, Moralia, 760c.

[24] 1.135: απ’ ‘Ελλήνων μαθόντες παισί μίσγονται.

[25] 12.603a: Πέρας δέ παρ ‘Ελλήνων φηοιν ‘Ηρόδοτος μαθειν τό παισίν χρησθαι.

[26] 10.1.26: nec moris esse Persis mares ducere qui stupro effeminarentur. Este comentario parecería aplicarse literalmente sólo a los varones promiscuos y pasivos, pero se realizó pensando en Bagoas, el fiel compañero de toda la vida de Alejandro. Es casi seguro que esto no responde a la verdad.

[27] De vita Galfridi archiepiscopi Eboracensis, 2, en Opera, ed. J. S. Brewer, Londres, 1873, 4: 423.

[28] Véase, por ejemplo, Julio Firmicio Materno, Matheseos libri VIII, ed. W. Kroll y F. S. Kutsch, Stuttgart, 1967, 6.30.16, p. 144: Si vero sine testimonio Iovis Venus fuerit cum his inventa, omne vitium inpudicae inpuritatis indicitur. Tune viri spontaneo furoris ardore muliebra patiuntur, tunc inpura facinora ardore vitiosae libidinis exequuntur. La mayor parte de la información se encontrará en griego en la serie Catalogus codicum astrologorum Graecorum, Bruselas, 1898. Son particularmente útiles los extractos publicados de la obra de Retorio Egipcio, del siglo VI (vol. 1, ed. Alexander Olivieri, 1898, pp. 140-173; 7, ed. Francis Boll, 1908, pp. 194-230; 8.4, ed. Fierre Boudreaux y Franz Cumont, 1921, pp. 115-253). En varios capítulos (8.4, 66-68, pp. 194-199), se propone toda una diversidad de causas astrológicas de la aparición de pederastas, mujeres incontinentes, hombres pasivos, mujeres con obsesión anal, hombres incontinentes con la lengua, hombres dados a la prostitución, hombres que prefieren el sexo «sucio» (?), eunucos, hermafroditas, transexuales, etc.

[29] Retorio Egipcio, 8.4.68, p. 198: ’Αφροδίτη επίκεντρος κα εν θηλυκω ξωδίω υπό ’´Αρεως θεωρουμένη δίχα ‘Ερμου φιλογυναίους ποιει, μάλιοτα δέ εσπέριος.

[30] Para uno de los muchos estudios dedicados a este tema, véase el artículo reciente de R. I. Moore, «Heresy as Disease», en The Concept of Heresy in the Middie Ages (11th-13th Centuries): Proceedings of the International Conference, Louvain, May 13-16, 1973 (Medievalia Lovaniensia, Series I, Studia IV), Lovaina, 1976.

[31] Si el paso normal a través del pene sufriera un bloqueo congénito, sugiere, el semen intentaría salir por el ano, y el varón desearía tener relación sexual por el orificio anal. Teorizaba también que puede haber hombres sólo con un defecto parcial y gozar con ambos papeles; otros pueden ser genéticamente normales, pero habituarse al papel pasivo: Problemas, 4.24-26. Esto puede ser un esfuerzo para explicar el papel de la próstata en el coito anal con varones.

[32] Θηλεία νόσος: De Abrahamo, 26; cf. De specialibus legibus, 3.7.

[33] Tardarum passionum, 4.9, trad. y ed. I. E. Drabkin, Chicago, 1950, pp. 900-905.

[34] Se dispone de ciertos datos relativos a períodos anteriores para Alemania (véase M. Hirschfeld, «Das Ergebnis der statistischen Untersuchungen über den Prozentsatz der Homosexuellen», Jahrbuch für sexuelle Zwischenstufen, 6, 1904, pp. 109-178); algunos países europeos cuentan con pequeños muestreos, pero no hay ninguno cuyos datos puedan compararse con los estudios de Kinsey, ni en metodología ni en magnitud.

[35] La conmoción que produjeron las cifras de Kinsey con ocasión de su publicación ha pasado luego al olvido, pero se encuentra bien resumida en C. A. Tripp, The Homosexual Matrix, Nueva York, 1975, pp. 232-240. Harold Dodds, presidente de la Universidad de Princeton, comparó esas cifras con «inscripciones de retrete».

[36] Por ejemplo, en los diez años posteriores a la publicación de estos hallazgos. Estados Unidos fue testigo de las investigaciones de la Comisión McCarthy y de los procesos de Boise, Idaho, que llevaron a la ruina a muchos individuos sospechosos de homosexualidad.

[37] Ni siquiera Fedro, que caracterizó la homosexualidad como πάνδημος.

[38] «Escitia», esto es, más allá del mar Negro, y los bosques asiáticos.

[39] Un buen análisis sobre este tema se hallará en Meier/de Pogey-Castries, pp. 42-46.

[40] Dicebat etiam quod satis haberet facere dictus dominus episcopus si omnes qui sunt in Appamiis infecti nunc de dicto crimine caperet, quia ibi plures erant quam mille ter, Le régistre d’inquisition de Jacques Fournier, évêque de Pamiers, ed. Jean Duvernoy, Toulouse, 1965, 3:32.

[41] Véase, por ejemplo, Kinsey et al., Sexual Behavior in the Human Male, «Social Level and Sexual Outlet»; Weinrich, parte 1; para un análisis más desarrollado, véase más adelante, cap. Cristianos y cambio social.

[42] Klein (Die griechischen Vasen mit Lieblingsinschriften, Leipzig, 1898), conocía mas de 550 vasos con inscripciones eróticas (algunas dirigidas a mujeres) en Grecia; Robinson y Fluck perfeccionaron esta investigación y agregaron también vasos que no eran de origen ático. No se ha publicado ningún estudio a fondo de los vasos con pinturas eróticas. La mejor colección de vasos griegos con pinturas de tema erótico homosexual que puede verse en Estados Unidos es la del Boston Museum of Fine Arts. La mayoría de los museos disfrazan sutilmente o bien no exhiben tal material (incluso en el Boston Museum se ha vuelto contra la pared un ungüentario con la forma de los genitales masculinos, de modo que ésta resulta irreconocible, mientras que la rotulación –por reticencia o por ignorancia– dice «Atribuido al artista Príapo»). Los vasos de este tipo no se limitaban a la Hélade: para un ejemplo etrusco, véase Michael Grant, Eros in Pompeii, Nueva York, 1975, p. 103.

[43] Véase una lista de tales objetos en Robinson y Fluck, p. 47.

[44] Estos objetos cubren un extensísimo abanico temporal y un amplísimo territorio de difusión. Las famosas inscripciones griegas de Thera (véase Corpus inscriptionum Graecarum, vol. 12, fasc. 3, Inscriptiones Graecae insularum, ed. Friedrich Hiller von Gartringen, Berlín, 1898, pp. 126 ss.), garabateadas sobre las rocas, fuera del gimnasio, y que van desde discretas alabanzas a la belleza de otro hombre hasta la abierta aceptación del coito. Las de Pompeya (véase Corpus inscriptionum Latinarum, 4. Inscriptiones parietariae Pompeianae, ed. Karl Zangemeister, Berlín, 1871, y Supplementum, 2, Berlín, 1909) son casi todas elogios a las proezas sexuales de un hombre del lugar («Febo, el fabricante de perfumes, folla maravillosamente», núm. 2184, que se entiende en sentido homosexual en virtud del núm. 2194, q.v.), expresiones de deseo («Quiero follar a un hombre» [Piidicarii volo], núm. 2210), o referencias al coito efectuado cerca del lugar («Auto folló a Quintio aquí», suppl., núm. 4818). Véanse núm. 1882, 2176, 2185, 2188, 2192, 2193, 2247, 2253 (en griego), 2254, 2357, etc.; y Suppl., núm. 3938, 4818, etc.

[45] Un grupo menospreciado en la mayor parte del mundo antiguo, y en realidad también en nuestro siglo.

[46] Anales, 14.42. Alternativamente –sugiere Tácito– puede haber sido porque el prefecto no permitiera que el esclavo comprara su libertad.

[47] Tampoco debería caerse en el error de imaginar que las clases más pobres del mundo antiguo tenían la misma visión de sus superiores sociales que la que los pobres de las modernas sociedades industriales tienen de los ricos. Allí donde se suponía una cierta conexión entre estatus elevado y superioridad de carácter; allí donde los ricos eran los únicos que recibían educación, eran los únicos que podían votar, los únicos que regulaban las funciones religiosas, los únicos que sostenían y protegían a los pobres y a los necesitados; y allí donde los ricos y poderosos controlaban una gran proporción de las clases inferiores de manera directa (esclavos) o indirecta (clientes), las actitudes de los ricos influían en la formación de la opinión pública de un modo incomparablemente más determinante que en los estados modernos.

[48] Plutarco, «Bruta animalia», Moralia, 990d: ‘´Οθεν ούτ’ άρρενος πρός άρρεν ούτε θήλεος πρός θηλυ μιξιν αι των σεμνων καί αγαθων εω γάρ τούς ουδενός αξίους.

[49] Con la notable excepción del término «sadomasoquismo», una dicotomía que podía parecer paralela a la de homosexualidad-heterosexualidad. Pero pocas personas se imaginan que todos sean o bien un sádico, o bien un masoquista, mientras que en Occidente moderno se supone, en general, que todos son o bien homosexuales, o bien heterosexuales, o bien una combinación de ambas cosas. No se imagina, como en el caso del sadomasoquismo, que la mayoría de la gente no se acomodaría a ninguna de esas categorías.