Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad

Libro

 

Sacerdotes gay

John Boswell, «Roma: la fundación», en Cristianismo, Tolerancia Social y Homosexualidad, Los gays en Europa occidental desde el comienzo de la Era Cristiana hasta el siglo XIV, Biblioteca Atajos I, Muchnik Editores SA, Barcelona 1998, pp. 85-111, y las notas correspondientes que en el original se encuentran al final del texto en las pp. 458-470.

Roma: la fundación

En una observación que se hizo famosa, Edward Gibbon dijo una vez que «de los quince primeros emperadores, Claudio fue el único cuyo gusto era absolutamente correcto en materia de amor», con lo que quería decir heterosexual.[1] Si Gibbon no se equivocaba,[2] el Imperio Romano estuvo regido durante casi doscientos años por hombres cuyos intereses homosexuales, aunque no exclusivos, eran lo suficientemente notables como para ser registrados para la posteridad.

La homosexualidad y las actitudes respecto de ella entre los romanos –a diferencia de sus contrapartidas entre los griegos– no han sido objeto de atención generalizada de parte de los estudiosos.[3] Esto, en parte, se debe a la extrema dispersión de material sobre el tema. A excepción de los debates helenísticos (véase cap. Cristianos y cambio social), ningún escritor republicano ni imperial trató individualmente la sexualidad gay de un modo analítico. Hay referencias por doquier, pero son frías, y en ello estriba la enorme dificultad para compilarlas e interpretarlas. Este capítulo sólo tratará de proporcionar una cierta familiaridad de carácter introductorio con las actitudes y las prácticas romanas; más aún que otros capítulos, debiera considerarse más provocativo que definitivo.

Puesto que los romanos eran extraordinariamente desapasionados en cuanto a sexualidad,[4] los escritores latinos no se sentían obligados ni a idealizar, ni a suprimir relatos de pasión homosexual, de modo que la literatura latina proporciona una fuente de información de gran valor sobre los gays y su modo de vida en un escenario cultural en donde la intolerancia respecto de ellos, si existía, era muy débil. Desgraciadamente, la mayoría de los lectores sólo puede acceder a estos datos una vez depurados por el alambique de los diferentes prejuicios de los historiadores modernos. Por tanto, su valor ha quedado viciado, cuando no lo han perdido por completo, de modo que antes de abordar un nuevo análisis es menester detenerse por lo menos en dos tergiversaciones fundamentales que la historiografía moderna ha impuesto al público.

La primera concierne a la legalidad de las prácticas homosexuales en Roma. Se podría suponer que nos halláramos ante un terreno bastante seguro, habida cuenta de la organización y de la complejidad legal del Estado romano y el considerable volumen de investigaciones que en los últimos siglos se ha consagrado al estudio del derecho romano. Sin embargo, el tema está ensombrecido por una gran incertidumbre, pese a que la reunión de textos conocidos que hacen referencia a la legalidad de los actos homosexuales no supondría una tarea demasiado complicada.[5]

Valerio Máximo, que escribió en la primera mitad del siglo I d. C., menciona una cantidad de casos de procesos criminales por delitos sexuales bajo la República. Por lo menos seis de ellos implican relaciones homosexuales (6.1.6, 7,9-12; cf. 1.5), y a veces se ha tomado esta circunstancia como prueba de la ilegalidad de tales actos en la República Romana. Esta conclusión carece de justificación. Los incidentes implicados integran una lista junto con relatos de «delitos» heterosexuales, y no se sugiere ninguna distinción entre unos y otros.[6] El tema común a todos los casos es el abuso en la persona de un ciudadano romano libre de nacimiento; el sexo carece por completo de importancia. Como observa el propio Valerio, el senado «deseaba salvar la pureza de la sangre romana en cualquier posición que pudiera hallarse».[7] En cada uno de los incidentes netamente homosexuales, el acusado o bien es un adulto que trató de violentar o seducir al hijo menor de edad de un ciudadano romano, o bien un funcionario civil o militar que intentó obligar a un subordinado a que le prestara un servicio sexual.[8]

El caso más famoso es el de un joven soldado del ejército de Gaio Mario, que había matado a un tribuno que intentaba imponerle una relación sexual con él.[9] No había dudas acerca del motivo del asesinato, pero se llevó al muchacho ante el tribunal para que probara que no había aceptado favores previos del tribuno, ni había aceptado las insinuaciones de otros. Plutarco afirma que ni un solo testigo quiso declarar a favor del soldado (Mario, 14.5). Una vez establecida la total ausencia de complicidad, se discutió bastante acerca del derecho de un subordinado a matar a un superior que había cometido abuso sexual en su persona; por tanto, la decisión de absolver al joven, que Mario adoptó finalmente, se hizo famosa, y la popularidad de esta historia entre los autores romanos es prueba del asombro que provocó.[10] (Únicamente varios siglos después, el derecho romano sostuvo inequívocamente el derecho de un hombre a matar para defenderse de la agresión sexual: Digesto, 48.8.1.4 [reescrito por Adriano].)

No hay ninguna información en la que se afirme que un vínculo sexual entre varones fuera ilegal por sí mismo, y la sugerencia de que el tribuno tenía derecho a forzar al soldado en caso de que éste hubiera recibido favores en el pasado parece excluir categóricamente tal posibilidad. Livio cuenta un caso muy semejante acerca de un reina bárbara que asesinó al centurión romano encargado de su custodia cuando trató de violarla (38.24). Pero esto no sugiere que se consideraran reprensibles las prácticas heterosexuales, sino que la violencia sexual ejercida contra la voluntad del sujeto justificaba el justo castigo, ya de la víctima, ya del Estado.

Otro caso famoso implico a un joven romano esclavizado por deudas y cruelmente apaleado por su amo por no querer plegarse a las insinuaciones de éste.[11] Al tenerse conocimiento de ello se produjo casi un motín y hubo de convocarse a una sesión especial del Senado. Sin embargo, la legislación que terminó por aprobarse como consecuencia del mencionado incidente no tenía nada que ver con la sexualidad. Efectivamente, prohibía la esclavización de los ciudadanos romanos por deudas. En todas las informaciones de este caso, el pueblo romano se encolerizó, no al enterarse de que el amo tuviera interés sexual en el muchacho, sino al ver las marcas del látigo en la espalda de un ciudadano romano;[12] era, sin duda, el abuso físico hacia un ciudadano lo que exigía compensación.[13]

Además, cuando Calidius Bonboniensis, un hombre sin rango jerárquico ni conexiones familiares, fue sorprendido por la noche en la habitación y con una mujer casada, su destino como adúltero parecía sellado: «El lugar era sospechoso, la hora era sospechosa, la mujer misma era sospechosa, y su propia juventud le incriminaba» (Valerio Máximo, 8.1.12).[14] Pero logró la libertad sin pago alguno declarando que se hallaba en la habitación «a causa de su pasión por un muchacho esclavo».[15] Así, «su confesión de deseo irresistible lo salvó de cualquier sospecha de delito».[16] Si las relaciones homosexuales hubieran sido ilegales, no parece probable que Bonboniensis se hubiera aferrado a esta historia, observa Valerio, como un náufrago a una tabla,[17] ni que los jueces lo hubieran absuelto de todo cargo.

En verdad, en un caso del que Valerio Máximo brinda información (6.1.10), el acusado admitió libremente haber cometido un acto sexual, pero afirmaba que no había en ello delito alguno, pues el joven involucrado era un prostituto; es evidente que lo que hacía cuestionable un acto no era el sexo de los participantes.[18]

Tal vez la única ley que regulaba la práctica sexual en la República o bajo los primeros emperadores fue la Lex Sca[n]tinia, probablemente aprobada alrededor de 226 a. C.[19] No nos ha llegado ningún texto de esa ley, y es en verdad imposible concluir cuál era la materia que la misma regulaba. Hasta ahora, la mayoría de los autores más cualificados ha supuesto que prohibía la conducta homosexual. Para ello se ha basado en algunas de estas consideraciones, o en todas ellas: 1) tanto Plutarco[20] como Valerio Máximo (5.1.7) recuerdan un incidente que implica a un tal C. Scantinio Capitolino, que realizó avances obscenos sobre el hijo de M. Claudio Marcelo; se supone que la ley surgió como consecuencia de la sustanciación de este proceso; 2) en un fragmento relativo a la licencia sexual, Suetonio observa que el emperador Domiciano «condenó a ciertos miembros de ambas órdenes bajo la Ley Escantinia» (Domiciano, 8);[21] 3) Quintiliano se refiere a una pena legal implícita a una ofensa homosexual de su época (Institutiones oratoriae, 6.2.69);[22] 4) Juvenal asocia específicamente la Ley Escantinia a las prácticas homosexuales, y también la describe como «dormida», que es como describe también la Lex Julia de adulteriis coercendis, con lo que quería decir que se hallaba en vigencia, aunque no se la aplicaba con gran celo (2.44); 5) Sexto Empírico afirma categóricamente que la actividad homosexual (αρρενομιζία), está prohibida por ley entre los romanos (Bosquejos pirrónicos, 1.152); 6), san Cipriano y otros escritores cristianos del Imperio tardío aluden a la actividad homosexual como un «delito».

Son imprescindibles ciertas observaciones acerca de todo esto. Helas aquí:

1.       Es imposible demostrar vinculación alguna entre el caso mencionado por Plutarco y Valerio Máximo y la misteriosa Lex Scantinia. Ninguno de ellos alude a tal conexión, y están en desacuerdo sobre cuestiones tan importantes como el rango jerárquico del propio Escantinio.[23] Además, es extremadamente improbable que una ley que declara ilegal una determinada práctica llevara, en un caso semejante, el nombre de tan notorio reo.[24]

En caso de haber alguna conexión entre este incidente y la Lex Scantinia, es seguro que sus estipulaciones se habrían aplicado al intento de seducción de menores –el problema en cuestión–, pero es virtualmente cierto que bajo el Imperio no hubo ninguna ley de este tipo, puesto que, más tarde, hubo de extenderse la Lex Julia de adulteriis coercendis para abarcar tales casos.

2.       Nada en la observación de Suetonio sobre las proscripciones de Domiciano sugiere que el delito se relacionara con la homosexualidad. Los comentarios de los Epigramas de Marcial, si se los quiere aplicar al uso que Domiciano hace de la Lex Scantinia, tenderían a sugerir que protegía de la prostitución o la castración involuntarias a los varones menores de edad, incluso a los niños (por ejemplo, 9.6, 8),[25] pero es imposible suponer que Domiciano deseara perseguir a nadie por relaciones homosexuales o estuviera en condiciones de hacerlo. El prominente ex pretor, Claudio Polio, tenía y exhibió una carta de puño y letra de Domiciano, a él dirigida, con un ofrecimiento de mantener relaciones homosexuales (Suetonio, Domiciano, I),[26] y Marcial (y otros) publicaron poemas que describían la relación homosexual del emperador con el muchacho Earinos, en volúmenes cuya intención era halagarlo (Marcial, 9.11-13, 16, 36).[27]

3.       El caso al que se refiere Quintiliano es casi seguramente un caso de violación (es difícil imaginar que el muchacho se hubiera ahorcado en caso de haber cooperado). En el relato no se menciona la Lex Scantinia pero, si se trata de una referencia a ella, es una excelente prueba de que la ley tenía la finalidad de proteger a los menores, pues se especifica que la víctima es un menor de edad.

4.       Juvenal atenta gravemente contra su propia credibilidad cuando da a entender que la Ley Escantinia estaba dormida, pues en realidad se la invoca, y en gran escala, en vida del autor.[28] En cualquier caso, de esta observación pasajera es imposible extraer ninguna conclusión acerca de la naturaleza precisa de la ley, ya que se produce en una sátira que se burla de todo, desde los cosméticos a la glotonería. La lamentación inmediata, la que parece pedir la resurrección de la Lex Scantinia, alude a un hombre que usa perfume. Como ejemplo de «afeminamiento», esto casaría bien con la conjetura de que la ley protegía a los ciudadanos menores de edad de la prostitución o la castración, pues ambas cosas se consideraban causas de afeminamiento. La homosexualidad no se asociaba por sí misma con el «afeminamiento» de los varones, como ya se ha hecho notar.

5.       Sexto Empírico, que nació y se crió en Atenas, era médico, no experto en derecho romano, y afirmaba además que los actos homosexuales también eran contrarios a la ley entre los griegos, lo cual no es cierto (Bosquejos pirrónicos, 3.199).[29]

6.       No hay ninguna razón para creer que el conocimiento que Cipriano, Prudencio o cualquier otro autor cristiano tuvieran del supuesto pasaje de la Lex Scantinia, cuatrocientos años después, fuera mayor que el que tenemos hoy en día. Ninguno de ellos cita ni especifica su contenido, y se lo menciona en contextos sumamente variados. Además, la mayoría de los comentarios cristianos acerca de la conducta homosexual entre los romanos no sólo insiste en que era legal, sino también en que no era objeto de animadversión. Minucio Félix dice que las relaciones homosexuales eran «la religión romana» (Octavio, 28); Taciano, que los romanos tenían a la pederastia «en muy alta estima» (Adversus Graecos, 28 ss.); Lactancio añade que los romanos consideraban los actos homosexuales como «triviales y virtualmente admirables» (Institutiones divinae, 6.23.10). Clemente de Alejandría afirma que en su época los actos homosexuales eran legales entre los romanos, aunque fueron prohibidos «entre los antiguos» (Paedagogus, 3.3 [PG, 8: 585]).[30]

Ninguno de los primeros escritores latinos que estigmatizaron la homosexualidad mantuvo que fuera ilegal. La mayoría de los que la objetaron, como Cornelio Nepote (pref. 4 [Rolfe, p. 369]), la describía como deshonrosa (partim humilia atque ab honestate remota) o vergonzosa, y unos pocos la tildaban de «criminal», pero sólo metafóricamente: ninguno invocaba la autoridad de la ley para condenarla.[31]

 

Es muy improbable, en realidad, que a finales de la República se considerara ilegales las relaciones homosexuales. Catón realizó un discurso público lamentándose de que en su época (siglo II a. C.), el valor de los prostitutos fuera superior al de las tierras labrantías (Polibio, 31.25). No sugería que hubiera nada ilegal implícito en la compra de hombres para mantener relaciones sexuales, sino que simplemente llamaba la atención sobre el hecho de que semejante disparidad entre el precio de los tales concubinos y el de las granjas constituía una grave desproporción económica.[32]

El ex cónsul Lucio Quincio Flaminino fue expulsado del senado en 184 a. C. –sólo cuarenta años después de la aprobación de la misteriosa Lex Scantinia– por haber hecho asesinar a alguien en un banquete para entretener a su amante. Sobreviven dos versiones de la historia: en una, el amante es un prostituto de nacimiento noble (Livio, 39.42.5 ss.); en la otra, una cortesana.[33] Livio observaba que las dos versiones son «semejantes en lascivia y crueldad». Nada en sus comentarios sobre la relación homosexual implica que fuese ilegal. Valerio Máximo, al escribir sobre él, sólo se valió de la versión heterosexual. Es extremadamente improbable que los posteriores cronistas de las fechorías de Flaminio pasaran por alto una acusación de homosexualidad, que seguramente conocían, si esta conducta hubiera constituido por sí misma una violación de la ley romana.[34]

En verdad, si había una ley contra las relaciones homosexuales, en la época de Cicerón nadie estaba enterado de su existencia, ni siquiera el propio Cicerón, pese a su exhaustivo conocimiento del derecho romano. El amante de Catilina –un cónsul– intercedió por él ante Cicerón,[35] y Sila hizo alarde público de su relación con Metrobio.[36] El propio Cicerón, de indiscutible probidad, persuadió a Curio el Viejo para que honrara las deudas que su hijo había contraído en nombre de Antonio, a quien el joven Curio, en palabras de Cicerón, «lo unía un matrimonio permanente, tal como si éste le hubiera entregado una stola de matrona».[37] Aunque el padre objetaba esa relación, no hubo insinuación alguna de ilegalidad, y Cicerón parece haber considerado el pago de las deudas como la única vía legal.

Cicerón ridiculiza a varios prominentes ciudadanos por haber sido prostitutos en su juventud,[38] pero nunca sugiere que la actividad fuera ilegal y, en defensa de Cnaeo Plancio de la acusación de haber llevado a un amante al campo para hacer el amor con él, Cicerón afirma categóricamente que «ése no es un delito».[39]

Por otra parte, no hay duda de que Cicerón estaba familiarizado con la Lex Scantinia,[40] fuera lo que fuese, y que la única conclusión posible parece ser la de que esta ley no prohibía las relaciones homosexuales.

Ni parece que lo hiciera ninguna otra ley. Tácito considera sin importancia que el esclavo del prefecto Pedanio Secundo matara a su amo como resultado de un triángulo amoroso homosexual en el que se hallaran ambos implicados, o como consecuencia de que el amo no permitiera al esclavo comprar su libertad (14.42).[41] En el debate en el Senado sobre si había que castigar a los otros poseedores de esclavos de la casa por no impedir el crimen, no hay indicio alguno de que la situación que provocó el asesinato fuera en absoluto ilegal o vergonzosa: por el contrario, algunos de los presentes sostenían que se podía justificar al esclavo/asesino por haber matado a su amo si este último había tratado de alejarlo de su amante (14.43).[42]

Difícilmente podían ser ilegales los actos homosexuales en la Roma de Augusto, donde el gobierno no sólo recaudaba un impuesto sobre la prostitución homosexual,[43] sino que concedía vacaciones legales a los prostitutos;[44] y es prácticamente imposible imaginar ninguna ley que regulara las actividades homosexuales en una Roma en la que escribió Marcial, quien no sólo menciona por nombre a prominentes ciudadanos que tenían relaciones homosexuales, a menudo con lista de sus compañeros, sino que, además, admite abiertamente tenerlas también él. (Que algunos de sus epigramas estuvieran destinados a complacer al emperador y que se ganara la vida con la venta de sus libros es un argumento casi incontrovertible contra la dualidad de patrones al respecto entre costumbres públicas y costumbres privadas.)[45]

Una demanda del siglo II contra un funcionario provincial describe detalladamente su vínculo con un muchacho de diecisiete años. Es evidente que el funcionario no hizo ningún esfuerzo por enmascarar la índole de esta relación, ni siquiera ante el padre del muchacho, quien aparentemente la aprobaba, y no hay en el documento ninguna sugerencia de que la relación fuera ilegal en ningún sentido; el objeto de la demanda era el tratamiento de favorito otorgado al muchacho como resultado del interés del funcionario (Oxyrhynchus papyri, 147).[46]

Además, el surgimiento de acciones legales romanas contra la conducta homosexual puede datarse precisamente en el siglo III d. C., cuando se aprobó una serie de leyes que regulaban distintos aspectos de las relaciones homosexuales, que iban de la violación de menores a los matrimonios gays.[47] Esas leyes no sólo habrían sido superfluas si las relaciones homosexuales ya hubieran sido ilegales, sino que es seguro que los actos homosexuales que no quedaban cubiertos por las leyes particulares en cuestión siguieron siendo legales hasta el siglo VI, en que, por primera vez, el derecho romano prohibió categóricamente todo tipo de relaciones homosexuales.[48]

La segunda distorsión importante del tratamiento moderno de la homosexualidad en Roma es la idea de que la tolerancia o la indiferencia respecto de las prácticas homosexuales se asociaba a la declinación de Roma. Hay diversas versiones de esta teoría, algunas de las cuales sostienen que la homosexualidad, y en generalidad la inmoralidad, fue la causa de la declinación de Roma, mientras que otras piensan que esa licencia sexual fue una circunstancia concomitante de la decadencia imperial. Pero todas están de acuerdo en que, en los democráticos y saludables tiempos de la República, no se toleraba semejante decadencia moral.

La única base histórica de estas nociones es que las referencias a la conducta homosexual son relativamente más abundantes en la literatura imperial que en la República. La información que nos ha llegado acerca de prácticamente todos los aspectos de la vida romana del Imperio es más abundante que la que ha sobrevivido en torno a la vida de la República. No se puede mostrar que, proporcionalmente, sobrevivan más referencias a los gays y a su sexualidad en la literatura procedente del Imperio que en la que data de la República. Además, si se quisiera comparar la calidad de tales testimonios, varias de las fuentes preimperiales (por ejemplo, Polibio, Cicerón) son mucho más fiables que la mayor parte de las posteriores (por ejemplo, Lampridio, Suetonio).

Es típico de las sociedades económicamente complejas y socialmente sofisticadas el recordar con nostalgia sus orígenes humildes o el envidiar la vida más simple de los habitantes de las zonas rurales. Esta tendencia se puede observar en casi todas las sociedades urbanas, desde Bagdad del siglo IX a Estados Unidos del siglo XX. Los romanos que escribían bajo el Imperio solían complacerse en esos sentimientos respecto de la Roma más pequeña y más simple de la República e imaginaban que aquello había sido una época de «pureza» tanto en moral política como personal. Al no tener en cuenta que esas ideas y afirmaciones son tópicos de toda la literatura urbana, muchas veces incluso historiadores conscientes se hicieron eco de este sentimiento y describieron la República como una época de costumbres sexuales rigurosas y conceptos rígidos de decencia, en contraste con el hedonismo y la anarquía moral del Imperio. Este cuadro no coincide con los hechos. En verdad, en la medida en que se debe a una proyección de los patrones personales de los escritores imperiales, sugiere, en caso de sugerir algo, un endurecimiento de la moralidad bajo el Imperio.

Aunque, sin duda, en tiempos del Imperio se produjeron algunos cambios y, con toda probabilidad, tuvo lugar un cierto aflojamiento de los códigos éticos, hasta ese momento más estrictos, la mayor parte de los cambios se relacionó con la integridad política y el servicio público. Hay muy pocas pruebas de cambio en los patrones de moral personal, que siguió abarcando todo un abanico que iba del ascetismo a una desafinada autocomplacencia. Marco Aurelio era tan casto como Escipión el Africano, y muchas de las actividades que satirizó el escritor imperial Juvenal también se encuentran, descritas o implícitas, en los autores republicanos.

En los documentos no aparece ningún cambio en lo que respecta a actividades homosexuales. Ya en el siglo IV hay registros de conducta homosexual. Polibio, historiador de rara objetividad y de credibilidad sin parangón, cuenta que en el apogeo de la República –dos siglos antes del Imperio–, la «moderación» en cuestiones sexuales era prácticamente imposible para los jóvenes en Roma, puesto que casi todos ellos tenían aventuras con cortesanas o con otros jóvenes. No hay indicio de desaprobación a causa del sexo; lo que Polibio criticaba era la extravagancia fiscal de los «muchos hombres que gastaban un talento por un amante o 300 dracmas por un pote de caviar del Mar Negro» (31.25.5).[49] Cicerón dice que los jurados de un caso famoso de su época fueron sobornados con los favores de mujeres y de jovencitos de ascendencia noble (Cartas a Ático, 1.16.5).[50] La prostitución homosexual era común en la República, y Cicerón asegura que Clodio tenía siempre una cantidad de prostitutos con él (Pro Milone, 21 [55]; véase también el caso de L. Quincio Flaminino, ya citado).[51] Los autores de literatura erótica durante la República (por ejemplo, Catulo) se refieren a la pasión homosexual con absoluto candor y total indiferencia moral; y bajo Augusto, tanto Virgilio como Tibulo, Horacio y Ovidio hablan de amor erótico (o actos físicos) entre hombres sin la más remota alusión a que pudiera tratarse de cosas sospechosas. Cuando Lucrecio habla del amor de un hombre, alude «tanto a un muchacho [...] como a una mujer» (De rerum natura, 4.1052-54).[52] Hasta la época de Juvenal, autor imperial, en ningún sitio se encuentra indicación de que semejantes pasiones o actos pudieran ser ilegales o merecer desaprobación.

En este contexto, vale la pena observar que el período de mayor producción de literatura gay no corresponde a la decadencia del Imperio –los escritos homosexuales fueron cada vez más raros a partir del siglo III–, sino a los dos primeros siglos del Imperio, cuando Roma se hallaba en la cúspide de poder y de prestigio. Ni Petronio, ni Juvenal, ni Marcial, ni Plutarco (Erotikos), ni Aquiles Tacio, ni Luciano, ni muchos de los poetas griegos tardíos, trabajaron durante el hundimiento del Imperio en los siglos III y IV, sino en el pujante y vital Imperio de los siglos I y II, tras las huellas de Virgilio, Catulo y otros, que habían escrito antes aún. Hacia la época en que el Imperio se hallaba en franco declive, era muy escasa la literatura que trataba temas homosexuales, y la que lo hacía –como Cosas del corazón– describía una sociedad en la que la tolerancia de la homosexualidad declinaba tan rápidamente como la estabilidad política.

Por tanto, en cierto sentido, el temprano Imperio Romano puede considerarse el «período base» en lo que respecta a la tolerancia social de los gays en Occidente. Ni la religión romana ni el derecho romano reconocían diferencia alguna entre el erotismo homosexual y el erotismo heterosexual, y mucho menos aún inferioridad del primero. En general, los prejuicios que afectaban a la conducta, a los roles o al decoro sexual afectaban a todas las personas por igual. La sociedad romana sostenía casi de manera unánime que los varones adultos eran capaces de mantener relaciones sexuales con ambos sexos y hasta de interesarse directamente en ello. Es extraordinariamente difícil transmitir a los públicos modernos la absoluta indiferencia de la mayoría de los autores latinos ante la índole masculina o femenina del sexo. Catulo dice de dos amigos enamorados de dos veroneses, hermano y hermana: «Celio está loco por Aufileno, Quincio por Aufilena, flor de la juventud veronesa; el primero por el hermano, el último por la hermana» (100).[53] Y bromea con su amigo Catón sobre el hecho de sorprender a un chico y una chica haciendo el amor y –«para complacer a Venus»– penetrar allí mismo al chico (56).[54] Marcial insiste ante su «mujer»[55] en que la satisfacción homosexual y la satisfacción heterosexual son igualmente necesarias y en que ninguna de ellas puede reemplazar a la otra («Tú usas tu parte, deja que los muchachos usen la suya» 12.96, cf. 11.43), pero en general deja traslucir una total indiferencia respecto de la masculinidad y feminidad del objeto de sus atenciones.[56] De unas cincuenta y cinco cartas de amor de Filostrato, veintitrés están dirigidas a hombres; treinta, a mujeres. Ambos grupos son tan semejantes en el tono que algunos manuscritos invierten el sexo de los destinatarios.[57]

La mayor parte de los debates imperiales del amor yuxtaponen las pasiones gays y las no-gays como el anverso y el reverso de una misma moneda.[58]

 

Como águila se presentó Zeus a Ganimedes, semejante a un dios; como cisne a la madre de Helena, la de rubios cabellos.
De modo que no hay comparación entre ambas cosas; a una persona le gusta una, a otra le gusta la otra; a mí me gustan ambas.[59]

 

Tampoco se hacían exageradas afirmaciones de la pasión homosexual, pues no se la imaginaba como la única forma noble de amor, si se pensaba que quienes a ella se adherían fueran poseedores de ningún genio especial.

Esto no quiere decir, por cierto, que no hubiera prejuicios o tabúes sexuales en la sociedad romana, sino únicamente que ninguno de ellos se refería directamente a las relaciones homosexuales como a una clase aparte. Sin embargo, es prácticamente imposible hablar con real fundamento acerca de los prejuicios romanos, puesto que tan a menudo se presentan en contextos satíricos o irónicos. Por ejemplo, ¿qué hacer con la sátira de Marcial sobre el masturbador, que utiliza la tradicional indignación moral de los estoicos (9.41: «Lo que estás perdiendo entre tus dedos, Póntico, ¡es un ser humano!»), cuando en varios otros epigramas admite con indiferencia haberse masturbado (por ejemplo, 2.43, 11.73)? Es evidente que tanto los estoicos como Póntico son aquí blanco del ridículo, pero de este texto no surgen con claridad ni las creencias del propio Marcial ni las de sus contemporáneos.

Al parecer, había un marcado prejuicio contra la conducta sexual pasiva de un ciudadano adulto.[60] Los adultos que no eran ciudadanos (por ejemplo, los extranjeros o los esclavos) podían incurrir en esa conducta sin pérdida de estatus, lo mismo que los jóvenes romanos, siempre que la relación fuera voluntaria y no mercenaria. En realidad, esas personas podían mejorar considerablemente su posición en la vida por medio de relaciones de este tipo. Pero si un ciudadano adulto se permitía abiertamente semejante conducta se lo veía con malos ojos. Al margen de las cuestiones generales de las expectativas respecto de uno y otro sexo y de la diferenciación sexual, la causa principal de este prejuicio parece haber residido en una asociación popular entre la pasividad sexual y la impotencia política. Quienes más comúnmente desempeñaban el papel pasivo en el coito eran muchachos, mujeres y esclavos, es decir, personas todas ellas excluidas de la estructura del poder. A menudo lo hacían bajo coacción económica o física, y la mera idea de que un ciudadano romano fuera explotado de esta manera despertaba un particular horror entre los romanos orgullosos del control que ejercían sobre él mundo que los rodeaba.[61] Un varón que adoptara voluntariamente el papel sexual de los que carecían de poder, compartía con ellos su estatus inferior.[62] No es que perdiera realmente su posición,[63] pero movía al desprecio por abdicar metafóricamente del poder y de la responsabilidad propios de la condición de ciudadano.

Este prejuicio resulta particularmente evidente en la poesía de Catulo (m. 54 a. C.), quien hacía amplia gala de conquistar muchachos como de algo viril y digno de aprecio, pero amenazaba con perpetrar el mismo acto en un ciudadano adulto, como si al hacerlo hundiera a su víctima en las profundidades absolutas de la degradación y la infamia.[64] Julio César fue objeto de considerables irreverencias debido a sus relaciones con Nicomedes, rey de Bitinia, porque corrió ampliamente el rumor de que había adoptado una actividad pasiva. Suetonio dice que Dolabela llamó a César «rival de la reina»; su compañero en el consulado lo describe en un edicto como «la reina de Bitinia»; sus soldados, tras el triunfo celebrado en honor de su conquista de la Galia, cantaban: «César conquistó la Galia; Nicomedes, a César»; Curio el Antiguo lo llamaba «mujer de todos los hombres y hombre de todas las mujeres» (Julius, 49, 51-52).[65] En contraste, la acusación de que Augusto se había sometido a César de la misma manera cuando era un muchacho, no parece haberle perjudicado demasiado (Augustus, 68).

Durante los primeros tiempos del Imperio, este tipo de prejuicio decayó totalmente, quizá gracias a que se sabía que algunos emperadores eran pasivos, o a que se admitía que lo fueran.[66] Aunque Marcial se mofa de la pasividad de ciertos amigos, siguen siendo sus amigos, y en la sátira de Juvenal sobre Virro no hay ningún indicio de que emplear un prostituto activo tenga algo de escandaloso para un ciudadano adulto.

Sin embargo, más tarde se hicieron esfuerzos no sólo por resucitar el prejuicio, sino también por darle forma de ley. No parece que tuvieran mucho éxito antes del final de la civilización romana clásica.[67] El emperador Heliogábalo, conocido por preferir un papel pasivo en el coito, exilió al jurista que sugirió imponer a los ciudadanos una pena por conducta sexual pasiva.

Muchos autores romanos estigmatizan la conducta que consideran inadecuada al sexo sobre el cual se discute, pero estas caracterizaciones deben leerse con precaución. La elección de objeto sexual casi nunca es el tema de discusión. Las palabras que se traducen por «afeminamiento» implican «falta de virilidad» en el sentido de debilidad o de autocomplacencia mucho antes que en el sentido de los roles propios del género O de la conducta sexual. No, probablemente, la pasividad de los cinaedi, por ejemplo, que inspiraban hostilidad, sino, más bien, su promiscuidad y su libertinaje, que se tomaban como signo de debilidad moral. Muchos eran evidentemente heterosexuales.[68]

La palabra latina mollis («blando») se usaba a menudo como término despectivo, y muchas veces se ha sostenido que se refiere a la pasividad o al «afeminamiento». Aun cuando sea ésta la conclusión más obvia, muchas veces no es la correcta: Marcial, que tantas veces se burla del «afeminamiento» de sus amigos, emplea la palabra en un epigrama para describir al emperador Otón –a quien en realidad los contemporáneos de Marcial consideraban «afeminado»–,[69] pero el sentido del comentario no deja dudas acerca de que mollis se refiere mucho más a la inclinación de Otón por el pacifismo político que a la pasividad sexual (6.32).[70]

En realidad, por lo que respecta a su relación con el sexo, los conceptos de decoro y de comportamiento, al igual que en la mayoría de las culturas, dependían de variables culturales y temporales. A menudo se despreciaban nuevos estilos de vestimenta como «afeminados»,[71] lo mismo que los hábitos de acicalamiento que resultaban novedosos o extravagantes. Estas acusaciones se dirigían por igual a personas evidentemente heterosexuales y a los que se tenía por gays, y no cabe duda de que el estigma no guardaba relación alguna con la preferencia sexual.[72]

Por otro lado, son pocos los escritores que se burlan de esa conducta que bien podría asimilarse a las inversiones de las expectativas sexuales que suelen darse en las subculturas gays modernas. Por ejemplo. Marcial describe a una lesbiana capaz de comer y beber más que cualquier hombre, que practica deportes masculinos, lucha, puede levantar pesos mayores que un hombre y «se folla» a once chicas en un día (7.67).[73] Luciano describe a Megila afeitándose la cabeza mientras se jacta de ser «un hombre en todo» (Diálogos de las cortesanas, 5.3).[74]

Además de los tabúes relativos a la pasividad, era grande el oprobio que pesaba sobre los ciudadanos que se volvían prostitutos,[75] debido a que: 1) la prostitución representaba el nivel más bajo de una profesión que los romanos bien nacidos ya veían con desdén, esto es, el comercio; y 2) cualquiera –ciudadano o esclavo– podía disponer de los servicios de un/a prostituto/a. La perspectiva de un ciudadano romano de servir sexualmente a un esclavo, y por dinero, no podía dejar de provocar desprecio y disgusto.

Sin embargo, el uso de tales prostitutos no entrañaba estigma alguno, y hasta el siglo IV los romanos tenían libertad para prostituir a cualquiera, salvo a los ciudadanos menores de edad.[76] Gran cantidad de prostitutos se reclutaban en las clases bajas y entre extranjeros y esclavos. Eran fáciles, y personas prominentes no sólo recurrieron a ellos, sino que incluso se enamoraron. Tanto Tibulo (1.4, 8-9)[77] como Catulo (24, 48, 81, 99) se enamoraron de prostitutos, lo mismo que el cónsul Flaminino y varios emperadores. Filostrato (Epístolas, 19) elogia a un joven prostituto diciendo que es como las estrellas, que pertenecen a todos, o el sol, que es un bendición común. La prostitución pagaba impuestos, lo que suministraba una renta considerable al Estado. Los prostitutos tenían sus propias vacaciones legales. Además de los burdeles masculinos, los prostitutos frecuentaban callejones o los pórticos de los edificios, donde también ejercían su oficio las prostitutas. Muchos lugares públicos de Roma eran sitios especialmente escogidos para la prostitución de ambos sexos, mientras que los prostitutos visitaban los baños públicos en busca de clientes.[78] Al parecer, tanto los colores como el estilo de la ropa se empleaban como símbolos de la disponibilidad sexual y del papel que preferían.[79]

Los propietarios de esclavos podían prostituirlos o usarlos para sus propios fines sexuales.[80] Hay motivo para creer que en Roma muchos hombres de bien tenían por costumbre emplear a un esclavo [varón] particular para el desfogue sexual antes del matrimonio,[81] y el testimonio de la literatura latina deja en claro que en las casas de los ricos se empleaba a menudo grandes cantidades de esclavos con fines sexuales.[82] Marcial incluso se queja de un amigo que no le presta sus esclavos con esta finalidad (2.43).[83]

Los derechos y los deberes de los libertos eran menos claros a este respecto. Séneca el Padre recuerda un caso (Controversiae, 4) en el cual se critica a un liberto por ser el concubino de su patrón,[84] pero su abogado responde que «el servicio sexual es una ofensa para el que ha nacido libre, una necesidad para el esclavo y un deber para el liberto»,[85] lo cuál dio lugar a un torrente de chistes tales como: «No “cumples tu deber” conmigo» o «Se ha vuelto muy “cumplidor” con fulano o mengano».[86]

Aunque se carece de datos para un análisis cronológico, fue probablemente a comienzos del Imperio cuando la prostitución tuvo su desarrollo más elaborado. A comienzos de la República, la voz neutra scortum se había empleado para denotar tanto a prostitutas como a prostitutos, pero hacia el siglo I d. C. la lengua latina desarrolló distinciones de terminología en correspondencia con la discriminación de las personas dedicadas a la prostitución según el sexo, la edad, el papel que desempeñaban en el coito y otros aspectos personales. La distinción más común era la que se daba entre prostitutos masculinos activos y pasivos: los catamiti eran pasivos; los exoleti eran activos.[87] El desarrollo de este último tipo señala la declinación (aunque no la desaparición) del prejuicio anterior contra los adultos que desempeñaban el papel pasivo en el coito homosexual. Se sabía que diversos emperadores habían mostrado sus preferencias por los exoleti (particular-. mente Nerón y Heliogábalo).

La novena sátira de Juvenal consiste en una conversación con un prostituto activo (Naevolus), acerca del cliente del último, Virro, que es extremadamente rico (y, aparentemente, ciudadano romano). Naevolus también sirve a mujeres, incluso a la esposa de Virro,[88] y afirma haber engendrado dos hijos para este último. Es agrio a propósito de la mezquindad de Virro, y aunque Juvenal se divierte a expensas de Naevolus, la sátira se dirige principalmente a su empleador. No hay indicio de ultraje de parte del hablante ante la profesión de Naevolus, y Juvenal le asegura en cierto momento que no debía temer por su empleo: «Mientras estas colinas se levanten sólidas, nunca te faltará un amigo pasivo; vendrán de todas partes, en carro y en barco» (130-32).[89]

La hostilidad hacia los varones libres que se entregaban a la prostitución quizá declinara a comienzos de la era cristiana; Juvencio, el prostituto amado de Catulo, provenía de buena familia, y se rumoreó que el propio Augusto había vendido sus favores al gobernador general de España (Suetonio, Augusto, 68). Tiberio hubo de adoptar rigurosas medidas para evitar que las mujeres de buena cuna siguieran dedicándose al oficio (Tiberio, 35).

El interés homosexual y las; actividades de la minoría gay en la sociedad romana aparecen por doquier en la literatura latina. Una gran dotación genital en los varones provoca mucho más comentario entre los escritores romanos que unos pechos particularmente desarrollados en las mujeres,[90] y algunas de las preferencias sexuales de ciudadanos prominentes –y al parecer públicamente conocidas en su día– ni siquiera hubieran llegado a la imprenta occidental durante la mayor parte del siglo XX.[91] De muchos emperadores se creía o se corría el rumor de que habían obtenido el poder cediendo a los avances sexuales del gobernante que los había precedido (por ejemplo. Augusto gratificando a Julio César, Otón gracias a su relación con Nerón, Adriano en virtud del amor que Trajano le profesaba).

Por otra parte, es muy probable que autores como Suetonio enfatizaran los aspectos más extremados y escandalosos de la sexualidad romana precisamente para hacer más vivaces y excitantes sus obras, y que la mayoría de los romanos –gays o no– vivieran una vida de pasiones y actividades más moderadas. Sería completamente erróneo imaginar que la sociedad romana en general toleraba la conducta sexual que se consideraba perjudicial, ya fuera para los individuos, ya para la sociedad. Es verdad que los esclavos podían ser explotados despiadadamente, pero la esclavitud y sus concomitantes crueldades fueron características de casi todas las sociedades occidentales, incluso de las extremadamente puritanas, como las de la América colonial.

Los romanos hicieron denodados esfuerzos para proteger del abuso sexual a los niños que nacían libres. Dado que homosexualidad y heterosexualidad se consideraban en general como alternativas equivalentes, esta preocupación se aplicaba por igual a la descendencia masculina y a la femenina. La mayoría de los escritores equiparan específicamente el recato de niños y niñas como un preciado bien,[92] y la violación de menores se castigaba con gran severidad. Parece ser que la seducción se veía con un poco más de indulgencia. Esto tal vez se debiera a que en el mundo antiguo se acostumbraba ver a los niños como adultos pequeños y a suponer en ellos sentimientos eróticos, aspecto que Petronio destaca con mucho humor (85-87). Horacio elogió a su padre por haberlo protegido, en su adolescencia, de «perder su virtud o incluso de las sospechas de que la hubiera perdido» (Sátiras, 1.6. 81-88);[93] pero cuando creció, declaró francamente ser amante tanto de chicos como de chicas (Epodos, II).[94] Es probable que, en tales casos, «chicos» y «chicas» no deban tomarse en sentido demasiado literal; en términos de adultez sexual, los escritores romanos seguían considerando como «chicos» (= «muchachos») a quienes prestaban ya servicios en el ejército romano.[95] Es probable que lo que en tales casos se entendía por «chico» o «muchacho» no fuera tanto la minoría de edad cronológica como la sugerencia de belleza juvenil. Los autores de otras nacionalidades critican específicamente a los hombres romanos por limitar su erotismo a los jóvenes mayores.[96]

La sexualidad bastante escandalosa del Imperio oscurece también un amor más profundo y más espiritual entre las personas del mismo sexo, que era igualmente común. En toda la literatura latina, este amor es celebrado junto con elementos más obscenos, y tiene también su lugar en los relatos históricos. Se considere o no como modelos de fidelidad afectiva a Encolpio y Gitón, personajes de El Satiricón, sería difícil encontrar relatos históricos de amor más románticos que los que se dan entre los amantes homosexuales que describen Ovidio o Virgilio; y Horacio e incluso el chispeante Catulo, escribieron versos de profundos sentimientos.[97] Marcial no parece haber tenido un único amante, pero una cantidad de epigramas debidos a su pluma dan muestras de honda sensibilidad ante el amor espiritual (esp. 1.46, 88), y en 10.20 sugiere que fue un amante de juventud quien lo llevó de nuevo a España tras haber vivido muchos años en Roma.

En los primeros tiempos del Imperio, los papeles estereotípicos de «amante» y «amado» ya no parecen ser el único modelo de amantes homosexuales, e incluso los emperadores abandonaban los papeles sexuales tradicionales en favor de relaciones eróticas que implican mayor reciprocidad.[98] Muchas relaciones homosexuales eran permanentes y exclusivas. Entre las clases bajas podían haber predominado las uniones informales como las de Gitón y Encolpio, pero en las clases altas eran legales y comunes los matrimonios entre hombres o entre mujeres. Incluso durante la República, como se ha observado, Cicerón consideró como matrimonio la relación del joven Curio con otro hombre, y durante los primeros años del Imperio es muy común hacer referencia a matrimonios gays. El biógrafo de Heliogábalo sostiene que tras el matrimonio del Emperador con un atleta de Esmirna, todo hombre que aspirara a progresar en la corte imperial debía tener marido o simular que lo tenía (Lampridio, 10-II).[99] Marcial y Juvenal mencionan las ceremonias públicas, con participación de las familias, dotes y precisiones legales.[100] No está claro que esto se limitara a los aristócratas: Juvenal menciona a un cornetista. Marcial señala (11.42) que los dos hombres que toman parte en una ceremonia nupcial son completamente masculinos («El barbudo Calistrato se pasó con el robusto Afer»)[101] y que el matrimonio se efectúa según la misma ley que regula el matrimonio entre hombres y mujeres.

Nerón se casó sucesivamente con dos hombres, en ambos casos con ceremonia pública y el ritual adecuado al matrimonio legal. Al menos una de estas uniones fue reconocida por griegos y romanos, y a la esposa se le concedían honores de emperatriz. (Suetonio informa de un chiste popular de la época, según el cual, si el padre de Nerón se hubiera casado con ese tipo de esposa, el mundo habría tenido mejor suerte; Nerón, 28-29.) Uno de los hombres. Esporo, acompañaba a Nerón a las funciones públicas, donde el emperador lo abrazaba cariñosamente. Permaneció con Nerón durante todo su reinado y estuvo a su lado cuando murió.[102]

No nos ha llegado, ni con mucho, el mismo volumen de información sobre el amor lésbico en Roma que sobre las pasiones homosexuales masculinas. Es evidente que ello se debe a que casi todos los escritores romanos eran varones; si eran gays, escribían sobre los hombres como amantes; en caso contrario, sobre las mujeres. Sin embargo, puede haber habido también una cierta ambigüedad legal acerca del lesbianismo como forma de adulterio de parte de la mujer casada: tanto Séneca padre como Marcial se refieren a actividades lésbicas como adulterio, y el primero sugiere la conveniencia de la pena de muerte cuando eran descubiertas en el acto mismo por alguno de los maridos.[103] Ovidio cuenta la historia de amor erótico entre dos mujeres, pero a una de ellas la otra la toma por hombre, y finalmente los dioses la convierten en hombre (Metamorfosis, 9.666-797).[104] Es sorprendente que Ovidio se explaye tanto sobre la extremada rareza de las pasiones lesbianas de este personaje,[105] mientras que considera perfectamente normal el amor homosexual entre hombres (por ejemplo, 10.78-215).[106] (Por otro lado, los prejuicios morales que se ponen de manifiesto en la Metamorfosis son muchas veces meramente retóricos.)[107]

Menos sorpresa y mayor familiaridad con la homosexualidad femenina mostraban Luciano (¿y su público?) en el quinto de sus Diálogos de las cortesanas,[108] donde se: describe a una mujer de Lesbos como enamorada de Lena, otro de los personajes del diálogo, a quien seduce. La otra interlocutora, Clonarlo, ha oído decir que en Lesbos hay muchas mujeres así (5.2), pero está claro que el fenómeno no tiene límites geográficos: la mujer en cuestión, Megila, está casada con una mujer de Corinto (5.3).[109] Lena se siente un poco confusa ante todo este asunto, y alude al mismo con el adjetivo «extravagante» (5.1),[110] aunque aparentemente, en ese momento ella vive con Megila (¿y su esposa?).[111] Clonarlo, por otra parte, está fascinada y no puede obtener suficientes detalles de su reticente amiga.

La propia actitud de Luciano puede explicar el cuadro tan estereotipado de Megila, quien parece decididamente inclinada hacia los hombres, aunque es posible que, en el Imperio, las mujeres gays adoptaran a veces una conducta estereotípica del sexo contrario de un modo que entre los hombres no se daba en absoluto. La prueba de la literatura escrita por y para hombres es un fundamento demasiado débil para formular conjeturas sobre este punto.

En su novela Babyloniaca, Yámblico, contemporáneo de Luciano, incluía una intriga secundaria acerca de Berenice, reina de Egipto, y su pasión por la bella Mesopotamia. El relato sobrevive sólo en el resumen del patriarca Focio,[112] quien explica que contiene

 

una digresión acerca de Berenice, la hija del rey de Egipto, y sus pasiones salvajes y desordenadas,[113] y cómo ésta durmió con Mesopotamia, quien más tarde fue cogida por Saka y llevada ante Garmos con su hermano, Éufrates... Pero Zobaras [sirvienta de Berenice], que había bebido de la fuente del amor y había quedado apasionadamente prendada de Mesopotamia, la rescató y la devolvió a Berenice, de cuyo lado había sido arrebatada, y que se había convertido en reina de Egipto después de la muerte de su padre. Berenice se casó con Mesopotamia,[114] y hubo guerra entre Garmos[115] y Berenice a causa de ella.[116]

 

Es probable que la más famosa pareja de amantes del mundo romano sea la de Adriano y Antínoo. Adriano (r. 117-38) fue el más notable de los «cinco buenos emperadores».[117] Hizo un gobierno pacífico y productivo y fue el primer emperador que, después de Tiberio, se retiró en paz en vez de sucumbir asesinado o morir en el campo de batalla. Parece haber sido exclusivamente gay.[118]

Poco se sabe de Antínoo, el joven griego de quien Adriano se enamoró profundamente, salvo que el afecto que el emperador exhibió a su respecto provocó asombro y admiración incluso en el temprano Imperio, saturado de pasiones. Antínoo se ahogó en el Nilo mientras lo cruzaba con Adriano, en el año 130.[119] El emperador quedó desconsolado y lloró «como una mujer».[120]

Adriano deificó a Antínoo y estableció un oráculo en su nombre en Mantinea, con misterios anuales y un festival cada cuatro años. En Atenas, Eleusis y Argos se establecieron juegos en su nombre, que se seguían celebrando incluso doscientos años después de su muerte. El emperador también fundó en su honor una ciudad sobre el Nilo (entre Menfis y Tebas) y construyó grandes caminos que llevaban a ella para asegurar su prosperidad. Dión Casio cuenta que Adriano erigió estatuas en honor de Antínoo «en todo el mundo» (69.11), y su imagen sobrevive hoy día en la escultura, la arquitectura, la pintura, las monedas y la literatura helenísticas: «La construcción más elevada y más característica del período de Adriano fue la creación del personaje de Antínoo».[121]

El enorme atractivo del amor entre Adriano y Antínoo puede haberse debido en parte al predominio de las parejas del mismo sexo en la literatura romántica popular de la época. A la producción literaria de tiempos imperiales –desde la poesía lírica a las novelas populares– las parejas gays y su amor aparecen en pleno pie de igualdad con sus correspondientes heterosexuales.[122] Ya se ha hecho referencia al ejemplo de la pareja lésbica de Babyloniaca. En Ephesiaca, una novela de Jenofonte de Efeso,[123] Hipothos se enamora, en forma sucesiva, de un varón de su misma edad, de una mujer mayor que él y de un hombre más joven. El primer amor de Dionisos, el héroe de Dionysiaca, de Nonos de Panópolis, es Ampelos, otro varón (10.175-12.397).[124]

En Amatorius, de Plutarco, un hombre joven y bien parecido es cortejado por varones y por mujeres; su madre rehusa tomar la decisión acerca de si debe casarse con su primo mayor y «el más responsable de sus amantes» (749F).[125] Cosas del corazón, al igual que otros diálogos de la época, yuxtapone constantemente el amor a «mujeres en la plenitud de su esplendor y a jóvenes en la flor de la virilidad» como las dos caras de una misma moneda.[126]

En Clitofón y Leucipo,[127] novela que no sólo leyeron los romanos del siglo ni, sino también los monjes cristianos durante muchos siglos,[128] parece imposible distinguir entre amor romántico homosexual y heterosexual, a no ser por el accidente de los sexos implicados. Un varón heterosexual acude a su primo mayor gay en busca de consejo sobre amor; el primo le ayuda a escapar con la mujer a la que ama; tres hombres que se encuentran en una nave son inconsolables sobrevivientes de parejas que han acabado desgraciadamente: dos de ellos perdieron trágicamente amantes varones y el otro una amante. Cuando Carióles es asesinado mientras monta el caballo que le ha dado su amante, Clinias, un sirviente de la familia se apresura a informar a Clinias de la muerte de Carióles, y padre y amante de éste lloran juntos sobre su féretro. Tampoco se describen estas relaciones como exclusivas de las clases altas: en los romances helenísticos, los afectos gays se encuentran tanto en aristócratas y filósofos como en piratas y bandidos.

Es indudable que la literatura griega del Imperio era el producto de una élite urbana culta y que estaba construida como fantasía de evasión: muy difícilmente sus detalles puedan invocarse como pruebas históricas. Pero novelas de este tipo, dirigidas al público lector general, eran lo más parecido a la literatura popular que cabe hallar en la literatura antigua; el hecho de que las relaciones homosexuales permanentes o exclusivas se den en ella sin sugerencia alguna de rareza y de que se las considere con el mismo interés que las relaciones heterosexuales, es una manifestación muy elocuente del clima de opinión que reinaba en las ciudades mediterráneas en los siglos inmediatamente posteriores al nacimiento de Cristo.

A la sociedad romana se la considera universalmente como matriz cultural de la Europa occidental; casi todos los aspectos de la cultura y la organización social de los pueblos que utilizaron las ruinas de su Imperio como fundamento de nuevas sociedades muestran la influencia o la inspiración romana. Esta dependencia es precisamente lo que hace más extrañas las inmensas diferencias entre los romanos y sus herederos en cuestiones tan básicas como la sexualidad y la tolerancia.

La impresión común de que la sociedad romana se caracterizaba por el hedonismo desprovisto de amor, por la anarquía moral y la total ausencia de límites, es tan falsa como la mayoría de las descalificaciones generales de pueblos enteros; es el resultado de extrapolaciones del tratamiento literario de lo sensacional antes que de la conducta real típica, lo cual estaba calculado para conmover o sacudir a los romanos. Parece que la mayoría de los ciudadanos de las ciudades romanas fueron tan sensibles a los problemas y los sentimientos propios del amor, la fidelidad y la devoción familiar como sus antecesores y sus sucesores, y la sociedad romana en conjunto mantenía un complejo conjunto de normas morales y civiles relativas a la sexualidad y a su uso.

Pero la sociedad romana, en comparación con las naciones que terminaron por desarrollarse a partir de ella, presenta la asombrosa diferencia de que ninguna de las leyes, ninguna de las normas, ninguno de los tabúes que regulaban el amor o la sexualidad castigaba a las personas gays o a su sexualidad; y la intolerancia a este respecto era tan rara que en los grandes centros urbanos podría considerársela inexistente. En sentido riguroso los gays eran una minoría, pero su inclinación no tenía, ni para ellos ni para sus contemporáneos, nada de perjudicial, de extravagante, de inmoral ni de amenazador, y estaban plenamente integrados en todos los niveles de la vida y la cultura romanas.

En lo esencial, esta actitud no se transmitió a los herederos de la civilización romana. Carlomagno no sólo imitó al Imperio Romano, sino que trató de resucitarlo cultural y políticamente, pero sus actitudes en relación con la homosexualidad no pueden ser más opuestas a las de los emperadores a los que él mismo admiraba. Los italianos renacentistas que se esforzaron por ser como sus predecesores hasta en los mínimos detalles del lenguaje y del arte, execraban sentimientos que la Roma clásica había inmortalizado en la escultura pública, la mitología y toda clase de literatura. Averiguar precisamente cómo tuvo lugar esta transición tan selectiva y cuáles fueron las razones que la provocaron será el objetivo de los próximos capítulos.

 

 

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[1] «Pero –agrega W. C. Firebaugh– Claudio era un débil mental» (The Satyricon of Petronius Arbiter, Nueva York, 1966, p. 228). En la edición de 1789 de la History of the Decline and Fall of the Roman Empire, de Gibbon, se hace esta observación en 1, p. 78, n. 40. En la edición más común editada por Dean M. Guizot y W. Smith, Londres, 1898, se halla en 1, p. 313, n. 40. El comentario tiene lugar en conexión con el amor de Adriano por Antínoo y contiene claras referencias a la homosexualidad.

[2] Si Gibbon quería que se considerara a Julio César como el primer emperador, su afirmación es correcta; en caso contrario, me interesaría saber de qué datos dispuso acerca de Antonino Pío, quien, en la serie comúnmente aceptada, es el decimoquinto.

[3] De los muchos estudios en prensa concernientes a la vida social y las costumbres de los romanos, ninguno merece recomendación sin serias reservas en lo que respecta a su tratamiento de los gays. Sexual Life in Ancient Rome, de Otto Kiefer, Londres, 1934, trad. del alemán Kulturgeschichte Roms unter besonderer Berücksichtigung der römischen Sitten, es particularmente inexacto y mal informado, a pesar de su evidente popularidad y sus constantes reediciones. Son útiles los análisis de Roma que se encuentran en las pocas historias generales de la homosexualidad: bastará con citar aquí la opinión de Bullough, según la cual «una denuncia general de tal “inmoralidad” [esto es, homosexualidad] es un tema constante de la literatura romana» (p. 151) y su invocación, como prueba, de la autoridad de «Suidas» y Gibbon (p. 137). De figuris veneris, de F. C. Forberg, que se tradujo anónimamente al inglés como The Manual of Classical Erotology (ed. priv., 1844; reed. Nueva York, 1966), reúne muchos pasajes que se refieren a aspectos menos comunes de la sexualidad romana, pero, especialmente en la versión inglesa, es inexacto en las citas y los detalles y no aporta ningún análisis ni penetración comprensiva. La breve «Praefanda», de A. E. Housman, Hermes, 66, 1931, 402-412 (reeditada en The Classical Papers of A. E. Housman, ed. J. Diggle y F. R. D. Goodyear, vol. 3, 1915-1936, Cambridge, Ingl., 1972, pp. 1175-1184), se coloca en la misma línea anecdótica, aunque con mayor precisión y elaboración. El apéndice sobre Roma, de Meier/de Pogey-Castries, al final, es preciso pero breve. Sólo se pueden recomendar con entusiasmo unos pocos artículos. El más general es el de Wilheim Kroll titulado «Romische Erotik», en Zeitschrift für Sexualwissenschaft und Sexualpolitik, 17, núm. 3, 1930-1931, pp. 145-178; su Kultur der Ciceronischen Zeit, Leipzig, 1933, pp. 177 ss., también es excelente, pero más limitada. «Augustan Poetry and the Life of Luxury», de Jasper Griffin, en Journal of Roman Studies, 66, 1976, pp. 87-105, es un trabajo excelente, aunque las conclusiones del autor difieren de las mías en lo concerniente a la Lex Scantinia (cf. más adelante). De la sexualidad y la moral romanas, así como de la familia y la situación general de las mujeres, se hallará un excelente análisis en Sarah Pomeroy, Goddesses, Whores, Wives, and Slaves: Women in Classical Antiquity, Nueva York, 1975.

[4] Para los romanos, las cuestiones sexuales (en oposición a las románticas) eran cuestiones de propiedad: los romanos se ocupaban de vigilar que no se violaran sus derechos sobre sus esposas e hijos (cualquiera fuera su sexo), que los matrimonios de sus descendientes se realizaran de tal manera que sirvieran para realzar su prestigio (o riqueza), y de evitar ellos mismos toda violación manifiesta a los derechos de otros que pudiera ser injusta (o incurrir en falta merecedora de castigo). Fuera de estos intereses que, aunque compulsivos, eran simples, la sexualidad romana carecía de trabas. En teoría, el adulterio probado era un azar incluso para los poderosos, pero la literatura latina está plagada de relatos y acusaciones de infidelidad. No hay duda de que la mayoría de esos sucesos quedaron impunes, ni de que algunos hasta se produjeron con la connivencia del cónyuge. Para las clases superiores, el matrimonio era en gran parte una cuestión dinástica, política y económica; al menos en el caso de las mujeres, era dispuesto por el padre, quien a menudo también podía disolverlo. Era común el divorcio amistoso. Y también en las clases bajas, las consideraciones prácticas constituían el aspecto principal a la hora de decidir acerca del matrimonio: parentesco, conveniencia financiera, deseos de la familia, etc., eran consideraciones decisivas. En ningún grupo de gente, conceptos de amor romántico parecidos a los que son comunes hoy habrían constituido factores operativos cuanto al arreglo de un casamiento; a veces se esperaba que el «amor» entre esposo y esposa surgiera como consecuencia del matrimonio, no que fuera su origen. Consistía en un trato justo, respeto y consideración mutua, y muchas veces correspondía más a los afectos paternales del mundo moderno (por ejemplo Catulo, 72: Dilexi tum te non tantum ut vulgus amicam / Sed pater ut natos diligit et generos...); quizá la diferencia de edad contribuyera a esto último. El concepto de «fidelidad» sólo se aplicaba a las mujeres casadas y casaderas, puesto que únicamente en su caso estaba implícita la sucesión legítima y, por tanto el interés en la propiedad. Para los hombres de todas las clases sociales, la moral sexual era ampliamente personal e iba desde el severo ascetismo a la extrema promiscuidad. Las esposas a menudo alentaban a sus maridos a que emplearan esclavos (de uno y otro sexo) para el desahogo sexual, y tal vez la actitud de Antonio en relación con las relaciones heterosexuales sea típica de los varones romanos: en una carta a Augusto (quien, como el propio Antonio, estaba a la sazón casado), preguntaba: «¿Qué puede importar dónde o en quién lo pones?» (Suetonio, Augusto 69: An refert, ubi et in qua arrigas?; cf. Marcial, 11.20).

[5] El problema específico del derecho romano y del comportamiento homosexual romano se analiza detalladamente en Bailey, pp. 64-66, y más recientemente en Jérome Bernay-Vilbert, «La répression de l’homosexualité dans la Rome antique», en Arcadie: revue littératire et scientifique, 250, octubre de 1974, pp. 443-456. Mis conclusiones difieren ostensiblemente de las de Bailey y sólo un poco menos de las de Bernay-Vilbert, quienes confieren a la Lex Scantinia una confiabilidad mayor que la que a mí me parece justificada, aunque ambos admiten un «aura de incertidumbre» alrededor de ella. Cf. las sensatas opiniones de Griffin.

[6] Obsérvese que en 6.1.8 un hombre es perseguido simplemente por intención de seducir a una mujer libre por nacimiento.

[7] In qualicumque enim statu positam Romano sanguini pudicitiam tutam esse uoluit, 6.1.9.

[8] Más adelante se menciona 6.1.7 (el caso de C. Escantinio Capitolino), lo mismo que el 6.1.9; 6.1.10 cuenta la persecución de un veterano de guerra condecorado que había «desflorado» a un joven libre por nacimiento (ingenuas adulescentulus); 6.1.11 es el caso de un tribuno que intentó seducir a un subordinado y fue condenado porque «trató de corromper la virtud de alguien para quien él debía haber sido ejemplo».

[9] 6.1.12. La misma historia narra Plutarco en Vida de Gaio Mario, 14.3-5, y Quintiliano en Declamationes maiores, 3, 3B; una versión algo mutilada se encuentra en Dionisio de Halicarnaso, 16.4.8 (el préstamo evidente de Valerio Máximo que aparece en la sección inmediatamente posterior hace improbable la índole independiente de este pasaje). La fecha de redacción de Declamationes es incierta. Quintiliano escribió a finales del siglo I d. C.; las Declamationes pueden ser incluso del siglo IV, aunque no está claro que nada de ellas se deba a Quintiliano. Es una gran pena el que no se las pueda datar ni siquiera aproximadamente, pues contienen un considerable volumen de material útil para evaluar actitudes respecto de las ofensas sexuales implicadas en el caso. El autor de 3B enfatiza la inoportunidad del momento escogido por el tribuno, que decidió satisfacer sus deseos durante la batalla (3.6), las posibles consecuencias en desmedro de la disciplina militar si se permitía que los superiores ordenaran obediencia a los subordinados en ese tipo de cuestiones (3,16-17) y la gloria que cubriría a Mario si sostenía la inocencia del soldado contra el tribuno, que era pariente suyo (3.18). El autor de 3B cree que se ha fraguado el cargo contra el tribuno y que su procesamiento implica muy claramente que, en tales casos, lo único reprehensible es la fuerza (Miles armatus erat et fortior, et ei vim irrogare tribunus voluit imbecillis?).

[10] Por ejemplo, [Quintiliano]: Suum quisque habeat fortasse judicium: mea sententia non satis pudicus est miles qui armatus tantum negat. Aparentemente, muchos pensaron que la relación sanguínea de Mario con el tribuno lo obligaba a vengar su muerte, con independencia de las circunstancias. No cabe duda de que el no haber actuado de esa manera acentuó la controversia acerca de los acontecimientos.

[11] Valerio Máximo, 6.1.9; Livio, 8.28; Dionisio de Halicarnaso, 16.9 (sin duda derivado de Valerio Máximo). El incidente tuvo lugar en el siglo IV a. C.

[12] Livio comenta: Et cum consules tumultu repentino coacti senatum vocarent, introentibus in curiam patribus lacertum iuvenis tergum, procumbentes ad singulorum pedes, ostentabant («Y cuando los cónsules, obligados por el alboroto repentino, convocaron al Senado, [la multitud] se arrojó a los pies de cada uno de los senadores que entraban en la curia y señalaba la espalda herida del joven»), 8.28.7.

[13] Livio, la más autorizada de las voces, no menciona que se infligiera castigo alguno al amo; Valerio Máximo (y, por tanto, Dionisio) afirma que fue encarcelado.

[14] Suspectus erat locus, suspectum tempus, suspecta matris familiae persona, suspecta etiam adulescentia ipsius.

[15] Adfirmat enim se ob amorem pueri servi eo esse perductum.

[16] Crimen libidinis confessio intemperantiae liberauit.

[17] Tamquam fragmentum naufragii leue admodum genus defensionis amplexus.

[18] El hombre murió en prisión, pero su condena no tenía nada que ver con la homosexualidad. Non putarunt enim tribuni pl[ebis] rem publicara nostram cum fortibus uiris pacisci oportere, ut externis periculis domesticas delicias emerent.

[19] Tan poco se sabe acerca de esta ley, que hasta se discute cómo se escribe. Se prefiere «Scantinia», pero también aparece como «Scatinia».

[20] Vida de Marcelo, 2.

[21] Quosdam ex utroque ordine lege Scantinia condemnauit. No hay absolutamente ninguna razón que justifique la errónea traducción de este fragmento que ofrece Robert Graves: «y condenó a muchos miembros de ambas Ordenes bajo la Ley Escantinia, que se dirigía contra prácticas antinaturales» (The Twelve Caesars, Londres, 1957, p. 300). Aun cuando fuera correcto traducir quosdam por «muchos» (lo que es dudoso), la oración subordinada de relativo (que se dirigía...) se debe pura e íntegramente a la imaginación de Graves.

[22] Ingenuum stupravit et stupratus se suspendit, non tamen ideo stuprator capite ut causa mortis punietur, sed decem milia, quae poena stupratori constituta est, dabit. Cf. 7.4.42, donde la cuestión de la responsabilidad del autor del estupro por la muerte del joven parece menos segura.

[23] Valerio Máximo le llama tribuno de la plebe; Plutarco, coedil. El nombre de la ley puede incluso no ser el mismo que el del hombre, según sea su escritura correcta.

[24] Las leyes romanas se designaban de acuerdo con el proponente de la misma. Plutarco describe con detalle el proceso iniciado por Marcelo y qué hizo éste con el dinero que el Senado le otorgó como indemnización, pero no menciona ninguna legislación en relación con este caso. El argumento de que Escantinio podía haber propuesto la ley para limpiar el nombre de su familia es una pura conjetura, sin ningún paralelismo en tales casos.

[25] Los traficantes practicaban en gran escala la castración de los esclavos jóvenes, con disgusto de muchos romanos, y bien puede haber entrado en las estipulaciones de la ley hacia la época de Domiciano. Petronio cita una burlona arenga de Eumolpo contra ella (119), pero son Séneca y otros quienes expresan el auténtico ultraje de esta costumbre.

[26] Si este incidente no es digno de confianza con la única autoridad de Suetonio, tampoco lo es, y por la misma razón, la referencia a la Lex Scantinia.

[27] En 6.39, Marcial afirma categóricamente que no es un crimen para el padre tener relaciones homosexuales con su hijo (Percide, si vis, filium: nefas non est), pero, probablemente, no es más que un comentario sobre los poderes absolutos del paterfamilias.

[28] Por Domiciano: punto 2), supra. También fue invocada en la época de Cicerón por ambas partes en una disputa sobre dinero: Epistulae ad familiares, 8.12.13, 14.4.

[29] Cf. infra, n. 30.

[30] Ταυτα οί σοφοί των νόμων επιτρέπουσιν έξεστιν αυτοις αμαρτειν κατά νόμων. Es probable que, como Sexto Empírico, Clemente también fuera ateniense, por lo que, en este punto, la fe en su veracidad ha de estar moderada por una comprensión bastante imaginativa de la práctica de «los antiguos legisladores romanos», que, a su juicio, habían enterrado viva la culpa por homosexualidad (ανδρόγυνον εμίσησαν επιτήδευσιν ουτοι, καί του σώματος τήν πρός τό θηλυ κοινωνίαν παρά τόν την φύσεως νόμον ορύγματος κατηξίωσαν κατά τόν της δικαιοσύνης νόμον, ibíd.) La patrística griega empleaba con mayor frecuencia ανδρόγυνος; en el sentido de «afeminado» que en su sentido original de «hermafrodita». Esto puede haber llevado a Clemente a combinar «hermafrodita», «afeminado» y «homosexual» (descuido que difícilmente podría suponerse único entre las mentalidades hostiles a la homosexualidad) y a confundir la dureza romana en relación con los niños que nacían hermafroditas, lo que se consideraba un mal augurio (véase Livio, 31.12), con las actitudes romanas respecto de personas y actos homosexuales.

[31] Salvo, posiblemente, Juvenal; véase infra.

[32] La compara directamente con la desproporción entre el coste de un pote de caviar y el de un labrador, y sugiere que la prostitución masculina es un lujo legal, como el caviar.

[33] Ibíd., 43.1 ss., y en Valerio Máximo, 2.9.3. Cf. Cicerón, Cato Maior, 42. Teóricamente, la frase de Livio podría significar más bien «prostituta notoria» que «noble», puesto que en esta época nobilis significaba tanto «bien nacido» como «muy conocido», aunque un uso semejante en Valerio Máximo (9.1.8), en que nobilis tiene que significar «noble», abona la opción por este significada también aquí.

[34] Está claro que lo único contrario a la ley y susceptible de censura era la crueldad de Flaminio. Livio especifica que, «en cualquier circunstancia», el asesinato es «salvaje y horrible», y ésta es la única razón por la que se expulsó a cónsul (39.43.4-5).

[35] Post reditum in senatu, 4; Alter a me Catilinam, amatorem suum, multis audientibus,... reposcebat.

[36] Véase, por ejemplo, Plutarco, Vida de Sila, 2, 36.

[37] Filípicas, 2.18.45: Te a meretricio quaestu abduxit et, taaaquam stolam dedisset, in matrimonio stabili et certo collocavit. La stola era una vestimenta distintiva de una mujer romana casada.

[38] Antonio y el tribuno Gabino, Post reditum, 5; cf. Pro Sestio, 8.

[39] Pro Cnaeo Plancio, 12.30. Quod non crimen est.

[40] Epistulae ad familiares, 8.12.3, 14.4. El tono en el que Celio menciona a Cicerón su propio proceso bajo esta ley hace pensar que sus disposiciones se consideraban triviales.

[41] Seu negata libertate cui pretium pepigerat, siue amoré exóleti incensus et dominum aemulum non tolerans.

[42] An, ut quidam fingere non erubescunt, iniurias suas ultus est interfector, quia de paterna pecunia transegerat aut auitum mancipium detrahebatur?

[43] Este impuesto lo cobraran todos los emperadores, tanto cristianos como no cristianos, y hasta bien entrado el siglo VI. Que esto garantizara la legalidad de las relaciones homosexuales –al menos con prostitutos– es algo que afirma explícitamente Lampridio para Occidente (Historia Augusta, Elagabalus, 32.5-6) y Evagrio para el Oriente (Historia Eclesiástica, PG, 86-2680).

[44] Corpus inscriptionum Latinarum, 1.2.236 (6-9 d. C.); citado en Griffin, p.102.

[45] Marcial niega que sus libros sean fiel representación de su propia moral (1.4; 11.5; pero cf. 12.65, etc.), pero es seguro que los ejemplos de deshonestidad y fraude que se encuentran en ellos guardan más relación con el interés en proteger su reputación que con sus inclinaciones sexuales.

[46] ‘Ημεις δ’ ουκ ειληφέναι σε μισθόν [αλλά δε] δωκέναι φαμέν. No están del todo claras las objeciones exactas de los demandantes contra la relación. Los favores al muchacho se yuxtaponen a la tacañería del prefecto con otras personas, sobre todo con los pobres, y la propia conducta del muchacho aparece como vergonzosa; pero si se tiene en cuenta que el documento fue redactado bajo el reinado de Adriano (véase infra) o muy poco después, apenas puede creerse que una queja dirigida al emperador pudiera contener cualquier descalificación de las actividades homosexuales en general. Toda la cuestión recuerda enormemente los escándalos políticos heterosexuales del Occidente moderno.

[47] Sobre la legislación concerniente a la violación de menores, consúltese Digesto, 47,11,1.2; 48.5.6.1, 34.1; 50.16.101. Este material se analiza en Bailey, pp. 68-70, donde, sin embargo, no se explica el significado de los hechos que se presentan (por ejemplo, de las extensiones de la Lex Julia de adulteriis coercendis para proteger a los muchachos libres por nacimiento, que difícilmente resultarían necesarias en caso de haber estado en vigencia una ley contra las relaciones homosexuales por sí mismas).

[48] Procopio, Anecdota, 11.34-36; Joannes Malalas, Cronografía, 18.168; Justiniano, Institutos, 4.18.4; Teófanes, Cronografía, 521 d. C. Evagiro afirmó explícitamente que las relaciones homosexuales sólo eran legales desde unos años antes, cuando Anastasio abolió el impuesto imperial sobre la prostitución; véase cap. La Alta Edad Media.

[49] Καί τηλικαύτη τις ενεπεπτώκει περί τά τοιαυτα των έργων ακρασία τοις νέοις ώστε πολλούς μέν ερώμενον εγορακέναι ταλάντου, πολλούς δέ ταρίχου Ποντικου κεράμιον τριακοσίων δραχμων. (Posiblemente sólo se tratara de pescado salado y no de caviar; el griego es ambiguo.)

[50] Iam vero (o di boni, rem perditam!) etiam noctes certarum mulierum atque adulescentulorum nobilium introductiones non nullis iudicibus pro mercedis cumulo fuerunt. Cf. 1.18, donde sugiere que tales «introducciones» llevaron a algo («constuprato»).

[51] Semper secum scorta, semper exoletos, semper lupas duceret.

[52] Sic igitur Veneris qui telis accipit ictus, / sive puer membris muliebribus hunc iaculatur/seu mulier toto iactans e corpore amorem...

[53] Caelius Aufilenum et Quintius Aufilenam, / Flos Veronensum depereunt iuuenum, / hic fratrem, ille sororem... Cuando se vio presionado a apoyar alguna, Catulo optó por la pareja gay. Para una traducción, véase Peter Whigham, The Poems of Catullus, Berkeley, 1969, p. 212. Muchas ediciones de Catulo no traducen los versos de contenido homosexual; una edición reciente de la escuela de Oxford (trad. C. J. Fordyce, 1961) ni siquiera los imprime. La de Whigham es la única traducción inglesa realmente correcta. Marcial publicó un comentario menos refinado sobre dos hermanos de diferente inclinación sexual (3.87).

[54] Whigham traduce: «Acabo de encontrarme con un chico / follando a su chica, / me excité, naturalmente, y / (con un guiño a Venus) / caí sobre él y lo ensarté / con una verga bien dura, / como la suya».

[55] La mayoría de los estudiosos consideran retórico el término: probablemente Marcial no estaba casado.

[56] Epigramas que ilustran la bisexualidad de la época: 2.47, 62; 6.16, 54; 8.46, 73; 9.32, 56; 11 passim, esp. 45, 46. Cf. AP, libros. 5, 11.

[57] Véase Epístolas, ed. A. R. Benner y F. H. Fobes, en LC, Cambridge, Mass., 1949.

[58] Por ejemplo, Horacio, Epodos, 1.18, 70-75; Ateneo, 13.601-5.

[59] AP, 1.65, trad. W. R. Paton.

[60] El relato que Livio ofrece de los ritos de iniciación de las Bacanales, que se administraban sólo a quienes tenían menos de veinte años –captari aetates et erroris et stupri patientes (39.13.14)–, constituye un ejemplo interesante de este prejuicio. Se suponía que el incidente en cuestión había ocurrido en 186 d. C., pero Livio lo recordaba un siglo y medio después.

[61] Los relatos de violaciones homosexuales de ciudadanos constituían temas favoritos de la historia moral, como lo ponen de manifiesto las narraciones de Valerio Máximo. La legislación que entró en vigencia en épocas posteriores del Imperio contra la pasividad de los ciudadanos, exceptuaba específicamente a los que eran objeto de violación por bandidos o enemigos (Digesto, 3.1.1.6: Si quis tamen vi praedonum vel hostium stupratus est, non debet notari).

[62] Particularmente reveladora de esta relación es la actitud que, en El Satiricón, de Petronio, adoptan respecto de Gitón los hombres que se pelean por sus favores.

[63] Hacia el siglo III había penalidades legales pero parece que se las ignoraba.

[64] Véase esp. 16 (cf. Marcial, 6.44). Desde el punto de vista sociológico, la poesía de Catulo es una mina de oro; como poemas homoeróticos son notables los núm. 15, 16, 21, 24, 33, 56, 57, 81 y 100.

[65] No es importante si los cargos eran verdaderos; ,1o que interesa es la reacción del populacho. Cf. Catulo, 57, donde presenta a César como cinaedus y pathicus.

[66] Por ejemplo, Calígula y Nerón.

[67] Hacia el siglo V, el médico romano Celio Aureliano podía observar que a mucha gente le costaba mucho creer en la existencia de varones pasivos (Tardarum passionum, 4.9) y describía sus predilecciones como una enfermedad hereditaria e incurable, si bien en otros sitios alude al deseo homosexual activo como perfectamente normal y saludable (Celerum vel acutamm passionum, 3.8: «No admitáis visitantes, sobre todo mujeres jóvenes y muchachos, pues el atractivo de esos visitantes volvería a encender el deseo en el paciente. En verdad, hasta las personas sanas, al verlos, buscarían en muchos casos la gratificación sexual», trad. Drabkin, p. 413). Aparentemente sin captar la importancia de este pasaje, Drabkin clasificó erróneamente el análisis de la pasividad en los hombres (y los deseos activos en las mujeres), como si se refirieran a la «homosexualidad», como si el autor considerara de modo genérico como no saludables los deseos del mismo sexo. Es evidente que, en esta sección, las mujeres no son simplemente lesbianas, desde el momento en que toleran sus deseos «malsanos» tanto con hombres como con mujeres (“quod utrumque venerem exerceant, mulieribus magis quam viris”).

[68] Véase, por ejemplo. Marcial, 7.58; Epicteto, 3.1.32.

[69] Sobre el «afeminamiento» de Otón, véase Juvenal, 2.99: “Ille tenet speculum pathici gestamen Othonis”. Cf. Suetonio, Otón, 2.

[70] Obsérvese que las supuestas connotaciones sexuales de esta palabra también han desorientado a los traductores de μαλακός; véase infra.

[71] Véase, por ejemplo, Aulo Gelio, Noches áticas, 6.12, y Séneca Padre, Controversiae, 1, pref., 8-10.

[72] En verdad, la extremada incoherencia de muchos autores sobre estos puntos quita todo valor a su testimonio. Marcial ridiculiza como «afeminamiento» la belleza y lo desagradable, el aspecto desaliñado y la vanidad molesta, el mal olor y la fragancia, la depilación y la pilosidad, las mejillas lisas y la barba; en resumen, cualquier característica que pudiera exhibir una persona que a él le cayera mal. Casi todos los estoicos reprobaban el afeitarse o depilarse el cuerpo como «antinatural» y «afeminado»: véase, por ejemplo. Séneca Padre, 1, pref., 10; Epicteto, 3.1.28 ss.; Séneca, Naturales quaestiones, 7.31.2; Epístolas, 47, 122; Aulo Gelio, 3.6; Marcial, 2.62, 29; Juvenal, 2.11-13. Pero nadie sugiere que fuera característica de los varones gays; precisamente el famoso emperador gay Adriano fue quien resucitó la costumbre de usar barba en el mundo romano. Los primeros cristianos se oponían vigorosamente a afeitarse y depilarse (véase, por ejemplo. Clemente de Alejandría, Paedagogus, 3.3). La mayoría de los historiadores ignora la moral y el significado social ligados al pelo del rostro y el cuerpo en el mundo antiguo y medieval. Hace muchísima falta un estudio general sobre el tema.

[73] Cf. infra, en particular acerca de las lesbianas y de la prudencia con que es menester abordar los relatos de escritores varones. Estas actitudes pueden ser pura y simplemente el reflejo de proyecciones; de los varones romanos.

[74] Τό παν ανήρ ειμι.

[75] Pero obsérvese Valerio Máximo, 9,1.8, y el caso de Flaminino.

[76] Pero cf. supra, n. 25.

[77] Analizado por Meier/de Pogey-Castries, pp. 192-193.

[78] Para lugares de encuentro, véase Juvenal, 9.22-24; y Marcial, 1.34, 62; 2.14. Sobre los baños, véase Petronio, 92; y Marcial, 1.23, 96; 2.70; 1.47; 12,18.

[79] Marcial, 1.96; Aulo Gelio, 6.12.

[80] Es evidente que esto no se consideraba adulterio, al menos para los hombres. Escipión el Africano, conocido por su probidad moral, tenía particular inclinación por una de sus esclavas, aparentemente con el consentimiento y la aprobación de su esposa (Pomeroy, p. 192). Sin embargo, al menos hacia el siglo III, había leyes contra el uso de la fuerza para obtener favores sexuales de los esclavos. Ulpiano opina: Sed et si serui pudicitia adtemptata sit, inuriarum locum habet (Digesto, 47.10.9.4). Una ordenanza de Pío había prohibido esto en Bélica ya en el siglo II (ibíd., 1.6.2), pero no hay pruebas de que ni una ni otra ley ejercieran mucha influencia antes del siglo IV. Sobre el tema de la esclavitud en general en Roma, véase Heinrich Chamraine, Freigelassene und Sklaven im Dienst der römischen Kaiser, Wiesbaden, 1967; Moses Finley, Slavery in Classical Antiquity, Cambridge, 1968; William W. Buckland, The Roman Law of Slavery, 1908, reimp. Cambridge, 1970; et al.

[81] La sugerencia más específica se halla en Catulo, 61 (Epithalamium) y en Marcial, 8.44; cf. el análisis en Symonds, «Notes on the Concubinus», ap. E en Symonds y Ellis.

[82] Sería imposible catalogar todas las menciones de esclavos a los que se usa como objeto de amor homosexual en la literatura clásica. La fuente más útil es Marcial (esp. 1,58; 2.43; 5.46; 7.80; 8.52; 9.21, 22, 25, 59, 73; 10.66, 98; 11.23 56, 70; 12.16, 17, 23, 64, 86); cf. Séneca, Epístolas, 47.7, 95.24; Séneca Padre 10.4.17; Horacio, Sátiras, 1.2, 117; y el análisis siguiente.

[83] Grex tuus Iliaco poterat certare cinaedo: / at mihi succurrit pro Ganymede manus.

[84] Es decir, el esclavo usado para el alivio sexual. Era indudable que la degradante naturaleza de esta posición particular fue lo que provocó el reproche y la calificación de inpudicitia que esta conducta mereció a ojos de Haterio. La homosexualidad por sí misma no era tema de discusión. (Difícilmente la acusación de concubina a una mujer podría interpretarse como un comentario acerca de la heterosexualidad.)

[85] Inpudicitia in ingenuo crimen est, in servo necessitas, in liberto officium.

[86] Non facis mihi officium; multum ille huic in officiis versatur.

[87] Se supone que catamitus deriva de Γανυμήδης, el nombre del joven griego violado por Zeus. Exoletus es el participio pasado de exolesco, «crecer», «llegar a la madurez». El hecho de que hubiera que considerar activos a los «plenamente desarrollados» indica un cierto prejuicio, lo que es una ironía, puesto que es de suponer que los empleaban otros hombres plenamente desarrollados. Sobre la función de los exoleti, véase Lampridio, 13.4, 26.4, 31.6; cf. Marcial 12.91, etc.; Suetonio, Galba, 21; Meier/de Pogey-Castries, p. 195. Cierta confusión deriva de que diversos autores latinos emplean genéricamente el término tanto en el sentido de «prostituto» (masculino) como de «concubina» (femenino): por ejemplo, pueri, cinaedi, pathici, para los pasivos; drauci, paedicatores, glabri, para los que desempeñan un papel activo.

[88] Cf. Marcial, 12.91.

[89] Ne trepida, numquam pathicus tibi derit amicus, / stantibus et salvis his collibus: undique ad illos / convenient et carpentis et navibus omnes... Pocas traducciones hacen justicia al extremado colorido del latín de Juvenal. Probablemente la mejor sea la de Peter Green, The Sixteen Satires, Baltimore, 1967, aunque la actitud de Green respecto de los gays y su sexualidad es hostil o, al menos, está mal informado. Además de referirse al coito homosexual como «práctica antinatural», usa términos como fags, queers y pansies [todos peyorativos, al estilo de «maricón» o «puto», etc.], para traducir términos latinos descalificadores de los prostitutos. Aunque la traducción de algunos de estos términos requiere un cierto sentido de oprobio, la desaprobación en que pensaba Juvenal no tenía nada que ver con el sexo de las partes implicadas, sino únicamente con la índole de las relaciones. En latín no había una palabra equivalente a «homosexual», y seguramente ninguna que correspondiera a los epítetos empleados en las sociedades modernas, que se caracterizan por una intensa hostilidad contra los gays.

[90] En tiempos de Séneca se representaba una pieza acerca de un hombre obsesionado por grandes penes (Naturalis quaestiones, 1.16). La principal cualidad del exoletus de Juvenal para aspirar a la fama parece haber sido sus enormes proporciones («el destino reside en esas partes que la vestimenta oculta», 9.32-6, 92). Marcial escribió muchos epigramas que tienen por tema el gran tamaño del pene (por ejemplo, «Tan largo es tu miembro, Papilo, y tan grande tu nariz, que cuando se te pone tieso ¡puedes olerlo!», 6.36; cf. 9.33; 10.55; 11.51, 63). Petronio relata un incidente en un baño público, donde una multitud se reúne alrededor de un hombre particularmente dotado, y aplaude (92; cf. Marcial, 9.33). Se dice que el emperador Heliogábalo envió emisarios a todo el Imperio en busca de hombres «adornados como mulos» (onobeloi, el equivalente griego de una expresión latina común: cf. supra, Juvenal sobre Nevolo). También abrió al público baños que previamente habían sido privados, de modo que por la noche podía inspeccionar a los hombres que los visitaban, como Faustina; véase Lampridio, 5, 8. Naturalmente, el interés femenino en este tema es un topos antiguo, probablemente tan viejo como el Viejo Testamento (Ez, 16:26).

[91] Aun a riesgo de exageración, la que sin duda se da, algunos de los relatos de Suetonio y Lampridio son asombrosos. Tiberio dio un ejemplo que pocos sucesores pudieron igualar al popularizar las spintriae (cadenas de personas unidas frente contra espalda en uniones sexuales); al entrenar a niños para que lo gratificaran mientras nadaba (les llamaba sus «pececitos»); y en general al hacer de su palacio de retiro en Capri un centro de todo tipo de sexualidad imaginativa (Suetonio, Tiberio, 43-44). Posiblemente Nerón es el único ejemplo clásico de lo que hoy se llamaría sadomasoquismo. Se hacía soltar en una «guarida», vestido con pieles de animales salvajes y «atacaba» las partes privadas de hombres y mujeres atados a una estaca (Nerón, 28-29). Heliogábalo se complacía en poner a sus amigos en circunstancias sexuales embarazosas, como cuando los encerraba por la noche con negras viejas o muchachos jóvenes (Lampridio, 32.5-6).

[92] Por ejemplo, Aquiles Tacio, Leucipo y Clitofón, 1.10.

[93] Cf. Juvenal, 10.295-309. Este tipo de protección es, sin duda, lo que hacía tan atractivo el soborno que se ofrecía a los jurados en época de Cicerón (véase supra, p. 96).

[94] Amore qui me praeter omnes expetit / mollibus in pueris aut in puellis urere.

[95] Por ejemplo, véase Dionisio dé Halicarnaso, 16.4.

[96] Por ejemplo, Bodicea de Bretaña, que caracteriza a los romanos como «libertinos» porque «se bañan en agua caliente, comen exquisiteces artificiales, beben vino puro, se untan con mirra y duermen en lechos mullidos con muchachos como compañeros, ¡muchachos que cobran por ello!» (Dión Casio, 62.6.4; cf. el propio comentario de Dión sobre la preferencia de Séneca por muchachos mayores, en 61.10).

[97] Ovidio, Metamorfosis, 10, Apolo y Jacinto; Virgilio, Églogas, 2; Horacio, Odas, 4.1; Catulo, esp. los versos a Quintio (82) y Celio (100); cf. los dedicados a Juvencio (48, 99).

[98] A Calígula, por ejemplo, se lo designa cuidadosamente por igual como amante y como amado de Lépido (Dión Casio, 59.2.1; cf. Suetonio, Calígula, 36).

[99] Aunque la autoridad de Lampridio dista mucho de ser indiscutible, este pasaje pertenece a la sección de la obra que en general se considera como la más precisa. El disgusto que muestra el autor al contar otros detalles de las flaquezas sexuales de Heliogábalo parece, por el contrario, faltar en el relato de su matrimonio con Zotico.

[100] Juvenal, 2.117-42; Marcial, 1.24, 11.42.

[101] Barbatus rigido nupsit Callistratus Afro.

[102] Si bien podría cuestionarse su autoridad en lo relativo al matrimonio de Heliogábalo, difícilmente podría ponérsela en duda a propósito de Nerón: es mencionado in extenso por Suetonio (Nerón, 28-29), Tácito (15-37) y Dión Casio (61.28, 62.12) y brevemente por Aurelio Víctor, Orosio y otros.

[103] Marcial, 1.90; 7.67, 70; Séneca el Padre, 1.2.23. Naturalmente, un romano también habría tenido el derecho de matar a un hombre al que sorprendiera en la cama con su mujer.

[104] Esta historia (Ifis y Yante) fue citada en épocas posteriores como comentario sobre lesbianismo.

[105] Véase infra, p. 180; cf. Juvenal, 2.47-49.

[106] En un cierto momento de Ars amatoria (1.524), Ovidio parece despreciar los deseos homosexuales (siquis male vir quaerit habere virum), pero el objeto del comentario es impreciso. Probablemente con la única intención de desaprobar a los hombres que buscan tener otros hombres con engaño (male habere antes que male quaerit), ya que se da en el contexto de una condenación de las mujeres que se embellecen en exceso. En otro pasaje de la misma obra (2.684), Ovidio admite la experiencia homosexual propia. (El contraste entre el tratamiento de Ovidio de la homosexualidad masculina y la femenina proporciona el tema a un poema medieval, traducido infra, p. 259.)

[107] Celio Aureliano, Tardarum passionum, 4.9, también analiza la actividad lésbica con cierta extensión, pero su exposición es menos interesante, pues sólo se plantea la actividad específica, no el sexo de los participantes ni sus sentimientos; de ahí que probablemente el análisis no sea original.

[108] También en Alcifrón, Cartas de cortesanas, 14, se representa a las cortesanas en lo que podría considerarse actividad lésbica.

[109] Γεγάμηκα πρόπαλαι ταύτην τήν Δημώνασσαν, καί έστιν εμή γυνή.

[110] Αισχύνομαι δέ, αλλόκοτον γάρ τί εστι. No hay esfuerzo de imaginación capaz de justificar aquí la traducción de αλλόκοτον por «antinatural», que propone M. D. MacLeod (LC, vol. 7, Londres, 1961).Véase supra, p. 43.

[111] A la pregunta de Clonario acerca de si Lena vive con Megila, Lena responde: «Es verdad», 5.1.

[112] Focio, Bibliotheca, 94, más convenientemente editado en Budé Series por Rene Henry, Photius: Bibliothèque, 2 vols., París, 1960; pero he usado la edición de Elmar Habrich en Teubner, Iamblichi Babyloniacorum reliquiae, Leipzig, 1960. Aunque Focio escribió en el siglo IX, su Bibliotheca (o Myriobiblion) es una fuente importante, y en su parte digna de confianza, de la prosa helenística tardía: véase Tomas Hägg, Photius als Vermittler antiker Literatur: Untersuchungen zur Technik des Referierens und Exzerptierens in der Bibliotheke, Upsala, 1975.

[113] La traducción que da Henry de εκθέσμων como «contra natura» (p. 44) es absolutamente injustificada; sugiere una actitud que difícilmente Iamblico hubiera adoptado (véase infra) y que no es probable que Focio le reprochara.

[114] A mi juicio, es la única traducción posible de la vieja expresión griega Καί γάμους Μεσοποταμίας η Βερενίκη ποιειται. Henry la vierte como Bérénice fait célébrer le mariage de Mesopotamia, lo que es más literal, pero no más claro. Puesto que Bérénice es la única persona del relato (además de su sirvienta) con un interés erótico en Mesopotamia, no parece haber razón para suponer que celebrara el matrimonio de esta última con una tercera persona. Por el contrario, dados sus sentimientos, parece enormemente improbable que hubiera permitido siquiera el matrimonio de Mesopotamia con otra persona, y mucho más aún que ella misma lo celebrara. Los matrimonios entre hombres eran comunes en el mundo antiguo, pero éste es uno de los poquísimos ejemplos de matrimonios entre mujeres, y es notable por la forma tan oficial que parece adoptar.

[115] Garmos no estaba enamorada de Mesopotamia, como este fragmento parece sugerir, sino que trataba de matarla porque ésta se había apoderado del papel de heroína de la historia.

[116] Traducido de Habrich, 17, p. 58, y 20, p. 64; Henry, pp. 44, 46.

[117] Esto es, Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio.

[118] En las fuentes sobre la vida de Adriano, sólo aparecen hombres en asociación romántica o erótica con él (véase Esparciano, 1.7.23; cf. Gibbon, 1898, 1:313), y ninguno en serio salvo Antínoo. Tan poco interés tenía en la mujer con la que estaba oficialmente casado, que después de la muerte de ésta corrieron rumores de que la había envenenado (Esparciano, ibíd.) Los historiadores rechazan esos rumores, lo mismo que los relatos según los cuales Adriano era responsable de la muerte de su amante, o bien porque lo sacrificara personalmente, o bien porque lo indujera al autosacrificio en respuesta a una predicción de que el emperador moriría (Dión Casio, 69.11).

[119] Para informaciones históricas de Adriano y Antínoo, véase Esparciano, Adriano, 14.5; Dión Casio, 69.11; Amiano Marcelino, 22.16.2. Los relatos modernos recogen o no la relación con Antínoo, según la actitud y la honestidad del autor. Una versión razonablemente objetiva es la de Bernard W. Henderson, The Life and Principate of the Emperor Hadrian, A.D. 76-138, Londres, 1923, pp., 130-134 (véase esp. p. 130, n. 4, donde cita comentarios posteriores de autores antiguos). Cf. Paul MacKendrick, The Mute Stones Speak, Nueva York, 1960. Para MacKendrick, todo lo que Adriano hizo después de encontrarse con Antínoo es una expresión de su amor por éste: véase pp. 283-284.

[120] Antinoum suum, dum per Nilum navigat, perdidit, quem muliebriter flevit (Esparciano, Adriano, 14.5).

[121] Eugenia Strong, La scultura romana da Augusto a Costantino, rev. y trad. G. Gianelli (Florencia, 1926; de la anterior versión inglesa de 1907), 2:228: «El producto culminante y más característico del período de Adriano fue la creación del tipo de Antínoo». Henderson (pp. 131-132) se vuelve más elocuente sobre el tema de Antínoo en arte: «Tan maravillosa belleza humana, el relato de su patética muerte y de la amarga pena del Emperador impresionaron de tal modo a los artistas y escultores de la época, que en el retrato de este joven el arte romano alcanzó sus más logradas realizaciones». Para otras fuentes sobre Antínoo en epigrafía, etc., véase PW, s.v. «Antinous»; Gibbon, 1898, 1:313, n. 40; etc. La relación entre Adriano y Antínoo escandalizó a muy pocos escritores cristianos antigays, provocó un pétreo silencio del escrúpulo heterosexual de Marco Aurelio (quien ni siquiera nombra a Antínoo entre los amigos del hombre que lo llevó al poder), y parece haber divertido a Juliano, emperador sin duda más relajado. Cf. Henderson, p. 131, n. 4.

[122] Este material no ha sido objeto de gran atención académica, y sería aquí imposible ofrecer al no especialista una introducción a la literatura popular griega de finales del Imperio. Todavía están sin resolver problemas de datación, de identidad del autor, de distribución e incluso textuales relativos a muchos textos importantes; y a menudo no se ha determinado con claridad el significado histórico de obras decisivas. Una lectura de la AP (mayormente accesible en la LC), lib. 12, dará al lector interesado una visión correcta de las pasiones gays tal como aparecen en la poesía que los romanos leían, aunque no necesariamente escribían. Algunas de las novelas más importantes se analizan infra.

[123] Adecuadamente traducida por Moses Hadas en Three Greek Romances, Nueva York, 1953.

[124] La edición (con traducción) de esta obra en la LC (1940), debida a W. Rouse, ha sido sustituida por el texto editado por R. Keydell, Berlín, 1959. Al parecer, Nono también fue autor de una paráfrasis del Evangelio de Juan.

[125] ‘Ο δέ Πεισίας αυστηρότατος των εραστων.

[126] Ed. trad. de M. D. MacLeod (Londres, 1967) como vol. 8 de Luciano de la LC, aunque no se trata de una obra auténtica de Luciano (ca. 125-180 d. C.); hoy se piensa que data de comienzos del siglo IV.

[127] Editada con una antigua pero legible traducción de S. Gaselee en la LC (1917; ed. rev., Londres, 1969). Esta nóvela constituye una útilísima introducción al ethos romántico del período. Que sus actitudes fueran típicas es un hecho incontrovertible: Suidas comenta que «desde todo punto de vista, es como las de otros autores de novelas de amor» (citado por Gaselee, p. ix).

[128] De acuerdo con Suidas, también Aquiles Tacio fue obispo (véase el análisis de Gaselle o el tratamiento más completo del tema en la introducción de la edición de E. Vilborg de Clitophon and Leucippe, Estocolmo, 1955); pero el patriarca bizantino Focio, del siglo IX, que leyó la novela, la consideraba «desvergonzada y desagradable» (94).