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Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad |
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John Boswell, «Las Escrituras», en Cristianismo, Tolerancia Social y Homosexualidad, Los gays en Europa occidental desde el comienzo de la Era Cristiana hasta el siglo XIV, Biblioteca Atajos I, Muchnik Editores SA, Barcelona 1998, pp. 115-143, y las notas correspondientes que en el original se encuentran al final del texto en las pp. 470-478.
A pesar de que es difícil imaginar un cambio más profundo en la moral popular que el que se produjo entre la última época del Imperio Romano y los inicios de la Edad Media, se ha prestado poca atención tanto a las causas como a la auténtica naturaleza de esa transición, tan decisiva en la historia occidental. En verdad, el silencio sobre este problema capital es abrumador. Es casi obligado inferir que el paso de la tolerancia casi ilimitada de las costumbres romanas a la estrechez que caracterizó, por ejemplo, la España visigoda –una nación sacudida por la violencia y la hostilidad contra judíos, herejes, desidentes políticos, gays y otros grupos que se apartaban de la norma general– han de atribuirse a la desaparición total de la población romana, o bien al advenimiento de una de las dos fuerzas –o a ambas– que sustituyeron la hegemonía romana, esto es, el cristianismo y los bárbaros.
Puesto que en realidad la población romana no desapareció, no hay ningún peligro en eliminar la primera hipótesis. Los bárbaros alteraron profundamente las estructuras sociales europeas, si bien no de manera deliberada, mediante la destrucción de muchos de los principales centros urbanos europeos occidentales y la degradación de los sistemas de comunicación que habían mantenido unidas las capitales de la Europa romana. Esto implicó una drástica reducción de la hegemonía urbana en la religión y la reintroducción de un estilo de vida predominantemente rural en la mayor parte del continente.
Como sugiere la ya expuesta dicotomía entre lo urbano y lo rural, esta circunstancia ha de haber ejercido influencia en la moral popular, sobre todo en relación con los gays, tema que se analiza con cierta extensión en el capítulo La Alta Edad Media.
También el cristianismo ejerció una gran influencia en el cambio de costumbres, pero es probable que sus consecuencias sobre las actitudes respecto de la homosexualidad fueran menos importantes de lo que comúnmente se supone y, con seguridad, más complejas y variadas de lo que se ha reconocido hasta ahora. En este capítulo y en los dos siguientes se estudia precisamente este tema bajo tres encabezamientos: 1) la importancia de la tradición de las Escrituras (es decir, los escritos que recibió y leyó la primera generación de dirigentes cristianos); 2) los factores sociales e intelectuales relativos a la opinión del cristianismo primitivo sobre el tema; y 3) la naturaleza exacta de las objeciones teológicas a la homosexualidad entre los Padres de la Iglesia.
Para estudiar la supuesta influencia de ciertos pasajes bíblicos sobre las actitudes occidentales respecto del comportamiento homosexual, es menester abandonar primero el concepto de un solo libro con un cuerpo uniforme de escritos aceptados como única fuente de autoridad moral. En el cristianismo primitivo, la Biblia no circulaba en la forma en que se la llegó a conocer más adelante. Los primeros cristianos leyeron y veneraron muchos libros que hoy son rechazados como apócrifos (por ejemplo, la Epístola de Bernabé, parte del texto del códice más famoso de la Biblia), mientras que en general no reconocieron otros que luego se tuvo por auténticos (por ejemplo, el Apocalipsis).[1] El catolicismo romano no estableció oficialmente el canon de la Biblia hasta el concilio de Trento, en 1546, aunque al menos a partir del siglo VIII hubiera acuerdo general sobre los contenidos del Nuevo Testamento.
La Biblia no fue ni la única ni la principal fuente de la ética del cristianismo primitivo, y los pasajes bíblicos que se refieren abiertamente a la homosexualidad tenían poco que ver con los recelos de los primeros cristianos a este respecto.
Muy pocos teólogos influyentes basaron sus objeciones a las prácticas homosexuales en los pasajes del Nuevo Testamento que hoy se invocan para reprobar esa conducta, y aquellos que los citaban sólo lo hacían a título de apoyo suplementario de argumentos extraídos de otras autoridades. Además, está muy claro que en la Biblia no hay nada que excluya categóricamente las relaciones homosexuales entre los primeros cristianos. A pesar del fraude de las traducciones inglesas, que inducen a creer lo contrario, lo cierto es que la Biblia no contiene la palabra «homosexual», que esta palabra no aparece en ningún texto o manuscrito que haya llegado hasta nosotros, ni hebreo, ni griego, ni siríaco, ni arameo. En realidad, ninguna de estas lenguas incluía una voz correspondiente a la actual «homosexual», y lo mismo ocurre en realidad con todas las lenguas anteriores a finales del siglo XIX. Ni el hebreo, ni el árabe, tienen hoy en día un término equivalente, ni tampoco el griego moderno, salvo cuando acuñan palabras por analogía con el seudolatín «homosexual». Por supuesto, hay maneras de solventar la carencia de una palabra en una lengua determinada, y es posible condenar un acto sin nombrarlo, pero en este caso particular es dudoso que existiera un concepto de conducta homosexual como una clase.
La idea de que la conducta homosexual es condenada en el Antiguo Testamento proviene de varios pasajes. Probablemente el más conocido, y sin duda el que más influencia ejerció, es el relato de Sodoma, en Génesis, 19. En verdad, Sodoma dio su nombre a las relaciones homosexuales en lengua latina:[2] a lo largo de la Edad Media, tanto en latín como en cualquiera de las lenguas vernáculas, la palabra más próxima a «homosexual» fue «sodomita». Sin embargo, la interpretación puramente homosexual de aquel relato es relativamente reciente. Ninguno de los muchos pasajes del Antiguo Testamento que se refieren a la depravación de Sodoma sugiere delito de tipo homosexual, de modo que las asociaciones homosexuales tienen que tener su origen en tendencias sociales y en una literatura muy posteriores. No es probable que tales asociaciones desempeñaran un papel importante en la determinación de las actitudes de los primeros cristianos.
Sobre la única base del texto, parecería que podrían extraerse cuatro conclusiones sobre la destrucción de Sodoma:
1) que los sodomitas fueron destruidos por la depravación general que, en primer lugar, incitó al Señor a enviar ángeles a la ciudad para que investigaran;
2) que la ciudad fue destruida porque el pueblo de Sodoma trató de violar a los ángeles;
3) que la ciudad fue destruida a causa de que los hombres de Sodoma trataron de inducir a los ángeles a involucrarse en relaciones homosexuales con ellos (obsérvese que no es lo mismo que 2); en la ley judía, la violación y la relación sexual son delitos que se castigan independientemente);
4) la ciudad fue destruida por no tratar con hospitalidad a los visitantes que enviara el Señor.
Aunque es la más evidente de las cuatro, la segunda posibilidad ha sido ampliamente ignorada por los estudiosos antiguos y modernos de la Biblia, probablemente debido a las ambigüedades que rodean a la violación homosexual. Desde 1955, los estudiosos modernos se inclinan cada vez más por la interpretación 4), subrayando que los matices sexuales del relato, si bien estaban presentes, eran de carácter secundario, y que el impacto moral del pasaje se relacionaba con la hospitalidad.[3] Para decirlo brevemente, la tesis de esta línea de investigación sostiene que Lot violaba la costumbre de Sodoma (donde no fue ciudadano, sino meramente «residente»), al recibir por la noche a huéspedes desconocidos en el recinto amurallado de la ciudad sin el permiso de los ancianos de ésta. Cuando los hombres de Sodoma se reunieron para pedir que se llevara a los forasteros a su presencia, pues «ellos querían conocerlos», no querían decir otra cosa que «saber» quiénes eran, y en consecuencia, la ciudad no fue destruida por inmoralidad sexual, sino por el pecado de falta de hospitalidad con los forasteros.
Muchas consideraciones hacen creíbles este argumento. Como señala Bailey,[4] a pesar de la opinión popular en sentido contrario, en la Biblia se usa muy pocas veces el verbo hebreo «conocer» (יָדַע) en su acepción sexual: sólo en diez de sus 943 apariciones en el Antiguo Testamento tiene el sentido de conocimiento carnal. El pasaje sobre Sodoma es el único del Antiguo Testamento del que se cree en general que hace referencia a relaciones homosexuales.
Al parecer, el propio Jesús creía que Sodoma había sido destruida por el pecado de falta de hospitalidad: «Caso que no quieran recibiros, ni escuchar vuestras palabras, saliendo fuera de aquella casa o ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies. En verdad os digo que Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos rigor en el día del juicio, que no aquella ciudad» (Mt, 10:14-15, KJV; cf. Lc, 10:10-12).
Además, hay en el Antiguo Testamento muchas otras referencias a Sodoma y Gomorra y a su destino, aspecto de la controversia al que los estudiosos no han otorgado la importancia que merece. En docenas de lugares se emplea a Sodoma como símbolo del mal,[5] pero ni una sola vez se califica específicamente el pecado de los sodomitas como homosexualidad.[6] En cambio, se mencionan explícitamente otros pecados. El Eclesiástico dice que Dios aborrecía a los sodomitas por su orgullo (16:8), y el Libro de la Sabiduría propone la misma teoría (19:13-14) que Bailey y otros han expuesto recientemente.[7] En Ezequiel, los pecados no sólo se nombran categóricamente, sino que se los califica de menos graves en comparación con los pecados sexuales de Jerusalén: «Juro yo, dice el Señor Dios, que no hizo Sodoma, tu hermana, ella y sus hijas, lo que tú y tus hijas habéis hecho. He aquí cuál fue la maldad de Sodoma, tu hermana: la soberbia, la hartura, la comodidad libre de cuidados, por parte de ella y de sus hijas, y el no socorrer al necesitado y al pobre» (16:48-49, KJV).
No hay que olvidar que esos autores del Antiguo Testamento respondían a la misma historia cuya referencia a la «homosexualidad» algunos intérpretes modernos sostienen como «evidente», ni hay que perder de vista el hecho cierto de que su proximidad y conocimiento del lenguaje y el estilo de vida del pueblo implicado eran infinitamente mayores que los de los autores modernos. Su negativa a considerar el relato como una ilustración moral acerca de la conducta homosexual no puede dejarse de lado a la ligera, sobre todo con la llamativa escasez de datos en apoyo de la interpretación homosexual.
En verdad, sólo se puede enunciar un argumento a favor de algún deseo sexual de los sodomitas: que el ofrecimiento que Lot hace de sus hijas a los hombres debe sugerir cierta anticipación de su parte de satisfacción sexual. Sin embargo, ese argumento no resiste un examen detallado. Bailey comenta:
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Su relación con el objetivo (fuera el que fuese) por el que los ciudadanos le requirieron la entrega de sus huéspedes es puramente imaginaria. No hay duda de que la entrega de sus hijas era, pura y simplemente, el soborno más tentador que Lot, sin tiempo para pensarlo, podía ofrecer para apaciguar a la multitud hostil...[8] |
Esta acción, prácticamente impensable en la sociedad occidental moderna, era coherente con el bajo estatus de las hijas en la época y no carece de paralelos ni siquiera en el más «civilizado» mundo romano: Amiano Marcelino cuenta (19.10) un ejemplo semejante, según el cual el cónsul romano Tertalo, para salvarse, ofrece sus hijos a una multitud enardecida. En este incidente no hay interés sexual de ningún tipo.
Más asombroso aún es el pasaje de Jueces (19:22 ss.), en el que resulta evidente la poderosa influencia de Génesis, 19, sí no es que se inspira directamente en este último pasaje. En este relato, el levita de Efraím y su concubina no encuentran hospitalidad en Gabaa hasta que un anciano –un «residente extranjero», lo mismo que Lot (19.16)– lo acoge en su casa. El ultraje posterior que perpetran los hombres de Gabaa guarda un estrecho paralelismo con los acontecimientos de Sodoma –no sólo se reunieron alrededor de la puerta de la casa del anciano, sino que pronunciaron las mismas palabras que los sodomitas: «Sácanos fuera a ese hombre que entró en tu casa para que podamos conocerlo»[9]–, e incluso el anciano ofrece a su hija como prenda. Pero ni los judíos ni los cristianos interpretaron este relato como una anécdota de homosexualidad,[10] sino que vieron correctamente en él un ejemplo moral acerca de la falta de hospitalidad, como el propio levita, que vuelve a narrar el incidente a los israelitas, a quienes llama a vengarlo, pero sin dar ningún indicio de interés sexual (en él) de parte de los hombres de Gabaa.[11]
Además, es anacrónico imaginar que las preocupaciones sexuales de épocas posteriores fueran problemas fundamentales en relatos del Antiguo Testamento como el de Sodoma. El relato paralelo en Josué, 6 es un testimonio elocuente de la enorme importancia de la hospitalidad en relación con las ofensas sexuales: la ciudad de Jericó, como Sodoma, fue completamente destruida por el Señor, y la única persona que salvó la vida fue una prostituta –aunque la prostitución estaba prohibida tanto en el Levítico (19:29) como en el Deuteronomio (23:17) – porque había brindado hospitalidad a los mensajeros de Josué.
Puede que haya lectores modernos a quienes les cueste imaginar que un quebrantamiento de la hospitalidad podía constituir una ofensa tan grave como para justificar la destrucción de una ciudad. De acuerdo con el Génesis, naturalmente, el Señor tenía ya proclividad a castigar a los sodomitas antes de que llegaran los ángeles (que es la razón por la cual los envió). Además, debería recordarse que en el mundo antiguo eran muy raras las posadas fuera de los centros urbanos, y los viajeros dependían de la hospitalidad y la buena voluntad de los extranjeros no sólo en lo tocante a comodidad, sino directamente para sobrevivir. De modo casi inevitable, los códigos éticos ensalzaban la hospitalidad como un deber sagrado. Entre los griegos, el propio Zeus era protector de los huéspedes, como lo prueba el epíteto Ζεύς Ξένιος:[12] «Pues el cuidado que Zeus brinda a todos los extranjeros...».[13]
Los relatos en que se pone a prueba la piedad humana enviando pordioseros o viajeros que invoquen el sagrado derecho de la hospitalidad (theoxenios) son lugares comunes del folklore de muchas culturas, y aparecen también muchas veces en el Antiguo Testamento (por ejemplo, inmediatamente antes del relato de Sodoma en Gén., 18; cf. Deut., 23:3-4 [KJV]: «Los amonitas y los moabitas no entrarán jamás en la asamblea del Señor, ni aun hasta la décima generación. Porque no quisieron socorreros en el viaje, negándoos el pan y el agua cuando salisteis de Egipto».). En casi todos estos relatos, las personas malas o bien son vecinos, o bien gentes de otras ciudades que no han cumplido con su obligación y son castigados, violentamente o por exclusión de algún beneficio divino, mientras que se compensaba a la solitaria y proba familia con un don o una profecía de desgracias futuras.[14] Es evidente que Génesis, 19 pertenece a este contexto, independientemente de la cantidad de comentaristas modernos que puedan ignorar el hecho, y si había en ello algún elemento de índole sexual, lo más probable es que se lo entendiera tan sólo como expresión concreta de la falta de hospitalidad de Sodoma.[15] «Sobre los pecadores habían llovido castigos, precedidos de tempestades de rayos, pues justamente eran castigados a la medida de sus maldades, puesto que su inhospitalidad fue mucho más inhumana con el extranjero. Porque, si los unos no acogieron a los desconocidos que llegaban, los otros redujeron a la esclavitud a sus huéspedes y benefactores.» (Sab., 19: 13-14, JB.)
Aunque la comprensión original del relato de Sodoma sobrevivió en ciertos círculos hasta bien entrada la Edad Media, el énfasis creciente de los moralistas judíos y cristianos de la época helenista sobre la pureza sexual dieron origen, en los textos apócrifos judíos tardíos y en los de los primeros cristianos, a asociaciones entre Sodoma y distintos tipos de excesos sexuales. Así, la Epístola a Judas: «Así como Sodoma y Gomorra, y las ciudades comarcanas, habiéndose entregado a la fornicación y habiendo perseguido carne extraña, sufrieron la pena del fuego eterno a modo de escarmiento» (7, KJV). En estos primitivos desarrollos del relato no hay alusión alguna a la homosexualidad: difícilmente la expresión «carne extraña» pueda sugerir homoerotismo. La tradición judía a la que alude la Epístola a Judas era una leyenda según la cual las mujeres de Sodoma tenían relaciones sexuales con los ángeles.[16]
Pero en un medio intelectual que se oponía vigorosamente al despreocupado hedonismo del mundo helenístico, muchos aspectos no estrictamente sexuales se convirtieron en tales; este fue el caso de cuestiones matrimoniales como el adulterio, del onanismo o de la homosexualidad.[17] En verdad, para quienes estaban predispuestos a criticar la ceguera grecorromana en materia sexual, sólo había un breve paso de la «carne extraña» (σαρκός ετέρας) del relato de Sodoma al «coito ajeno» (μίξις άθεσμος, relaciones homosexuales), que algunos de los primeros padres condenaron tan airadamente.
Por otro lado, el capítulo 19 del Génesis no fue la fuente principal de la primitiva hostilidad cristiana a las relaciones homosexuales, aunque sí terminó por dar nombre a quienes las practicaban. Esto se debió en parte a los recelos acerca de la autoridad del Antiguo Testamento, sobre todo entre los cristianos no descendientes de judíos, y en parte a la supervivencia de interpretaciones más auténticas del significado del relato. Orígenes, por ejemplo, a pesar de su extremado ascetismo y de tan acendrada hostilidad a la sexualidad que se supone que se autocastró para evitar la tentación sexual, se abstiene de todo comentario sobre la homosexualidad cuando analiza la narración, para considerarla tan sólo a la luz de la hospitalidad:
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¡Oíd esto, vosotros, que cerráis vuestra casa a los huéspedes! ¡Oíd esto, vosotros que rehuís al viajero como si se tratara de un enemigo! Lot vivía entre los sodomitas. No hemos leído nunca ninguna otra buena acción de él, y sin embargo se vio libre del fuego, se vio libre de las llamas, tan sólo por una cosa, porque abrió su casa a los huéspedes. Los ángeles entraron en su hospitalaria mansión; las llamas consumieron los hogares cerrados a los huéspedes (Homilía Vin Genesim [PG, 12: 188-89]).[18] |
El único aspecto sexual que guarda relación con Lot y que el influyente teólogo eligió para comentar fue el comportamiento incestuoso de las hijas de Lot, acerca de lo cual se extendió largamente sobre si cabía o no justificarlo (189 ss.). Lo mismo ocurre con san Ambrosio, quien, aunque creía que los Sodomitas estaban movidos por el interés sexual, consideraba que el problema moral del relato era primariamente un problema de hospitalidad: Lot «puso la hospitalidad de su casa –sagrada incluso entre los bárbaros– por encima de la honestidad [de sus hijas]».[19] Juan Casiano rechazó o ignoró la supuesta implicación homosexual en la caída de Sodoma y afirmó que su causa había sido la gula,[20] y muchos autores cristianos posteriores ignoraron por completo todas las implicaciones sexuales del destino de Sodoma (por ejemplo» san Isidoro de Sevilla, en su Sententiae, 42.2 [PL, 83: 647]). Todavía en el siglo XIV, Piers Plowman enunciaba la opinión según la cual «la horrible catástrofe que cayó sobre los sodomitas se debió al exceso de opulencia y a la pereza».[21]
La palabra «sodomita» aparece dos veces en la traducción King James del Antiguo Testamento en contextos que implican pecados sexuales.[22] Aun cuando fueran traducciones precisas, el término no tendría por qué implicar necesariamente la homosexualidad, puesto que a comienzos del siglo XVII «sodomía» se refería a actos sexuales «no naturales» (o «antinaturales») de todo tipo, incluidas cierto tipo de relaciones heterosexuales, como, por ejemplo, el coito anal. Pero en verdad se trata de malas traducciones de un término hebreo que significaba prostituta del templo. La palabra kadash (plural, kadeshim) significa literalmente «santa» o «sagrada», en referencia a las prostitutas de los templos paganos. No hay ninguna razón para suponer que tales prostitutas sirvieran a personas de su propio sexo. La palabra no implica tal cosa, y son tan escasos los datos disponibles acerca de tales prácticas en esa época, que las inferencias a partir de la historia resultan muy discutibles.
Las traducciones erróneas de este término comienzan muy pronto. Aparentemente, los estudiosos judíos que realizaron la traducción de la versión Septuaginta al griego durante los siglos III y II a. C. tropezaron con grandes dificultades para verter kadash al griego: emplearon no menos de seis términos diferentes para traducir la única palabra hebrea.[23] La incertidumbre de los traductores judíos se refleja además en la imprecisión de muchas de las palabras griegas que eligen[24] y en el hecho de que al menos en un caso presenten erróneamente el género del hebreo.[25]
Ninguno de los términos que aparecen en las traducciones de kadash que constan en la versión Septuaginta habría sugerido homosexualidad a los teólogos de la Iglesia primitiva, que se apoyaban casi exclusivamente en la traducción griega del Antiguo Testamento. La Vulgata emplea términos como effeminati y scortator.[26] Sólo el primero podría considerarse como relativo a la sexualidad gay, pero en realidad casi no hubo teólogo que invocara esos pasajes como condenaciones de la conducta homosexual con anterioridad a la errónea traducción de los términos al inglés. Son completamente extraños al desarrollo de actitudes respecto de la homosexualidad en el cristianismo medieval.[27]
El Levítico es el único libro del Antiguo Testamento en que se hace mención a actos homosexuales por sí mismo:
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No té acostarás; con hombres, como con mujer, porque es una abominación. [18: 22] |
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El que pecare con varón como si éste fuera una hembra, los dos cometieren abominación; mueran sin remisión: caiga su sangre sobre ellos. [20: 13, KJV][28] |
La palabra hebrea toevah (תּוֹעֵבָה), traducida aquí por «abominación»,[29] no significa habitualmente nada intrínsecamente malo, como la violación o el robo (a lo que el Levítico se refiere en otro sitio), sino a algo ritualmente impuro para los judíos, como el comer cerdo o realizar el coito durante el período menstrual, ambas cosas prohibidas en los mismos capítulos. En el Antiguo Testamento se acostumbra designar estos pecados judíos que implican la contaminación étnica o la idolatría con una parte de la frase toevah ha-goyim, esto es, «la inmundicia de los gentiles» (por ejemplo, 2 [4] Reyes, 16: 3). Por ejemplo, en condenaciones de la prostitución del templo que implica la idolatría, se emplea toevah (por ej., 1 [3] Reyes, 14-24), mientras que para prohibiciones de la prostitución en general se utiliza otra palabra: zimah (por ej., Lev., 19: 29). A menudo toevah significa específicamente «ídolo»,[30] y su conexión con la idolatría resulta evidente incluso en el contexto de los pasajes relativos a actos homosexuales. El capítulo 18 del Levítico está específicamente pensado para distinguir los judíos de los paganos entre quienes habían vivido, o vivirían, como lo pone de manifiesto la observación inicial: «No seguiréis las usanzas de la tierra de Egipto, donde habéis vivido, ni tomaréis los estilos del país de Canaán, donde yo he de introduciros, ni obraréis conforme a sus leyes (3, KJV). Y la prohibición de actos homosexuales sigue inmediatamente a la prohibición de la sexualidad idólatra (también toevah):[31] «No darás hijo tuyo para consagrarlo a Moloc, ni profanarás el nombre de tu Dios...» (21, KJV).
El capítulo 20 comienza con una prohibición de idolatría sexual casi idéntica a ésta y, lo mismo que el capítulo 18, su propósito manifiesto (20: 3-4) consiste en elaborar un sistema de «pureza» ritual mediante el cual los judíos se distinguirán de los pueblos vecinos. Aunque ambos capítulos contienen también prohibiciones (por ej., contra el incesto y el adulterio), que parecerían surgir de absolutos morales, su función en el contexto de los capítulos 18 y 20 del Levítico parece ser la de símbolos de distinción judíos.[32] Esta era, por cierto, la interpretación que de ellos dieron los comentaristas judíos posteriores como, por ejemplo, Maimónides.[33] En calidad de imperativos morales, los mismos temas son recogidos en otros sitios del Antiguo Testamento (por ejemplo, en Éx., 20 o en Deut., 4 y 10), sin las preocupaciones rituales que parecen subyacer a estos capítulos.[34]
La distinción entre error intrínseco e impureza ritual es elaborada con mayor fineza aún en la traducción griega, que en la toevah misma distingue las categorías separadas de violencias de la ley o quebrantamientos de la justicia (ανομία) e infracciones contra la pureza ritual o la adoración monoteísta (βδέλυγμα).[35] Las prohibiciones levíticas del comportamiento homosexual caen en esta última categoría.[36]
Por tanto, en la versión griega, los dictados levíticos contra la conducta homosexual caracterizan inequívocamente a ésta cómo impura desde el punto de vista ceremonial, y no como intrínsecamente perversa. Esto no se perdió en el lenguaje de los teólogos de habla griega, muchos de los cuales consideraban que la interdicción de aquella conducta entre los judíos se insertaba en su distintiva herencia ética o bien que se debía a su asociación con la idolatría,[37] pero no como parte de la ley relativa a la sexualidad y al matrimonio, cuya aplicación se consideraba mucho más amplia. La impertinencia de los versículos fue destacada luego tanto por las enseñanzas de Jesús como por las de Pablo, las cuales, inspiradas en los nuevos principios, sostenían que lo que constituía «abominación» (βδέλυγμα) no era la violación física de los preceptos levíticos,[38] sino la infidelidad interior del alma.
Pero aun cuando no se comprendieran bien tales sutilezas, no es probable que las interdicciones levíticas ejercieran gran influencia en la moral de los primeros cristianos. Durante las primeras generaciones de discípulos, la mayoría de los conversos al cristianismo no era judía, y su actitud respecto de la ley judía era, como mínimo, ambivalente. La mayoría de los cristianos consideraban el Antiguo Testamento como una elaborada metáfora de la revelación cristiana; y para muy pocos era moralmente vinculante en determinados detalles. Para griegos y romanos, las costumbres cotidianas de los judíos eran desagradables y sórdidas, y tan profunda la aversión que sentían ante la circuncisión –piedra angular de la ley mosaica–, que a menudo su esfuerzo por eliminarla culminaba en conflictos grandes y a menudo cruentos.[39] Habría sido difícil justificar la imposición tan sólo de las partes del Levítico que sirven de apoyo a prejuicios personales, e incluso sin circuncisión resulta difícil imaginar la plena adaptación al mundo romano de leyes levíticas que prohibían el consumo de cerdo, mariscos y conejo –platos fundamentales de la dieta mediterránea– o carnes que contuvieran sangre o grasa. El rigor en la siega y el espigueo de los campos, la hibridación, vestirse con más de un tipo de tela, cortarse la barba y el pelo:[40] todo sso era condenado por la ley judía, y todo eso era parte esencial de la vida cotidiana bajo el Imperio. Considerada a la luz de los poderosos tabúes modernos al respecto, la prohibición de relaciones homosexuales puede considerarse como perteneciente a un orden diferente: en efecto, a quienes están condicionados por el prejuicio social a ver en la conducta homosexual una desmesura sin parangón posible, los comentarios del Levítico sobre este tema pueden sonar con un peso mucho mayor que las proscripciones entre las que se encuentran. Pero el mundo antiguo, como ya se ha mostrado, no conocía semejante hostilidad contra la homosexualidad. A la mayoría de los ciudadanos romanos, las normas del Antiguo Testamento a propósito de la conducta homosexual habrían de parecerles tan arbitrarias como la prohibición de cortarse la barba, y no habrían visto razón alguna para prestarles más atención que a esta última.
En realidad, los conversos al cristianismo no judíos consideraban extremadamente onerosas, cuando no intolerables, las disposiciones de la ley judía y, en efecto, la Iglesia primitiva fue testigo de una áspera disputa acerca de si los cristianos debían someterse a ella o no. El problema se resolvió finalmente en el concilio de Jerusalén (c. 49 d. C.; véase; Hechos, 15). Después de un prolongado y amargo debate en el seno de los rangos más elevados de la comunidad cristiana, se decidió que los paganos conversos a la fe cristiana no estarían obligados por ninguno de los requisitos de la ley mosaica; –incluso la circuncisión– con cuatro excepciones: debían «abstenerse de manjares inmolados a los ídolos, de sangre, de animales sofocados y de la fornicación».[41] Se envió a los cristianos gentiles una carta apostólica en la que se les informaba de esa decisión y se censuraba específicamente los esfuerzos de los cristianos judíos por imponer la ley judía fuera de estos cuatro puntos.
Ni los «manjares inmolados a ídolos», ni la «fornicación» fueron interpretados como referencias a la homosexualidad, ni podían serlo. La primera aludía al alimento que se había sacrificado a los ídolos y que luego solía servirse en las comidas en los hogares paganos, como queda claro en la propia carta apostólica (v. 29) y en otros sitios del Antiguo Testamento (por ej., Hechos, 21: 25; 1 Cor., 8: 10). A pesar de una cierta ambigüedad acerca de la palabra griega πορνεία, que aquí se ha traducido por «fornicación», se distingue claramente del término βδέλυγμα, bajo el cual se comprenden las proscripciones levíticas de la homosexualidad. En la literatura patrística, casi siempre se distingue entre homosexualidad y «fornicación»,[42] aunque a veces se la incluya a aquélla bajo la categoría de «adulterio» (μοιχεία). En el Nuevo Testamento (por ej., 1 Cor., 6: 9 y 1 Tim., 1: 10), todos los casos de la segunda están netamente diferenciados de las palabras que los traductores modernos han entendido que se refieren a la homosexualidad,[43] y la palabra πορνεία aparece en discusiones relativas a inmoralidad sexual como tipo específico de conducta, no como la designación general de tal actividad.[44]
Además, podría sostenerse que hasta las cuatro excepciones que se mencionan en los Hechos fueron impuestas a los nuevos cristianos no como juicio moral de los actos involucrados, sino únicamente para facilitar la interacción entre los miembros de la comunidad de origen pagano y los judíos (estimulando a los primeros a eliminar las conductas cuyo carácter profano pudiera ofender particularmente a los judíos que se adherían a los preceptos levíticos).[45] Este punto de vista se ve avalado tanto por pasajes escritúrales (por ej., 1 Cor., 10: 32), así como por el silencio casi total respecto de la carne de animales estrangulados y de la sangre en las posteriores enseñanzas morales cristianas,[46] silencio que sería desconcertante si la Iglesia hubiera considerado que las excepciones mencionadas en el concilio de Jerusalén eran juicios morales de obediencia obligatoria.
La lucha en torno al problema de los cristianos gentiles y la ley mosaica constituyó un trauma tan profundo para la Iglesia primitiva, que una vez resuelto no se volvió a pensar en someter a los nuevos cristianos a las proscripciones de dicha ley, ni siquiera a los conversos de origen judío. San Pablo instó a los cristianos a «no dejarse oprimir de nuevo con el yugo de la servidumbre» (Gal., 5: 1-2), o a no «prestar oídos a las fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres, que se apartan de la verdad», pues «para los limpios todas las cosas son limpias» (Tito, 1: 14-15). Y llegó a afirmar que «si os hacéis circuncidar. Cristo de nada os servirá» (Gal., 5: 2).
No hay casi escritor cristiano de los primeros; siglos que haya apelado al Levítico como autoridad contra actos homosexuales.[47] Unas escasas fuentes patrísticas invocaban los precendentes levíticos acerca de la ingestión de cierto tipo de animales en relación con la homosexualidad, pero lo hicieron incorrectamente y ofrecieron la ley levítica únicamente como símbolo de los sentimientos de Dios respecto de los animales. Ni por un instante sugieren que deban observarse en su integridad las leyes concernientes a la dieta. Sencillamente, a la mayoría de los primeros cristianos no se les ocurría invocar la autoridad de la vieja ley para justificar la moralidad de la nueva: las regulaciones de la ley levítica no rigieron para los cristianos y resultan manifiestamente impertinentes para explicar la hostilidad cristiana hacia la sexualidad gay. Incluso en el caso de los excepcionales teólogos cristianos que se refirieron al Levítico 18: 22 ó 20: 13, no puede considerarse que sus opiniones sean el origen de sus actitudes, puesto que rechazan la amplia mayoría de los preceptos levíticos, para retener sólo los que casan con sus prejuicios personales. La extremada selectividad en la aproximación al inmenso corpus de la ley levítica es una clara demostración de que su hostilidad a la homosexualidad no se debía al respeto a la ley, sino que, por el contrario, fue ella la que los llevó a retener unos pocos pasajes de un código jurídico que en su mayor parte desechaban.
Pero si el Antiguo Testamento no tuvo un papel positivo específico como causa de las primeras actitudes cristianas ante los actos homosexuales, ¿acaso habrá cumplido un papel negativo? ¿No será que el total silencio sobre el tema de la sexualidad gay y la predicación de toda la legislación moral del Antiguo Testamento sobre el modelo heterosexual predispusieron a los cristianos al rechazo de la consideración que la autoridad de la ley judía les merecía? La hipótesis según la cual la afirmación del Génesis de que la humanidad fue creada a partir de la unión heterosexual y el consecuente énfasis en el matrimonio a lo largo del Antiguo Testamento demuestran el tácito rechazo de la sexualidad gay es una hipótesis insostenible en un contexto moderno, y no parece ser el caso de los primeros cristianos. No aparece en ninguna polémica sobre el tema y, de haberlo hecho, habría constituido un argumento extremadamente débil. En realidad, el Antiguo Testamento presenta ya, y de modo preeminente, intensas relaciones de amor entre personas del mismo sexo –por ejemplo, Saúl y David, David y Jonatán, Ruth y Noemí–, relaciones que durante toda la Edad Media se celebraron, en la literatura eclesiástica y en la popular, como ejemplos de devoción extraordinaria, a veces con tonos añadidos de inequívoco erotismo. Además, en una época en que se empleaban símbolos y mitos para explicar todas sus verdades fundamentales, habría sido evidente incluso para los más ingenuos que, a fin de explicar los orígenes de la especie humana, era inevitable que el autor del Génesis describiera la creación de sexos separados que producen la descendencia y comentara la naturaleza de la unión procreadora. Tampoco se podía esperar del Génesis más atención al amor gay que a la amistad: ni el uno ni la otra podían producir descendencia, y ninguno de ellos tenía una historia de poblamiento de la tierra, ni podía contribuir a ella.
Los códigos morales, por razones ya ampliamente expuestas, suelen ser silenciosos en lo tocante a la homosexualidad. Las leyes de Roma no tienen más que decir que las de Israel acerca de las relaciones homosexuales, y regulan el matrimonio con la misma rigurosidad, aunque con distintas finalidades y sobre la base de diferentes supuestos. Sin embargo, a nadie se le ocurre que ese silencio de la ley romana sea una demostración de la ausencia de interés o de conocimiento en lo relativo a la conducta homosexual. Si de la literatura romana sólo hubieran sobrevivido leyes ambiguamente denigratorias de cierto tipo de relaciones homosexuales y la enorme cantidad de regulaciones para salvaguardar la pureza del matrimonio, los historiadores podían haberse figurado que en Roma se desconocía la sexualidad gay, o bien que se la reprimía severamente. Semejante inferencia habría sido absolutamente errónea, y resulta igualmente injustificable en el análisis de sociedades de las cuales ha sobrevivido una escasísima literatura erótica.
Merece más la pena detenerse en la falacia de la inferencia selectiva que subyace a este enfoque. Por cierto que para la mayor parte de los no judíos, la oposición a la conducta homosexual no era el marchamo que distinguía la religión judía: los judíos eran más conocidos por la particularidad de la dieta y del ritual y por la práctica de la circuncisión. Puesto que en el término de menos de cien años desde el nacimiento de esta religión, la comunidad cristiana había abandonado por completo las tres cosas, no parece probable que el persistente prejuicio contra esta o aquella acción particular pueda atribuirse a la abrumadora fuerza de la tradición judía.
San Pablo, cuya obediencia a la ley judía le ocupó casi toda la vida, nunca sugirió que hubiera razón histórica o legal alguna para oponerse a la conducta homosexual: si en realidad la objetaba, lo hacía exclusivamente sobre la base de los patrones morales funcionales vigentes en su época.
Hay tres pasajes de los escritos de Pablo en los que se han visto referencias a las relaciones homosexuales. Dos palabras en 1 Corintios, 6: 9, y una en 1 Timoteo, 1: 10, se han interpretado, al menos desde comienzos del siglo XIX, en el sentido de que los «homosexuales» serán excluidos del reino del cielo.[48]
La primera de las dos, μαλακός, (básicamente, «blando»), es una palabra griega harto común; aparece en muchos pasajes del Nuevo Testamento con el sentido de «enfermo»[49] y en los escritos patrísticos con sentidos tan variados como «líquido», «cobarde», «refinado», «abúlico», «delicado», «amable» y «libertino».[50] Muchas veces, en un contexto específicamente moral, significa «licencioso», «disoluto», «carente de autocontrol».[51] En un nivel más amplio, podría traducirse como «desenfrenado» o «lascivo», pero es absolutamente gratuito suponer que alguno de estos conceptos se aplican necesariamente a los gays. En Grecia nunca se usa el término para designar a los gays como grupo, ni siquiera en referencia genérica a los actos homosexuales, y lo mismo ocurre en los escritos contemporáneos con las epístolas paulinas en referencia a personas o a actividades heterosexuales.[52]
Más relación con el tema tiene la tradición unánime de la Iglesia a través de la Reforma, y del catolicismo hasta bien entrado el siglo XX,[53] según la cual el término se aplicó a la masturbación. Ésta no era tan sólo la interpretación de los grecoparlantes nativos durante comienzos de la Edad Media,[54] sino también de los teólogos que más contribuyeron a la estigmatización de la homosexualidad.[55] La transformación que experimentó en el siglo XX la traducción de esta palabra no se basa en nuevos datos textuales, sino tan sólo en un cambio en la moral popular. Puesto que es muy poca la gente que sigue considerando que la masturbación impediría el ingreso en el cielo, se ha desplazado simplemente la condena a un grupo todavía objeto de tan amplio desprecio que su exclusión no perturba ni a traductores ni a teólogos.
La segunda palabra, αρσενοκοϊται, es bastante rara, y su aplicación a la homosexualidad es más comprensible. La mejor evidencia, sin embargo, sugiere muy vigorosamente que, para Pablo y sus contemporáneos no connotaba la homosexualidad, sino que, hasta bien entrado el siglo IV, significó «prostituto», y luego su significado se confundió con el de una variedad de palabras para la desaprobación de la actividad sexual y a menudo se la equiparó a la homosexualidad.
El pasaje restante, Romanos, 1: 26-27, no ha sufrido malas traducciones, pero se ha prestado poca atención a las ramificaciones de su vocabulario: «Por eso los entregó Dios a pasiones infames. Pues sus mismas mujeres invirtieron el uso natural, en el que es contrario a la naturaleza. Del mismo modo también los varones, desechando el uso natural de la hembra, encendieron su lujuria unos con otros cometiendo torpezas nefandas varones con varones, y recibiendo en sí mismos la paga merecida de su obcecación».[56]
A veces se sostiene que el significado del pasaje reside en su conexión con la idolatría: esto es, que Pablo censura el comportamiento sexual de los romanos porque asocia tal comportamiento a los ritos orgiásticos paganos en honor de falsos dioses.[57] Esto es lo que parecen sugerir las condenaciones de la prostitución del templo que es dable encontrar en el Antiguo Testamento. Es posible que Pablo estuviera familiarizado con la prostitución del templo, tanto homo como heterosexual, y es razonable suponer que se trata de una advertencia suya a los romanos contra la inmoralidad de los kadēshim. El hecho de que, en la estructura de conjunto al capítulo, se yuxtaponga las actividades sexuales en cuestión con las creencias supersticiosas de los romanos añade nueva credibilidad a esta teoría, como es probable que ocurra también con los ecos del Antiguo Testamento.
Sin embargo, si se lo examina más de cerca, este argumento no es correcto. Ante todo, no hay ninguna razón para creer que la prostitución homosexual en el templo prevaleciera sobre la heterosexual o que Pablo, de haber querido referirse a tales prácticas, hubiera limitado sus comentarios a la primera. En segundo lugar, es evidente que, para Pablo, lo objetable es la conducta sexual en sí misma y no meramente sus asociaciones. En tercer lugar, y posiblemente lo más importante, Pablo no describe actos realizados a sangre fría, desapasionadamente, en interés del ritual o de la ceremonia. Por el contrario, establece con toda claridad que las partes implicadas «encendieron su lujuria unos con otros» (εξεκαύθησαν εν τη ορέξει αυτών εις αλλήλους). No es razonable inferir de este pasaje que la conducta respondiera a otro motivo que no fuera el deseo sexual.
Por otra parte, habría que reconocer que el objetivo del pasaje no es estigmatizar ningún tipo de conducta sexual, sino condenar a los gentiles por su infidelidad general. Hubo una época, dice tácitamente Pablo, que a los romanos les fue ofrecido o conocieron el monoteísmo, pero lo rechazaron (vv. 19-23).[58] La referencia a la homosexualidad no es otra cosa que una analogía mundana del pecado teológico; no cabe duda de que no constituye el punto esencial del argumento. Una vez aclarado esto, el tema de la homosexualidad se deja rápidamente de lado y se resume el argumento principal (vv. 28 ss.).
Pero hay algo más importante aún: las personas que Pablo condena son manifiestamente no homosexuales. Lo que Pablo critica son los actos homosexuales realizados por personas aparentemente heterosexuales. En realidad, el propósito general de Romanos 1 es estigmatizar a las personas que han rechazado su inclinación, que han abandonado la senda que una vez siguieron. El argumento perdería toda su fuerza si las personas en cuestión no se sintieran «naturalmente» inclinadas al sexo opuesto de la misma manera en que se inclinaban «naturalmente» al monoteísmo. Lo que llevaba a los romanos a pecar no era que carecieran de lo que Pablo consideraba inclinaciones adecuadas, sino qué las tuvieran: poseían la verdad, pero «de manera incorrecta» (v. 18) porque «no se consideraban preparados para conservarle a Él en su conocimiento» (v. 28).
Este aspecto de los versículos, que los estudiosos modernos han pasado por alto, no escapó a la atención de los primeros escritores cristianos. Al observar que Pablo caracterizaba cuidadosamente a las personas en cuestión como personas que habían abandonado el «uso natural», san Juan Crisóstomo comentaba que Pablo
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los priva de toda excusa [...] al observar de sus mujeres que «invirtieron el uso natural». Ninguna puede afirmar, señala, que ha llegado a eso porque se le impidió el coito lícito, ni que, puesto que era incapaz de satisfacer su deseo, cayó en esa monstruosa depravación. Únicamente los que poseen algo pueden cambiarlo [...] Asimismo, pone de relieve lo mismo acerca de los hombres, aunque de manera distinta, pues de ellos dice que «desecharon el uso natural de la hembra». Del mismo modo, con estas palabras hace imposible toda excusa, pues no sólo los acusa de haber experimentado el goce [legítimo] y de haberlo abandonado para perseguir otro diferente, sino también de que, desdeñando lo natural, persiguieron lo no natural.[59] |
No obstante la gran difusión que tenía en el mundo helénico la idea de que la homosexualidad era una característica física congénita[60] –y que Crisóstomo debía de conocer muy bien–, no es seguro que Pablo distinguiera en sus pensamientos o en sus escritos entre personas gays (en el sentido de preferencia sexual permanente) y heterosexuales involucrados meramente en una conducta homosexual periódica. En realidad, es improbable que muchos judíos de su época reconocieran semejante distinción, pero es bastante seguro que –fuera o no consciente de su existencia– Pablo no objetaba a las personas gays, sino únicamente los actos homosexuales realizados por personas heterosexuales.
Sin embargo, en los versículos en cuestión no se encuentra ninguna condenación clara de los actos homosexuales. La expresión «contra natura» es el equivalente común inglés de la expresión griega de san Pablo παρά φύσιν, que en este contexto fue utilizado por primera vez por Platón. Su sentido original quedó casi completamente oscurecido por dos mil años de repetición en frases hechas y por el desarrollo de asociaciones derivadas de los tabúes sociales, la teología patrística y de la Reforma, la psicología freudiana y los recelos personales.
El concepto de «ley natural» sólo se desarrolló un milenio después de la muerte de Pablo,[61] de modo que es un anacronismo leerla en sus palabras. Para Pablo, la «naturaleza» no era una cuestión de ley o de verdad universales, sino, más bien, una cuestión relativa al carácter de ciertas personas o grupo de personas, carácter en gran parte étnico y enteramente humano: los judíos son judíos «por naturaleza», así como los gentiles son gentiles «por naturaleza».[62] Para Pablo, la «naturaleza» no es una fuerza moral: los hombres pueden ser malos o buenos «por naturaleza», según su propia disposición.[63] En los escritos paulinos, el término «naturaleza» va siempre acompañado de un posesivo; en efecto, no hay «naturaleza» en abstracto, sino «naturaleza» de alguien: la «naturaleza» de los judíos, o la «naturaleza» de los gentiles, o incluso la «naturaleza» de los dioses paganos («Cuando no conocíais a Dios, os servíais de ellos, los cuales, por naturaleza [esto es, por su naturaleza], no son dioses». Gál., 4: 8, KJV).[64]
Por tanto, en Romanos, 1: 26, la «naturaleza» no debe entenderse como naturaleza personal de los paganos en cuestión. Esto resulta más claro aún en un pasaje asombrosamente semejante del Testamento de Naftalí, un documento aproximadamente contemporáneo, cuyo comentario sobre el tema que nos ocupa estaba obviamente influido por las observaciones de Pablo (si no es que influyó en ellas).[65] «Los gentiles, decepcionados y tras haber abandonado al Señor, cambiaron su orden [...] [Por tanto, no seáis] como Sodoma, que cambió el orden de su naturaleza. Del mismo modo, también los Observadores[66] cambiaron el orden de su naturaleza...» (3.3.4-5)[67]
Además, «contra» es una traducción engañosa de la preposición παρά. En el uso del Nuevo Testamento, παρά no tiene la connotación de «en oposición a» (que se expresa en κατά),[68] sino, más bien, «más que», «en exceso a»; inmediatamente antes del pasaje en cuestión, por ejemplo, lo que la versión King James da como «más que» (el creador) es la misma preposición.[69]
Por último, exactamente la misma frase –παρά φύσιν– se usa más tarde en la misma epístola para describir la actividad de Dios para salvar a los gentiles: «Porque si tú fuiste cortado del que, según naturaleza, era acebuche, e injerto contra natura [παρά φύσιν] en la oliva castiza, ¡con cuánta mayor razón serán injertas en su propio tronco las ramas naturales del mismo olivo!» (Rom., 11: 24 KJV). Puesto que a Dios mismo se describe aquí como si actuara «contra natura», es inconcebible que esta frase connote necesariamente depravación moral. Más bien significa conducta inesperada, insólita, o diferente de la que tendría lugar en el orden natural de las cosas: «más allá de la naturaleza», tal vez, pero no «inmoral». En el empleo que Pablo hace de esta expresión no se implica contravención de la «ley natural»,[70] y para los cristianos familiarizados con todos los libros que integran hoy el Nuevo Testamento, la frase puede no haber revestido en absoluto implicaciones negativas; en 2 Pedro, 2: 12, por ejemplo, un pasaje similar emplea «natural» como término de descalificación.[71]
Pablo creía que los gentiles conocían la verdad de Dios, pero que la rechazaban y también rechazaban su verdadera «naturaleza» en lo que concernía a sus apetitos sexuales, e iban más allá de lo que era «natural» para ellos y de lo que los judíos aprobaban. De esto no puede inferirse que Pablo considerara moralmente reprensible la mera atracción o la práctica homoerótica,[72] puesto que el pasaje implica que no se refería a personas de inclinación gay y dado que observaba cuidadosamente, tanto en relación a mujeres como a hombres, que invertían o abandonaban el «uso natural» para entregarse a actividades homosexuales.
En resumen, sólo en un pasaje de los escritos que terminaron siendo la Biblia cristiana se prohiben claramente las relaciones homosexuales por sí mismas –Levítico–, y dado el contexto en el cual esta prohibición tiene lugar, resulta inaplicable a la comunidad cristiana, al menos en tanto ley moral. Casi nunca se la cita para fundamentar la objeción a actos homosexuales (salvo alegóricamente; véase cap. 6). La idea de que el capítulo 19 del Génesis –el relato de la destrucción de Sodoma– condenaba las relaciones homosexuales fue resultado de mitos que se popularizaron durante los primeros siglos de la era cristiana, pero que no fueron universalmente aceptados hasta mucho más tarde y que sólo de vez en cuando y al azar se invocaban en las discusiones sobre el valor moral de la sexualidad gay. Muchos autores patrísticos llegaron a la conclusión de que la finalidad del relato era condenar la falta de hospitalidad a los extranjeros; otros entendieron que condenaba la violación; la mayoría lo interpretó en términos más ampliamente alegóricos y sólo tangencialmente relacionados con la sexualidad. Ni el hebreo ni el griego clásicos tenían una palabra equivalente a «homosexual», y no hay prueba alguna, ni lingüística, ni histórica, que sugiera que los kadēshim del Antiguo Testamento o los αρσενοκοϊται del Nuevo fueran gays o individuos particularmente aficionados a prácticas homosexuales. Por el contrario, está claro que estas palabras designaban meramente dos tipos de prostitución: en el primer caso, la asociada a los templos paganos; en el último caso, a la de los varones activos (en oposición a los pasivos) y al servicio de ambos sexos indiferentemente.
La primera Epístola a los Romanos no condena la conducta homosexual como «contra natura» en el sentido de violación de la «ley natural». En la época de Pablo no se tenía todavía una idea clara de «ley natural», ni se la tuvo hasta muchos siglos después. Para Pablo, las actividades en cuestión estaban más allá de la naturaleza en el sentido de «extraordinarias, peculiares», como era la salvación de los gentiles, que se describe con la misma expresión. Además, influyentes teólogos cristianos de los primeros siglos consideraron que las personas a las que se hacía referencia debían ser necesariamente heterosexuales (esto es, «naturalmente» atraídas por el sexo opuesto). El pasaje no implicaba en absoluto que los actos homosexuales fuesen pecados, y mucho menos que las personas homosexuales fueran necesariamente pecadoras.
Podría aducirse que, al margen de prohibiciones específicas, la concepción general de la sexualidad en el Nuevo Testamento habría impedido a los cristianos las relaciones homosexuales lícitas. Pero todos los argumentos que podrían servir de apoyo a esta hipótesis adolecerían de anacronismo; sobre la única base del texto de la Biblia es imposible extraer esa conclusión. La sexualidad parece haber sido una cuestión por la que Jesús manifestó más bien indiferencia. Sus comentarios sobre costumbres sexuales son extremadamente escasos, sobre todo en comparación con la frecuencia de sus observaciones sobre otras cuestiones, como la riqueza y la posesión demoníaca, a las que los cristianos posteriores, en cambio, no prestaron casi atención. Aun allí donde se menciona específicamente la sexualidad, en general el objetivo es más amplio: por ejemplo, emplear el caso del adulterio «en el corazón» para señalar que lo que constituye el pecado es la intención (Mat., 5: 28). Aunque insiste en la indisolubilidad del vínculo matrimonial, se consideraba muy extensamente que había defendido el celibato (Mat., 19: 10-12; algunos de sus seguidores, sobre todo Orígenes, se tomaron esto al pie de la letra), y no cabe duda de que Jesús rechazó la enorme importancia que la ley mosaica y la cultura judía atribuían a la familia (Mt, 8:21-22, 10:35-37, 12: 46-50, 19: 29; Lc, 9: 59-60, 14: 26-27; etc.). Cuando se refiere a los adúlteros, no recomienda ningún castigo y sugiere con toda claridad que los pecados que cualquiera pudiera haber cometido revisten la misma gravedad que el adulterio (Jn, 8: 3-11; cf. 4: 16-19).[73] Nunca condenó la sexualidad entre los no casados[74] y nunca dijo nada que de alguna manera se relacionara con la homosexualidad. Para Jesús, el único problema sexual importante parece haber sido la fidelidad: en relación con el matrimonio, nunca hizo referencia a la procreación ni a la educación de los hijos, sino sólo a su permanencia, y prohibió el divorcio, salvo en casos de infidelidad.[75] El mismo fue célibe, según todas las apariencias, y las únicas personas con quienes los Evangelios sugieren que haya tenido alguna relación especial fueron hombres, sobre todo san Juan, quien en todo su evangelio pone buen cuidado en describirse como el discípulo al que Jesús amó.[76]
Aunque san Pablo no comenta específicamente los sentimientos ni el estilo de vida gays, habría desaprobado cualquier forma de sexualidad que tuviera como finalidad el mero placer, y habría desaprobado las relaciones predominantemente encaminadas a expresar la pasión erótica. Sin embargo, no sugiere conexión alguna entre sexualidad y procreación –nexo creado por una época posterior– y es evidente que consideraba como sexualidad lícita la que se daba en el marco de una relación permanente y monogámica. No sólo permitía, sino que instaba a los cristianos a que satisficieran las necesidades sexuales de sus cónyuges («No os defraudéis el derecho recíproco, a no ser por algún tiempo y de común acuerdo, para dedicaros a la oración», 1 Cor., 7: 5, JB). Al recomendar el celibato y la abstinencia sexual incluso a los casados, no aducía los males del placer sexual o la concupiscencia como argumentos contra la licitud del sexo, sino que con toda claridad indicaba como razones de la intención cristiana en esa materia la inminente llegada del Reino de Dios, ante lo cual todas las preocupaciones terrestres parecerían secundarias: «Y lo que yo digo, hermanos, es que el tiempo es corto: lo que importa es que los que tienen mujer vivan como si no la tuviesen; y los que lloran, como si no llorasen... y los que hacen compras, como si nada poseyesen» (1 Cor., 7: 29-30, KJV).
Para Pablo, la sexualidad cristiana tiene poco que ver con la «pureza» de la simiente («Todo me es lícito», 1 Cor. 6: 12) o con la justificación procreadora del placer sexual («por evitar fornicación, viva cada uno con su mujer», 7: 2), sino que era más bien una cuestión de buena administración, es decir, del ejercicio de la sexualidad de tal modo que no resultara obsesiva («Todo me es lícito, pero no me haré esclavo de ninguna cosa», 6: 12), que no provocara escándalo y que no distrajera a los cristianos del servicio al Señor («para que podáis servir a Dios sin embarazo», 7: 35, todo KJV).
No hay ninguna razón intrínseca por la cual las uniones entre personas del mismo sexo no puedan satisfacer estos criterios morales, pero podría argumentarse que el completo silencio de los escritores cristianos sobre el tema y el enfoque exclusivamente heterosexual de los comentarios del Nuevo Testamento sobre la sexualidad reflejan una desaprobación general de la homosexualidad por parte de Jesús o de la Iglesia primitiva. Pero esta conclusión desconoce las circunstancias históricas que rodearon la formulación de la primitiva ética sexual cristiana. Apenas sorprende que Jesús y Pablo, ante las preguntas que se les dirigieran en relación con el matrimonio, la familia y el divorcio, enmarcaran sus respuestas en términos de relaciones heterosexuales. No se proponían explicar o legislar sobre todo el abanico de afectos humanos, ni pretendían proporcionar orientación moral sobre todas las formas de amor, sino que se limitaban lisa y llanamente a contestar a preguntas difíciles acerca del matrimonio heterosexual que les formulaban personas que aspiraban a establecer una nueva moral sexual en sociedades en las que no había asistencia de viudedad ni de orfandad, ni garantías legales de protección a las madres solteras, ni ayudas por divorcio, ni medios eficaces de control de la natalidad, salvo la abstinencia, el aborto o el abandono de los hijos no queridos.
Las relaciones gays, fueran sexuales o no, no eran causa de dificultades legales, no dejaban a nadie indefenso o desprovisto de todo, no producían embarazos no deseados ni descendencia ilegítima y ni siquiera era probable que causaran problemas de propiedad. El que los primeros autores cristianos no se sintieran llamados a comentar explícitamente tales relaciones no es más asombroso que el que no mencionaran los animales domésticos, y es por lo menos comparable con –cuando no subsumible a– la total ausencia de referencias en sus obras del tipo de pasión romántica que, sin embargo, es el fundamento del matrimonio en todas las sociedades industrializadas. Pocos teólogos cristianos anteriores al siglo XII hicieron referencia alguna a lo que hoy se llama «enamorarse»; parecería que el fenómeno fue completamente desconocido para Jesús y sus seguidores y para la mayoría de la Iglesia hasta el surgimiento de lo que en el siglo XII se llamó, no sin cierta vaguedad, «amor cortés». La palabra griega correspondiente a amor romántico (έρος) –una de las palabras más comunes entre los grecoparlantes durante todo el mundo antiguo– no aparece nunca en el Nuevo Testamento.
Sin embargo, no parece probable que los fundadores de la iglesia cristiana desconocieran el «amor romántico», ni que lo rechazaran por inmoral. En realidad, lo que parece abrumadoramente probable es que lo consideraran extraño a las cuestiones básicas de doctrina cristiana, algo que quienes aceptaban las enseñanzas de Jesús estaban en condiciones de regular por sí mismos sin causar daño a los demás ni permanecer insensibles ante las necesidades de los miembros más débiles o en peor situación legal de la sociedad. Crisóstomo anota cuidadosamente que al descalificar la conducta sexual entre los paganos, san Pablo no habla de las personas «que se han enamorado y que se atraen mutuamente con pasión», sino únicamente de quienes «encienden su lujuria unos con otros».[77] El amor duradero entre personas del mismo sexo, aunque erótico, puede haberle parecido una cuestión diferente.
El Nuevo Testamento sólo ofrecía un esbozo de acción social. En general, estos autores sólo se refieren a las cuestiones morales más urgentes. Los detalles de la vida sólo parecen servir de ilustración a propósitos más amplios. No hacen ningún esfuerzo por elaborar una ética sexual general: Jesús y sus discípulos respondieron simplemente a situaciones y cuestiones que requerían atención inmediata. No expusieron extensos comentarios sobre la amistad, a pesar de que Jesús la consideraba la forma más elevada de compromiso humano (Juan, 15: 13-14),[78] y buena parte de los pocos comentarios de los Evangelios sobre el amor familiar humano parecen ser negativos.
El Nuevo Testamento no exhibe ninguna posición explícita sobre la homosexualidad. Sugerir que las referencias de Pablo al exceso de indulgencia sexual que involucra la conducta homosexual es indicio de una actitud general contraria al erotismo del mismo sexo es tan infundado como sostener que su condenación de la borrachera lleva implícita la oposición a beber vino. A lo sumo, las consecuencias de las Escrituras cristianas sobre las actitudes relativas a la homosexualidad podrían describirse como discutibles. Tal vez la perspectiva histórica más sensata sea que no tuviera ninguna consecuencia. El origen de los sentimientos antigays entre los cristianos debe buscarse en otro sitio.
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[1] En todo este estudio se da por supuesto que los libros de la Biblia fueron escritos por aquellos a quienes son en general atribuidos. Está claro que se trata de un enfoque extremadamente simple de un problema muy complejo, pero las circunstancias no sólo parecen justificar tal cosa, sino incluso exigirla. Sobre esta base se apoyó toda la exégesis bíblica patrística y medieval, se diseñó la teología moral medieval y se puso en vigencia la legislación de fundamentación bíblica. Lo que está aquí en juego no es cómo interpretan la Biblia los judíos y los cristianos modernos de hoy, sino cómo la interpretaron en la Antigüedad y en la Edad Media, pues la crítica del siglo XX es del todo ajena al desarrollo de la teología moral patrística y medieval.
[2] Siempre que fue posible, se excluyó de este estudio el término «sodomía», pues tales son su vaguedad y su ambigüedad, que resulta prácticamente inútil en un texto de este tipo. Probablemente su etimología sea un error de la historia, y en diversas épocas y distintos lugares lo ha connotado todo, desde el coito heterosexual ordinario en una posición atípica, hasta el contacto sexual oral con animales. En algunos momentos de la historia se refirió casi exclusivamente a la homosexualidad masculina y en otros casi exclusivamente al exceso heterosexual. Se han hecho aquí todos los esfuerzos para especificar qué significa en documentos que emplean la palabra «sodomía» o un equivalente. Sin embargo, en determinadas circunstancias, ha sido inevitable su empleo no cualificado. Si, por ejemplo, una ley prohibe la «sodomía» sin más aclaración y no hay evidencias secundarias que sugieran qué entienden por ello los legistas, no queda otro recurso que analizar la ley como contraria a la «sodomía». Si un poeta satírico popular hace escarnio de la «sodomía» en un tratado que descalifica específicamente muchas formas de sexualidad, sería engañoso –e injustificado– suponer a priori que «sodomía» se refería a una de esas formas en particular, y más adecuado, en cambio, conservar directamente su imprecisión.
[3] Bailey fue quien expuso de modo destacado esta teoría, pero luego la adoptaron muchos otros autores con distinto grado de aceptación: véase Jonn McNeill, The Church and the Homosexual, Kansas City, Mo., 1976, pp. 42-50; y Marvin Pope, en The Interpreter's Dictionary of the Bible, Supplementary Volume, Nashville, Tenn., 1976, pp, 415-417.
[4] Bailey, pp. 2-3. La edición LXX no alude al conocimiento carnal, sino que emplea una expresión griega que significa simplemente «conocer a alguien», «adquirir familiaridad con alguien»: «συγγενώμεθα αντοις»; esto contrastaba acusadamente con los verbos que se emplean con referencia a las hijas de Lot (έγνωσαν y χρήσασθε), de significado inequívocamente sexual.
[5] Por ej. Deut., 29: 23, 32: 32; Isa., 3: 9, 13: 19; Jer., 23: 14, 49: 18, 50: 40; Lam. 4: 6; Ezeq., 16: 46-48; Amós 4: 11; Cef., 2: 9; Mat., 10-15; Lucas 17-29; Rom., 9: 29; 2 Ped., 2: 6; Judas 7. Si se tiene en cuenta la cantidad de referencias a la «maldad» de Sodoma en pasajes posteriores de las Escrituras, cuesta creer que ninguno de ellos haya colocado la «maldad» rotundamente en un contexto homosexual si esa hubiese sido la interpretación de la misma.
[6] Hay autores que interpretan erróneamente Judas, 7, como una alusión homosexual, pero carecen de justificación para ello: véase infra, p. 122.
[7] Los protestantes y los judíos consideran apócrifos el Eclesiástico y el Libro de la Sabiduría. Al margen de la disputa acerca del canon del AT, estas obras remontan la tradición de la homosexualidad de Sodoma y apuntan a una tradición más antigua.
[8] La Biblia de Jerusalén observa que «el honor de una mujer valía en esa época menos que el sagrado deber de hospitalidad» («1’honneur d'une femme avait alors moins de prix que le devoir sacre de 1’hospitalité»).
[9] «Nedaenu»; el LXX da γνωμεν; la Vulgata, abutamur.
[10] En la Edad Media, sobre la base de Jueces, 19 se imputó ocasionalmente la «sodomía» a los benjamitas, como en los documentos del concilio de París de 829 d. C., que también atribuía el Diluvio a la «sodomía» (véase MGH, Legum, sec. 3, Concilia, 2.2, p. 634, capitulum 34). Sin embargo, como ya se ha observado, en esa época, el término «sodomía» cubría una multitud de pecados.
[11] «Y los hombres de Gabaa se alzaron contra mí, rodearon la casa por la noche y pensaron que me habían matado: y abusaron de mi concubina hasta dejarla muerta.» [«And the men of Gibeah rose against me, and beset the house round about upon me by night, and thought to have slain me: and my concubine have they torced, that she is dead» (KJV).] La Biblia de Jerusalén observa: «Ici encoré le devoir sacre de 1’hospitalité passe avant le respect de 1’honneur d’une femme».
[12] La Ilíada, 13.625; Odisea, 9.271; Esquilo, Agamenón, 61-62, 362, etc.
[13] Odisea, 6.207 ss., 14.57 ss. Al analizar los tipos de amor humano. Plutarco coloca la hospitalidad τό ζενικόν a los extranjeros en segundo lugar, después del amor a la familia, y antes que la amistad (Moralia, 758d).
[14] Quizá, para los lectores modernos, el ejemplo más conocido del deber sagrado de hospitalidad sea el de Hunding y Siegmund en Die Walküre, de Wagner, donde el primero se siente obligado a dar hospitalidad al último, a pesar de la enemistad entre ellos. Tanto para los dioses como para los viajeros, un ejemplo clásico es el que ofrece Ovidio en la historia de Baucis y Filemón (Metamorfosis, 8). El autor del artículo «Sodoma y Gomorra», de la Encyclopedia Biblica, suministra ejemplos paralelos del Lejano Oriente. Véase también Jakob Grimm, Deutsche Mythologie, Göttingen, 1835, pp. xxxiv-xxxviii, 312-314.
[15] Cf. la Encyclopedia Judaica, entrada «Sodoma y Gomorra»; The Jewish Encyclopedia, entrada «Sodoma».
[16] Bailey, pp: 11-16.
[17] Para un ejemplo de esto, véase John Noonan, Contraception: A History of Its Treatment by the Catholic Theologians and Canonists, Cambridge, Mass., 1965, pp. 33 ss; cf. infra, capítulos Cristianos y cambio social y Tradiciones teológicas.
[18] Cf. el comentario de Crisóstomo (PG, 54:405): Του δέ δικαίου τούτου τήν φιλοξενίαν ζνλώσωμεν καί τήν άλλην αρετήν.
[19] Praeferebat domus suae verecundiae hospitalem gratiam, etiam apud barbaras gentes inviolabilem, De Abrahamo, 1.6.52 (PL, 14:440).
[20] Bajo la influencia, sin duda, de Ezeq., 16:49: Sodomitis causa subversionis atque luxuriae, non vini crapula, sed saturitas exstitit panis, De coenobiorum institutis, 5.6 (PL, 44:456), y los comentarios de Pedro Cantor, Apéndice II, infra.
[21] Piers the Plowman, passus 14, líneas 75-78, trad. Margaret Williams, Nueva York, 1971, p. 230.
[22] Deut., 23: 17: «No habrá puta entre las hijas de Israel, ni sodomita entre los hijos de Israel». 1 Reyes, 14: 24: «Y también hubo sodomitas en la tierra: y cometieron todas las abominaciones de las naciones a las que el Señor arrojó de entre los hijos de Israel».
[23] Deut., 23: 18: ουκ έσται πορνεύων; 1 (LXX: 3) Reyes, 14: 24: καί σύνδεσμος εγενήθη, 15: 12: καί αφε ιλεν τάς τελετάς; (aquí, el hebreo da masculino), 22: 47: καί πέρισσον του ενδιηλλαγμένου; 2 (4) Reyes, 23: 7: καί καθε ιλεν τόν οικον των καδησιμ (simple transliteración del hebreo); Os., 4: 14: καί μετά των τετελεσμένων έθυον.
[24] Por ejemplo, las transliteraciones de 2 (4) Reyes, 23: 7, o el hapax legomenon, ahora virtualmente intraducibie, salvo por comparación con el hebreo, de 1 (3) Reyes, 22: 47.
[25] 1 (3) Reyes, 15: 12, femenino en griego, masculino en hebreo. En Oseas, el griego vierte con ambigüedad una forma hebrea femenina (kadeshot); Jerónimo, que al parecer sólo conocía el texto griego, trasladó esto al latín effeminati, con lo que, sin saberlo, estigmatizaba en realidad a las hembras por ser femeninas.
[26] Es indeterminable qué es lo que se quiere significar con effeminati. El término se usa en la Vulgata para casi todas las apariciones de kadash (Deut., 23: 18; 17 en la Vulgata). Aquí (Deut., 23: 17), es probable que scortator signifique «alcahuete», aunque el griego es ambiguo y podría referirse tanto al hombre que ha recurrido a un prostituto como al que es prostituto él mismo.
[27] En muy pocos casos los escritores citaban uno de estos pasajes como confirmación de sentimientos antihomosexuales, pero nunca como autoridad al respecto. Clemente de Alejandría, por ejemplo, se refirió al Deut., 23: 18 en el Paedagogus (véase Apéndice II), pero también invocaba pasajes que nadie más consideraba relacionados con ningún tipo de homosexualidad (por ej., Jer., 12: 9); y fue su argumento animal, no su exégesis, lo que repitieron quienes sufrieron su influencia.
[28] LXX: Καί μετά άρσενος ου κοιμηθήση κοίτην γυναικός· βδέλυγμα γάρ έστιν (18:22); Καί ός άν κοιμηθη μετά άρσενος κοίτην γυναικός, βδέλυγμα εποίησαν αμφότεροι· θανατούσθωσαν ένοχοί εισιν (20:13).
[29] Las connotaciones de este término, extraño tanto al original hebreo como al griego, tienen mayor significado que el aparente a primera vista.
[30] Por ej., Isa., 44: 19; Ezeq., 7: 20, 16: 36; Jer., 16: 18; cf. Deut., 7:25.
[31] Véase 2 (4) Reyes, 16: 3, donde se condena especialmente esta práctica como (תּוֹעֵבָה).
[32] No es convincente el argumento según el cual la invocación de la pena de muerte para los actos en cuestión es significativo de su gravedad singular. Presupone que la relación de la pena con la gravedad del crimen, en las normas del AT, puede demostrarse en satisfactoria coherencia lógica como para preponderar sobre el sentido obvio de la distinción entre toevah y otras clases de delitos. La tradición de la exégesis judía argumenta en contra: el Mishna ignora la aparición o no de penas específicas en el AT, y comenta la gravedad de las ofensas de acuerdo con su semejanza con otras actividades prohibidas. Así, incesto, bestialidad, blasfemia, predicción, violación de las leyes del Sabbat, coito con una virgen desposada, maldición dirigida a los padres, hechicería y desobediencia filial, son todos ellos actos que se mencionan en el Talmud, Sanedrín, 7.4, como merecedores de la pena de muerte, aunque en el AT sólo se aplica este castigo a dos o tres de ellos. Es evidente que el comentario judío no tenía en consideración el castigo impuesto (o su ausencia) como criterio de gravedad moral. Cf. Noonan, p. 50. Aunque Filón y otros judíos helenizados consideraran particularmente reprehensibles los actos homosexuales, la tradición exegética general queda mucho mejor ejemplificada por la actitud del Mishnah, para el que la homosexualidad masculina era punible junto con otras idolatrías o conductas ritualmente impuras; y por autoridades tan tardías como Maimónides, que específica y repetidamente equiparaba los actos homosexuales con cuestiones tales como la hibridación del ganado, que desde hacía largo tiempo resultaban moralmente indiferentes en la tradición cristiana.
[33] Véase, por ejemplo. El código de Maimónides, lib. 5, El libro de la, santidad, 21.8.
[34] También podría observarse que hay un margen bastante grande para la duda acerca de qué es precisamente lo que se prohibe. El hebreo dice literalmente: «No dormirás el sueño de una mujer con un hombre». Durante un milenio debatieron los moralistas judíos acerca de en qué consistía exactamente «el sueño de una mujer» y quién es técnicamente un «hombre»: véase, por ej., en el Talmud, Sanhedrín, 7.4.53a; y el comentario de Maimónides en el Código, 5.1.14. Además, puesto que las acciones de los kadeshim se clasificaban específicamente como toevah (por ej. en 1 [3] Reyes, 14: 24), uno podría inferir que las condenas del Levítico apuntaban en realidad a refrenar en particular la prostitución en el templo, antes que la conducta homosexual en general. La tradición judía posterior no lo entendió usualmente de esta manera, pero así lo sugiere el LXX, en el que se inspiraron los moralistas cristianos.
[35] Véase las traducciones de LXX del Deut., 7: 25-26; 1 (3) Reyes, 14: 24; 2 (4) Reyes, 16: 3; Isa., 44: 19, Jer., 16: 18 (aquí, toavot, por ser más general y serio que el anterior nivlat shikutz se traduce por ανομία, βδέλυγμα; luego se emplea para verter el término precedente), y Ezeq., 7: 20; cf. la traducción en Ezeq., 16: 36 y la yuxtaposición en 8: 6 y 9.
[36] Esta división se mantiene en el NT: san Pablo emplea ανομία para designar pecado o injusticia en general –por ej., Rom., 2: 12, 4: 7; 2 Cor., 6: 14; 2 Tes., 2: 7; Heb., 1: 9– y βδέλυγμα o sus derivados en referencia a la idolatría o las violaciones de la pureza ritual judía en particular; Rom., 2: 22 y Tito 1: 16.
[37] Por ej., Praeparationis evangelicae libri quindecim 4.16, de Eusebio dé Cesárea, (De antiqua hominum immolandorum consuetudine, PG 21:276); y las Constituciones apostólicas (como infra).
[38] Lucas 16: 15; Rom., 2: 22; Tito 1: 10-16.
[39] Para un breve pero enjundioso resumen del antisemitismo romano, véase A. N. Sherwin White, Racial Prejudice in Imperial Rome, Cambridge, 1967. Para una revisión reciente de la vasta literatura sobre este tema, véase K. R. Stow, «The Church and the Jews», en Bibliographical Essays in Medieval Jewish Studies, Nueva York, 1976, esp. pp. 114-117.
[40] En realidad, la época en que la religión cristiana se hizo popular fue más o menos la misma en que se extendió universalmente en el mundo romano la costumbre de afeitarse, y las barbas no volvieron a ser populares hasta el reinado de Adriano. Algunos autores cristianos, sobre todo Clemente de Alejandría, objetó el hecho de afeitarse, pero no levantó demasiado alboroto acerca de cortarse el pelo de la cabeza.
[41] Απέχεσθαι ειδωλοθύτων καί αίματος καί πνικτων καί πορνείας (15:29; cf. 20).
[42] Véase, por ej., Constituciones apostólicas, 28 (PG, 1:984), donde esa distinción se traza con todo cuidado: η Σοδόμων αμαρτία se clasifica como βδελυκτή, mientras que πορνεία se analiza como categoría completamente independiente, αδικία. (Cf. la triple prohibición común: ου πορνεύσεις, ού μοιχεύσεις, ου παιδοφθορήσεις, que tiene lugar en la Epístola de Bernabé, el Paedagogus de Clemente, las Constituciones apostólicas, etc. Véase también Damasceno, Sacra parallela, 2.11 [PG, 96:248]: περί πορνείας, καί μοιχείας, καί αρσενοκοιτίας.) En latín se mantuvo la misma distinción: fornicatio se referió exclusivamente a la autoindulgencia heterosexual; sodomia o peccatum contra naturam, o bien constituía una forma de adulterium o una abominatio. A comienzos del siglo VIII, algunos teólogos prominentes incluyen la conducta sexual bajo la categoría de fornicatio, pero hacia el período de los escolásticos prevaleció el uso más antiguo. Para una definición particularmente clara de los distintos términos, véase Alberto Magno, Summa theologiae, 2.28.122.1.4., en Opera, ed. August Borgnet, París 1895, 33:400. También Tomás de Aquino distinguió entre fornicatio y vitia contra naturam, y tuvo a luxuria como nombre genérico de tales pecados. Véase Summa theologiae, 2a. 2ae. l54.11.
[43] El glosario latino más común de la Edad Media consideraba la palabra immunditia (por ej., en 2 Cor., 12: 21) como la designación genérica de pecados «antinaturales» y distinguía específicamente éstos de la fornicatio (PL, 192:89). Cf. el comentario de santo Tomás en Summa, citado supra (nota 42).
[44] Por ej., 2 Cor., 12: 21: ακαθαρσία καί πορνεία καί ασελγεία; Gál., 5: 19: πορνεία, ακαθαρσία, ασέλγεια. Para una comprensión medieval de estos términos, véase Tomás de Aquino, Summa, 2a. 2ae. l54.1.5-6.
[45] Véase esp. notas a la clarísima traducción del pasaje de Hechos, Seguramente fue así como lo entendieron los medievales; por ej., Tomás de Aquino, Summa, 2a. 2ae. 154.2.1.
[46] Véase infra, p. 391.
[47] Clemente de Alejandría es una excepción a ésta y a la mayor pane de las generalizaciones, como las Constituciones apostólicas, obra del siglo IV cuya influencia fue mínima en esta cuestión, pues eran más bien exhortatorias que preceptivas, nunca gozaron de amplia aceptación como apostólicas, y hasta el siglo VI no se las conoció en Occidente. Un esfuerzo fascinante para demostrar la base común del derecho mosaico y el romano es el que se conserva en un manuscrito editado por M. Hyamson, Mosaicarum et Romanarum legum collatio, Londres, 1913, útil como un texto de derecho romano; pero su influencia sobre la comunidad cristiana fue insignificante (sólo sobreviven tres manuscritos, e Hincmaro de Reims es el único teólogo notable que lo cita). Es enormente selectivo a la hora de utilizar material del Levítico. Igualmente desorientadores son otros usos medievales del Levítico. Isidoro de Sevilla (Orígenes, 6.8) afirmaba que el derecho mosaico era el origen del derecho occidental, pero vivía en un país que castigaba con la muerte la observancia de los preceptos fundamentales de aquél, como la circuncisión y las proscripciones en la dieta.
[48] Para un examen más detallado del significado de las palabras en cuestión, véase Apéndice I.
[49] Por ej., Mt., 11: 8; cf. 4: 23, 9: 35, 10: 1.
[50] Dión Crisóstomo, por ej., lo aplica al efecto desmoralizador que erróneamente se atribuía a la cultura (66.25); en Vettius Valens (113.22) se refiere al libertinaje en general; Epicteto, contemporáneo de Pablo, lo emplea para describir a quienes eran demasiado «blandos de cabeza» como para absorber la verdadera filosofía (Discursos, 3.9).
[51] Obsérvese que Aristóteles explica exactamente –en la Etica a Nicomaco, 7.4.4– qué entiende por el significado moral de μαλακός: «irrefrenado» respecto de los placeres del cuerpo, defecto moral que ni a los ojos de Aristóteles ni de sus contemporáneos podía atribuirse a los gays.
[52] Por ejemplo, en Plutarco, Erotikos, 753; cf. 751, donde incluso μαλθακός –palabra con más clara relación con la sexualidad pasiva en los hombres (véase cap. «Roma: la fundación»: Celio Aureliano, médico de finales del Imperio, llamó malthacoe a los hombres pasivos)– se aplica a la heterosexualidad.
[53] Véase, por ej., H. Noldin, Summa theologiae moralis scholarum usui, Leipzig, 1940, «De sexto praecepto», 1:29; cf. la Enciclopedia Católica, ed. 1967, entrada «masturbación».
[54] Véase, por ej., Jejunator, Poenitentiale (PG, 88:1893): Ωσαύτως καί περί μαλακίας, ης δύω εισιν αι διαφορα· μία μέν η διά οικείας χειρός ενεργουμένη· ετέρα δέ η δι’ αλλοτρίας.
[55] Al menos desde la época de Tomás de Aquino, todos los teólogos morales definieron mollitia o mollicies (el equivalente latino de μαλακία) como masturbación: véase Summa theologiae, 2a. 2ae. 154.11, Resp., y Vincent de Beauvais, Speculum doctrinale, 4.162.
[56] Aunque Pablo no invoca ni alude expícitamente a actitudes escriturales previas ante la homosexualidad, estos versículos se asemejan a otros pasajes o los repiten (además del Testamento de Neftalí: véase infra, n. 65). A menudo se ha señalado una analogía general con Sab., 12: 23-27, pero los glosistas y los comentaristas casi nunca advirtieron que el v. 26 es notablemente parecido al pasaje de Ezeq., 7: 20:‘Ένεκεν τούτου δέδωκα αυτά αυτοις εις ακαθαρσίαν. En Ezequiel, esto se relaciona con la idolatría y puede ser indicación de cierta connotación de prostitución en el templo implícita en los comentarios de Pablo, aunque la conclusión no es forzosa.
[57] Por ej., de Herman van de Spijker, Die gleichgeschiechtliche Zuneigung, Friburgo, 1968, pp. 82 ss.
[58] La idea de que los paganos habían tenido una vez la oportunidad de salvarse es un lugar común de la polémica religiosa semítica: véase el Corán, 11: 33. Todas las exégesis posteriores dan por sentado que los paganos podían haber conocido la verdad si lo hubieran querido (por ej., Teodoreto: Ει γάρ δή γνωναι αυτόν εβουλήθησαν τοις θείοις άν εκουλούθησαν νόμοις, Interpretatio Epistolae ad Romanos 1 [PG, 82:63]).
[59] Crisóstomo, In Epistolam ad Romanos, homilía 4 (PG, 60: 415-422).
[60] Platón y Aristóteles sugirieron variaciones sobre esta idea, y era un lugar común de la medicina romana.
[61] Está claro que Filón el Judío y unos pocos Padres griegos sostuvirron cierta noción de leyes dominantes de la «naturaleza», cuya violación era intrínsecamente pecaminosa incluso para los ignorantes del derecho de Dios. Sin embargo, aun en Filón existe una considerable superposición entre la ley divina, la «ley natural», la legislación humana y otras fuentes de comprensión moral: véase H. A. Wolfson, Philo: Foundations of Religious Philosophy in Judaism, Christianity, and Islam, Cambridge, Mass., 1947, 2:303 ss. Entre los Padres influidos por, o familiarizados con, las ideas de Filón (o similares), la confusión más bien creció que disminuyó, y en Occidente existió una clara aprensión hacia este concepto hasta la Alta Edad Media. Los escritos que se atribuyen a Pablo no dan muestras de familiaridad alguna con tales asociaciones de «naturaleza», y en caso de haber habido alguna familiaridad, no diría gran cosa acerca de la actitud de Pablo, pues la tradición misma era enormemente confusa. Un pasaje asombrosamente semejante de Plutarco (Moralia, 751), por ejemplo, emplea al mismo tiempo παρά φύσιν y ασχήμων en los análisis de la homosexualidad, pero no aclara nada. El último término se yuxtapone a αναφρόδιτος, expresión que habría carecido de sentido para Pablo, y παρά φύσιν se emplea más adelante en la misma obra (761e) para describir –con evidente aprobación– el coraje en las mujeres. Cf. 755c: ‘Η γάρ φύσις παρανομειται γυναικοκρατουμένη.
[62] Gál., 2: 15: ιημεις φύσει ’Ιουδαιοι; Rom., 2: 27: εκ φύσεως ακροβυστία (literalmente, «ausencia de circuncisión por naturaleza»).
[63] Ef., 2: 3: τέκνα φύσει οργης; Rom., 2: 14: φύσει τά του νόμου ποιωσιν. El único ejemplo en el cual «naturaleza» parece tener para Pablo un significado moral mayor que el de simple «naturaleza humana» es el de 1 Cor., 11: 14 (KJV): «¿No es así que la naturaleza misma os dicta que no es decente para el varón el dejar crecer su cabellera?». Pero sería inútil imaginar que, ni siquiera en su sentido más idealizado, la «naturaleza» podía tener algo que ver con el largo del pelo de un hombre. Los sistemas éticos naturales idealizados serían más idóneos para prohibir cortarse el pelo que para invocar la «naturaleza» como prueba de la deseabilidad del pelo corto. No cabe duda de que Pablo emplea aquí «naturaleza» en el sentido de costumbre, tradición o herencia ética, con ignorancia (o rechazo) de la dicotomía usual en griego entre costumbre y naturaleza (χρησις y φύσις; por ej., en Ignacio a los tralianos: ου κατά χρησιν αλλά κατά φύσιν 1:1). Así, pues, funde el concepto de costumbre con el de carácter innato. La cuestión de la relación entre φύσις y νόμος, de por sí enormemente complicada, también forma parte de esta discusión. En la época de Pablo, gran parte del sentido anterior de νόμος, se había subsumido –con cierta falta de lógica– bajo el concepto de φύσις. Los estudiosos bíblicos apenas comienzan a luchar por desentrañar qué entendían por estos términos los autores del NT, cuyo significado se discutía acaloradamente incluso en Ática. Para reveladores estudios, véase, W. J., Beardslee, The Use of ΦΥΣΙΣ in Fifth-Century Greek Literature, Chicago, 1918; A. W. H. Adkins, Moral Values ana Political Behavior in Ancient Greece, Londres, 1972; y André Pellicer, Natura: étude sémantique et historique du mot latin, París, 1966, pp. 17-35.
[64] ’Έδουλεύσατε τοις φύσει μή ουσιν θεοις. Obsérvese el tema de la infidelidad, paralelo al de Rom., 1: 26-27.
[65] La fecha y el origen del Testamento de Neftalí son objeto de agitada controversia. Las opiniones van desde los partidarios de la autoría judía, posiblemente ya en el siglo III a. C., hasta quienes sugieren su redacción cristiana por un discípulo de san Pablo. A partir del descubrimiento de fragmentos semitas de Neftalí en las cuevas de Qumrán, en general se ha supuesto una cierta conexión con la comunidad esenia, pero la debilidad de la relación entre los fragmentos semitas y el texto griego, lo mismo que los múltiples elementos cristianos del griego, dificultan la mayor precisión de la identificación. Marc Philonenko desarrolla una vigorosa argumentación a favor de la autoría esenia con pocas adiciones cristianas (Les interpolations chrétiennes des Testaments des Douze Pariarches et les Manuscrits de Qumrān, París, 1960), pero fue sustituida por los argumentos más restringidos de Jürgen Becker (Untersuchungen zur Enstehungsgeschichte der Testamente der Zwölf Patriarchen, Leiden, 1070). Es probable que el problema no se pueda resolver sin nueva documentación, y lo máximo que se puede sostener por ahora es la existencia de una cierta conexión entre los escritos paulinos y el testamento.
[66] Véase Bayley, pp. 12-21.
[67] ’Έθνη πλανηθέντα καί αφέντα Κύριου ηλλοίωσαν τήν τάξιν αυτων… Μή γένησθε ‘ως Σόδομα, ήτς ενήλλαξε τάξιν φύσεως αυτης. ‘Ομοίως δέ καί οι ’Εγρήγοροι ενήλλαξαν τάξιν φύσεως αυτων …,” en The Greek Versions of the Testaments of the Twelve Patriarchs, ed. R. H. Charles, Oxford, 1908, pp. 149-150 (esta edición debería complementarse con la de M. De Jonge, Testamenta XII Patriarcharum, Leiden, 1964, p. 54). La semejanza de léxico y de contexto hasta en detalles como el uso de πλανέω y αφέντα es tal que sería difícil admitir la mera coincidencia.
[68] Este es, por ej., él término que emplea Jesús cuando observa que «quien no está contra vosotros [καθ’ υμων] por vosotros está». Lucas, 9: 50; cf., 11: 23, κατ’ εμο ν.
[69] Aunque en ciertas frases, como παρά δόξαν, puede que «contra» sea la mejor traducción de παρά con acusativo, este uso es mucho menos frecuente que el que corresponde al significado «más que» o «más allá de». En la mayoría de las veinticuatro apariciones de παρά con acusativo en las epístolas paulinas, la única traducción posible es la de «más allá de», y en todas es tan admisible como «contra». En efecto, muy a menudo se traduce la frase al latín como «más allá de» la naturaleza, y no como «contra» la naturaleza: Rufino cita la traducción de Orígenes como extra naturam más bien que «contra» (Commentaria in Epistolam ad Romanos, 4, 4.474-475), y el Códice Boerneriani traduce el griego como secus naturam. Cf. el et in sexus ultra naturae, de Tertuliano (PL, 2:987).
[70] El inglés «extralegal» ofrece cierto paralelismo, en la medida en que no implica la «violación de la ley», sino más bien la no referencia a ella.
[71] Véase el análisis infra. Es probable que la semejanza entre τήν αντιμισθίαν ήν εδει της πλάνης en Rom., 1: 27 y αδικούμενοι μισθόν αδικίας en 2 Ped., 2: 13 no haya pasado por alto a los lectores familiarizados con ambas epístolas.
[72] Fuera de esta frase hay en verdad muy poco más en el pasaje que justifique el horror y la severa censura que la homosexualidad ha provocado en la comunidad cristiana. Las palabras transcriptas por la versión KJV como «afectos viles» – πάθη ατιμίας– son palabras de muy amplia interpretación. El término πάθος puede aplicarse a casi cualquier actividad humana –un sentimiento, una experiencia, un esfuerzo– y carece por completo de coloración moral. Por otro lado, ατιμία se refiere con toda claridad al deshonor. La cuestión consiste en de dónde emana el deshonor: si del acto mismo, de la actitud de Dios ante él o de la actitud de la comunidad. Sin intentar demostrar la pertinencia del uso clásico, que tiende abrumadoramente a la última de las tres interpretaciones, es posible obtener una buena referencia cruzada de los propios escritos paulinos: en 2 Cor., 6: 8, ατιμία se emplea en el sentido de mala reputación en contraste con la maldad. En realidad, se refiere a los siervos de Dios, a los que el mundo ve como débiles o enfermos. En 1 Cor., 15: 43 se encuentra el mismo sentido –«Lo sembrado en ignominia, surge en gloria»– y el sentido peyorativo es tan irónico como en el primer pasaje. En 2 Cor., 11: 21, el sentido vuelve a requerir que sean «los otros» quienes consideren merecedores de censura a los cristianos. En 1 Cor., 11: 14 se habla del pelo largo en el hombre, lo que se ve como una «vergüenza». Es posible que esto constituya un ejemplo de la vergüenza intrínseca en el acto, pero parece más probable que la «vergüenza» sea el oprobio de la comunidad. Rom., 9: 21 y 2 Tim., 2: 20 utilizan la palabra con referencia a la labor del alfarero. Probablemente la mejor interpretación de la frase «vasos hechos para el deshonor» sea que se trate de vasos de orinales. Serán muy pocos quienes estén dispuestos a afirmar que los orinales son moralmente reprochables, de modo que, una vez más, ατιμία se refiere a valores humanos. La gente encuentra que los orinales son desagradables y, por tanto, se los considera «innobles». En consecuencia, es más probable que las pasiones que Dios ha dado a los paganos se consideren «degradantes» antes que malas, en la medida en que incurren en falta de respeto a la sociedad (cf. vers. 24: «Deshonran su propio cuerpo entre ellos mismos»). Esto se ve confirmado por la referencia –misteriosa, por lo demás– que al final de este análisis se hace a la «recompensa» que tales hombres reciben «en sí mismos», «que era adecuada». Además, es evidente que Jerónimo entendió el término en este sentido (lo tradujo como «ignominia»), lo mismo que los exégetas griegos posteriores. Teodoreto observa que «la ignominia es el castigo último» (Τιμωρία γάρ εσχάτη… η ατιμία, PG, 82:63). Sólo hay otras dos palabras de posible valor moral en el pasaje. Una es πλάνη, que la KJV traduce acertadamem por «error». Esta palabra aparece once veces en el NT, cuatro de ellas en los escritos que se atribuyen a Pablo. Es evidente que Pablo la emplea tan sólo en el sentido de una equivocación y nunca asociada a ningún tipo de depravación moral La otra palabra es ασχημοσύνη, que la KJV vierte, con cierto encanto, como «aquello que es indecoroso», ’Ασχημοσύνη aparece en la LXX como sustantivo, pero en el NT sólo se encuentra un verbo y un adjetivo en relación con este término. En 1 Cor., 12: 23 aparece en referencia a las partes «indecorosas» del cuerpo que no obstante, son las que tienen «más abundante belleza». En 1 Cor., 13: 5, Jerónimo .traduce el verbo ασημονει por est ambitiosa; la KJV, por «se comporta indecorosamente»; la RSV por «es arrogante»; la Confraternidad (según Douay), por «es ambicioso». (Tanto en el griego como en el inglés se ha evitado el negativo para no dar lugar a confusión.) 1 Cor., 7: 36 ofrece en la KJV «se comporta indecorosamente». Alude a un padre que no entrega en matrimonio a su hija virgen y, por cierto, no puede tratarse aquí de fallo moral, a pesar de la traducción de Jerónimo como turpem se videri. Quizá se entienda mejor el problema en términos de lo que es más agradable o más decoroso. En realidad, el sustantivo en cuestión es simplemente un privativo de σχημα, que tiene muchos sentidos, todos ellos en torno al concepto básico de aspecto o forma. Como se ha observado, Pablo no lo asocia con ningún concepto moral claramente discernible, y expresa aquí, lo mismo que en otros pasajes de su obra, la idea de que lo que está ocurriendo no tiene buen aspecto, lo que completa el concepto de que los paganos se hacen merecedores del oprobio social por embarcarse en tales actividades.
[73] El último fragmento debe leerse en griego para comprender toda su ambigüedad potencial. El griego no distingue entre «hombre» y «marido», pues ambas cosas se expresan con la misma palabra ανήρ, de modo que es imposible decir si Jesús considera que los cinco «hombres» con quienes ha vivido la mujer fueron o no sus «maridos».
[74] Mt., 15: 19 (Mc., 7: 21) podría ser una excepción a esto, pero ni el texto ni el contexto deja claro que Jesús quisiera referirse a la moralidad de la sexualidad extramatrimonial en general. No está claro el significado exacto de πορνεία en los escritos del NT, y la palabra sólo aparece cuatro veces en enunciados de Jesús; en dos de ellas, no quedan dudas de que significa lo que en tiempos posteriores se llamó «adulterio» (Mt., 5: 32, 19: 9).
[75] Mt., 5: 32, 19: 9; Mc., 10: 11-12 no admite esta excepción.
[76] Esto no se perdió en los cristianos gays de épocas posteriores: véase infra, pp. 248-249.
[77] In Epistolam ad Romanos, homilía 4 (traducida en Apéndice II): Ου γάρ ειπειν, ότι ηρασθήσαν καί επεθύμησαν αλλήλων, αλλ’ εξεκαύθησαν εν τη ορέξει αυτων εις αλλήλους.
[78] No está clara la relación entre este tipo de «amistad», que parece referirse a la «amistad» que todos los hombres buenos se profesan mutuamente, y los afectos personales que Jesús sentía por figuras de los Evangelios como Lázaro o como san Juan.