Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad

Libro

 

Sacerdotes gay

John Boswell, «Cristianos y cambio social», en Cristianismo, Tolerancia Social y Homosexualidad, Los gays en Europa occidental desde el comienzo de la Era Cristiana hasta el siglo XIV, Biblioteca Atajos I, Muchnik Editores SA, Barcelona 1998, pp. 145-163, y las notas correspondientes que en el original se encuentran al final del texto en las pp. 478-484.

Cristianos y cambio social

El cristianismo llegó al poder en el mundo romano durante una época de profunda crisis. Es muy difícil, a semejante distancia, distinguir la responsabilidad, la sensibilidad o la coordinación incidental que deben atribuirse a la nueva religión en las diversas transformaciones que tienen lugar en el mundo grecorromano durante los primeros siglos de lo que hoy se conoce como Era Cristiana. Y más difícil aún es explicar la aparente degradación, sobre todo en Occidente, de una civilización brillante y compleja en un estado de organización social y de desarrollo cultural comparativamente mucho menos avanzado.

Dos aspectos de estos cambios pueden relacionarse estrechamente con la declinación de la tolerancia romana sobre cuestiones sexuales, aunque por ahora es prácticamente imposible otra cosa que una caracterización de sus posibles efectos. Pero no se puede determinar su real influencia, su relación recíproca ni su importancia relativa en comparación con otros factores. Es inevitable que las hipótesis sobre cambios de esta magnitud en áreas tan poco comprendidas resulten en buena medida insatisfactorias; es evidente que las drásticas alteraciones en las costumbres sexuales que acompañaron la desintegración del Estado romano y el surgimiento de los reinos bárbaros son muchos más complejas de lo que podría sugerir cualquier breve aproximación a un aspecto aislado del problema, y finalmente se puede mostrar que derivan de fenómenos sociales hasta hoy no estudiados.

Un factor que puede haber ejercido cierta influencia fue la creciente ruralización de los centros de cultura urbana de la civilización romana. La desaparición de la élite urbana ya es notable en el siglo II y su situación empeoró permanentemente durante los siglos III y IV a medida que la inestabilidad política, el cambio económico, los desórdenes sociales, los desastres naturales y el descenso de la tasa de natalidad de las capas más ricas aniquilaron gran cantidad de familias nobles romanas. Los emperadores repoblaron las filas de las clases superiores sobre todo con la concesión de rango de nobleza a provincianos ricos, cuyas fortunas (y actitudes), en muchos casos, se habían visto menos afectadas por las condiciones económicas de Roma que las del patriciado urbano.

Durante este mismo período, el control del Imperio pasó casi por completo a manos de ejércitos y generales, que ponían y deponían emperadores con vertiginosa rapidez y determinaban en gran medida la política de los que ejercían el poder. Después del siglo I d. C., eran pocos los ciudadanos de la ciudad de Roma que servían en sus ejércitos, y hacia mediados del siglo III, la mayor parte de los soldados ni siquiera se reclutaban en la Italia rural. El grueso del ejército estaba formado por provincianos (a quienes Caracalla concedió la ciudadanía en 212, en parte con esta finalidad) y por bárbaros aliados; incluso los oficiales eran con mayor o menor frecuencia provincianos o bárbaros promovidos por su carrera en las filas. A partir de la época de Juliano, la mitad de los oficiales eran germanos, y con la admisión de los godos, en el siglo IV, el ejército romano dejó de ser «romano» en todo, salvo en la nomenclatura.

Tampoco los hombres que estos ejércitos colocaban en el trono imperial eran más «romanos» en su actitud. Pocos de los emperadores posteriores al siglo I nacieron en Roma, y algunos ni siquiera habían estado alguna vez en la ciudad. A finales del siglo IV, el poeta Claudiano se quejaba de que sólo tres emperadores hubieran puesto sus pies en Roma durante el siglo anterior. La corte imperial, como si simbolizara conscientemente la constante ruralización de la sociedad romana» se trasladó primero a Milán y después a Ravena.[1]

Finalmente, las fuerzas externas, no contentas con dejar que la propia ciudad de Roma decayera de acuerdo con su propio ritmo, se sublevaron, la tomaron por asalto y le impusieron su nuevo sistema de valores. Pero ya varios siglos antes de que los bárbaros abrieran sus brechas en las murallas de la ciudad, habían comenzado a producirse profundos cambios en los valores tradicionales de Roma. Estos cambios adoptaron muchas formas: la importación de cultos religiosos extranjeros, sobre todo los que cargaban el acento sobre la magia y el misterio; la acrecentada fascinación por culturas y lenguas extranjeras, sobre todo por las de Grecia y Egipto; la formulación de filosofías de evasión centradas más en el mundo espiritual que en el mundo sensible; la creciente dependencia de la mayor parte de la sociedad respecto de un Estado que había sido imaginado para ser omnipotente y que así lo proclamaba, y la consecuente extensión del poder del Estado en aspectos personales y cada vez menos importantes de la vida de la gente; el sufrimiento o la revitalización de los códigos éticos, tales como el estoicismo y ciertas ramas del cristianismo, que enfatizaban la moral sexual y la abnegación antes que la virtud cívica o las contribuciones sociales (y cuyos mentores intelectuales solían ser originarios de las provincias del Imperio).

A medida que los niveles superiores del gobierno romano –tanto civil como eclesiástico– iban cayendo bajo la dominación del enfoque rural, las actitudes oficiales respecto de las costumbres sociales romanas sufrieron una considerable transformación.[2] Las ideas romanas tradicionales sobre la propiedad sexual, basadas en la fidelidad conyugal, la protección de los menores y la familia nuclear, dieron paso a una categorización mucho más rígida de la satisfacción sexual legítima, la exclusión del placer sexual como bien positivo y la intolerancia general respecto de la desviación sexual. Es extremadamente difícil saber en qué medida la retórica oficial sobre estas cuestiones, ya civil, ya religiosa, correspondía a la realidad social. Si bien la mayoría de los últimos emperadores y muchos eminentes líderes cristianos eran originarios de las provincias, gran parte de sus seguidores seguían siendo urbanos. Hay bastantes pruebas de que los cristianos de las ciudades no compartían las estrechas miras sexuales de famosos ascetas, y las consideraciones demográficas parecen haber desempeñado en todas las religiones un papel importante que aún no ha sido objeto de análisis detallado.

Un segundo factor, cuya influencia tal vez haya sido menor sobre las costumbres populares, pero de gran importancia desde el punto de vista institucional, fue el absolutismo creciente del gobierno romano. El gradual abandono del mito de la diarquía –gobierno conjunto del emperador y el Senado– y, a través de la coerción y la apatía, una renuncia general a la responsabilidad y al poder individuales, culminó en un mayor control totalitario sobre aspectos personales de las vidas de los romanos. Hacia finales del siglo IV, muchos ciudadanos ya no pudieron escoger religión, ocupación, lugar de residencia y ni siquiera el equipo atlético preferido, sin interferencia imperial. Los aspectos públicos de la religión y la moral fueron siempre objeto de cierta supervisión gubernamental, pero el despotismo crecientemente teocrático a finales del Imperio produjo a menudo la intervención oficial en cuestiones tales como la convicción religiosa personal o la expresión sexual privada, que bajo los primeros emperadores se hubiera considerado de resorte exclusivamente individual. A finales del siglo II, el emperador Marco Aurelio (de familia hispana) dijo que él había aprendido de su padre «a eliminar toda pasión por los hombres jóvenes»,[3] pero limitó su acción oficial a su negativa a citar a Antínoo entre los amigos de su predecesor, Adriano. Sin embargo, un aspirante posterior al trono imperial fue conocido por su activa persecución de gays.[4] Un emperador del siglo III, Severo Alejandro, nacido en el norte de África, consideró poner fuera de la ley a los exoleti, pero finalmente lo pensó mejor y advirtió que no podría terminar con la práctica y que su prohibición sólo conseguiría arrojarla a la clandestinidad (Lampridio, Severo Alejandro, 24, 4).[5] En consecuencia, se limitó a mitigar su animadversión mediante la imposición del impuesto sobre la prostitución masculina para obras públicas y no ya para su propio tesoro imperial (ibíd., 3). Uno de sus sucesores, Filipo (nacido en Arabia), puso fuera de la ley a los exoleti en Occidente a mediados del siglo III, pero más de cien años más tarde todavía los había en abundancia, y es improbable que la medida gozara de algún apoyo popular.[6] (En el Imperio Oriental, la prostitución homosexual no se abolió hasta el siglo VI.)

El siglo III también fue testigo de una ampliación teórica de la definición del término legal stuprum, a fin de incluir determinadas variedades de conducta homosexual. El significado básico de stuprum es «desfloración», sentido con que fue empleado por los juristas romanos para describir una conducta sexual –activa o pasiva– que resultaba indecorosa para el estatus de un ciudadano romano y que no quedaba cubierta por otras categorías legales, como violación, adulterio, etc.[7]

No parece que el prejuicio popular contra la pasividad de un ciudadano varón adulto en las relaciones sexuales encontrara expresión oficial en la ley primitiva, pero hacia el siglo III, dicha conducta se convirtió en una forma de stuprum. El jurista Paulo opinaba, en sus Sententiae (2.27.12), reunidas alrededor del año 300, que un varón que cometía voluntariamente stuprum (esto es, que era pasivo para otro varón) debía perder la mitad de sus bienes.[8]

Es dudoso que esta opinión tuviera fuerza de ley antes de su inclusión en la compilación jurídica de Justiniano, en el siglo VI. Paulo fue exiliado por Heliogábalo, conocido por su predilección por la conducta homosexual pasiva, y después de su regreso (llamado por Severo Alejandro) no hay indicio alguno de que esta actitud fuera objeto de sanción oficial.

En el año 342, los matrimonios gays, que hasta ese momento habían sido legales (al menos de hecho) y reconocidos, quedaron fuera de la ley en virtud de un estatuto de curiosa redacción que algunos autores han considerado completamente humorístico.[9] Es probable que la naturaleza marcadamente propagandística de esta ley y la ausencia de toda penalidad ante su infracción, sean señales de que su(s) redactor(es) imperial(es) esperaban que dicha disposición legal se encontrara con la oposición o el desdén popular.[10] La primera pena corporal para un acto relacionado con la homosexualidad fue impuesta en el año 390 por forzar varones a la prostitución o venderlos con ese fin.[11] La pena de muerte que esta ley prescribe puede ser expresión del horror que al emperador Teodosio (nacido en Hispania) le inspiraba esta práctica,[12] pero su promulgación como ley no demuestra nada acerca de la actitud del pueblo bajo. El código teodosiano también insistía en la pena de muerte para los que ofrecían sacrificios a deidades paganas, aunque esto había sido algo completamente legal tan sólo unas décadas antes y se siguió practicando ampliamente durante siglos.[13]

La opresión autocrática y la extensión de la ética rural sólo eran dos aspectos de un fenómeno mucho más complicado. Además, no hay que imaginar que la transición a un clima social menos tolerante tuviera lugar sin oposición. En respuesta a la creciente ola de intolerancia, los gays comenzaron a defender sus preferencias y a criticar a sus oponentes en diversos géneros literarios. En esta época ya eran comunes en la poesía helenística las posturas de sexualidad militante, y los intercambios humorísticos, como el que protagonizaron Meleagro («No tengo un corazón obsesionado por los hombres. ¿Qué placer puede haber, amor, en montar varones, si tu deseo es recibir sin dar nada?») y un ardiente partidario del amor gay («No hay deseo de mujeres en mi alma, sino que el ardor de los varones me ha encendido»)[14], eran moneda corriente en la literatura romana. En los primeros tiempos del Imperio, esa poesía apenas representaba algo más que un enfoque humorístico de la pansexualidad de la época, cuyas costumbres tolerantes daban cabida a todo tipo de vida, pero bajo la influencia de las actitudes sexuales cada vez más estrechas del tardío Imperio en declinación, estos temas se volvieron acres y vehementes, y el fundamento de las objeciones a los actos homosexuales se desplazó de la preferencia personal al absoluto moral y a la mojigatería. (Ateneo llega a despreciar al propio Platón, a considerar «indecentes» sus diálogos sobre el amor y a proclamar que los reunía «con total desprecio por sus lectores futuros», 11.508d.)

A la sazón se hicieron comunes los complejos debates sobre el tema, en los que se examinaba (o se aparentaba examinar) la validez, la moralidad y la deseabilidad estética de las dos clases de amor (al menos para los hombres).[15] A comienzos del siglo II d. C., Plutarco dedicó un libro de sus Moralia a tal tema, y en él hace que el defensor del amor gay desprecie en términos altisonantes la pasión heterosexual:

 

El verdadero amor no tiene nada que ver con las alcobas de las mujeres, ni aceptaré que jamás hayas sentido amor por mujeres o niñas en mayor medida que las moscas sienten amor por 1a leche… [750c][16]

Pero si también ha de llamarse «amor» a esa pasión [heterosexual], se trata de un amor afeminado e ilegítimo […] El único amor verdadero es el amor por los muchachos […] Esa otra pasión blanda y doméstica que disipa su tiempo en las faldas y los lechos de mujeres, en constante persecución de indulgencia y que afemina con el placer sin virilidad, no amante e incapaz de inspirar el espíritu, esa pasión merece la proscripción, como en verdad Solón la proscribió […] El amor es hermoso y decoroso; el placer es vulgar y servil. Por esta razón se considera indigno de un hombre libre enamorarse de esclavos, ya que esta clase de pasión es meramente sexual, como las relaciones con las mujeres… [751]

 

Pero el defensor del amor heterosexual no es menos grandilocuente:

 

Si bien las relaciones no naturales con hombres no impiden ni obstaculizan una relación amorosa, es mucho más probable que el amor de hombres y mujeres que ocurre de acuerdo con la naturaleza dé origen al amor a través de la ternura […] Por tanto, si examinamos detenidamente la verdad […] vemos que la pasión por los muchachos y la pasión por las mujeres constituyen un único tipo de amor. Pero si quieres hacer distingos por mor de la argumentación, veremos que este amor masculino no es honesto, sino que, como quien llega tarde y a destiempo al mundo ilegítimo y desfavorecido, ahuyenta el legítimo y más antiguo amor… [751-52][17]

 

Un diálogo posterior[18] de una novela de Aquiles Tacio trata la controversia de manera similar, pero con mayor sofisticación y menos invectivas. El adversario del amor gay compara este último con las torturas de Tántalo cuando dice que la belleza de los hombres jóvenes desaparece tan pronto como ha terminado de aparecer y deja insatisfecho y sediento de amor al amante (2.35). El defensor del amor gay responde que el verdadero placer reside en el deseo, no en la saciedad (2.36) y que el amor gay es celestial (como en El banquete de Platón), como queda bien de manifiesto por el hecho de que Zeus, para sustituir a su esposa, no llevara al cielo a una mujer, sino a un joven, Ganimedes. Su antagonista contesta con contraejemplos tomados de la mitología, en un esfuerzo por demostrar que lo celestial es el amor por las mujeres. El argumento sube de tono. El bando gay ridiculiza a las mujeres como creaciones artificiales del maquillaje y de los ungüentos, mientras que exalta la belleza de los muchachos como simple y sin afectación. Aunque, el portavoz gay tiene la última palabra, la discusión no queda cerrada.

El diálogo Cosas del corazón es, sin duda, el más sutil del género, pues contiene elaboradas especulaciones históricas sobre la necesidad biológica del matrimonio y los factores sociales que dan origen a las relaciones homosexuales. El defensor del amor gay admite que el matrimonio es necesario, pero no cree que eso lo haga deseable: «Los matrimonios se concibieron como un medio para asegurar la sucesión, lo que es necesario, pero únicamente el amor de los hombres es una empresa noble para el alma del filósofo» (33).

 

No hay que esperar el amor de los varones en los tiempos primitivos. Pues el coito con las mujeres era necesario a fin de que nuestra especie no pereciera por falta de descendientes […] Por tanto, Caricles, no vuelvas a criticar la carencia de valor de este descubrimiento sólo porque no se hizo antes, ni debes pensar que el amor a los muchachos es inferior tan sólo porque el coito con las mujeres puede acreditar una antigüedad mayor. No, debemos considerar necesarias las conquistas antiguas, pero evaluar como superiores las adiciones posteriores que haya inventado la vida humana, una vez que tuviera tiempo libre para el pensamiento. [Trad. Macleod, p. 205.]

 

El bando gay no propone el fin de las relaciones con las mujeres, sino simplemente que se limiten a lo físicamente necesario para la sobrevivencia de la especie e insiste en que el verdadero amor sólo es posible entre hombres. A continuación sigue una serie de comentarios misóginos sobre la falta de atractivo natural de las mujeres y los artificios a los que deben recurrir para seducir a los hombres. Luego el gay señala que el amor gay no es un «capricho exótico del tiempo», sino una herencia lícita y venerada. Concluye recomendando contención en la unión y aconsejando que nadie eche a perder un afecto permanente por un breve momento de placer. (No está claro que la castidad de las relaciones que recomienda el representante gay en el debate principal sean idealizaciones del autor del texto, pues un interlocutor posterior, Teomnesto, sostiene con toda elocuencia que tal contención es indeseable, cuando no imposible.)

Este debate, a diferencia de los anteriores, es juzgado oficialmente. «El matrimonio es una dicha y una bendición para el hombre cuando se encuentra con una buena fortuna, mientras que el amor a los muchachos, que rinde culto a los sagrados deberes de la amistad, es, a mi parecer, privilegio exclusivo de la filosofía. En consecuencia, todos los hombres deberían casarse, pero sólo a los sabios debería permitirse amar a los muchachos, pues el último sitio donde se desarrolla la virtud perfecta es en las mujeres» (ibíd., p. 229). El veredicto es conciliatorio, pero el interlocutor gay tiene la última palabra en este debate y sus argumentos son luego elogiados por otro interlocutor gay. Además, se describe al polemista heterosexual como abatido, mientras que su oponente celebra su triunfo invitando a un banquete. El narrador elogia específicamente al interlocutor gay por haber hecho una buena defensa de «la causa menos elegante» (ibíd., p. 231).[19]

El estatus legal de los gays y sus relaciones no fue objeto de rechazo oficial hasta el siglo VI, .pero ya desde comienzos del siglo IV comenzaba a levantarse una ola contra ellos, lo cual no escapó a la mirada de ciertos observadores de la época. En vista de lo que la historia les tenía reservado para tiempos futuros, es conmovedora la observación del autor de Cosas del corazón, según la cual los gays son ya «extraños aislados en tierra extranjera», así como también lo es su afirmación de que «de todos modos, no nos dejaremos dominar por el miedo y no traicionaremos la verdad» (31).[20]

Puesto que a partir del siglo IV el cristianismo fue religión oficial del Imperio Romano, y puesto que fue la única fuerza organizada que sobrevivió a la desintegración final de las instituciones romanas en Occidente después de las invasiones bárbaras del siglo V, se convirtió en el conducto por el cual llegó a Europa la moral más estrecha del Imperio tardío. Pero no fue el productor de esta moral. La disolución de la sociedad urbana de Roma y el ascenso del liderazgo menos tolerante, tanto desde el punto de vista político como desde el punto de vista ético, dieron lugar a una restricción permanente de la libertad sexual que trascendía los límites de la creencia. Esto no equivale a negar que durante este período los sínodos y los príncipes cristianos aprobaran la aplicación de sanciones contra las relaciones homosexuales. Pero la ejecución es otra cosa que la promulgación, y sería engañoso caracterizar al cristianismo como una fuerza particularmente responsable de sentimientos y doctrinas antigays. En los últimos tiempos del Imperio, todas las tradiciones filosóficas organizadas de Occidente se volvieron cada vez más intolerantes con el placer sexual, y a menudo resulta difícil distinguir los preceptos éticos cristianos de los de la filosofía pagana del mismo período. La mayor parte de los movimientos religiosos contemporáneos luchaban con precauciones morales similares a las de los primeros cristianos.

Además, no hay ninguna prueba de que, en general, los cristianos se vieran muy afectados por la estrechez de las actitudes sexuales de algunos de sus líderes. A título individual, los cristianos tenían que enfrentar problemas morales tan urgentes y tan traumáticos como los de aceptar o no el martirio a manos de los funcionarios imperiales, adoptar o no los niños expuestos por los paganos, limitar o no sus propias familias, etc. Seguramente la homosexualidad les pareció un problema secundario. El material superviviente no es adecuado para evaluar las respuestas de las comunidades a dicha cuestión. Los primeros concilios se preocuparon por problemas teológicos fundamentales, como la naturaleza de Cristo, la autoridad de la Iglesia, la eficacia de los sacramentos, etc., y no tuvieron tiempo para la formulación de un código detallado de ética sexual. (El primer concilio «general» que se ocupó de la homosexualidad fue el Lateranense III, en 1179.)

Ciertos teóricos cristianos se plantearon el problema, pero fueron relativamente pocos y en general pertenecientes a escuelas de extremado ascetismo. No parece probable que sus actitudes fueran típicas; y los argumentos, incoherentes, contradictorios y a menudo ilógicos que solían exponer, han de haber ayudado muy poco a establecer una actitud general respecto de la homosexualidad entre los cristianos de base, la mayoría de los cuales eran analfabetos o, en todo caso, incapaces de apreciar tal especulación.

Ninguna de las tradiciones filosóficas sobre las cuales se sabe que se apoyó el cristianismo habría negado necesariamente la conducta homosexual como opción para los cristianos. Además de la Biblia, hubo tres tradiciones morales específicas que ejercieron capital influencia en las actitudes sexuales de los primeros cristianos: las escuelas judeo-platónicas de Alejandría, que se analizarán en el capítulo siguiente, la aversión dualista por el cuerpo y los placeres, y los conceptos estoicos de sexualidad «natural».

El dualismo –esto es, la filosofía que sostiene que hay fuerzas buenas y fuerzas malas que luchan por el control del alma humana– ejerció una enorme influencia en la Iglesia primitiva. Durante muchos años, san Agustín, antes de su conversión al cristianismo, había sido miembro de una secta dualista, la de los maniqueos, y muchos moralistas cristianos recibieron consciente o inconscientemente la influencia de las poderosas corrientes intelectuales del Imperio tardío. Los dualistas despreciaban toda forma de sexualidad, en la que veían un arma de las fuerzas del mal contra el bien, pues para ellos los placeres distraían el alma de los fines espirituales y que los placeres sexuales, tanto más cuanto más poderosos, eran los que más distraían. La mayor parte de los maniqueos se oponía por igual a todas las formas de sexualidad. Para algunos, los placeres homosexuales eran todavía peores que los heterosexuales, pues ni siquiera se plegaban al designio del Creador de regeneración de la especie humana. Pero para muchos otros eran menos graves que los heterosexuales, porque: a) no participan del aura falsa de santidad que emplea la sexualidad conyugal para seducir a los incautos y conducirlos a vidas autopermisivas; y b) no atrapan el alma en la materia, como el coito heterosexual cuando tiene los hijos como consecuencia. La influencia dualista, por tanto, fue ambivalente en el tema de la homosexualidad y pudo haber empujado en una u otra dirección a los cristianos que la sufrieron. Parece ser que Agustín dirigió a los maniqueos sus comentarios de Confesiones sobre los actos homosexuales; a los dualistas medievales se los acusó casi unánimemente de favorecer las relaciones homosexuales.[21]

El neoplatonismo occidental dio a menudo muestras de tendencias dualistas en su rechazo de lo físico como grosero, cuando no como malo, y sin embargo su impacto en el pensamiento cristiano también fue ambivalente acerca de la conducta homosexual. Plotino, por ejemplo, consideró la homosexualidad como un extravío respecto de la senda de la perfección, lo mismo que la actividad heterosexual cuya finalidad fuera el placer, pero consideraba que tenía su origen en «principios naturales».[22] Ciertamente, la reacción pública que su actitud hubiera producido ante la homosexualidad no habría sido demasiado diferente de las reacciones ante el placer heterosexual.

A menudo se supuso que el impacto profundo del estoicismo sobre la moralidad cristiana primitiva[23] afectó las actitudes cristianas respecto de la homosexualidad gay, pero pocos de los textos más importantes de la Iglesia primitiva contra la homosexualidad incorporan ideas estoicas,[24] y lo que se tiene como principal contribución del estoicismo a la moral sexual del cristianismo –la idea de que el único empleo «natural» de la sexualidad (y por tanto, moral) era la procreación– constituía en realidad una creencia común a muchas filosofías del momento. La abrazaban personas que se oponían vehementemente al estoicismo, como Plutarco,[25] y es probable que entrara en las escuelas cristianas de pensamiento sobre todo a través de la influencia de los neoplatónicos alejandrinos. El hecho de que los sistemas filosóficos que no estaban de acuerdo en ninguna otra cosa llegaran sin embargo a las mismas conclusiones en relación con la procreación como «fin» de la sexualidad parecería indicar que se trataba de una noción lo suficientemente común como para no requerir ninguna justificación filosófica específica; probablemente se trataba más de un fenómeno social que de un fenómeno intelectual.

Por lo demás, tampoco está claro, ni mucho menos, que los estoicos desaprobaran la actividad homosexual: Zenón –el fundador del estoicismo– recomendaba que los compañeros sexuales se eligieran prescindiendo del sexo («No hagáis odiosas comparaciones entre gays y no gays, entre varones y mujeres»; «¿Distinguís entre objetos de amor? Yo, no»)[26] y es fama que sólo tenía relaciones sexuales con otros varones.[27] Los representantes más prominentes del pensamiento estoico consideraban la homosexualidad como neutra desde el punto de vista moral.[28] Epicteto hablaba de atracción homosexual y de atracción heterosexual en términos de completa igualdad[29] e instaba a sus seguidores a no juzgar a quienes se daban con indulgencia a los placeres sexuales (Manual, 33, [8]).

De Séneca, el estoico que mayor influencia ejerció en Occidente, no sólo se rumoreó que él mismo se daba a la homosexualidad, sino que había estimulado a su discípulo Nerón a que hiciera lo propio.[30] Sea o no verdad, lo cierto es que no parece que el estoicismo occidental se haya opuesto a los actos homosexuales, a menos que implicaran exceso. Séneca dedicó un largo pasaje de su Naturales quaestiones (1.16) a describir el estilo de vida disoluto de un hombre excesivamente entregado a las relaciones homosexuales. Sin embargo, la finalidad del pasaje no estriba en introducir un comentario sobre ningún tipo de conducta sexual, sino en condenar la fascinación del hombre por los espejos. Se invoca la «naturaleza» para demostrar la verdadera función de los espejos (I, passim, esp. 17), pero no para introducir una opinión acerca de la elección de sexo; por el contrario, se encuentra allí la clara sugerencia de que todos, en una u otra oportunidad, han participado en el tipo de actividad que aquel hombre prefería (quaeque sibi quisque fecisse se negat). A juicio de Séneca, todos los vicios violentan la naturaleza, pero ninguno en mayor medida que los otros.[31]

Las condiciones sociales predominantes y las actitudes de quienes ejercen el poder pueden haber predispuesto a los habitantes de muchos rincones del Imperio a considerar con sospecha y hostilidad los actos homosexuales, pero en ciudades grandes como Roma o Constantinopla, el abanico de opiniones fue mucho más amplio y no hay pruebas de que la conducta general de los cristianos fuera marcadamente distinta de la de los ciudadanos no cristianos. La prostitución homosexual no sólo fue tolerada sino que, en realidad, durante casi dos siglos después que el cristianismo se convirtiera en religión de Estado, pagó impuestos a los emperadores cristianos.

Muchos autores paganos objetaron el cristianismo precisamente por lo que ellos consideraban relajamiento sexual de parte de sus adherentes,[32] y gran parte de la apologética cristiana apuntaba a defender a los cristianos de la creencia común de que se entregaban a toda clase de placeres sexuales, comprendida la homosexualidad.[33] Esta creencia, al menos en parte, parece fundada en los hechos. Incluso Crisóstomo tuvo que admitir que la sexualidad gay era absolutamente común en la sociedad cristiana de Antioquía del siglo IV, desde el nivel más alto al más bajo.

 

Aquellos que se han nutrido de doctrina divina, aquellos que instruyen a los demás en lo que deben hacer y en lo que no deben hacer, aquellos que han oído bajar las Escrituras del cielo, no se unen a prostitutas con la misma falta de temor con que se unen a muchachos.

Los padres de los muchachos mantienen tal cosa en silencio: no tratan de secuestrar a sus hijos, ni buscan remedio para ese mal.

Nadie se avergüenza, nadie se sonroja, sino que, por el contrario, más bien se enorgullecen de su pequeño juego; los que parecen raros son los castos, y equivocados los que desaprueban. Si éstos [los que desaprueban] son insignificantes, se los intimida; si son poderosos, son objeto de burla, de risa, de refutación, con mil argumentos. Los tribunales carecen de poder; leyes,[34] instructores, parientes, amigos, maestros: todos son desvalidos.

A quienes quisieran impedir tales prácticas les resultaría difícil escapar a la mala reputación de los implicados en ellas, en primer lugar porque son muy pocos y fácilmente se perderían en la gran multitud de quienes viven una mala vida…

En verdad […] hay cierto peligro de que en el futuro la comunidad de mujeres resulte innecesaria y que los muchachos satisfagan todas las necesidades que hoy acostumbran a satisfacer las mujeres…[35]

 

Dado que, por razones que se analizan en otros pasajes de este volumen, a Crisóstomo le afectaba personalmente la homosexualidad, consideró escandalosa la situación, pero parece razonable inferir que aquellos cristianos dispuestos a justificar «con mil argumentos» su estilo de vida, mantenían opiniones bastante distintas sobre la moralidad de las relaciones homosexuales, y no deja de ser asombroso que, gracias a la propia admisión de Crisóstomo, este grupo no sólo incluyera el respetable establecimiento de la ciudad, sino el liderazgo mismo de la comunidad cristiana, «aquellos que se han nutrido de doctrina divina, aquellos que instruyen a los demás en lo que deben hacer y en lo que no deben hacer, aquellos que han oído bajar las Escrituras del cielo». Aunque no necesariamente en defensa de su propia conducta, la actitud de Teodoreto de Ciro ante la homosexualidad se asemejaba notablemente a la de Platón, con el desprecio de la pasión únicamente en la medida en que ésta era obsesiva o constituía una adicción: «Por mi parte, pienso que aquellos que se inclinan excesivamente [λίαν] a [estas] pasiones hedonistas no ensalzan la pasión, sino que con el tiempo se tornan esclavos al convertir un hábito en un modo de vida».[36] No se apela a la sexualidad basada en la procreación, ni se sugiere de ninguna manera que la homosexualidad no obsesiva pudiera ser no cristiana. Un cristiano contemporáneo de Occidente, Ausonio, tenía en su biblioteca volúmenes de literatura homosexual escandalosa incluso para criterios romanos,[37] y se deleitaba en traducir del griego al latín bocados como el acertijo de Estratón acerca de cuatro actos sexuales simultáneos entre tres hombres.[38]

Ausonio estuvo apasionadamente enamorado de san Paulino, obispo de Nola, y su relación se expresó en una poesía de exquisita ternura, que marcó el tono de la mayor parte de la poesía amorosa de la Europa medieval.

 

A través de todo lo que la vida pueda ofrecer
o asignar a los mortales,
mientras permanezca yo encerrado en esta prisión corporal,
cualquiera que sea el mundo en el que me hallare,
te tendré muy apretado,
injertado en mi ser,
sin que distantes costas ni soles nos separen.
En todas partes estarás conmigo,
veré con mi corazón
y te abrazaré con mi espíritu amante.[39]

 

No hay ninguna prueba de que la relación entre ambos hombres fuera de naturaleza sexual (ni tampoco indicación alguna en sentido contrario), pero en la moral sexual del cristianismo primitivo representa una tendencia al mismo tiempo significativa e influyente. Difícilmente se pueda calificar su amistad de otra cosa que de apasionada; con implicación de erotismo físico o no, lo cierto es que se trataba de una relación que implicaba el eros tal como los griegos entendían la palabra, o tal como lo que en épocas más recientes se llamó «amor romántico». Nadie parece haber considerado «no natural» la atracción, ni el ardiente amor que sentía san Paulino por un hombre perturbó su conciencia, ni en lo que concernía al objeto de ese amor ni a la intensidad con que se manifestaba. Lejos de disuadirlo de rendirse a los amores terrenales –como ocurrió con san Pablo y con Orígenes–, la perspectiva de la eternidad sólo sirvió para ahondar su pasión.

 

Y cuando, libre de la cárcel de mi cuerpo
vuele yo de la tierra,
a dondequiera que nuestro Padre me envíe en el cielo,
allí te llevaré también a ti en mi corazón.
Pero ese fin,
que me libera de mi carne,
no me liberará de tu amor.

 

Este tipo de relación-pasión o amistad «erótica» entre varones fue origen de una parte de la más conmovedora poesía de la Edad Media. Aunque raramente implicara la sensualidad consciente, se inspiraba enormemente en el lenguaje de las relaciones sexuales y a menudo imitaba, con toda deliberación, la literatura homosexual de la Antigüedad.[40] Es cierto que en estas cuestiones conviene evitar la simplificación excesiva, pero parece justo decir que los autores de tales sentimientos expresaban, cuando menos, sensibilidades gays, puesto que el foco primario de sus relaciones de amor se hallaba en su propio sexo, y puesto que la pasión que animaba las amistades excedía con mucho lo que se consideraría «normal» entre amigos heterosexuales en sociedades que distinguen los sentimientos homosexuales de los heterosexuales.[41] La sociedad de Paulino sólo comenzaba a realizar tal tipo de distinciones, y con o sin expresión física, estas relaciones clericales eran sin duda más parecidas a las que se dan hoy en día entre amantes que entre amigos de un mismo sexo.

Sugerir paralelismos estrechos entre esas relaciones y fenómenos modernos sería tan incorrecto como, por ejemplo, comparar el matrimonio medieval con su contrapartida contemporánea. Pero sugerir que esta diferencia se debe simplemente a cambios en los conceptos de amistad, sin relación con la homosexualidad, sería dar por sentado lo que hay que probar: el contenido erótico de la «amistad» en la Antigüedad se debía, y no en escasa medida, al hecho de que en muchas sociedades antiguas la homosexualidad era algo convencional y podía formar parte de la relación; los amigos del mismo sexo se inspiraban en el vocabulario normal del amor homosexual para expresar sus sentimientos en términos eróticos.

La popularidad de la historia de santa Perpetua y santa Felícitas, por ejemplo, se debió en gran parte al atractivo del amor entre ambas mujeres. En Cartago, el 7 de marzo de 203 se martirizó a cinco cristianos, cuya muerte fue obra de animales salvajes o de la espada, pero únicamente Perpetua y Felícitas atrajeron la fantasía de la comunidad cristiana, sin duda porque el relato de las dos mujeres que se reconfortaron mutuamente en la cárcel, que sufrieron juntas el martirio como amigas y se dieron recíprocamente el beso de la paz a la hora de la muerte, cautivó el gusto de la época.[42]

El propio san Agustín, cuando se refiere a esta tradición, expresa el amor que sintió por un amigo de juventud, cuya muerte lo dejó tan desolado que se dirigió a Dios, presa de una pena insoportable: «Sentía yo que mi alma y la suya eran una sola alma en dos cuerpos, y, en consecuencia, la vida era un horror para mí, ya que no quería vivir como una mitad; y, sin embargo, también tuve miedo de morir y que de esa manera él, a quien tanto había amado, muriera por completo» (Confesiones, 4.6). A diferencia de muchos de sus contemporáneos cristianos, Agustín lamentaba amargamente el aspecto sexual de tales pasiones («Así contaminé el impulso de la amistad con la suciedad de la lujuria y empañé su brillo con la negrura del deseo», 3.1)[43] y, como adulto, rechazaba la posibilidad de relaciones homosexuales lícitas. En el siglo XIII, su opinión ganó ascendencia en los círculos cristianos, pero sólo tras una vigorosa oposición en muchos momentos de la historia del cristianismo.

No sólo parece ser que los primeros cristianos no hayan alentado prejuicio general alguno contra los gays, sino que tampoco parece haber habido ninguna razón para que el cristianismo adoptara una actitud hostil respecto de la conducta homosexual. Muchos cristianos prominentes y respetados –algunos incluso canonizados– se vieron involucrados en relaciones que casi seguramente se considerarían homosexuales en culturas hostiles al homoerotismo. La presión antierótica del gobierno y de las escuelas más ascéticas de ética sexual terminaría por lograr, con el tiempo, la supresión de los aspectos más públicos de la sexualidad gay y, finalmente, por incluir en el propio cristianismo una reacción de violenta hostilidad, pero este proceso llevó un tiempo muy prolongado y no es posible atribuirlo a actitudes ampliamente difundidas ni prejuicios entre los primeros adherentes a la religión cristiana. Es probable que un observador de las tendencias sociales de la época hubiera pensado que los ejemplos de Ausonio y Paulino o de Perpetua y Felícitas triunfarían en última instancia sobre la hostilidad de Ambrosio o Agustín, y que las actitudes sexuales cristianas se centrarían en la calidad del amor, no en el sexo de las partes implicadas o en la función biológica de su afecto.

 

 

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[1] Naturalmente, eran ciudades, pero enormemente menos sofisticadas y con mucha menos tradición urbana que Roma, la única auténtica metrópolis de Occidente.

[2] Con algunas excepciones, sobre todo la de Heliogábalo. Aunque nació en provincias (Emesa, en lo que hoy es Siria), no parece haber abrazado una moral rural tradicional.

[3] Καί τό παυσαι τά περί τούς έρωτας των μειρακίων, Pensamientos, 1.16.

[4] Clodio Albino, aversae Veneris semper ignarus et talium persecutor (Capitolinus, 11.7).

[5] Habuit in animo ut exsoletos vetaret, quod postea Philippus fecit, sed veritus est ne prohibens publicum dedecus in privatas cupiditates converteret, cum homines inlicita magis prohibita poscant furore iactati. Posiblemente, exoleti se refiera a prostitutos de cualquier tipo.

[6] Usum virilis scorti removendum honestissime consultavit (Aurelio Víctor, Liber de Caesaribus, 28.6, se supone que inspirado al ver un joven parecido a su hijo, de pie a la entrada de un burdel). Cuando Aurelio Víctor observa que tal prostitución «todavía existe», corre el año 360 d. C.

[7] Si una ciudadana soltera tenía relaciones sexuales con un hombre, eso constituía stuprum, en tanto no se tratara de una violación, ni fuera una prostituta. (En el último caso, ninguna conducta sexual sería inconveniente a su estatus, y no podría pedir reparación ni ser perseguida por ninguna ley relativa al stuprum.) Análogamente, si un marido tenía relaciones con una mujer casada que no fuera su esposa, cometía adulterio, pero si lo hacía con una mujer soltera, era culpable de stuprum. Ninguna forma de actividad sexual con esclavos/as, extranjeros/as o prostitutos/as constituía stuprum, pero la seducción, la violación de menores de cualquier sexo, libres por nacimiento, eran stupra, con independencia del consentimiento del menor implicado: por ej., en lo concerniente a muchachos, Digesto, 47.10.9.4, 47.11.1.2, 48.6.3.4. El uso literario del término era menos riguroso. La mayor parte de las fuentes extralegales emplean stuprum para describir la conducta sexual inmoral prescindiendo de los detalles legales de la responsabilidad o de la falta: por ej., Livio, 39.8.7, Stupra promiscua ingenuorum feminarumque errant; véase también 39.13.10, Plura virorum Ínter sese quam feminarum esse stupra. Obsérvese que en estos ejemplos no hay, explícita ni implícita, ninguna distinción moral sobre la base del sexo. Ninguno de los estudios publicados sobre derecho romano y homosexualidad analiza el stuprum en detalle, pero no cabe duda de que el tratamiento de Bailey es mejor que otros.

[8] Qui volúntate sua stuprum, flagitiumque patitur, dimidia parte honorum suorum multatur; nec testamentum ei ex majore parte facere licet. El Digesto repetía también un edicto que prohibía entablar juicio en nombre de terceros a los hombres que cometían stuprum voluntariamente (3.1.1.6: Removet autem a postulando pro aliis et eum, qui corpore suo muliebra passus est). No se sugiere que no puedan iniciar acción legal en nombre propio; lo interesante de esta disposición reside en la exclusión de la práctica jurídica de hombres conocidos como pasivos. Ninguna fuente histórica registra ejemplo alguno de la invocación de este edicto, y era de conocimiento común que una cantidad de emperadores eran pasivos en las relaciones sexuales con hombres. Séneca el Padre cita una ley anterior que prohíbe hablar en público a un «hombre no casto» (Controversiae 6, Inpudicus contione prohibeatur), pero inpudicus no tiene connotaciones específicamente homosexuales, y el caso a propósito del cual cita Séneca la ley es tan extraño que resulta casi imposible descubrir qué papel desempeñaron los actos homosexuales (si es que desempeñaron alguno): un joven guapo, en una apuesta, salió a la calle vestido de mujer, fue violado por diez jóvenes, a los que se halló culpables de violación; luego un magistrado le prohibió hablar en público, y él solicitó al magistrado una compensanción económica por perjuicios. La Mosaicarum et Romanarum legum collatio, compilada a finales del siglo IV, combina la opinión de Pablo y la del edicto pretoriano (Hyamson, comp., p. 82) y remite ambos a una prohibición de la prostitución homosexual. Sin embargo, la Collatio no refleja la práctica jurídica real. Hyamson (ibíd., nota a 11. 8-10) atribuye al edicto la confiscación de la mitad de la propiedad rural de los pasivos para Severo, sobre la base de un comentario de Zósimo: ’Εγένετο μέν περί τούς αμαρτάνοντας απαραίτητος, των επί τοις ατόποις ευθυνομένων δημοσίας ποιων τάς ουσίας (Historia, 1.8, ed. a cargo de Ludwig Mendelssohn, Leipzig, 1887, p. 8), pero la cita parece insustancial.

[9] El Código Teodosiano 9.7.3. Inexplicablemente, Bailey (p. 70) se niega a aceptar la interpretación obvia de esta ley, que insiste en que no se refiere a matrimonios entre varones. No está claro por qué hace tal cosa; admite que tales uniones eran bien conocidas en el Imperio tardío, pero minimiza su frecuencia y su importancia. Inserta en el texto palabras que tienden a justificar su afirmación y agrega una «y» que los legisladores seguramente habrían incluido de haberla pensado. Pero, tras tomarse esta libertad, sigue preguntándose qué era lo que la ley prohibía en realidad, y sugiere sin mucho convencimiento que todo eso podría ser humorístico. (El mismo problema encuentra en una ley hitita relativa al matrimonio homosexual e inserta palabras en el texto de la misma, p. 35.) Es evidente a qué se refiere la ley: nubere alude al matrimonio, ya directamente, ya por analogía, y en realidad es el verbo que los escritores latinos emplean para describir los matrimonios gays (véase cap. Roma: la fundación). Un epigrama de Marcial depende por entero de este uso de nubere (1.24; véase también 8.12), y Marcial especifica la legalidad de tales matrimonios. (En verdad esta ley parece casi una respuesta directa a sus epigramas.) El mejor traductor del código, Clyde Pharr (The Theodosian Code and Novels and the Sirmondian Constitutions [Princeton, N. J., 1952], pp. 231-232), entendió que la disposición legal se aplicaba a matrimonios gays y citaba como referencias cruzadas los relatos que los autores latinos hacían de tales matrimonios. Es verdad, como observa Bailey, que, en la frase inicial, Pharr da una construcción insólita a porrecturam, pero para corregir tal cosa no es necesario en absoluto agregar palabras: quum vir nubit in feminam viris porrecturam significa, sin duda, «cuando un hombre se casa con una mujer que se ofrece a hombres». Este es un uso harto común de in (véase, por ej., Lewis y Short, voz «in») y corresponde exactamente al matiz de nubere, que es la palabra que se utiliza para describir la parte de una mujer en un matrimonio heterosexual (para describir el papel del hombre se usa ducere). Ni el mejor texto (T. Mommsen, comp., Theodosiani libri xvi cum constitutionibus Sirmondianis, Berlín, 1905), ni ninguna de las otras interpretaciones (para las cuales véase la edición anotada de Gustav Haenel, Leipzig, 1842), justifica la traducción que sugiere Bailey.

[10] La traducción de esta ley se ve inevitablemente afectada por la opinión propia acerca de la Lex Scantinia. Puesto que en latín no hay artículo definido, cuando el autor de esta ley dice iubemus insurgere leges, se podría traducir (como Pharr), o bien por «ordenamos aplicar las leyes», lo que implica que las leyes contra tal conducta ya existían, pero no se aplicaban, o bien «ordenamos aplicar leyes», lo cual sugiere que han de elaborarse leyes contra ella. Es evidente que ningún autor posterior conoció ley anterior a ésta, como tampoco parece probable, teniendo en cuenta la historia del derecho romano y la homosexualidad, que el redactor de dicho instrumento legal creyera en la existencia de tal ley. La frase siguiente sólo realza la ambigüedad: «Ordenamos que se fortalezcan las leyes».

[11] Los esfuerzos para ver en esta ley una legislación antigay (por ej., Bailey, n. 72) están condenados al fracaso. Bailey ignoraba la existencia de una versión más larga de la ley, que se ha conservado en el Mosaicarum et Romanarum legum collatio, en la cual se especificaba que las personas culpables de este delito debían ser expulsadas de los burdeles en los que trabajaban (omnibus eductos, pudet dicere, uirorum lupanaribus, Hyamson, comp., p. 82). La fecha de la Collatio no es segura, pero sus interpretaciones suelen ser meticulosas y no se pueden pasar por alto. Haenel comenta extensamente la relación entre las dos versiones (cols., 845-846). Obsérvese que la Collatio no repite la ley de 342. La interpretación más ampliamente justificable sería la condenación de todos aquellos involucrados en las prostitución pasiva, esto es, los alcahuetes y las prostitutas, pero damnare parece pronunciarse en contra.

[12] Pero tanto esto como la ilegalización del sacrificio pueden haber sido impuestos al emperador por Ambrosio, obispo de Milán, quien le rehusó la comunión después de una masacre en Tesalónica en el año 390. No sería asombroso que Ambrosio fuera hostil a la sexualidad gay.

[13] 16. 10. 4. Obsérvese que este cuerpo legal emplea la misma frase (gladio ultore) respecto de la pena de muerte que el edicto contra la prostitución, lo que hace pensar que formaran parte de la misma campaña. Para la persistencia del sacrificio pagano, véase J. N. Hillgarth, The Conversion of Westem Europe, 350-750, Englewood Cliffs, N. J., 1969; y S. MacKenna, Paganism and Pagan Survivals in Spain up to the Fall of the Visigothic Kingdom, Washington, D. C., 1938.

[14] AP., 5.208, 12. 17. El primer poema es irónico, puesto que Meleagro era conocido por su poesía erótica dirigida a hombres jóvenes. Parece ridiculizar la falta de reciprocidad en las relaciones heterosexuales, sobre todo en el tercer verso (α χειρ γάρ τάν χείρα…/ έρροι παςάρσην αρσενικα ις λαβίσιν); cf. 12. 7 (τό δέ μειξον εκεινο, / ουκ έστιν που θης τήν χέρα πλαξομένην), 23, 52, etc. La relación cronológica entre el poema de Meleagro y el de su oponente no es segura; Meleagro puede haber sido el interpelado.

[15] Puesto que los sentimientos y los deseos de las mujeres no están representados explícitamente en ninguno de estos análisis, la deseabilidad del lesbianismo sigue abierta a debate.

[16] Cf. De communibus notitis, 28 (Moralia, 1073), donde se emplea una imagen similar.

[17] Es bastante difícil determinar hacia qué lado se inclinan las simpatías de Plutarco en este diálogo. No cabe duda de que es más acerbo su ataque a la posición gay, pero una vez expuesto el argumento real, uno de los interlocutores otrora antigays pronuncia un largo elogio del amor valiéndose casi exclusivamente de ejemplos de famosos amantes gays (758 ss.); y a lo largo del diálogo los interlocutores no gays emplean constantemente el amor gay como modelo de relaciones eróticas (por ej., 758c: «Ni hay lucha ni competencia más adecuada a la contemplación y supervisión de un dios que la persecución y el cortejo de hombres jóvenes y hermosos por sus amantes»; también 754d: «La nodriza gobierna al bebé, el maestro al muchacho, el gimnasta al adolescente, el amante al hombre joven».). Por lo demás, muchas de las observaciones ostensiblemente hostiles a la homosexualidad son harto irónicas.

[18] La fecha es discutible; la opinión más corriente tiende a datar su composición a finales del siglo II.

[19] ’`Οτι δυσχερεστέρω μέρει δυνατως συνηγόρησεν.

[20] Ξένοι τε επ’αλλοτρίας γης απειλήμμεθα…, ό μως τάληθές ου προδώσομεν νικηθέντες ό κνω.

[21] Pero véase cap. Cambio social, infra.

[22] Οί δ’ άν εν παρανόμω καί παρά τήν φύσιν εθέλωσι γενναν, εκ της κατά φύσιν πορείας ποιησάμενοι τάς αρχάς γενόμενοι παράφοροι εκ ταύτης οιον οδου ολισθήσαντες κεινται πεσόντες, Plotini Enneades, 3. 5. 1, ed. a cargo de Hermann Mueller, Berlín, 1878, p. 208.

[23] Se hallará una ilustración concisa de la misma en Moses Hadas, Hellenistic Culture, Nueva York, 1959, cap. 18. Es notable que Séneca, tal vez el más remoto exponente de la moral estoica en el Occidente latino, había nacido en una de las áreas más rurales del Imperio Romano, Hispania, cuyas costumbres provincianas habían deprimido a Marcial, más urbano.

[24] Juan de Salisbury, uno de los pocos autores tardomedievales influidos por el estoicismo, tenía sentimientos algo confusos acerca de la homosexualidad: véase cap. La resurrección urbana.

[25] Plutarco fue autor de por lo menos nueve tratados contra los estoicos, y a pesar de eso escribe que «no hay duda de que quienquiera que tome esposa no para tener hijos, sino por placer, considera erróneamente el bien del matrimonio y […] convierte el nacimiento de sus hijos en un reproche a ellos» (Solón, 22. 4: ‘Ο γάρ εν γάμω παρορων τό καλόν ου τέκνων ένεκα δηλός εστιν, αλλ’ ‘ηδονης αγόμενος γυναικα, τόν τε μισθόν απέχει, καί παρρησίαν ουτω πρός τούς γενομένους ουκ απολέλοιπεν, οις αυτό τό γενέσθαι πεποίηκεν όνειδος).

[26] Διαμηρίζειν μηδέν μαλλον μηδέ ησσον παιδικά μηδέ Θήλεα ή άρρενα, en Sexto Empírico, Bosquejos pirrónicos, 3.245; Διαμεμήρικας τόν ερώμενον; ουκέγωγε, en Sexto Empírico, Adversus mathematicos, 11.190.

[27] Ateneo, 13.563e: Ζήνωνα τόν Φοίνικα, ός ουδεπώποτε γυναικί εχρήσατο, παιδικοις δ’ αεί. Ateneo no es una autoridad especialmente fiable, pero esta información concuerda con la impresión general de Zenón en el mundo antiguo: véase Diógenes Laercio, 7.129; Plutarco, Quaestiones conviviales, 3. 6. 1. (653e); Johann von Arnim, Stoicorum vetera fragmenta, Leipzig, 1905, 1: 58-59, nn. o 247-253; y Séneca, «Epístolas», 123. 15: Qui nos sub specie Stoicae sectae hortantur ad vitia […] Quaeramus, ad quam usque aetatem iuvenes amandi sint.

[28] «Los discípulos de Zenón, Cleantes y Crisipo dicen que las cosas son de otra manera»; Sexto Empírico, Bosquejos pirrónicos, 3.200.

[29] Por ej., Manual, 10: ’Εάν καλήν, ευρήσες δύναμιν πρός ταυτα έγκράτειαν. Véase también Discursos, 4. 11. 19.

[30] Καί μειρακίοις έξώροις έχαιρε, καί τουτο καί τόν Νέρωνα ποίειν εδίδαξε, Dión Casio, 61. 10. Aunque es evidente que Dión consideraba digno de consideración que Séneca prefiriera los varones adultos, a los ojos de Séneca esto podía haber sido más moral que tener relaciones con niños. Aunque Dión es en general una excelente autoridad para la época imperial, este pasaje sólo tiene lugar en un compendio de su obra y no se le puede atribuir la misma autoridad que a fragmentos que sobreviven íntegramente.

[31] Omnia vitia contra naturam pugnant, omnia debitum ordinem deserunt, Epístolas, 122. Esta epístola contiene una lista de actividades que Séneca considera «no naturales»: comprende el nadar en piscinas de agua caliente, cultivar plantas dentro de la casa, tratar de parecer joven y beber con el estómago vacío.

[32] Por ej., Tácito, Anales, 15. 44; Plinio, Epístolas, 10. 96.

[33] Un ejemplo de especial interés a este respecto es el de Octavio, de Minucio Félix, una defensa de los cristianos ante las extravagantes acusaciones de inmoralidad, incluso la felación ceremonial y la prostitución en el templo; véase esp. cap. 28. Para la inmoralidad cristiana (real y supuesta) en general, véase Noonan, sobre todo caps. 3 y 4.

[34] Probablemente Crisóstomo se refiera a las leyes de protección de menores.

[35] Adversus oppugnatores vitas monasticae, 3. 8, traducido parcialmente en Ap. II. Para la precisión de sus comentarios sobre Antioquía, véase las palabras de un pagano contemporáneo, el escritor Libanio; y A. J. Festugière, Antioche paienne et chrétienne, París, 1959, pp. 195-209.

[36] Teodoreto de Ciro, Thérapeutique des maladies helléniques [Graecarum affectionum curatio], ed. y trad. de Fierre Canivet, París, 1958, pp. 352-353: (9. 53-54): ’ Εγώ γάρ οιμαι καί τούς λίαν ηδυπαθείαις δουλεύοντας ουκ επαινειν τό πάθος, αλλά δουλεύειν τω χρόνω, τό έθος έξιν εργασαμένους. Tal vez la traducción debiera ser «se vuelven esclavos del tiempo», es decir, del mundo de la carne antes que del mundo del espíritu.

[37] Epístola 13, en MGH, Auctores, 5. 2, p. 173.

[38] Ibíd., Epigramas, 59. La lengua griega original aparece en dos versiones de la AP: 11.225 y 12.210. La última versión es la mejor:

Tres se cuentan en una sola cama, de los cuales dos son activos
y uno es pasivo. Una fantasía el relato parece,
pero no hay falsedad: el del medio por partida doble actúa,
pues por detrás complace y por delante es complacido.

H. G. Evelyn White, el traductor de la edición de LC de los Epigramas de Ausonio, Cambridge, Mass., 1919-1921, no menciona esta versión, aunque no hay manera de saber con certeza a cuál de los dos Ausonios traducía, o si conocía a ambos. El uso de la palabra stuprum en el epigrama debe interpretarse con cautela; sus ramificaciones son más probablemente jurídicas que morales.

[39] Carmen, 11. 49-68, en el CSEL, Viena, 1894, 30: 41-42; y en la OBMLV, pp. 31-32 (núm. 24). Estos versos fueron traducidos y reimpresos por Helen Waddell en Medieval Latin Lyrics, Nueva York, 1948, pp. 36-37. La traducción es excelente; sólo he incluido la mía en beneficio de la claridad, ya que, en el presente estudio, las consideraciones poéticas son secundarias. En sus notas al poema (pp. 36-37), Waddell ofrece un relato muy emocionante de las relaciones entre los dos hombres. El libro de Waddell es indispensable para toda persona que tenga interés en la poesía amatoria medieval.

[40] La relación literaria entre Marco Aurelio y Frontón es un ejemplo especialmente claro de lo que se acaba de decir; véase, en la edición LC de C. R. Haines, Londres, 1919, 1. 20-30, 30-33; 2. 120-126. Marco Aurelio era persona hostil a la homosexualidad, pero cualquier lector moderno vería en esta correspondencia apasionadas cartas de amor.

[41] Es probable que C. S. Lewis, por ej., conociera la literatura amorosa de la Antigüedad y de la Edad Media tan bien como cualquier otro estudioso moderno, vivió en una época en que se distinguía claramente entre «homosexual» y «heterosexual» y él mismo tuvo interés en cerrar el paso a toda imputación de homosexualidad a la literatura amatoria medieval; pero sus esfuerzos para diferenciar entre «amistad» y «amor» dejan íntegramente en el campo de este último relaciones como las de Ausonio y Paulino: la amistad «tiene poco que ver con nuestros nervios; en ella no hay nada bronco, nada que acelere el pulso o le ponga a uno rojo y pálido [...] Los Amantes se hablan permanentemente de su Amor; los Amigos raramente hablan de su Amistad. Los Amantes están casi siempre cara a cara, mutuamente absortos; los Amigos, uno junto al otro, absortos en algún interés común. Por encima de todo, Eros [mientras dura] sólo está entre dos», The Four Loves, Nueva York, 1960, pp. 88 ss. Es probable que, de los análisis recientes de las dificultades para expurgar la amicitia cristiana de sus exageradas convenciones literarias, el más detallado sea el de Peter Dronke, Medieval Latin and the Rise of European Love Lyric, 2a. ed., Oxford, 1968, esp. 1:192-220. Sin embargo, este tratamiento, en general muy concienzudo, debe leerse en el contexto: el interés central de la tesis de Dronke (acerca del surgimiento relativamente tardío de la lírica erótica), requiere el énfasis de los aspectos convencionales de la temprana poesía amatoria medieval.

[42] El relato fue escrito por contemporáneos en latín y (tal vez posteriormente) en griego; las dos versiones han sido impresas conjuntamente por J. A. Robinson en The Passion of St. Perpetua, Cambridge, 1891.

[43] Venam igitur amicitiae coinquinabam sordibus concupiscentiae, candoremque eius obnubilabam de tartaro libidinis.