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Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad |
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John Boswell, «La resurrección urbana», en Cristianismo, Tolerancia Social y Homosexualidad, Los gays en Europa occidental desde el comienzo de la Era Cristiana hasta el siglo XIV, Biblioteca Atajos I, Muchnik Editores SA, Barcelona 1998, parte III Fortunas Cambiantes, pp. 231-263, y las notas correspondientes que en el original se encuentran al final del texto en las pp. 511-524.
«Nuevamente vigorosa, transformada y lanzada por la ruta del progreso, la nueva Europa se parecía más a la Europa antigua que a la de la época carolingia. Pues precisamente gracias a su antigüedad había reconquistado la característica esencial de ser una región de ciudades.»[1]
Entre los siglos X y XIV, la economía de Europa occidental, fragmentada, rural y en general deprimida desde la quiebra del Imperio Romano, experimentó una expansión y una transformación realmente asombrosas. Las causas de esta expansión –mayor seguridad interna; estabilización de las instituciones económicas, sociales y políticas; comercio; avances tecnológicos; cambios en el clima y en las técnicas agrícolas; aumento de la población– no son fundamentales para el estudio que ahora nos ocupa, ni han sido plenamente comprendidas por los historiadores. Pero las consecuencias del cambio están bien documentadas y revistieron una inmensa significación para los gays durante los siglos XI y XII. Entre esas consecuencias se destaca una rapidísima aceleración de la tasa de crecimiento urbano.[2] De 1100 a 1250, muchas ciudades europeas vieron incrementada cinco o seis veces su población,[3] y algunas llegaron a una tasa de crecimiento del 800 por ciento.[4] Muchas aldeas se convirtieron en ciudades, y surgieron nuevas aldeas y ciudades donde jamás había habido asentamiento humano.
La influencia de los centros urbanos en Europa creció incluso más rápidamente de lo que su desarrollo físico habría permitido suponer. En muchas ciudades, el pujante comercio lanzó en los centros urbanos a grandes mercaderes y a comerciantes al menudeo, pero, además, muchos servicios sociales que hasta entonces se habían prestado de manera local o habían brillado por su ausencia, se concentraron en centros urbanos –tribunales de justicia, hospitales, sistemas de bienestar, mercados, universidades, etc. – y a menudo éstos llevaron a la órbita urbana al terrateniente campesino.
Aunque las ciudades habían estado siempre asociadas a la democracia y al autogobierno, en este período ganó abrumador predominio en la mente popular la ecuación que igualaba vida urbana y libertad personal.[5] Muchas ciudades eran municipios y, aunque muy poco democráticos, brindaban oportunidades para el autogobierno, oportunidades completamente desconocidas en cualquier otro ámbito del mundo medieval. Incluso en las ciudades bajo control real o eclesiástico, el gobierno municipal incluyó a menudo clases sociales cuya participación en el poder no se admitía en ningún otro sitio, de modo que la clase baja y la clase media encontraron distintas maneras de hacer sentir sus aspiraciones en los medios urbanos. Para los campesinos de la mayor parte de Europa, ir en busca de la ciudad era ir en busca de la libertad, y en muchos casos la residencia de un año y un día en una ciudad daba derecho a la emancipación de toda obligación feudal. Un proverbio rezaba Die Stadtluft macht frei («El aire de la ciudad libera»), y los habitantes de los centros urbanos de los siglos XI y XII desarrollaron conscientemente una atmósfera de libertad y de tolerancia en que los derechos individuales y la libertad personal ocupaban un destacadísimo lugar. El resurgimiento de una neta subcultura gay en Europa meridional es casi simultánea a la resurrección de los centros urbanos más importantes, y la relación entre uno y otra fue evidente hasta para los contemporáneos. Fue incluso durante este período cuando la pasión erótica –que desde la caída de Roma había desaparecido casi por completo de la literatura occidental– se convirtió de pronto en tema de una parte muy considerable de la producción literaria y, al parecer, en la preocupación mayor de la sociedad feudal. Difícilmente se hallará un contraste más dramático que el que nos proporcionan las literaturas de los siglos IX y X en lo concerniente al amor. Fuera del clero monástico, el amor no parece haber preocupado a los europeos del siglo X en ningún contexto: ni teológico, ni moral, ni sexual, ni emocional. Los europeos del siglo XII, sobre todo en áreas urbanas, no parecen haber sido capaces de pensar en muchas otras cosas. Los tratados religiosos están plagados de imágenes románticas y de expresiones de amor extático; la especulación teológica se centra en el amor divino y el amor humano; los escritos populares se muestran obsesionados por todos los aspectos de los sentimientos eróticos y románticos del ser humano, desde el hedonismo apasionado de los Carmina Burana a la elevada pasión del amante caballeresco por damas distantes (o por otros caballeros).[6] La «resurrección» del amor en el siglo XII no incluyó menos a los gays y sus pasiones que a los demás. El «amor cortés» se dio tanto entre mujeres y entre hombres como entre mujeres y hombres; estadísticamente, es asombrosa la proporción de literatura gay de este período que ha sobrevivido.
También son típicas de esta época la reforma y la revitalización de la Iglesia. Más adelante se analizarán algunas de las maneras particulares en que esto puede estar relacionado con la sexualidad gay. En términos más generales, es posible observar que esta reforma se vio acompañada y, hasta cierto punto, fomentada, por la renovación monástica y el ascenso del clero regular en toda Europa. Esos clérigos, siempre oficialmente célibes, tendieron a considerar el amor como válido en contextos espirituales ajenos al matrimonio y en relaciones personales a menudo idealizadas sobre la base del amor al margen de la familia.
Además, tal era el valor que se asignaba al saber durante este período, y tales los progresos que el mismo experimentó, que muchos estudiosos hablan del «Renacimiento del siglo XIII».[7] Aunque pocas empresas de la época dejaron un testimonio tan monumental como la arquitectura gótica, la Europa del siglo XII dio un salto adelante en muchos terrenos. Durante este período, los estudios bíblicos, el conocimiento médico, el derecho y la literatura clásica, la arquitectura, la ciencia, la economía, la agricultura, casi todos los aspectos de la vida humana fueron objeto de nuevos análisis, de análisis sin precedentes. El contacto con el resto del mundo mediterráneo fue al mismo tiempo causa y efecto de este florecimiento cultural: las Cruzadas y la Reconquista española pusieron a los cristianos en contacto más estrecho con el Islam, y a medida que los europeos fueron tomando conciencia del acervo clásico que la sociedad islámica había preservado, aumentó el número de viajeros a España o a Sicilia, adonde acudían en busca de la sabiduría de Atenas y de Roma.
El renovado e intensificado contacto con actitudes del mundo antiguo contribuyó enormemente a la tolerancia, cuando no a la admiración de los gays y de su sexualidad. Allí donde se disfrutaba de Ovidio, se citaba a Virgilio o se leía a Platón, allí se conocían y se estudiaban los sentimientos y las pasiones gays, y a menudo incluso se los respetaba.
En el nivel oficial, la indiferencia de la primitiva Iglesia medieval respecto de los gays comenzó a disiparse y fue sustituida por dos enfoques opuestos. Un grupo pequeño, pero vociferante, de ascetas que resucitaba la violenta hostilidad del cristianismo, afirmaba que los actos homosexuales no sólo eran pecado, sino pecado muy grave, más comparable con el asesinato que con la gula o la fornicación. A lo largo del período, este puñado de hombres se esforzó denodadamente por interesar a la Iglesia oficial en su cruzada para cambiar tanto la opinión pública como la teológica sobre esta cuestión, pero las autoridades eclesiásticas se negaron categórica y repetidamente a imponer penas por conducta homosexual e incluso a aplicar las existentes, y la mayoría de los clérigos simplemente prestó oídos sordos a las contadas quejas que recibían de los gays anticristianos. Mientras tanto, en el seno mismo de la Iglesia, otra corriente comenzó a afirmar el valor positivo de las relaciones homosexuales y las honraron en una explosión de literatura gay cristiana todavía sin parangón en el mundo occidental.
Alrededor del año 1051, san Pedro Damián redactó un largo tratado que llevaba por título El libro de Gomorra, en el que vituperaba los males de las relaciones sexuales entre hombres y, sobre todo, entre miembros del clero.[8] Describía con detalles espeluznantes distintas variedades de coito homosexual y denunciaba el carácter extremadamente común de tales actos. Acusaba a los sacerdotes de tener relaciones sexuales con sus aconsejados espirituales y afirmaba que muchos clérigos evitaban las penas eclesiales mediante el recurso de la confesión recíproca entre sacerdotes gays. Sus comentarios hacen recordar las diatribas de Crisóstomo contra prácticas que sus contemporáneos parecían reacios a condenar.
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Ningún otro vicio puede compararse razonablemente con éste, que sobrepasa en inmudicia a todos los demás. Pues este vicio es en realidad la muerte del cuerpo, la destrucción del alma; poluciona la carne, apaga la luz de la mente, expulsa al Espíritu Santo del templo del pecho humano y lo sustituye por el diablo, el acicate de la lujuria; elimina de la mente la verdad; engaña y dirige a la mente a la falsedad; tiende celadas en el camino de un hombre y cuando éste cae en la trampa, la bloquea de modo que no pueda escapar; abre las puertas del infierno y cierra las del cielo; convierte al ciudadano de la celestial Jerusalén en el heredero de la infernal Babilonia.[9] |
Sin duda, el hecho mismo de que, para fundamentar su hostilidad a tales prácticas, san Pedro Damián no haya podido citar instrumentos legales posteriores al concilio de Ancira (de 314), del que los autores latinos afirmaron erróneamente que legislaba contra la conducta homosexual, constituye por sí mismo un comentario harto elocuente sobre la indiferencia de la primitiva Iglesia medieval a este respecto.[10]
En respuesta a su apasionada polémica, Pedro Damián recibió un amable reconocimiento del papa san León IX, en el que le aseguraba haber dado pruebas de su enemistad de la polución carnal y, no sin cierta frialdad, se mostraba de acuerdo en interponer su autoridad apostólica en esa materia. León rehusaba en cambio la solicitud de Pedro Damián de que se eliminara del cargo a todo clérigo culpable de cualquier tipo de pecado de homosexualidad y, por el contrario, insistía más bien en que los clérigos no implicados en tales actividades «como práctica duradera o con muchos hombres», debían conservar la jerarquía que tenían cuando se declaraban culpables, y que sólo se degradara de su rango a quienes había llegado a las situaciones pecaminosas más extremas.[11] Aunque a veces se ha forzado demasiado la interpretación, la replica de León[12] es, a no dudarlo, la respuesta de un pontífice más preocupado por el mantenimiento de la estabilidad del clero que por el castigo de las relaciones homosexuales, y sugiere que, en general, no estima graves los pecados de homosexualidad; cuando León dice a Pedro Damián «habéis escrito lo que os ha parecido mejor», da a entender que los propios sentimientos del Papa no eran necesariamente idénticos a los de su corresponsal.
Llama particularmente la atención que san León discrepara de san Pedro Damián sobre este tema, pues el Papa concordaba con Pedro Damián en que se redujera a la esclavitud a las prostitutas que servían a los sacerdotes, pena sorprendentemente severa para una actividad tan común.[13] Algunos de los biógrafos de Pedro Damián consideraron que la diferencia era en este punto lo suficientemente profunda como para constituir la causa principal de la ruptura final entre ambos.[14]
En realidad Pedro Damián, a pesar de la enorme influencia que ejerció sobre los movimientos de reforma de la época, no consiguió convencer a nadie de que la sexualidad gay mereciera un tratamiento hostil. El sínodo Lateranense de 1059 (Mansi, 19: 897-99), aprobó una serie de cánones que respondieron favorablemente a todas las solicitudades de reforma clerical que defendía Pedro Damián, excepto en materia de sexualidad.[15] El papa Alejandro (Anselmo de Luca), ardiente y decidido reformador de las costumbres clericales (pero también discípulo de Lanfranco, famoso por su apasionada devoción por los monjes más jóvenes),[16] robó en realidad el Liber Gomorrhianus a Pedro Damián y lo mantuvo bajo llave: «El sabía que de ninguna manera conseguiría que yo se lo diera, de modo que lo llevó al abad de San Salvatore en mi presencia y pidió que se le hiciera una copia. Pero por la noche, sin mi conocimiento, lo hurtó y lo mantuvo bajo llave en su despacho […] Y cuando yo se lo echo en cara, ríe y trata de apaciguarme con el refinado humor de la urbanidad».[17]
Pero cincuenta años después se hicieron esfuerzos para interesar a otro papa –Urbano II, el reformador que lanzó la primera cruzada– en el caso de prelados de rango elevado cuya implicación en actividades homosexuales fueran bien conocidas. Este esfuerzo, a pesar de haber sido impulsado por uno los hombres más destacados de la Iglesia de la época, Ivo de Chartres, fracasó aun más completamente que los de Pedro Damián. Ivo informó al nuncio papal y al propio Papa que Rodolfo, el arzobispo de Tours, había realizado gestiones ante el rey de Francia para que designara como obispo de Orleáns a un tal Juan, de quien Ivo sabía que era amante del arzobispo (y que había tenido relaciones sexuales con el rey, pues el último se había jactado de ello ante Ivo). En realidad, Juan también había compartido sus favores con el obispo anterior de Orleáns (hermano de Rodolfo) y era en general tan pródigo con su persona que se lo conocía popularmente como Flora, en alusión a una famosa cortesana del momento.[18] Por todo esto, Ivo, que se opuso denodadamente a la elección de Juan, no parece haber objetado tanto su promiscuidad como su juventud, y explicaba que la causa principal de su oposición era el temor a que el joven resultara ser un títere en manos del arzobispo de Tours, con lo que se daría a este último dos obispados en vez de uno.[19]
Urbano II fue cluniacense y reformador; él mismo provenía de Francia, donde se había ocupado con fervor del estado de la Iglesia; también él tenía razones para no ver con buenos ojos la alianza de Rodolfo con el rey Felipe de Francia contra el nuncio papal Hugo; y había recibido quejas de otros acerca de las actividades de Rodolfo, entre los cuales se hallaba Godofredo, abad de Vendôme, ante quien Urbano podía estar en cierto modo comprometido por el apoyo que de él recibiera para alcanzar el papado.[20] A pesar de esto. Urbano se negó a adoptar cualquier acción contra la elección del amante de Rodolfo, que fue consagrado el 1 de marzo de 1098.
El estilo de vida del arzobispo Rodolfo era ampliamente conocido, pero al parecer eso no disminuyó su prestigio o su poder; a pesar de que su homosexualidad sirvió como tema de canciones populares, los amigos íntimos de los papas temían su influencia en los círculos eclesiásticos.[21] Tampoco afectaron negativamente a Rodolfo las circunstancias que rodearon su elección y su consagración; contrariamente a los temores de Ivo, gobernó larga y eficazmente como obispo.[22]
La notable renuncia del papado a impedir la instalación como obispo de una persona conocida por su actividad homosexual tanto en los círculos eclesiásticos como en los laicos, así como a emprender acción alguna contra su amante, ya arzobispo, no puede interpretarse como resultado de falta de interés o de indiferencia general. En efecto, el incidente no sólo ocurrió durante un período de intensos esfuerzos por parte de la Santa Sede para elevar el nivel moral de los clérigos, sino que, además, Urbano no era el tipo de hombre que pasara por alto un asunto en el que se sintiera de alguna manera ultrajado personalmente. Por otro lado, sólo cuatro años después el papa Pascual II intervino directamente para deponer a un conocido adúltero, Etienne de Garland, de otro obispado francés,[23] mientras que tanto Rodolfo como Juan permanecían en sus cargos.
Casi simultáneamente se llevaron a cabo esfuezos para introducir en Inglaterra la legislación eclesiástica que calificaba como pecaminosa la conducta homosexual. (Con anterioridad no había estipulaciones formales contra ella.)[24] El concilio de Londres de 1102 adoptó medidas para tratar de que el público general fuera informado de la impropiedad de tales actos e insistiera en que, en el futuro, la «sodomía» debía confesarse como un pecado.[25] Que el inglés medio aún no fuera consciente de esto no sólo queda implícito en el lenguaje del edicto conciliar, sino que también lo afirma explícitamente san Anselmo, el arzobispo de Canterbury, en una carta al archidiácono Guillermo, en la que prohibía la publicación del decreto y en la que observaba que «este pecado ha sido hasta ahora tan público que difícilmente se hallará a alguien que se sienta turbado por él, y muchos han caído porque no tenían conciencia de su gravedad».[26]
Es probable que, en parte, las reservas de Anselmo acerca de la publicación de la prohibición se debieran a que percibía que sus estipulaciones relativas a la degradación de los clérigos violaban el decreto papal de León IX que prohibía medidas extremas de esta clase a propósito de la homosexualidad en el seno del clero,[27] pero puede haber tenido también razones personales para eliminar el decreto del Concilio. Él, al igual que Alejandro II, era discípulo de Lanfranco (su predecesor era arzobispo); «el amor y la amistad», en palabras del más ilustre de sus biógrafos modernos, «fueron el rasgo dominante de sus años juveniles y su edad mediana».[28]
En realidad, parece ser que nunca se llegó a publicar el edicto: cincuenta años después, Juan de Salisbury sólo invocaba las prohibiciones del «emperador» (presumiblemente Justiniano) contra la «sodomía» y no hacía mención de ninguna legislación eclesiástica sobre el tema.[29] Juan también era clérigo y, sin duda, habría tenido conocimiento de cualquier prescripción emanada de los concilios episcopales.[30]
Es muy notable la aparente indiferencia ante la conducta homosexual de la Iglesia institucional durante este siglo, pues fue precisamente en esta época cuando se realizaron los mayores esfuerzos para imponer el celibato clerical. Al mismísimo León IX, que dio muestras de tal falta de interés en castigar las prácticas homosexuales, se lo conoce como el primer pontífice que emprendió una acción decisiva contra el matrimonio del clero al que, durante la mayor parte del milenio anterior, la Iglesia occidental sólo se había opuesto de manera asistemática. Fue precisamente en esta época cuando el movimiento contra los matrimonios clericales resultó irreversible (el Primer concilio de Letrán, de 1123, declaró su invalidez). Alejandro II, que en realidad eliminaba el Liber Gomorrhianus, no sólo impedía que el emperador Enrique IV se divorciara de su esposa, sino que obligó a su patrón a ir dos veces a Roma a hacer penitencia por pequeñas infracciones de disciplina clerical. Los cien años posteriores a 1050 representaban la culminación del prestigio moral del Papa y un periodo de reforma espiritual y de vigor sin parangón en el catolicismo romano. No se puede argumentar sin dificultades que la indiferencia ante la sexualidad gay fuera mera consecuencia de la apatía.
Por otro lado, podría sostenerse que la relación entre la sexualidad gay y algunas de las reformas realizadas durante este siglo no fue mera coincidencia. Al menos los contemporáneos advirtieron rápidamente que los sacerdotes gays estarían más dispuestos que los heterosexuales a aplicar las prohibiciones contra el matrimonio de los miembros del clero.[31] Una sátira contra un obispo reformista lo acusa específicamente de hostilidad al matrimonio de los clérigos debido a su disposición homosexual:
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El hombre que ocupa esta sede [episcopal] es más ganimédico
que el mismo Ganímedes. |
Hay una cierta evidencia de lucha por el poder entre los clérigos gays y los casados sobre cuáles eran las predilecciones que debían estigmatizarse. Un clérigo casado solicita de la jerarquía:
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Vosotros, que aprobáis nuevas leyes y aplicáis rigurosas
disposiciones |
La literatura satírica de la época está llena de referencias a sacerdotes gays, más idóneos, en palabras de Gualterio de Châtillon, «para amar a los dioses que a las diosas».[34] Ni siquiera los papas estaban por encima de esas acusaciones, y en algunas regiones el mero hecho de que un individuo abrazara las órdenes le hacía sospechoso de «sodomita».
Esta sospecha tenía una elocuente justificación en el asombroso incremento durante este período de literatura gay debida a la pluma de clérigos. Aunque estos escritos variaban de tono desde la más grosera sensualidad al idealismo más elevado, casi todos eran obra de sacerdotes y de obispos que ocupaban posiciones importantes y tan ortodoxos como rivales del amor gay. La mayor parte de los escritos de esos individuos versaban sobre cuestiones espirituales y teológicas; únicamente unos pocos escribieron poesía predominantemente secular. Pero casi todos ejercieron influencia intelectual, y algunos se hallaban entre los mayores pensadores cristianos de su momento.
Este extraordinario florecimiento del amor gay no se limitó a las expresiones de sentimiento o experiencia personal. El mismo período fue testigo de los primeros esfuerzos para formular una teología que podía incorporar expresiones de sentimientos gays en el más venerado de los estilos de vida cristianos: el monaquismo. Es probable que san Anselmo, prior de Bec, el monasterio más influyente del período, y luego arzobispo de Canterbury, fuera la figura intelectual más respetada de su época. Fue él quien, en la sociedad medieval, expuso a la luz pública la tradición de la amistad pasional entre monjes (y también impidió la promulgación de la primera legislación anti gay de Inglaterra).
Aunque Anselmo se consagró al ideal monástico del celibato, tuvo relaciones extraordinariamente emotivas, ante todo con Lanfranco, y luego con una serie de discípulos. A menudo dirigía cartas a su «amado amante» (dilecto dilectori, por ejemplo, epp. 1. 4, 14. 75), y muchas de sus epístolas son asombrosos ecos de las pasiones de san Paulino y Walafrido.
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Allí donde vayas te seguirá mi amor, y allí donde yo esté mi deseo te abrazará […] Entonces, ¿cómo podré olvidarte? ¿Cómo eliminar de mi memoria al que está impreso en mi corazón como un sello en la cera? Sin que digas una sola palabra, sé que me amas, y sin decir yo una sola palabra, sabes que te amo. [Ep., 1. 4; PL, 158: 1068-69.] ¿Qué podrá mostrarte una carta mía que tú no conozcas ya, mi alma gemela? Ve a la más recóndita cámara[35] de tu corazón y contempla la devoción de tu verdadero amor; entonces conocerás el amor de tu verdadero amigo. [Ep., 1. 14; PL, 15: 1079-80.] |
El interés erótico no parece haber sido el componente fundamental de la mayoría de las relaciones de Anselmo, y es probable que su fuerza de carácter fuera lo que puso semejante pasión en relaciones que para un observador extraño habrían sido meramente casuales.[36]
Por otro lado, sea cual fuere el criterio que se adopte, parte de su producción epistolar parece erótica. En cualquier sociedad, la expresión de su tristeza por la ausencia de Gilberto podría tomarse por una carta entre amantes. He aquí sus palabras:
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Hermano Anselmo a dom Gilberto, hermano, amigo, amado amante […] dulces son para mí, mi dulcísimo amigo, los dones de tu dulzura, pero no pueden ni siquiera comenzar a consolar mi desolado corazón de la necesidad de tu amor. Aun cuando enviaras cada aroma de perfume, cada brillo de metal, cada gema preciosa, cada hebra de la ropa, nada podría reconfortar mi alma del dolor de esta separación, salvo el retorno de la otra mitad. Así lo atestiguan la angustia de mi corazón cuando pienso en ello y las lágrimas que me nublan la vista y me humedecen cara y dedos cuando escribo. Tú reconociste, como yo ahora, mi amor por ti, pero yo no. Nuestra separación me ha demostrado cuánto te quería; en efecto, un hombre no tiene conocimiento del bien y del mal hasta que no haya experimentado ambos. Sin la experiencia de tu ausencia, no sabía yo cuan dulce era estar contigo y cuan amargo estar sin ti. Pero con la separación tú has ganado la compañía de alguien más, a quien tú no amas menos –o incluso más– que a mí; mientras que yo te he perdido y no hay nadie que ocupe tu lugar. Por tanto, tú tienes consuelo, mientras que a mí no me ha quedado otra cosa que el corazón roto.[37] |
Debido a su prestigio e importancia y a la gran cantidad de personas a las que dedicó su afecto, la versión del amor monástico que da Anselmo ejerció más influencia que las amistades eróticas que habían aparecido previamente en pequeños círculos o que los afectos más difundidos que florecieran entre monjes y monjas anónimos y pasaran sin dejar rastro escrito. Este amor no estaba divorciado de la espiritualidad; por el contrario, Anselmo combinó sus intuiciones teológicas con sus afectos humanos: «En estas amistades y en las discusiones que las cimentaron se originaron los tratados teológicos».[38]
Muchos clérigos del siglo XII, monásticos y seglares, estaban involucrados en amistades apasionadas como las de Anselmo y escribieron acerca de ellas. Algunos –por ejemplo, san Bernardo de Claraval, sin duda el más influyente de los líderes religiosos de su época– no eran conscientes de ningún elemento erótico en sus sentimientos. Pero otros eran, sin lugar a dudas, conscientemente románticos. Un manuscrito del siglo XII, proveniente del monasterio de Tegernsee, en Baviera, incluye por lo menos dos cartas eróticas en verso de una religiosa a otra.[39] La primera recuerda mucho al lamento de Anselmo ante su amigo ausente: «Estoy abrumada de dolor, / pues no encuentro nada / comparable con tu amor, / que era más dulce que la leche y la miel, / y en comparación con el cual parecían vulgares el brillo del oro y la plata». Pero la autora va más allá que Anselmo al hablar de la intimidad y exclusividad de su relación, pues declara que «eres tú la única que he elegido para mi corazón»; «te amo más que a nadie, / sólo tú eres mi amor y mi deseo»; / «como una tórtola que ha perdido a su pareja / y permanece para siempre en la rama desierta, / así sufro sin cesar / hasta que vuelva a gozar de tu amor».
La otra carta, tal vez el ejemplo más notable de literatura lesbica medieval, merece una cita integral:
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A G., su rosa única, |
Pero fue san Aelredo de Rievaulx quien dio al amor entre dos personas del mismo sexo la expresión más profunda y duradera en un contexto cristiano. Aelredo era abad del monasterio cisterciense de Rievaulx en Inglaterra, amigo del rey David de Escocia (hijo de santa Margarita) y consejero de Enrique II de Inglaterra. En sus tratados, que llevan por título El espejo de la caridad y De la amistad espiritual,[41] Aelredo desarrolló un concepto de amistad cristiana que, en su énfasis en el afecto humano, sobrepasó todos los juicios de la teología anterior y expresó explícitamente en prosa espiritual, tan típica de la poesía amorosa clerical. Fue Aelredo quien específicamente postuló la amistad y el amor humano como fundamento de la vida monástica y como medio de aproximación al amor divino, quien desarrolló y difundió un enfoque sistemático de los más difíciles problemas de amistades intensas entre monjes. En su tratado sobre amistad espiritual, Aelredo observa que «quien vive en la amistad vive en Dios, y Dios en él», mientras otro personaje sostiene en el mismo diálogo que «Dios es amistad».[42]
Apenas puede dudarse de que Aelredo fuera gay y de que su atracción erótica por los hombres constituyera una fuerza dominante en su vida. Esto fue verdad, según su propio relato, desde el comienzo de su vida emocional: «Mientras era todavía un escolar, el encanto de mis amigos me cautivó enormemente, de modo que entre las debilidades y defectos que afectan a esa edad, mi mente se rendía por completo a la emoción y se entregaba al amor. Nada parecía más dulce, ni más bonito, ni más valioso, que amar y ser amado».[43] Al menos por un tiempo, Aelredo hasta se entregó a la sexualidad ocasional; más tarde se refirió a ella como a una época en que «una nube de deseo que surgía de los impulsos más bajos de la carne y de la explosión primaveral de la adolescencia», y «la dulzura del amor y la impureza de la lujuria se combinaban para imponerse a la inexperiencia de mi juventud».[44] Es indudable que estas experiencias implicaban abiertamente la sexualidad: cuando escribe sobre su hermana, Aelredo se refiere a aquella época como el momento en que ella mantuvo su virtud, mientras que él perdió la suya.[45]
Aparentemente, el instalarse en una relación más estable no satisfacía espiritualmente a Aelredo, y durante mucho tiempo se sintió desgarrado entre el deseo de consagrarse más completamente a Dios y su apego al mundo, en particular su amor por su familia y, «sobre todo, el nudo de una amistad particular, más dulce para mí que todas las cosas dulces de mi vida».[46] Finalmente, decidió abandonar sus otros amores por Dios, no porque fueran menos buenos o menos satisfactorios, sino porque no podían durar para siempre, mientras que su relación con Dios, sí.
Con la aceptación del hábito monacal, Aelredo aceptó también el voto de celibato y, en consecuencia, consideró fuera de su alcance la sexualidad manifiesta.[47] Esto se aplicaba por igual a la sexualidad gay que a la no-gay, que siempre analiza como complementaria, aunque parece ser plenamente consciente del mayor prejuicio popular que pesa sobre la primera.[48]
Pero el celibato no transformó la vida emocional de Aelredo, ni su difícil decisión de abandonar los placeres del mundo provocó en él aquella suerte de reacción antifísica que habían adoptado los cristianos anteriores, como Agustín (por quien Aelredo sentía gran admiración). Se enamoró de dos monjes de la orden. Cuando acababa de entrar en la orden conoció a Simón («Las reglas de nuestra orden nos prohiben hablar, pero su rostro me hablaba, su porte me hablaba, su silencio hablaba», De speculo caritatis, 1. 34. 107 [Hoste y Talbot, p. 60][49] y la amistad que cultivaban fue su principal sostén hasta la muerte de Simón. Aunque al comienzo lo atormentaban los celos porque Simón, en su lecho de muerte, había llamado a otro monje, Aelredo terminó por volcar la pena de su corazón deshecho en himno de devoción a su amado, sin el cual, se lamentaba, difícilmente podía decir que vivía (ibíd., pp. 58-65).
Consciente de que la intensidad de sus pasiones podrían sugerir una relación no precisamente espiritual, Aelredo no consideró conveniente comentar la cuestión o simplemente no se preocupó de ello. «Pero alguien podía juzgar por mis lágrimas que mi amor era demasiado carnal. Que piensen lo que quieran […] Los demás ven lo exterior; pero no pueden percibir lo que sufro interiormente» (1. 34. 112 [p. 163]).[50] Tras la muerte de Simón, Aelredo se sintió atraído por un monje más joven, y dejó un circunstanciado registro de su amor, que, contrariamente a la pasión por Simón, se había desarrollado lenta y prudentemente
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hasta que llegamos a esa fase en que ya no tuvimos sino una sola mente y una sola alma, en que queríamos y no queríamos lo mismo […] Pues yo pensaba que mi corazón era de alguna manera suyo, y el suyo mío, y lo mismo sentía él respecto de mí […] Él era el refugio de mi espíritu, el dulce solaz de mis pensas, cuyo corazón enamorado me recibía cuando la tareas me abrumaban, cuyo consejo me renovaba cuando me hundía en la tristeza y el dolor […] ¿Qué más hay en ello, pues, que yo pueda decir? ¿No es, amar así y ser así amado, una anticipación de la bienaventuranza eterna?[51] |
Al analizar el amor con sus monjes, Aelredo insistía en que las amistades no podían ser simplemente intelectuales. «Los sentimientos –observaba– no son cosas que podamos gobernar. Nos sentimos atraídos por alguien contra nuestra voluntad, mientras que por otros nunca podemos experimentar un afecto espontáneo.»[52] Ni la atracción, ni la razón, deberían constituir el amor, sino más bien la conjunción de ambas. A juicio de Aelredo, la belleza física era una aspiración absolutamente legítima del amor, siempre que no ocultara un carácter maligno.[53] Las relaciones carnales no eran deseables para los monjes comprometidos a una vida de celibato, pero también en ellas veía Aelredo algo bueno: otorgaban la alegría que sentían los amantes,[54] y podían ser utilizadas como peldaños para ascender a una relación más elevada que implicara a ambos amantes y a Dios.[55] Aelredo no desalentaba las expresiones físicas de afecto ni siquiera de los célibes. Como abad, permitía a sus monjes cogerse las manos y expresar de otras maneras su afecto, a diferencia de otros abades que, en palabras del biógrafo de Aelredo, admirador de su biografiado, «si un monje coge en su mano la mano de un hermano […] le piden la cogulla, lo desnudan y lo expulsan».[56]
La idealización que hace Aelredo del amor entre hombres rompía abiertamente con las tradiciones de monaquismo que, desde la época de Basilio y Benito, habían insistido en que las amistades particulares de cualquier tipo –sobre todo las pasionales– eran una amenaza para la armonía monástica y el ascetismo. Aunque sus opiniones fueran muy populares en el siglo XII –escribió su Espejo del amor para san Bernardo–, era consciente de su novedad. Pero Aelredo sentía que podía invocar una autoridad superior a la de Benito, Basilio e incluso a la de su héroe, Agustín, para justificar el tipo de amor que había dominado su vida. Esa autoridad era el ejemplo de Jesús y Juan, y cuando ofrece su descripción del amor perfecto, Aelredo se refiere incluso a la relación de ambos como a un «matrimonio».
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En realidad, es un gran consuelo en esta vida tener alguien a quien poder unirse en el abrazo íntimo del amor más secreto; en quien pueda nuestro espíritu descansar; en quien poder volcar nuestra alma; en cuya deleitosa compañía, como en una dulce y consoladora canción, poder reconfortarnos en medio de la tristeza; en cuyo amistoso y acogedor regazo poder hallar paz en medio de tantos reveses mundanos; a cuyo corazón amante poder abrir tan libremente como queramos nuestros más íntimos pensamientos; por medio de cuyos besos espirituales –como si de una medicina se tratara– curar la enfermedad de la aflicción y la preocupación; quien llore con nosotros en la tristeza, se regocije con nosotros en la alegría y con nosotros se interrogue en la duda; alguien a quien llevar encadenado por los grillos del amor en la íntima habitación de nuestra alma, de modo que aunque el cuerpo esté ausente, allí esté el espíritu, y podamos con él hablar a solas, del modo más secreto y más delicioso; alguien con quien poder descansar, sólo los dos, en el sueño de la paz, lejos del mundanal ruido, en el abrazo del amor, en el beso de la unidad, con la dulzura del Espíritu Santo que fluye sobre nosotros; alguien con quien sentirse tan unido que las almas de uno y otro se mezclen, y de dos se vuelvan una sola. De todo esto podemos gozar en el presente con aquellos a quienes amamos no tan sólo con la mente, sino con el corazón; pues algunos están unidos a nosotros más intensa y apasionadamente que otros en el vínculo amoroso de la amistad espiritual. Y para que este amor sagrado no parezca impropio a nadie, el mismo Jesús, en todo igual a nosotros, que con nosotros con-siente y com-padece en todo, lo transfiguró mediante la expresión de su propio amor: pues permitió a uno, no a todos, reclinarse en su pecho como señal de su amor especial, de modo que la cabeza virginal se sostuvo en las flores [sic] del pecho virgen y cuanto más cerca estaban, más copiosamente los fragantes secretos de su matrimonio celestial impartieron el dulce aroma del crisma espiritual de su virginal amor.[57] Aunque todos los discípulos fueron bendecidos con la dulzura del amor más grande del santísimo maestro, concedió sin embargo a uno solo, y como un privilegio, este símbolo de un amor más íntimo, por el cual le llamarían «el discípulo al que Jesús amaba».[58] |
En acusado contraste con las innovaciones teológicas de Aelredo respecto de la atracción homosexual, el desarrollo del argumento teológico entre los adversarios de la sexualidad gay quedó paralizado durante cien años, entre 1050 y 1150. En un esfuerzo por establecer posiciones ortodoxas comunes en todas las cuestiones de moral cristiana y disciplina eclesial, Ivo de Chartres reunió cerca de cuatro mil opiniones eclesiásticas en su Decretum. De estas cuestiones, cuatro podrían considerarse en cierto modo relacionadas con la homosexualidad en un contexto moderno,[59] pero sólo una se entendió originariamente como comentario a la conducta homosexual, y es probable que para Ivo ninguna aludiera a la sexualidad gay. Es evidente que los lectores de Ivo entendían un pasaje del concilio de Elvira acerca de la «violación de chicos» como una referencia a la seducción ilegal de menores, como lo pone de manifiesto el hecho de que Graciano lo sustituyera por una disposición proveniente del derecho civil romano, más específica al respecto,[60] y dos de los tres pasajes que mencionan el uso «antinatural» fueron escritos y tradicionalmente aplicados en el contexto de las relaciones heterosexuales.[61] Sólo de un breve juicio originario de las Confesiones de Agustín podía suponerse que se refería a la homosexualidad en general, pero cuando Ivo organizó los datos de su Decretum en un programa sistemático de derecho canónico (la Panormia), omitió también esto, de modo que no dejó ninguna referencia a las relaciones homosexuales, aun cuando se analizaran extensamente las distintas clase de incontinencia sexual.[62]
En el Decretum posterior de Graciano (ca. 1140), fundamento del derecho canónico de la Iglesia Católica Romana, los textos de Ivo quedaron insertos en un análisis del adulterio[63] y casi no cabe duda de que se interpretaron como aplicables únicamente a las relaciones heterosexuales, como lo demuestran la propia organización de Graciano y las glosas contemporáneas.[64]
Aunque ciertos materiales canónicos se utilizaron luego en leyes eclesiásticas contra las relaciones homosexuales, está claro que los compiladores no entendieron que se orientaran en ese sentido. Esto parece extremadamente curioso a la luz de la amplitud de sus colecciones, en general rigurosas y completas, la importancia de la conducta homosexual entre los contemporáneos y la atención específica que prestaron a la cuestión los primeros decretistas. Los canonistas anteriores y contemporáneos distinguían específicamente los actos homosexuales de los actos heterosexuales «antinaturales», y es improbable que no se les hubiera ocurrido esta distinción. Además, es seguro que al menos Ivo no pudo permanecer ignorante de la sexualidad gay, pues escribió al Papa acerca de la relación sexual entre dos obispos a quienes conocía bien. Es imposible no tener en cuenta la posibilidad de que los decretistas del siglo XII omitieran conscientemente la discusión de una cuestión a la que o bien concedían escasa transcendencia moral, o bien cubrieron de vaguedad a la luz de las costumbres de su época.
En verdad, fuera o no deliberado, el enfoque de la sexualidad que adoptaron los teólogos de comienzos del siglo «descriminalizó» efectivamente todas las relaciones homosexuales. Cuando Pedro Lombardo, al escribir desde la culminación de la actitudes positivas respecto de los gays, redactó lo que habría de convertirse en texto moral estándar para todas las universidades católicas europeas durante el siglo siguiente, no hizo una sola mención a la sexualidad gay. «El pecado contra la naturaleza» es analizado en la extensa sección que trata del matrimonio y del adulterio y es definido como el uso ilícito de una mujer por un hombre, con referencia al curioso principio de Agustín según el cual tales acciones eran más reprehensibles entre marido y mujer que entre un hombre casado y una prostituta.[65]
A pesar del predominio de la literatura eclesiástica sobre el tema, no parece probable que los cambios de actitud del siglo XII respecto de la sexualidad gay se limitaran a los hombres de iglesia. En la Edad Media, el clero era, con mucho, la única clase culta. Muchos nobles y algunos plebeyos podían leer y escribir –especialmente durante este siglo–, pero la cantidad era tan insignificante en comparación con la de clérigos cultivados, que las meras consideraciones estadísticas bastarían para favorecer una extremada desproporción entre los comentarios supervivientes de clérigos y de legos sobre cualquier tema en particular. Y no hay más razón para afirmar, sobre la base de la evidencia literaria, que sólo los clérigos experimentaran o expresaran sentimientos homosexuales, que para inferir, sobre la base de la misma evidencia, que sólo los clérigos experimentaban placer con la proximidad de la primavera.
Además, la propia literatura clerical sugiere que el amor gay no se limitaba en absoluto a los ordenados. Hildeberto de Lavardin decía específicamente de la homosexualidad que «no hay ámbito que escape a ella».[66] Gualterio de Châtillon observaba que en su época «los príncipes convirtieron en hábito este crimen».[67] Las acusaciones de homosexualidad o los comentarios acerca de ella se presentan en la literatura puramente secular, como el Lai de Lanval. En el Roman d’Enéas, tanto Lavinia como su madre acusan de homosexualidad a Eneas.[68] Apenas parece probable que en una sociedad que toleraba relaciones abiertamente homosexuales entre los prelados de elevado rango de la Iglesia, se alentara mayor hostilidad para con la sexualidad gay entre los laicos o que ésta ocurriera con menor frecuencia.
En verdad, algunos de los legos más destacados de la época eran bien conocidos por sus intereses homosexuales, aunque no se puede afirmar que sus reputaciones estuvieran siempre justificadas. Las debilidades sexuales que involucraban indistintamente a uno u otro sexo son fuentes preferidas de sátira o de descalificación de figuras públicas, y es menester una gran cautela a la hora de evaluar los relatos de conductas homosexuales de parte de monarcas o nobles medievales discutidos.[69] Muchos autores latinos medievales compartían con sus antecesores literarios, los romanos, una tendencia a expresar su desaprobación de las conductas no convencionales en términos de identidad de género y de vicio sexual. Al menos desde que Freeman lo sugirió por primera vez, siempre se supuso que Guillermo II el Rojo (1087-1100), por ejemplo, había sido homosexual, sobre la base de muchos comentarios que acerca de su vida privada aparecen en las crónicas contemporáneas, donde se habla de «afeminamiento», «conducta vergonzosa», «abandono moral», «inmoralidad», «vicioso estilo de vida», etc.[70]
Es verdad que los cronistas monacales posteriores a Guillermo el Rojo lo acusaron de manera unánime de adicción a pecados de la carne y afirmaron que había introducido en Inglaterra pecados hasta entonces desconocidos («Todo pecado que antes sólo había brotado, floreció plenamente y, además, aparecieron los que no se conocían»), pero, Orderico Vital es el único que menciona específicamente relaciones homosexuales, y sólo lo hace de pasada.[71] Su principal objeción se dirige a la nueva vestimenta que se introdujo en la corte de Guillermo, a las modas extravagantes de calzado que ideaban los cortesanos y a su excesivo acicalamiento. Éstas son las razones por las cuales todos los autores califican a la corte de «afeminada» y «desenfrenada».[72] El carácter caprichoso de su antipatía queda ampliamame ilustrado en el hecho de que objeten también la barba y el pelo largo, pese a que es difícil considerar la primera como rasgo de afeminamiemo. Tampoco el hecho de que el diseñador de un elaborado estilo de calzado (conde Fulco) lo ideara con el fin de ocultar una deformidad congénita le ahorró las acusaciones de «inmoralidad» en el vestir.[73]
Los pasajes en los que los cronistas se refieren específicamente a los excesos sexuales de Guillermo, no hablan de homosexualidad; de él se dice que «ha cometido adulterio con violencia e impunidad» y que «se ha entregado insaciablemente a la fornicación obscena y al adulterio asiduo».[74] Sus seguidores –de los que Vital afirma que eran «sodomitas afeminados»– son acusados de violar a las esposas y las hijas de la nobleza anglosajona; ni una palabra acerca de los hijos.[75]
Contra este testimonio, es imposible confiar en las acusaciones de Orderico Vital. Parece haber estado obsesionado por la homosexualidad y habérsela atribuido a los normandos más prominentes. En el caso de Guillermo Atheling, hijo y heredero de Enrique I, por ejemplo, a pesar de que otros historiadores repiten las acusaciones de Orderico Vital, es menester sospechar de tales cargos (con independencia de que Guillermo en realidad fuera o no gay). Enrique de Huntingdon, Guillermo de Nangis, Gervasio de Canterbury y muchos historiadores modernos[76] han sostenido que la trágica muerte de Guillermo Atheling, ahogado tras el hundimiento de su nave, la Blanche-Nef, fue consecuencia del juicio de Dios sobre la tripulación de «sodomitas» y de «jóvenes intemperados y fatuos». Esta acusación resulta discutible no sólo sobre fundamentos históricos,[77] sino también sobre la base del sentido común. En realidad, Guillermo no iba solo en aquel infausto viaje, sino que le acompañaba su padre, quien había embarcado al mismo tiempo en otra nave. ¿Acaso es verosímil que Guillermo hubiera podido cargar su nave con tan evidentes «sodomitas» bajo la mirada vigilante del padre, o que, si no eran «evidentes» para éste lo hubieran sido, en cambio, para el cronista, que ni siquiera estuvo presente?[78]
Además, lo cierto es que Guillermo sobrevivió al hundimiento del barco, que lo pusieron en una pequeña embarcación y que, cuando estaba a punto de alcanzar la costa, decidió regresar en busca de su hermana. La pequeña embarcación se vio luego tan sobrecargada de supervivientes desesperados, que se hundió. Si pudiera atribuirse alguna causa «moral» a la muerte de Guillermo, ésta tendría que ser su preocupación fraterna.
Por el contrario, es difícil cuestionar la unanimidad y la ecuanimidad con que los cronistas aluden a la orientación sexual de Ricardo Corazón de León, el rey cruzado, cuyo valor llegó a convertirse en símbolo del idealismo caballeresco. En su juventud, Ricardo había estado enamorado del rey de Francia.
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Ricardo, [por entonces] duque de Aquitania, hijo del rey de Inglaterra, vivía con Felipe, el rey de Francia, quien lo honró tanto y por tanto tiempo que comían todos los días a la misma mesa y del mismo plato y por las noches no los separaban sus camas. Y el rey de Francia lo amaba como a su propia alma; y ambos se amaban tanto que el rey de Inglaterra estaba completamente asombrado y maravillado ante el apasionado amor que había entre ellos.[79] |
Ricardo dio todas las muestras de ser profundamente católico: oyó misa diariamente durante la mayor parte de su vida, fue la fuerza impulsora de la Tercera cruzada y permaneció en Tierra Santa mucho tiempo después de que los otros jefes, agotados, regresaran a Europa. Estaba permanentemente en compañía de prelados y de directores espirituales, favoreció a la Iglesia en sus dominios y a menudo realizó gestos espectaculares de piedad.
En diversas ocasiones se arrepintió de «aquel pecado» (peccatum illud) y decidió llevar una vida más santa, pero no hay indicación alguna de que lo considerara más grave que la vida disipada –desde el vino y las mujeres hasta la extravagancia en el vestir– por la cual cumplían penitencia todos los monarcas religiosos de la Edad Media (y la mayor parte de los escritores).[80] Cinco años después de su primera decisión en este sentido (en vísperas de la Cruzada), ignoró por completo a un eremita que lo arengó sobre sus bien conocidas proclividades, pero cuando más tarde cayó gravemente enfermo, siguió la práctica típicamente medieval de prometer que adoptaría un tipo de vida más ascético si se curaba.[81] No está claro que haya cumplido la promesa: estaba casado, pero murió sin descendencia legítima, y eran tan pocos quienes estaban siquiera enterados de la existencia de su esposa que, tras la muerte de Ricardo, ésta tuvo que presentar demanda ante el Papa para que se la reconociera como heredera. Todos sus biógrafos concuerdan en que «no había matrimonio».[82]
Como en casi todas las épocas, la mayor parte de la literatura erótica de este período que ha llegado hasta nosotros concierne a las clases altas, pero no hay más razón para suponer que en esa época, más que en otras, los sentimientos o las acciones gays se limitaran a una élite. El hecho de que esos escritos fueran obra de las clases altas para lectura de las clases altas basta para explicar su preocupación por las clases altas. Pero tanto las acusaciones como las confesiones de conducta homosexual no sólo tenían lugar en obras destinadas a un público selecto, sino también en una literatura que llegaría a constituir una cultura popular en pie de igualdad con los escritos del siglo XII como, por ejemplo, los Carmina Burana. Aun aceptando la hipérbole poética, las afirmaciones contemporáneas acerca de la extremada frecuencia de la conducta homosexual eran abrumadoras. Bernardo de Morlaix observaba que los gays «son tan numerosos como los granos de cebada, tantos como las conchas del mar o las arenas de la costa». Las ciudades, el campo, incluso los sitios sagrados estaban «inundados» –se quejaba Bernardo– de flagrante y desvergonzada sexualidad gay.[83] El autor de versos dirigidos «Contra el coito con el mismo sexo» lamenta que «todo el universo – ¡ay!– se incline por esta sórdida práctica».[84]
Tampoco debería otorgarse más peso del que merece al hecho de que un altísimo porcentaje de los escritos de gays o acerca de gays que de este período han llegado hasta nosotros sea originario de Francia. En esa época, Francia pasaba por un renacimiento literario de tales proporciones y su producción poética –sin precedentes– alcanzó un volumen tal, que más bien llamaría la atención el que su influencia, sobre todo en materia de amor, no hubiera sido desproporcionada.[85] Tanto en Italia como en España, los poetas del amor cortés aprendieron provenzal y escribieron sus versos en esta lengua, pero no ha de tomarse esto como indicación de que los conceptos de amor pasional entre hombres y mujeres no se le ocurrieron a nadie fuera de Provenza ni antes de que la lírica trovadoresca se extendiera a los otros países. Lo único que esto indica es que la forma particular de expresión y los motivos literarios específicos relativos al amor heterosexual en Provenza cautivó a los escritores de otros países y fue vorazmente imitada; es probable que lo mismo ocurra en relación con expresiones de amor homosexual que en Francia presentaban un refinamiento inusual.
En esta época, la homosexualidad está bien comprobada en Inglaterra, Italia, Alemania, España, países escandinavos e incluso Tierra Santa. Los escritores musulmanes de la Hispania del siglo XII consideraban al clero cristiano particularmente proclive a la homosexualidad[86] y los poetas judíos escribían poesía erótica gay: Moshe Ibn Ezra,[87] Ibn Sahl, Ibn Ghayyath, Ibn Sheshet, Ibn Barzel y Abraham Ibn Ezra, todos ellos escribieron poesía amorosa dedicada a jóvenes.[88] Judah Halevi, uno de los judíos más prominentes de la España cristiana, destacado poeta hebreo e influyente líder religioso,[89] escribió poesía y epigramas a hermosos muchachos e incluso transformó una chanza poética heterosexual en homosexual.[90]
Una colección alemana de poemas latinos realizada por un monje anónimo del siglo XII contiene muchos poemas explícitamente gays y una buena cantidad de poemas con alusiones homosexuales («Muchas son las chicas y las mujeres que he amado, tanto de muchacho como de hombre; muchos son los muchachos y los hombres que he amado, tanto de muchacho como de hombre»).[91] También hay unos cuantos poemas hostiles, aunque probablemente el más encendido de todos sea el que se dirige a un rival amoroso y está movido por los celos.[92] No cabe duda de que el compilador del manuscrito estaba social, cuando no personalmente, familiarizado con el tema de los sentimientos y de la conducta homosexuales; y se presenta como una variedad de expresión erótica que merece la misma atención –tanto simpática como satírica– que cualquier otra.
Es difícil datar la información acerca de Escandinavia pero la literatura vernácula de la Alta Edad Media sugiere que las relaciones homosexuales eran los suficientemente comunes como para que los guerreros se esforzaran por evitar la reputación de pasividad en tales relaciones. En efecto, las leyes regulaban el uso de las palabras que significaban «sodomita» y «afeminado».[93] Hay proverbios islandeses comunes que equiparan la pasividad sexual masculina con la incapacidad para defenderse en la batalla, y en Islandia había una ley que prohibía representar a los enemigos en tallas que describieran el coito homosexual, presumiblemente debido a esta asociación;[94] es evidente que el tema no era en absoluto insólito, en la Saga de Harald Hardradr, un favorito del rey Harald admira el hacha del rey. Harald pregunta al bardo:
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– ¿Has visto un hacha mejor? –No lo creo –responde Halli. – ¿Te dejarás sodomizar por el hacha? –pregunta el rey. Halli responde negativamente y dice: –Me parece que deberías más bien disponer del hacha de la misma manera en que la has adquirido.[95] |
Esta burla incidental sobre las relaciones homosexuales inserta en un poema épico popular indica que se trataba de cuestiones familiares casi sin importancia, aun cuando todo el diálogo revista un tono irónico.
Una gran cantidad de manuscritos ingleses del siglo XII contiene literatura gay[96] (en gran parte inédita), que incluye tanto poesía original como copias de poemas de Marbod y de otros poetas gays. En esta literatura las actitudes van desde la absoluta indiferencia a la hostilidad agraviante, pero es notable que esta última casi nunca parezca emanar de una preocupación puramente religiosa.[97] Esto es apenas sorprendente habida cuenta de las actitudes de clérigos prominentes de su época, como san Anselmo y san Aelredo, o el conocido estilo de vida de Ricardo, uno de los gobernantes más pintorescos de Inglaterra.
El que las actitudes positivas respecto de la homosexualidad no fueran meras racionalizaciones de poetas gays queda de manifiesto en los escritos de contemporáneos indudablemente no gays. El poeta satírico Gualterio de Châtillon no pasa por alto a los literatos gays en sus ataques a las costumbres de la época. Este autor observa que todos los jóvenes nobles adquieren la conducta gay cuando se los envía Francia «a hacerse doctores».[98] «Muchos clérigos he conocido que eran sodomitas.»[99] Pero cuando comenta la real gravedad moral de tal comportamiento, dice que Dios simplemente «se ríe» de los clérigos culpables del mismo,[100] reacción más bien indiferente ante una conducta que, en el término de cien años, se considerará sólo superada por el asesinato.
Hildebeno de Lavardin fue uno de los mayores hombres de letras de su tiempo y un destacado hombre de la Iglesia, en la que fue sucesivamente archidiácono y obispo de Mans y arzobispo de Tours. No hay ninguna razón para creer que él mismo fuera gay, pero mantenía amistades con algunos de los más famosos gays de su época. Fue admirador de Marbod de Rennes y al menos conoció a Baudrí de Bourgueil.[101] Lo había consagrado el famoso Rodolfo, arzobispo de Tours, a quien sucedió en ese cargo.[102] En un par de poemas, Hildeberto repite objeciones morales comunes a la «plaga de Sodoma» y da a entender que se trata de prácticas extremadamente comunes.
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Innumerables Ganimedes cultivan incontables altares, |
Pero en estas lamentaciones se reconoce un tono común: no sólo el mismo Hildeberto utiliza metáforas análogas en otros poemas («De muchas casas se dice que tienen muchos Júpiter, / pero no por eso esperes el cielo para el pecado de Ganimedes»),[105] sino que son casi idénticos a los poemas de Baudrí (especialmente el número 139). Es probable que estas alusiones mitológicas se consideraran obligatorias en pronunciamientos contra las costumbres de la época y que fueran completamente irónicas. Aun ignorando la posibilidad de que Hildeberto imitara conscientemente el doble patrón de Baudrí y rechazara su supuesta autoría del poema gay «Ganimedes», traducido en el Apéndice II, hay muchos motivos para sospechar de su sinceridad en esos versos. Otro poema, cuya autenticidad está mucho mejor probada,[106] afirma directamente que llamar pecado a la homosexualidad masculina es un error y que «el concilio de los cielos» se ha equivocado al hacerlo:
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Cuando Júpiter busca un muchacho e Ifis busca a Yante, |
Los versos de Hildeberto revelan varios aspectos interesantes de la opinión contemporánea. La sexualidad gay se representa, en el peor de los casos, como una forma lamentable de carnalidad entre los hombres casados; en todos los poemas contrarios a la sexualidad gay se invoca el ejemplo de Júpiter y de Juno y se sugiere que la infidelidad conyugal es el problema primordial (cuando no el único). En el poema pro gay no se menciona a Juno, y no existe el sentido de infidelidad ni de error de ninguno de los participantes en el acto en cuestión.
En ningún otro sitio se ilustra de manera tan conmovedora la creciente familiaridad y tolerancia con los gays y sus sentimientos de parte de personas no gays como en la utilización del tema de David y Jonatán que hace Pedro Abelardo. No hay figura medieval mejor conocida por sus intereses heterosexuales que la de Abelardo, y sin embargo, en su sexto Planctus exploró con gran sensibilidad y emoción la naturaleza del amor entre dos hombres. Tratara o no de describir la relación como sexual,[108] lo cierto es que utilizó el vocabulario erótico para investirla de pathos.
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Más que un hermano para mí, Jonatán,
Puedo acallar mi laúd, |
Puesto que hay razón para creer que la poesía gay se estudiaba en muchas escuelas del siglo XII, sobre todo en Francia, es posible que el interés de Abelardo por el tema fuese de índole académico. Por otro lado, pudo haber estado personalmente familiarizado con los sentimientos gays a través de su discípulo Hilario el Inglés (véase p. 270) u otros amigos de París con análoga tendencia. Lo mínimo que puede decirse es que, en la primera mitad del siglo XII, Abelardo podía tratar como erótica la relación de David y Jonatán en una elegía formal con la misma facilidad con que podía tratar la relación de Dina y Siquem.
A menudo, la ficción popular presentaba personajes aparentemente heterosexuales apasionadamente unidos a personas de su mismo sexo. Durante este siglo, por ejemplo, se hizo muy popular una historia de devoción extraordinaria entre dos caballeros.[110] Amis y Amile no sólo se amaban con amor inexpresable, sino que además se parecían en todos los detalles, incluido el aspecto físico, a tal punto que en un torneo Amis pudo hacerse pasar por Amile para librarle de la sospecha de traición y conquistar para él la mano de una princesa. Estuvieron siempre separados uno de otro por una interminable serie de desventuras y de tragedias; no obstante su brevedad, sus reuniones eran extáticas; su amor se vio repetidamente puesto a prueba por circunstancias que exigían un enorme sacrificio recíproco. La historia presenta una extraña semejanza con las «novelas» helenísticas de la literatura griega y de la árabe, aunque no derive necesariamente de éstas.[111]
No hay señal alguna de interés sexual entre los caballeros, pero su mutuo amor se antepone explícitamente a cualquier otro compromiso.[112] En uno de los episodios más conmovedores, Amis enferma de lepra y casi todo el mundo lo trata con crueldad.[113] Su esposa intenta estrangularlo, de modo que sus caballeros tienen que llevarlo de su casa al castillo de sus antepasados. Sus soldados lo arrojan del carro en el que yace desamparado y amenazan a sus caballeros con violencia. Por último lo llevan a Roma, pero una terrible hambruna obliga a sus caballeros a dejarlo abandonado. Como último gesto, lo llevan al castillo de Amile y lo dejan fuera del mismo. Amile descubre la identidad del leproso moribundo gracias a un distintivo que le han dado con ocasión del bautismo conjunto de ambos amigos, y él y su esposa llevan a Amis a su casa y cuidan de él. Una noche en que ambos hombres duermen en la misma habitación, el arcángel Gabriel visita a Amis y le dice que puede curarse la lepra si Amile quisiera matar a sus hijos y lavarlo en la sangre de éstos. Amis se horroriza y al comienzo se niega a repetir a Amile lo que el arcángel ha dicho. Finalmente, se decide a desvelar el mensaje del arcángel. Amile, aunque con el corazón destrozado, no vacila en matar a sus hijos por amor a su amigo. Los niños vuelven a la vida apenas Amis recupera la salud, y la moraleja evidente es que Amile obró rectamente al obedecer el mensaje angélico y subordinarlo todo al amor de su amigo.
El hecho de que en el siglo XII la literatura fervientemente cristiana pudiera celebrar un afecto personal que trascendía explícitamente toda otra relación y obligación –legal, moral o familiar– es la prueba de un cambio social de gran alcance y profunda significación en la sociedad europea. Este cambio se debió a la compleja interacción de muchos factores que escapan al ámbito de este estudio y que afectaron prácticamente todos los aspectos de la vida en la Alta Edad Media, pero que en ningún otro dominio se hicieron sentir con mayor fuerza que en el del amor. En los siglos XI y XII, el amor, como surgido de la nada, pobló de mil maneras los paisajes, las ciudades y los monasterios, y su calor despertó de una prolongada hibernación las ardientes pasiones de la vieja Europa. Transformó la espiritualidad ascética de los Padres en el misticismo apasionado de san Bernardo, rompió las barras de las aisladas celdas monásticas de Basilio con las tiernas amistades de san Anselmo y san Aelredo, disolvió la teología patrística de relaciones sexuales puramente funcionales en el romanticismo cristiano que en la Alta Edad Media parecía barrer todo lo que la había precedido.
Esta elevación del amor, de su condición de despreciada perturbación mental a la de fuerza animadora de la mayoría de los modos cristianos de vida, se vio acompañada, cuando no producida, por un florecimiento de la urbanidad, tanto demográfica como cultural, que trajo consigo la veneración del humanismo de la Antigüedad en cuestiones sociales y artísticas y un renovado respeto por la libertad, los valores y los sentimientos personales. Estas circunstancias no condujeron tan sólo a la tolerancia pública de individuos peculiares, sino también al florecimiento de culturas minoritarias, muchas de las cuales realizaron duraderas contribuciones a los valores culturales de la mayoría.
Nota del grupo: La reproducción de este texto que aquí exponemos tiene finalidad netamente académica, no persigue fines de lucro, ni fomenta la piratería, todo lo contrario: al poder citar al autor desde su original se evita el plagio y se propicia que en la investigación académica se conserven las ideas del autor lo más próximas al original posible. Invitamos al lector a conseguir la edición original impresa, así apoyará al autor y a la editorial, y constatará la fidelidad de esta digitalización.
[1] Henri Pirenne, Medieval Cities: Their Origins and the Revival of Trade, trad. ingl. Frank Halsey, Princeton, N. J., 1952, p. 103.
[2] Aunque hay un acuerdo universal acerca de que el crecimiento urbano es una característica de este período, los estudios generales del fenómeno son realmente escasos. Buenas introducciones pueden en Leopold Génicot, «On the Evidence of Growth of Population in the West from the Eleventh to the Thirteentn Century» (con útil bibliografía), en Change in Medieval Society, ed. Sylvia Trupp, Nueva York, 1964 (Originariamente publivada en francés en Cahiers d’historie mondiale, 1, 1953; 446-462); y en la colección de artículos de La città nell’alto medioevo, en Settimane, núm. 4, 1959. Pero probablemente sea más útil consultar, para los detalles, textos coincidentes en lugar y tiempo; por ej., para Italia, E. Sestan, «La città communale italiana dei secoli XI-XII nelle sue note caratteristiche rispetto al movimento comunale europeo», en Report to the Eleventh International Congress of Historial Sciences, Estocolmo, 1960, vol. 3; o G. Luzzatto, «L’inurbamento delle popolazioni rurali in Italia nei secoli XII e XIII», en Studi di storia e diritto in onore de E. Besta, Milán, 1939, vol 2; para Francia y Bélgica, F. O. Ganshof, Over stadsontwikkeling tusschen Loire en Rijn gedurende de Middeleeuven, Bruselas, 1944; para Cataluña, J. M. Font Rius, Orígenes del régimen municipal de Cataluña, Madrid, 1946. Muchas ciudades fueron objeto de una extensa y valiosa investigación particular: por ej., para Barcelona, José E. Ruiz Doménech, «La sociedad barcelonesa en los siglos XI y XII», Barcelona, 1973; para Ginebra, L. Blondell, «Le développement urbain de Genève à travers les siècles», en Cahiers de préhistoire et d’archéologie, Ginebra, 1946, vol. 3.
[3] Véase Gino Luzzatto, Storia economica d’Italia, Roma, 1949, 1, p. 241.
[4] Génicot, p. 18.
[5] Probablemente, el análisis más adecuado de este tema en inglés sea el capítulo «Municipal Institutions», en la obra de Pirenne, muy controvertida pero aún indispensable, Medieval Cities, editada por primera vez en 1925. El trabajo más reciente de Ernst Werner, Stadtluft macht Frei: Frühscholastik und bürgerliche Emanzipation in der ersten Hälfte des 12. Jahrhunderts, Berlín, 1976, es predominantemente una interpretación marxista del escolasticismo temprano. Los más osados pueden querer consultar la extensa obra de Pirenne Villes et les institutions urbaines, Bruselas, 1939, 2 vols. En inglés no hay gran cosa, pero se podría mencionar F. Rörig, Medieval Town, Londres, 1967 y Joseph y Frances Gies, Life in a City, Nueva York, 1969.
[6] Aunque sin duda el problema del «amor cortés» y sus ramificaciones sociales y literarias es pertinente al presente análisis, tan complicada es su historia, tan vasta su literatura y tan justamente disputada su existencia fuera de las convenciones artísticas, que sería contraproducente incluirla en la presente exposición. Allí donde la controversia en torno al mismo es más rica y más pertinente a nuestro tema, la hemos citado, pero sería imposible dedicarle mayor atención sin duplicar el tamaño de este volumen. Es difícil incluso dar indicaciones bibliográficas para un tema tan amplio y complejo. L. T. Topsfield, Troubadours and Love, Cambridge, 1975, tal vez sea el estudio general más reciente, aunque no del todo logrado; Joan Ferrante, comp., In Pursuit of Perfection: Courtly Love in Medieval Literature, Londres, 1975, es mejor, aunque centrada en aspectos más literarios; Roger Boase, The Origin and Meaning of Courtly Love: A Critical Study of European Scholarship, Manchester, 1977, se ocupa de las controversias académicas en torno a este tema; entre los intentos de análisis más amplios figuran John Chydenius, Love and the Medieval Tradition, Helsinki, 1977, y Erich Köhler, Sociologia della «fin’amor» saggi trobadorici, Padua, 1976. En las bibliografías de estos libros pueden hallarse, literalmente, centenares de estudios más antiguos sobre temas similares, mientras que en otros lugares de este volumen se citan tratamientos más especializados (por ej., transmisión a través de España, antecedentes en la literatura latina, o relaciones con los movimientos heréticos cátaros).
[7] La exposición clásica de este enfoque es el estudio, pleno de maravillosa erudición, de Charles Homer Haskins, The Renaissance of the Twelfth Century, Cambridge, Mass., 1927 y cuya visión no ha sido aún superada en amplitud. Para un análisis más reciente, véase Sydney Packard, Tweltfh Century Europe: An Interpretive Essay, Amherst, Mass., 1973; y véase también Gaines Post, ed., Twelfth Century Europe and the Foundations of Modern Society, Madison, Wis., 1961. El siglo XI, que en muchos sentidos iguala al XII en brillo cultural, fue objeto de menos atención erudita, pero sí contamos con el soberbio estudio de R. W. Southern sobre los siglos x y XI, titulado The Making of the Middle Ages, Londres, 1953. Sobre el «humanismo medieval» es este período, véase los ensayos de Sothern en Medieval Humanism and Other Studies, Nueva York, 1970, esp. pp. 29-135.
[8] Para la precisión histórica de los comentarios de Pedro Damián sobre este tema, véase Joseph Ryan, St. Peter Damiani and His Canonical Sources, Toronto, 1965, p. 155, n. 107, donde elogia la «perspicacia» de L. Kühn (Petrus Damiani und seine Anschauungen über Staat und Kirche, Karlsruhe, 1933), en «juzgar el tratado de Pedro Damián como una fuente histórica». La biografía más importante de Pedro Damián es la de Jean Leclercq, Saint Pierre Damien, ermite et homme de l’église, Roma, 1960; véase también J. Gonsette, Saint Pierre Damien et la culture profane, Lovaina, 1956, y F. Dressler, Petrus Damiani: Leben und Werk, en Studia Anselmiana, vol. 34, Roma, 1954. Desgraciadamente, Hans P. Laqua, Traditionem und Leitbilder bei dem Ravennater Reformer Petrus Damiani, 1042-1052, Munich, 1976, no presta ningún servicio en este contexto.
[9] Cap. 16, PL, 145: 175: Hoc sane vitium nulli prorsus est vitio conferendum, quod omnium immanitatem superat vitiorum. Hoc siquidem vitium mors est corporum, interitus est animarum, carnem polluit, mentis lumen exstinguit, Spiritum Sanctum de templo humani pectoris ejicit, incentorum luxuriae diabolum introducit, mittit in errorem, subtrahit deceptae menti funditus veritatem, eunti laqueos praeparat, cadenti in puteum, ne egrediatur oppilat, infernum aperit, paradisi januam claudit, coelestis Jerusalem civem tartareae Babylonis facit haeredem. Ralph Hexter y yo estamos preparando una traducción de esta obra, con comentarios.
[10] San Pedro Damián vivió en Italia y, al parecer, no tuvo conocimiento de la legislación carolingia al respecto.
[11] En el Apéndice II se presenta la traducción de esta carta.
[12] Bailey, por ejemplo, tergiversa este incidente hasta impedir su reconocimiento (influido, al parecer, por K. H. Mann, Lives of the Popes, Londres, 1925, 4, pp. 51-52): «El propio León IX… comenzó a abrigar dudas. La reflexión posterior… lo convenció de que Pedro Damián había llegado demasiado lejos, y se sintió obligado a poner bajo control su celo reformista. En consecuencia, después de alabar la motivación que subyacía a toda su valiente y proba defensa de la castidad y a su condena del vicio del clero, el Papa le reprocha la dureza e intolerancia de espíritu» (p. 114). En la carta a la que Bailey y Mann aluden no hay ningún pasaje que sugiera reprobación. Por el contrario, la carta está llena de elogios a Pedro Damián y a su obra. León prescribe para clérigos penas más ligeras que san Pedro Damián, y deja entender que no está plenamente de acuerdo con este último cerca de esta cuestión en general, pero también afirma que «la justicia y mi propia opinión» exigen el tipo de penas que Pedro ha prescrito». La proposición que Bailey traduce como si se tratara de una advertencia a Pedro («Y si alguien se atreviera a criticar este derecho o a quejarse de él… hágasele saber que pone en peligro sus sacramentos», ibíd.), en realidad no se refiere a Pedro Damián en absoluto, como el contexto deja perfectamente en claro, sino a aquellos que recomiendan que no se castiguen esas faltas. Bailey y Mann pueden haberse confundido debido al posterior desacuerdo entre León y Pedro Damián, pero si es así están muy equivocados, pues la prueba de dicho desacuerdo no estriba en la carta de León, sino en una carta de Pedro Damián a León.
[13] Cita a partir de una carta de Andró DuChesne al obispo de Turín, Histoire des papes et souverains chefs de l’église, París, 1645, 2, pp. 504-505. La reducción a esclavitud de las prostitutas sin permiso fue común en España en una época posterior; véase Boswell, The Royal Treasure, pp. 348-351.
[14] Ryan (St. Peter Damiani, pp. 154-155) opina que la pérdida de favor no guardaba relación alguna con el Liber Gomorrhianus, y señala acertadamente que el dato principal del disgusto de León, la epístola de Pedro 1, 4 (PL, 144: 208-209), no prueba para nada dicha conexión. Por otro lado, es difícil no estar de acuerdo con una autoridad como A. Fliche (La réforme grégorienne, París, 1924-1937, 1, pp. 178 ss., 231), quien sostiene que el enfado de León por la obra se debía a que la misma daba mala fama al clero. Este es el punto de vista más tradicional: pero cf. Franz Neukirch, Das Leben des Petrus Damiani, Gotinga, 1875, p. 55.
[15] Véase L. K. Little, «The Personal Development of Peter Damian», en Order and Innovation in the Middle Ages, Princeton, N. J., 1976, esp. pp. 333-334.
[16] Para Lanfranco y su amor por sus discípulos, especialmente san Anselmo, véase infra, y también R. W. Southern, St. Anselm and His Biographer, Oxford, 1963.
[17] Sciebat enim hoc se a me aliter impetrare non pose; domno abbati S. Savatoris me praesente tradidit, praecipiens ut transcriberet. Nocte vero, me nescienbe, tulit suisque scriniis insarcivit… Ex his tamen cum expostulatur arridet caputque meum tanquam oleo jocosae urbanitatis suavitate demulcet, epístola, 2. 6, PL, 144: 270. Little (p. 334) afirma sin ninguna duda que el libro en cuestión es Liber Gomorrhianus, y este punto de vista, que expuso por primera vez A. Capecelatro (Storia de San Pier Damiano e del suo tempo, Florencia, 1862, p. 166), me parece correcto. Ryan (p. 155) sigue a Neukirch (p. 55) cuando sostiene que era alguna otra obra de Pedro Damián, pero no presenta pruebas suficientes en apoyo de su posición y no toma para nada en cuenta la afectuosa descripción del volumen robado, que a mi juicio sólo puede aplicarse al Liber Gomorrhianus. (Ni hay ninguna inverosimilitud intrínseca en que Pedro Damián hubiera tenido consigo esta obra en Roma, quince años antes de su composición definitiva, puesto que ya entonces trataba de interesar al papado en la reforma en esta materia.)
[18] Para los detalles, véase la Corréspondance de Ivo de Chartres, ed. y trad. de Jean Leclercq, París, 1949, vol. 1, núm. 65-66, y también el relato, bastante prudente, de Gallia Christiana, 8. 1441-1446, y 14. 71-72. Sobre este incidente llama brevemente la atención Charles Petit-Dutaillis, La monarchie féodale en France et en Angleterre, ed. reimp., París, 1933, p. 90; Auguste Fliche, en Le règne de Philippe Ier, París, 1912, lo mencionaba más extensamente, y señalaba que el Papa declinaba intervenir contra Rodolfo, pp. 436-437. El incidente es tergiversado por H. C. Lea en History of the Inquisition in the Middle Ages, Nueva York, 1906-1907, 1, p. 9, pues suministra citas erróneas (aparentemente por una lectura equivocada de Fliche), y representa equivocadamente los detalles de las relaciones: no era con el arzobispo anterior de Tours con quien Juan había tenido relaciones, sino con Juan, el hermano de Rodolfo. Es probable que tanto Lea como Ivo den una idea falsa al llamar joven a Juan: en el momento de retirarse se lo describe como «entrado en años» (senex), por lo que difícilmente hubiera podido tener menos de veinticinco años en el momento de su consagración, treinta y cinco años antes. Amo Karlen («The Homosexual Heresy», p. 50) combinó las tergiversaciones de Lea cuando afirmó que «en Tours hubo dos arzobispos homosexuales sucesivos». Esto puede ser cierto, pero no en este caso particular.
[19] Ivo, Corréspondance, núm. 65. Esto no es sorprendente en vista de las opiniones teológicas de los Ivo; véase pp. 226-227.
[20] Godofredo afirma que ayudó a Urbano a recuperar Roma de manos del antipapa Guiberto de Ravenna gracias a la venta de su equipaje al llegar a la ciudad santa y la entrega a Urbano del producto de la venta.
[21] Por ej., Godofredo de Vendôme, a pesar de describir a Rodolfo como alguien que “pene universo mundo clamante, sed nullo adhuc vindicante, multa inhonesta et perversa operatur”, epístola 1. 17 (PL, 157: 57), se irritó cuando se enteró de que Rodolfo había hablado públicamente contra él y se dedicó a defenderse.
[22] Gallia Christina, 8. 1445-1446. Orleáns fue en lo sucesivo el blanco de muchas sátiras sobre homosexualidad clerical. En un poema originario del siglo XII o del siglo XIII que acusa a Chartres, Sens y París de estar particularmente repletos de homosexualidad, el poeta observa: «Tú eres más depravada que las demás, Orleáns; / tú desapareces cual campeona de este crimen»; y «Los hombres de Orleáns son los primeros entre los amantes (Ernst Dümmler, «Briefe und Verse des neunten Jahrhunderts», Neues Archiv der Gesellschaft für älteres deutsche Geschichtskunde, 1888, pp. 358-363; para mayor detalle, véase infra).
[23] Véase Fliche, Le règne, pp. 441-442.
[24] Excluyo la incorrecta traducción latina del canon 16 del concilio de Ancira, que se incluyó en algunas «leyes eclesiásticas» aprobadas en tiempos de Edgardo, en el siglo X (Canones editi sub Edgardo Rege 3. 16, en Mansi, 18: 525-526), ya que éstas, al parecer, no eran otra cosa que un consejo a los confesores y no integraban la legislación real oficial de Edgardo (Ancient Laws and Institutes of England, Londres, 1840, pp. 109-118. Percival, supra, cap. 7 La Alta Edad Media, n. 33) cita esto de manera incorrecta.
[25] Mansi, 20. 1152. 28. Sodomiticum flagitium facentes, et eos in hoc voluntarie juvantes, in hoc eodem concilio gravi anathemate damnati sunt: donec poenitentia et confessione absolutionem mereantur. Qui vero hoc crimine publicatus fuerit, statutum est, si quidem fuerit persona religiosa, ut ad nullum amplius gradum promoveatur, et si quem habet, ab illo deponatur. Si autem, laicus, ut in toto regno Angliae, legali suae conditionis dignitate privetur. Et ne hujus criminis absolutionem, his qui se sub regula vivere non voverunt, aliquis nisi episcopus deinceps facere praesumat.
[26] Considerandum etiam est quia hactenus ita fuit publicum hoc peccatum, ut vix aliquis pro eo erubesceret; et ideo multi magnitudinem ejus nescientes, in illud se praecipitabant, PL, 159-195. Cf. Bailey, pp. 124-125 y las notas siguientes.
[27] La razón aducida para la abolición del decreto fue que se había redactado deprisa y que necesitaba revisión. Para el texto del juicio de León, véase Ap. II.
[28] Southern, Medieval Humanism, p. 13. Para los amores de Anselmo, véase infra.
[29] Bailey observa que el instrumento legal en cuestión «parece haber tenido un éxito inmediato», puesto que un concilio reunido en Westminster en 1108 no aprobó nuevas medidas contra la «sodomía» (p. 125). No sólo desafiaba la credibilidad de la idea de que era posible eliminar por decreto conciliar una práctica que se conocía en todas las sociedades, sino que Bailey ha pasado por alto dos hechos: a) que el edicto –tal como él mismo lo señala tan sólo unas líneas más arriba– nunca fue promulgado, y b) que el concilio de Westminster (según su propia descripción) «trataba íntegramente de las quiebras de la regla de castidad». ¿Hay que creer que el clero seguía cometiendo todos los pecados de la carne excepto la «sodomía» y que, de alguna manera, el edicto de 1102 –que nunca se publicó– barrió esta práctica en particular?
[30] Véase Polycraticus, 3. 13 o la traducción inglesa de J. B. Pike, The Frivolities of Courtiers and Footprints of Philosophers, Minneapolis, 1938, p. 200. El pasaje es un pastiche de citas clásicas y lo más probable es que no represente los sentimientos personales de Juan acerca de las relaciones gays, que quizá fueran muy diferentes. En el Metalogicon, 4. 42, describe su relación con el papa Adriano IV, a quien visitó en Roma, en términos que recuerdan a los que emplearon los cronistas del amor de Ricardo Corazón de León y Felipe de Francia: Cum enim matrem haberet et fratrem uterinum, me quam illos artiori diligebat affectu. Fatebatur etiam publice et secreto quia me pre omnibus mortalibus dirigebat… Et cum Romanus Pontifex esset, me in propria mensa gaudebat habere conuiuam; et eundem ciphum et discum sibi et michi uolebat et faciebat, me renitente, esse communem, Juan de Salisbury, Metalogicon libri III, ed. Clement Webb, Oxford, 1929, 4: 217, trad. Daniel McGarry en The Metalogicon of John of Salisbury, Berkeley, 1962, pp. 274-75.
[31] Véase el largo poema «Nosotros, el clero casado», infra, Ap. II. El clero monástico también cayó bajo sospecha: véase Pedro el Venerable, De miraculis, 1. 14, PL, 189: 878.
[32] De un manuscrito de Zurich de origen
incierto, publicado en J. Werner, Beiträge zur Kunde der lateinischen Literatur
des Mittelalters, Aarau, 1905, p. 26:
Qui sedet hac sede ganimedior est Ganimede;
Cur uxoratos a clero separat omnes,
Audiat: uxoris non amat officium.
[33] En The Anglo-Latin Satirical Poets and
Epigrammatists, ed. Thomas Wright, Londres, 1872, 2: 209:
Qui nova paras et leges ponis amaras,
Et sic nos mordes, prius illas corrige sordes,
Que gravius ledunt et plus a lege recedunt!
Quid pena vitas urgere gravi sodomitas?
Hec species morbi (qua mors gravis imminet orbi)
Si bene res isset, prius extirpanda fuisset.
[34] Véase Moralisch-satirische Gedichte Walters von Châtillon, aus deutschen enslischen, französischen und italienischen Handschriften, ed., Karl Strecker, Heidelberg, 1920, p. 102.
[35] Literalmente, «Ve a tu dormitorio»: Intra in cubiculum tuum; paráfrasis bíblica (véase Mat., 6: 6).
[36] Brian McGuire («Love, Friendship, and Sex in the Eleventh Century: The Experience of Anselm», Studia theologica, 28, 1974: pp. 11-52), concluye que Anselmo no era gay, pero parece claro que lo que quiere decir es que no tenía «obsesión por la sexualidad masculina».
[37] Epístola 1. 75; PL, 158: 1144-1145. Las últimas frases de esta carta se apoyan pesadamente en usos paronomásticos del latín, que no se pueden verter adecuadamente al inglés.
[38] Southern, Medieval Humanism, p. 13.
[39] Publicado en Dronke, Medieval Latin, 2: 476-482. Es evidente que los núm. 6 y 7 fueron escritos por y para mujeres; el núm. 5, similar en tono, está dirigido a una mujer, pero no está explícito el sexo del autor. Dronke caracteriza los núm. 6 y 7 como «cartas de amor» y considera que el núm. 7 «parece presuponer una relación física apasionada» (p. 482).
[40] Texto en Dronke, pp. 480-481; si lo desean, los lectores pueden comparar la traducción del autor con la de Dronke.
[41] Los textos editados en las series Corpus Christianorum (Aelredi Rievallensis opera omnia, ed. A. Hoste and H. Talbot, Turnhout, 1971, son preferibles a los de PL, vol, 195. El De spirituali amicitia también fue editado con traducción francesa por J. Dubois, en L’amitié spirituelle, París, 1948. Otras dos antiguas traducciones inglesas (M. F. Jerome, 1948; H. Talbot, 1942) se han visto desplazadas por Spiritual Friendship, de Mary Laker, Cistercian Fathers Series, núm. 5, Washington, D. C., 1974, con introducción de Douglass Roby e incluso un capítulo titulado «Aelred in the Tradition of Monastic Friendship». Para el Speculum caritatis sólo disponemos de la versión incompleta y mutilada (véase infra, n. 58) de A. Walker y G. Webb, The Mirror of Charity, Londres, 1962, y una paráfrasis bastante arbitraria del libro 1 en E. Colledge, The Medieval Mystics of England, Londres, 1962, pp. 105-121. Para la vida de Aelredo, véase la biografía que escribió su discípulo Walter Daniel, trad. F. M. Powicke, The Life of Aelred, Abbot of Rievaulx, Londres, 1969, esp. cap. 6; y Roby, «Early Medieval Attitudes toward Homosexuality», pp. 69-70.
[42] Dicamne de amicitia quod amicus Jesu Joannes de charitate commemorat: Deus amicitia est? Aelredus: Inusitatum quidem hoc, nec ex Scripturis habet auctoritatem: quod tamen sequitur de charitate, amicitiae profecto dare non dubito, quoniam: Qui manet in amicitia, in Deo manet, et Deus in eo. De spirituali amicitia 1, Hoste y Talbot, p. 301; PL, 195: 669-670.
[43] Ibíd., prólogo (Hoste y Talbot, p. 287; PL, 195: 659): Cum adhuc puer essem scholis, et sociorum meorum me gratia plurimum delectaret, et inter mores et vitia quibus aetas illa periclitari solet, totam se mea mens dedit affectui, et deuouit amori; ita ut nihil mihi dulcius, nihil iucundius, nihil quam amari et amare uideretur.
[44] De instituione inclusarum, 32, Hoste y Talbot, p. 674: Exhalaretur nebula libidinis ex limosa concupiscentia carnis et scatebra pubertatis; Conuenientesque in unum affectionis suauitas et cupiditatis impuritas rapiebant imbecillem adhuc aetatem meam. Esparcidas en sus escritos se encuentran referencias al pasado voluptuoso de Aelredo; sus actitudes respecto de su estilo de vida anterior van desde el distanciamiento a la hostilidad y no se prestan a la generalización fácil. Esta conversión a la vida monástica se recuerda en el Speculum caritatis 1. 28 (no traducido por Walker y Webb, pero disponible en Colledge, pp. 119-120).
[45] Quam miser ego tune qui meam pudicitiam perdidi, tam beata tu, cuius uirginitatem gratia diuina protexit, De institutione inclusarum, 32, Hoste y Talbot, p. 674. Cf. Daniel, p. 76.
[46] Vinciebat amor sanguinis mei, stringebant uincula socialis gratiae, maxime nodus cuiusdam amicitiae, dulcis mihi super omnes dulcedines illius vitae meae, De speculo caritatis, 1. 28, Hoste y Talbot, p. 47, trad. en Colledge, pp. 120-121.
[47] Los escritos más personales de Aelredo (por ej., la Oratio pastoralis) están llenos de su propia lucha contra el deseo carnal, que sobrellevó con ayuno y la ayuda de un baño que se había hecho construir cerca de una fuente, de tal modo que pudiera llenarlo con agua helada y «mitigar el calor... de todos los vicios» (Daniel, p. 25).
[48] Ne sic hoc dictum aestimes, quasi non vir sine muliere, aut mulier sine viro possit foedari, cum detestandum illud scelus, quo vir in virum, vel femina in feminam, omnibus flagitiis damnabilius judicetur (De vita eremitica, 22; PL 32: 1459). Que para Aelredo la licencia sexual era independiente del sexo, es algo que queda de manifiesto en todo el tratado, donde la sexualidad gay y la no gay se yuxtaponen sin distinción como amenazas iguales al celibato (por ej., 26: Inter pueros et puellas conversari et non tentari; 32: Sed vitiorum materias gulam comprimamus, requiem corporis, feminarum et effeminatorum familiaritatem atque convictum intra metas necessarias cohibeamus).
[49] Simul quidem loqui Ordinis nostri prohibebat auctoritas, sed loquebatur mihi aspectus eius, loquebatur mihi incessus eius, loquebatur mihi ipsum silentium eius.
[50] Sed forte judicant nunc aliqui fortes lacrimas meas, nimis carnalem existimantes amoren meum. Interpreteniur eas, ut uolent… vident alii quid exterius agitur, quid interius patiar non attendunt.
[51] De spirituali amicitia, 3. 124-127; trad. Laker, pp. 120-129. El propio Aelredo oponía las dos relaciones: la primera, observaba, se basa principalmente en la emoción; la segunda, en la razón (ibíd.); pero esto no quiere decir que en la primera faltara por completo la razón, ni la emoción en la segunda.
[52] He citado la traducción de Walker y Webb (pp. 109-110), que, aunque no es literal, transmite con toda claridad la idea central del comentario de Aelredo en este punto. El texto tiene Nam cum affectus isti nequaquam in nostro arbitrio collocentur cum quibusdam aliquando inuisissimi moueamur, nec quoddam, etiamsi uelimus, experiri ualemus, De speculo caritatis, 3. 19. 47 (Hoste y Talbot, pp. 127-128).
[53] Ibíd., 3. 27. 65 (Hoste y Talbot, p. 136): De affectu carnali, quod nec omnino respuendus, nec plene sit admittendus (3. 25, en Walker y Webb, p. 119).
[54] «Desde que en tales amistades, tan teñidas por el deseo… tanto y más placer se experimenta», De spirituali amicitia, 1. 36 (Hoste y Talbot, p. 295; cum in hac tali amicitia, quam uel libido commaculat… tanta ac talis experiatur dulcedo; cf. Laker, p. 59).
[55] «Este tipo de amistad es carnal y especialmente común entre adolescentes… Y a excepción de frivolidades y de mentiras, debería permitírsela, en la medida en que no haya elemento de deshonestidad en ella, con la esperanza de una gracia más abundante y como comienzo de una amistad más santa», ibíd., 3. 87 (Hoste y Talbot, pp. 335-336: Amicitia haec carnalium est et maxime adolescentium… Quae tamen, exceptis nugis et mendaciis, si nulla intercesserit inhonestas, spe uberioris gratiae toleranda est, quasi quaedam amicitiae sanctioris principia). Cf. Laker, pp.113-114; probablemente sea engañosa la traducción de «inhonestas» por «deshonroso»; la yuxtaposición de mendaciis sugiere que el problema no es en realidad la «impureza», sino el engaño.
[56] Daniel, p. 40.
[57] Ut uirgineum caput uirginei pectoris floribus fulciretur, ac thalami caelestis odorifera secreta fragantiam spiritalium unguentorum iurgineis affectibus quanto uicinius, tanto copiosius instillarent, De speculo caritatis, 3. 110. 11 (Hoste y Talbot, p. 159). «Cama matrimonial» o, por analogía, «matrimonio» y «contrato matrimonial» son las únicas traducciones posibles de thalamus en el latín del siglo XII.
[58] Ibíd., 3. 109-110, Hoste y Talbot, p. 159]. Cf. Walker y Webb, pp. 139-140, donde se ha ido suavizando considerablemente el lenguaje de este pasaje y se ha suprimido por completo la sorprendente frase sobre el «matrimonio celestial».
[59] Ivo de Chârtres, Decretum, 9. 105, 106, 109, 115, (PL. 161, pp. 685-688).
[60] Ibíd., 9. 109, PL, 161: 686, desde el concilio de Elvira del año 305. Graciano sustituyó este pasaje por otro del jurista imperial Paulo, sin alusión alguna a la corrupción de menores (Decretum, 2. 33. 3. 1. 15): Qui puero stuprum (abducto ab eo, vel corrupto comite) persuaserit, aut mulierem, puellamve interpellaverit, quidve impudicitiae gratia fecerit, donum praebuerit, pretiumve, quo is persuadreat, dederit, perfecto flagitio, punitur capite, imperfecto, insulam deportatur. Corrupti comites summo supplicio afficiuntur. (Cf. 2. 33. 3. 1. 12., también del derecho romano y también aplicable tanto a los delitos gays como a los no gays.)
[61] Especialmente por Hincmaro. Citados por Ivo como Ambrosio 1, De Abrahamo, 6; Agustín, Confesiones, 3. 8, y Contra Julianum, 5, pero para el último cf. los comentarios del corrector en el Decretum de Graciano, Corpus juris canonici, 2. 32. 7. 14.
[62] Por ej., la incontinencia de los sacerdotes (PL, 161, pp. 84-115); deslices de los clérigos en general; (ibíd., 133-152); los pecados sexuales relacionados con el matrimonio (todo el libro 4). Obsérvese que los canonistas previos habían incorporado con regularidad al menos un análisis de la «sodomía» en todos los análisis de sexualidad matrimonial.
[63] En Corpus juris canonici, 2. 32. 7. 12 (Ivo, 9. 115), 13 (Ivo, 9. 105) m 14 (Ivo 9. 106); cf. supra, n. 60.
[64] Por ej., en la Summa de Alejandro III (Summa Magistri Rolandi mit Anhang incerti auctoris quaestiones, ed. Friedrich Thaner, Innsbruck, 1874), donde la elaboración de la Causa 32, Quaestio 7, trata exclusivamente del matrimonio heterosexual (Thaner, pp. 183-188), o la Summa de Paucapalea (Die Summa des Paucapalea über das Decretum Gratiani), ed. Johann von Schulte, Giessen, 1890, pp. 128-129.
[65] Pedro Lombardo, Sententiarum libri quatuor, 4. 38. 4 (PL., 192-933). Las «sentencias» no sólo estaban destinadas a que las aprendieran de memoria los estudiantes de teología moral, sino que en la mayor parte de las universidades, para obtener una autorización para enseñar había que cumplir con el requisito de comentarlas. Como resultado de ello, han quedado comentarios a las «sentencias» de casi todos los principales teólogos de la Baja Edad Media.
[66] Nullaque conditio cessat ab hoc vitio, Barthélémy Hauréau, Les mélanges poétiques d’Hildebert de Lavardin, París, 1882, p. 69.
[67] Principes in habitum verterunt hoc crimen, Strecker, pp. 69-70. El mismo cuarteto es atribuido a Gualterio Mapes: véase The Latin Poems Commonly attributed to Walter Mape, ed. Thomas Wright, Londres, 1841, p. 161, líneas 41-44. La estrofa inmediatamente anterior, la núm. 10 en el poema de Mapes, corresponde a la segunda estrofa del poema de Gualterio de Châtillon. Ninguno de los editores comenta específicamente el préstamo, de modo que los dos poemas resultan independientes.
[68] Para un análisis, véase Edmond Faral, «Ovide et quelques autres sources du Roman d’Eneas, Romania, 40, 1911, pp. 212-213 y n. 1. Véase también Alwin Schuitz, Das höfische Leben zur Zeit der Minnesänger, Leipzig, 1879-1880, 1 p. 456, n. 1.
[69] Por ejemplo, ¿qué hacer con los comentarios de Giraldo de Cambray sobre el canciller de Ricardo, William Longchamp, obispo de Ely? Es evidente que el cronista odiaba intensamente al obispo normando, en gran parte debido a su origen nacional. Cuenta cómo Longchamp empleaba el vocablo «inglés» como término definitivo de descalificación cuando decía: «sería yo peor que un inglés si hiciera tal cosa» (De vita Galfredi archiepiscopi Eboracensis, 2, en Opera, ed. J. S. Brewer, Londres, 1873, 4, p. 424); y el tipo de cuentos que relata acerca del carácter del obispo son tan caricaturescos y exagerados, que no puede evitarse la inclinación a dejarlos de lado y prescindir de ellos. De su homosexualidad, Giraldo afirma que cuanto más depravado era el acto sexual, tanto más le gustaba a William; que hacía de la homosexualidad algo tan común que los heterosexuales eran objeto de burla en la corte («Si no hacéis lo que hacen los cortesanos, ¿qué estáis haciendo en la corte?»: Si ea quae sunt curiae non agis, quid un curia quaeris?, Ibíd., p. 423); que una mujer le llevó a su hija vestida como un hombre joven y entrenada para comportarse como tal, pero que cuando el obispo la desvistió y se encontró con que era una chica, no la tocó («aunque era muy hermosa y en sazón para la cama matrimonial», ibíd.); y que tan grande era esta reputación que incluso se sospechó de homosexuales a los descendientes de su familia. Es muy probable que William fuera gay: es asombroso que Giraldo no lo acuse de todo tipo de licencia sexual, como hacen muchos cronistas ingleses para denigrar a los normandos, sino que sólo insistía en la homosexualidad. Sin embargo, tal como nos ha llegado, no cabe duda de que el relato es un esfuerzo por deshonrar su memoria y no puede tomarse al pie de la letra. Si la homosexualidad estaba generalizada en la corte, no era Longchamp el único en practicarla.
[70] E. A. Freeman, The Reign of William Rufus, Oxford, 1882, 1, p. 157; 2, pp. 502-503. El ap. G del volumen 2 reúne por temas todas las poco halagüeñas referencias a Guillermo II en las crónicas latinas. Salvo allí donde se indica lo contrario, todo el material que sigue está tomado de esta colección. Para las palabras traducidas en el texto, véase esp. pp. 491 ss. Los comentarios de C. Brooke sobre la sexualidad de Guillermo II en The Saxon and Norman Kings, Londres, 1963, p. 179, son razonables.
[71] Tunc effeminati passim in orbe dominabantur, indisciplinate debacchabantur, Sodomiticisque spurcitiis foedi catamitae, flammis urendi, turpiter abutebantur, Historia ecclesiastica, 3. 8. 10, PL, 188: 587. No hay duda de lo que Orderico Vital quiere decir aquí, pese a la provocación implícita en el género femenino de catamita: en latín es invariablemente masculino. Parece que, en general, Orderico no asignaba connotaciones muy específicas a «sodomiticus»; aunque en 8. 4 se refiere a «la Venus de Sodoma», parece aclararlo cuando explica que maritalem thorum publice polluebant adulteria. Sería difícil demostrar que adulterium se refiere aquí a la homosexualidad.
[72] Véase Freeman, 2, pp. 449-502. Algunos de los cargos contra los normandos, como la de que se pasaban la noche bebiendo y el día durmiendo, eran muy familiares para ellos. Véase los comentarios de Boadicea en el cap. Roma: La Fundación.
[73] Historia ecclesiastica, 3. 8. 10, PL, 188, p. 586, acertadamente comentada por Freeman, 2, p. 502.
[74] Enrique de Huntingdon: Adulteria violenter et impune committerent (citado en Freeman, 2, pp. 495); Orderico Vital: Obscoenis fornicationibus et frequentibus moechiis inexplebiliter inhaesit, Historia ecclesiastica, 3. 8. 10; cf. otros comentarios similares en estas páginas.
[75] Eadmer, citado por Freeman, 2, pag. 499.
[76] Por ej., Schultz, 1, p. 454, n. 3.
[77] Es específicamente refutado por Mateo de París; y en este punto Enrique de Huntingdon, uno de los creadores del relato, se contradice en otra obra. Véase Dictionary of National Biography, s.v. «William, Son of Henry I». Bailey analiza el incidente, pero no con demasiada claridad, y pasa por alto la presencia de Enrique, pp. 125-126.
[78] Por otro lado, Enrique no estaba exento de haber engendrado una multitud de hijos ilegítimos, y es posible que no le preocuparan las inclinaciones de su hijo. Bajo su reinado –y probablemente con su aprobación– fue cuando Anselmo derogó la legislación antigay del concilio de Londres en el año 1102.
[79] Ricardus dux Aquitaniae, filius regis Angliae, moram fecit cum Philipo rege Franciae, quem ipse in tantum honoravit per longum tempus quod singulis diebus in una mensa ad unum catinum manducabant, et in noctibus non separabat eos lectus. Et dilexit eum rex Franciae quasi animam suam; et in tantum se mutuo diligebant, quod propter vehementem dilectionem, quae inter illos erat, dominus rex Angliae nimio stupore arreptus admirabatur quid hoc esset. Gesta regis Henrici Secundi Benedicti abbatis, ed. William Stubbs, Londres, 1867, 2: 7. Véase también Hovedon, Annals, 362, A. 6. (The Annals of Roger of Hovedon, trad. Henry Riley, Londres, 1853, 2, pp. 63-64.)
[80] La confesión pública de faltas aún menores era una antigua tradición de la Iglesia que se mantuvo a lo largo de la Edad Media en Occidente (véase, por ej., Vogel, «La discipline pénitentielle», pp. 20-26, 163-165) y en los tiempos modernos en Oriente. Como fenómeno literario del siglo XII, es casi seguro que, entre escritores como los poetas goliardos, esas «confesiones» no fueran sinceras; entre los escritores más antiguos, puede que sus lamentos acerca de las locuras de la juventud representaran una convicción real, aunque deben leerse también con prudencia. Esos lamentos se dan con tanta frecuencia entre escritores heterosexuales como entre escritores gays, y algunos equiparan específicamente ambos tipos de amor en su remordimiento (por ej., Baudrí, Marbod). El mismo topos es común entre los escritores musulmanes en España durante el siglo XII, como Ibn Quzman, (véase su Cancionero, trad. Nykl), cuyos versos están influidos por los temas de los romances, así como a su vez influyeron en ellos. Esos escritores no habían podido ser afectados por los recelos cristianos respecto de la sexualidad gay.
[81] Hovendon, en trad. de Riley, 2. pp. 356-357.
[82] Por ej., Kate Norgate, Richard the Lion Heart, Londres, 1924; Philip Henderson, Richard Coeur de Lion, Londres, 1958; y James Brundage, Richard Lion Heart, Nueva York, 1974. Henderson observa lo siguiente (p. 243); «No dejó hijos de su matrimonio, que, en efecto, parece no haber sido un matrimonio». De los muchos biógrafos de Ricardo, sólo Brundage es franco acerca de su homosexualidad, aunque la presenta en términos enormemente descalificadores. La biografía de Norgate sigue siendo la mejor, a pesar de su reticencia sobre este tema.
[83] Bernardo de Morlaix (o Cluny), De contemptu
mundi, en Wright, Anglo-Latin Satyrical Poets, 2, pp. 79-80:
Nemo scelus premit, aut tegit, aut gemit esse scelestus.
Ad fera crimina claudite lumina quotquot adestis…
Lex Sodomae patet, innumerus scatet heu! Ganynedes.
…Quot seges hordea, pontus et ostrea, littus arenas…
…Castra, suburbia quippe sacraria non minus undant
Hac lue sordida…
[84] Scelus fedum… cui… pro dolor… orbus adhesit, Dissuasio concubitus in uno tantum sexu, versos 22-23, en Werner, Beitrage, p. 89. Los versos 1-17 de este poema se editaron como un poema de Marbod en PL, 171: 1669, y anónimamente en Wright, p. 158. Las últimas siete estrofas sólo aparecen en el manuscrito que reproduce Werner.
[85] Esto se debe, al menos en parte, al simple hecho de que el renacimiento urbano de los siglos XI y XII se centró en Francia: «En realidad, la importancia que en el siglo XII tuvieron en Galia ciudades antiguas como Orleáns, Burdeos, Colonia, Nantes, Ruán y otras fue muy superior a la que habían conocido bajo los emperadores», Pirenne, Medieval Cities, p. 104.
[86] Por ej, Ibn Abdun: «Inna al-qasīsīna fasaqat, zanāt, lūatat», p. 239; sec. 154 en la traducción francesa. Es posible que al menos un monarca de la época, Alfonso I, haya sido gay: véase E. Lourie, «The Will of Alfonso I», Speculum, 50, 1975, p. 639. Pienso que Lourie extrae demasiado de la traducción francesa de Ibn Athir que cita: «El hombre que se dedica a la guerra necesita la sociedad de hombres, y no de mujeres», del Receuil des historiens des croisades: historiens orientaux, París, 1877, 1: 414; en el árabe original el verbo ‘ashara denota claramente compañía social en oposición a la relación erótica. Por otro lado, sus argumentos generales son convincentes, y el hecho de que Alfonso favoreciera a los templarios en su testamento (por encima de una orden militar local), bien podía guardar relación con la fama que estos últimos tenían de amarse entre hombres: véase infra, cap. Cambio social.
[87] Moshe ibn Ezra, Shira ha-Hol, ed. H. Brody, Berlín, 1935, 1, pp. 11, 147, 159, 179, 246, etc.
[88] Véase J. Schirmann, «The Ephebe in Medieval Hebrew Poetry», Sefarad, 15, 1955, 55-68, p. 60.
[89] Véase Baer, The Jews in Christian Spain, 1: 67 y ss.
[90] Véase Schirmann, p. 60.
[91] Dilexi multas parvas puer et vir adultas; /Dilexi multos parvos puer et vir adultos, Dissuasio intempestivi amoris, núm. 201, en Werner, Beiträge, p. 89. Para el autor germánico de la colección, véase los comentarios de Werner, p. 1; y A. Wilman, «Le florilège de Saint-Gatien: contribution á l’étude des poèmes d’Hildebert et de Marbode», en Revue bénédictine, 48, núm. 2, 1936, p. 174. Los poemas que versan sobre homosexualidad aparecen en cierto modo en toda la colección de Werner: por ej., núm. 8, 9, 60, 61, 198-201. Es posible que la enorme cantidad de poemas de esta colección que recuerdan a Marbod sean en realidad obras no reconocidas de éste, aunque lo más probable es que se trate de imitaciones.
[92] Núm. 9, Obiurgatio amatoris puerorum no contiene señal de ultraje moral, sino que es sencillamente un ejercicio de utilización de insultos, una suerte de sirventès. El verso 13 (Exponam, quarete nullus debet amare…), sugiere que fue escrito para un rival de ese tipo. Wilmart lo clasifica como un poema de Marbod; no aparece en la edición PL de las obras de Marbod. Algunos manuscritos lo incluyen entre los poemas que pueden atribuirse a Marbod con mayor certeza; véase, por ej., Wright, Anglo-Latin Satirical Poets, 2, p. 158.
[93] Véase las fuentes citadas supra, cap. La Alta Edad Media, n. 52.
[94] Por ej., «praellni hefnir, en argr aldrig» (Grettir's Saga), citado en Richard Styche, «Homosexualily in the Icelandic Republic from the Age of Settlement until 1262», ponencia inédita, p. 11; para la efigie en madera, véase Grágás, the Arnamagnaean Legate, Copenhague, 1829, 2:147, sec. 105: y Gisli’s Saga, 2, en Vestfirdinsa sogur, ed. Björn Thórólfsson y Gudni Jónsson en Íslenzk fornrit, núm. 6, Reykjavik, 1943.
[95] «Hefir þu sied betri auxi. Eigi ættla ek seigir Halli. Villttu lata serdaztt til auxarennar seigir konungr. Eigi seigir Halli. En vorkun piki mier ydr ath pier vilid suo sella sem pier keypttud», Haralds saga harðráða, 67 («Snegluhalla páttr», en Flateyjarbók, en Samling af Norske Konge-Sagaer, ed. G. Vigfússon y C. Unger, Cristianía, 1860-1868, 3, p. 427 (trad. en Styche).
[96] Por ej., BM, add, 24199. Cotton, Vitellius A. XII; Bodleian, Digby 65, Rawlinson, G. 109.
[97] Por ej., para la indiferencia, Wright, Anglo-Latin Satyrical Poets, 2: 119, núm. 115; p. 121, núm. 121; véase también núm. 122, que parece tener un doble significado en un contexto similar. La hostilidad secular, sin ninguna relación con la moralidad cristiana, se ejemplifica en el poema 234 de la misma colección p. 145.
[98] Moralisch-satirische Gedichte Walters
von Châtillon, pp.
69-70:
Filii nobilium dum sunt iuniores,
mittuntur in Franciam fieri doctores,
quos prece vel precio domant corruptores;
sic pretextalos referunt Artaxata mores.
Et quia non mutuunt anime discrimen,
principes in habitum venerunt hoc crimen,
virum viro turpiter iungit novus hymen,
exagitata procul non intrat femina limen.
[99] Ibíd., p. 102; Ex hiis esse novimus plures Sodomeos, / deas non recipere set [sic] amare deos.
[100] Ibíd: Set quotquot invenerit huius rei reos, / qui in celis habitat, irridebit eos. Muchas de las frases de Gualterio y algunas de sus opiniones derivan de otros autores –hay multitud de citas de Juvenal–, pero ésta parece ser original.
[101] Aparentemente, a él está dedicado el poema 149 de Baudrí: véase Abrahams, pp. xxviii-xxix; Hauréau, Mélanges, pp. 107-108. También hay ecos de Baudrí en poemas de Hildeberto, ¿o a la inversa? Nunca se puede asegurar.
[102] Para la consagración de Hildebeno, véase Gallia Christiana, París, 1856, vol. 14, col. 74.
[103] O posiblemente «el alcahuete con el respetable»; el latín cum sene laeno es ambiguo.
[104] Hauréau, Mélanges, p. 69:
Innumeras aedes colit innumerus Ganymedes,
Hocque, quod ipsa solet sumere, Juno dolet.
Hoc sordent vitio puer et vir cum sene laeno,
Nullaque conditio cessat ab hoc vitio.
[105] Ibíd., pp. 187-88: Multa domus multo fenur habere Joves. / Non tamen expectes Ganymedis crimine coelum.
[106] Se encuentra en dos de los mejores manuscritos de poesía de Hildeberto (BN, Baluze, 120; y BM, Add., 24199), y Wilmart lo clasifica como indiscutiblemente auténtico (p. 181), a pesar de las dudas de Hauréau (Mélanges, pp. 177-178). Los argumentos del último contra la autenticidad del poema no son convincentes («La distinción hecha por el poeta y su decisión atenuante –“A eso le llamo error”– son tan escandalosas que el poeta no pudo ser Hildeberto… Estos amores son tajantemente estigmatizados en dos poemas, de los cuales Hildeberto es el autor más probable»): desde el punto de vista literario, no hay más razón para suponer que los poemas antigays se deban más a la pluma de Hildeberto que los progays, mientras que desde la perspectiva histórica estos últimos tienen muchas más probabilidades de autenticidad que los primeros. Aun cuando no escribiera el famoso poema sobre el hermafrodita (Hauréau sugiere que hay dudas al respecto, pp. 141-147; pero Wilmart lo acepta sin reservas, «Le florilège», p. 180, n. 4; p. 160), lo cierto es que embelleció el viejo cuento del Señor y el Siervo (Hauréau, p. 178), cuya moralidad no es en absoluto más ortodoxa que la de «Ifis e Iante», aun cuando su tema heterosexual fuera menos ofensivo a Hauréau.
[107] Hauréau, p. 177:
Cum peteret puerum Saturninus, Iphis Iantha,
Coetus ait superum: «Scelus est.» Illud voco culpam.
Quo prohibente nefas, ludum ridente virorum.
Altera fit juvenis, fit femina neuter eorum,
Si scelus esset idem, senientia coelicolarum.
Alterutrum transformaret, neutramve duarum.
Ifis fue una muchacha cretense criada como varón y que fue convertida en
muchacho cuando se enamoró de otra chica. Yante; los versos 2 y 5 han de
referirse a la homosexualidad; Ovidio también parece condenar la homosexualidad
femenina en su relato de Ifis y Yante, aunque con respecto a la masculina
mantuvo una actitud alternadamente indiferente o positiva.
[108] Dronke (Poetic Individuality, p. 116), habla de «una agonía de culpa compartida, de la que la Biblia no sabe nada», sobre la base de los versos Que peccata, que scelere / nostra sciderunt viscera (47-48). Para mí, estas palabras no quieren decir otra cosa que la separación de las dos (nostra sciderunt viscera) fue obra de maldad y una fechoría. Por otro lado, el tono general del poema es notablemente más erótico que el de cualquier de los otros planctus.
[109] Texto en OBMLV, núm. 172, pp. 246-250, versos 45-46, 69-92, 105-110; véase el comentario en Dronke, como supra. Waddell traduce la mayor parte de esos mismo versos con un enorme gracia y belleza, aunque demasiado libremente: Medieval Latin Lyrics, p. 169.
[110] En la introducción a su edición de Amis y Amiloun, Londres, 1937, MacEdward Leach analiza los diversos tipos y divisiones de la historia, que aparece primero en latín, pero rápidamente se abre paso en la mayor pane de las lenguas vernáculas. Para un tratamiento reciente, vése R. J. Hexter, Equivocal Oaths and Ordeals in Medieval Literature, Cambridge, Mass, 1975, pp. 27-37, notas y bibliografía.
[111] Para un tratamiento estándar de las fuentes de la leyenda, véase Gédéon Huet, «Ami et Amile: les origines de la légende», Mayen Age, 30, 1919, pp. 162-186; y la introducción de Leach. Que yo sepa, nadie ha tenido en cuenta la posibilidad de la influencia helenística a través de la Hispania musulmana. Sobre la potencialidad de esa transmisión, véase «Greece in the Arabian Nights», en Gustav von Grunebaum, Medieval Islam, Chicago, 1971: e infra, en el cap. El triunfo de Ganimedes.
[112] La entrega de su esposa a Amile por parte de Amis recuerda la leyenda de Lantfrido y Cobbo.
[113] He resumido a partir de la versión del siglo XIII, en prosa y en francés antiguo, que se publicó en Nouvelles françoises en prose du XIIe siècle, ed. L. Moland y C. d’Héricault, París, 1856, pp. 35-82. Una traducción encantadora de esta versión se puede hallar en William Morris, Old French Romances, Londres, 1896, pp. 27-58.