Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad

Libro

 

Sacerdotes gay

John Boswell, «Cambio intelectual. Hombres, bestias y “Naturaleza”», en Cristianismo, Tolerancia Social y Homosexualidad, Los gays en Europa occidental desde el comienzo de la Era Cristiana hasta el siglo XIV, Biblioteca Atajos I, Muchnik Editores SA, Barcelona 1998, parte IV El nacimiento de la intolerancia, pp. 323-350, y las notas correspondientes que en el original se encuentran al final del texto en las pp. 547-559.

Cambio intelectual.
Hombres, bestias y «Naturaleza»

Aunque los argumentos «naturales» de Bernabé y de Clemente de Alejandría ejercieron cierta influencia en las actitudes cristianas posteriores ante la conducta homosexual, sobre todo en el nivel popular, nunca arraigaron del todo en el suelo intelectual de la Alta Edad Media, y en el siglo X era raro que los intelectuales apelaran al ejemplo del comportamiento animal. Entre quienes luchaban para mantenerse vivos frente a los destructivos poderes de la «naturaleza», no sólo familiarizados con los animales, sino dependientes de ellos para todo tipo de trabajo y para su sostén, para quienes eran presa de auténticos animales salvajes y vivían aterrorizados por otros imaginarios, la moral animal no era precisamente susceptible de erigirse en un concepto filosófico eficaz. Todavía en el siglo XII, en las áreas menos urbanizadas, entre la gente educada predominaba el enfoque «realista» de la «naturaleza». San Aelredo citaba animales en ejemplos decididamente negativos con respecto a la sexualidad en general[1] y, aunque reconocía que la conducta homosexual aparece entre animales, no veía en ello una indicación moral ni a favor ni en contra, sino un mero hecho.[2]

Sin embargo, en la Alta Edad Media el clima de opinión se orientó marcadamente hacia los argumentos morales basados en el ejemplo zoológico, y bajo sus cielos benéficos, las semillas que sembraran los primeros moralistas cristianos no sólo echaron raíces y crecieron, sino que terminaron por dejar en la sombra casi todas las demás aproximaciones al tema. A medida que la Europa del Sur se volvía cada vez más urbana y los centros culturales iban eliminando el contacto cotidiano con el modo de vida agrícola, la «naturaleza» se fue convirtiendo en una fuerza benévola cada vez más importante que ocupó de modo creciente el pensamiento cristiano.[3] En el siglo XIII el redescubrimiento de los textos zoológicos de Aristóteles aceleró esta tendencia, que al mismo tiempo estimuló y satisfizo una enorme demanda de conocimiento biológico en todas las comunidades cultas de Europa, demanda que, sin embargo, ya se había producido siglos antes, cuando se contaba con poca cosa para responder a ella, salvo los bestiarios, basados en fuentes clásicas (sobre todo el Physiologus) y en leyendas medievales. Hacia el siglo XII, los bestiarios medievales se hallaban entre las formas más populares de literatura de Europa occidental, y se copiaban e ilustraban en todo el continente.[4] A menudo las ilustraciones hacían estas obras accesibles al hombre común, pero su influencia se extendía también a reyes y obispos, quienes las encargaban, y desempeñaron un papel muy eficaz en todas las clases sociales, como fuentes de alegoría moral.

San Pedro Damián escribió a los monjes de Montecasino que

 

con mirada espiritual se puede percibir el comportamiento natural de los animales en los actos humanos, de la misma manera en que se pueden observar en los humanos cosas pertenecientes a la esfera de los ángeles. Así como el creador todopoderoso, Dios, estableció todas las cosas terrenales para uso de los humanos, así se cuidó también de instruir al hombre a través de la naturaleza individual y el comportamiento instintivo que concedió a los animales inferiores: de los animales pueden los hombres aprender qué conducta debe ser imitada y cuál evitada; qué se puede tomar sabiamente de ellos y qué debería evitarse por completo.[5]

 

La larga carta de consejo pastoral a la que este párrafo sirve de introducción está toda ella compuesta de elaboradas inferencias morales a partir del conocimiento animal y mineral contenido en los bestiarios contemporáneos y obras comparables de «historia natural». Por ejemplo, las piedras de «una montaña de Oriente» llamadas pyroboli, sirven como advertencia a los monjes para que eviten el contacto con todo lo «femenino»: las piedras son machos y hembras, y si se aproxima unas a otras se incendian y se destruyen recíprocamente.[6] Aunque la comadreja (clasificada como reptil) reciba un tratamiento más o menos favorable en la carta de Pedro, los cambios de sexo de la hiena vuelven a valerle su repudio como «animal sucio», cuyo ejemplo todos los cristianos deberían evitar.[7]

Antes del advenimiento de los textos biológicos aristotélicos, casi toda la información zoológica de cualquier tipo derivó de las fuentes clásicas tardías que consideraban sexualmente aberrantes la liebre, la hiena y la comadreja, y las alusiones negativas a estos animales se encuentran en todo tipo de literatura medieval fuera de los bestiarios,[8] desde tratados de medicina popular para mujeres[9] a los «libros del tesoro», que escribió Brunetto Latini,[10] el maestro de Dante.

Los escritores serios en lengua latina se limitaron en un comienzo a fuentes tales como De bestiis, que presentaban sintéticamente la leyenda de la hiena,[11] pero a lo largo de los siglos XII y XIII fue aumentando el material disponible de la tradición latina y de las traducciones de obras árabes que se realizaban en regiones de España y Sicilia recientemente reconquistadas a los musulmanes.[12] Para que ese conocimiento ampliara su alcance se compilaron enciclopedias o digestos de información ordenada por temas. Estas obras, aunque mucho más generales y eruditas que los bestiarios más populares, solían extraer las mismas conclusiones acerca de la «inmoralidad» de animales sexualmente atípicos. Alexander Neckam (m. 1217), un enciclopedista temprano y ampliamente citado, se refiere extensamente a las peculiaridades de la liebre y a sus implicaciones éticas:

 

Dicen que la liebre de sexo más noble [es decir, el macho] lleva en su vientre a las crías de liebre. ¿Es posible que una naturaleza extraña haya hecho de este animal un hermafrodita? También dicen que en el vientre de la madre, junto con las crías pequeñas, se transportan crías más grandes, concebidas previamente; en esto se percibe una afrenta a la ley de [su] naturaleza inferior.[13] Por eso se dice que los hombres afeminados que violan la ley de la naturaleza imitan a las liebres y ofenden así a la majestad suprema de la naturaleza. No con injusticia se considera que Tiresias provocó la cólera de Juno y fue privado de la luz de la visión.[14] Pues aquellos que siguen la ilícita ley del joven frigio [Ganimedes] provocan la cólera del poder divino, y una vez privados de la luz de la gracia son inexorablemente arrojados a la oscuridad exterior.[15]

 

Las dificultades filosóficas que derivan de la afirmación de que los hombres ofenden «la suprema majestad de la naturaleza» imitando el comportamiento determinado por la propia «naturaleza» no parecen haber turbado a Neckam, pero sí pueden haber tenido su papel en la negativa de algunos intelectuales del período a extraer inferencias morales del comportamiento animal. En la más influyente de las enciclopedias de la Edad Media tardía, De las propiedades de las cosas, de Bartolomeo Anglicus, las leyendas sexuales acerca de la comadreja, la hiena y la liebre son tratadas con más detalle que en el tratado de Neckam (y que cualquier otro anterior), pero las implicaciones éticas brillan por su ausencia.[16]

Sin embargo, durante toda la Edad Media se siguió incorporando esas leyendas en obras zoológicas serias y no cabe duda de que las mismas movieron a muchos a extraer conclusiones idénticas a las que habían extraído los cristianos desde la época de Bernabé. Estas influencias no se limitaron en absoluto a una crédula clase baja: la enciclopedia de Vincent de Beauvais, titulada Speculum majus, que incluía los relatos acerca de la liebre y de la comadreja,[17] fue una de las fuentes eruditas más ampliamente empleadas de Europa hasta bien entrado el Renacimiento.

No obstante, estos animales particulares no sólo eran objeciones «naturales» a la conducta homosexual entre los escritores del momento. «El designio de la naturaleza», tal como la interpretaba el observador, era extensamente explorado sobre la base de principios «naturales» que iban desde las construcciones gramaticales[18] a las teorías alquimistas. Por ejemplo, en el «Sueño de Arisleo»,[19] el héroe es transportado en sueños a una tierra donde los nativos practican la homosexualidad en forma exclusiva. Arisleo informa al rey del país que esas uniones no producirán descendencia, sino que serán siempre estériles, y que únicamente las uniones entre macho y hembra serán fructíferas.[20] El tratado es una alegoría química: es evidente que dos de los personajes principales son representaciones alegóricas del sulfuro de mercurio.[21] En esta obra es asombrosa la confusión entre leyes morales y leyes «naturales»; Arisleo insta al rey a abandonar la homosexualidad en favor del incesto, que será más productivo, y a las objeciones del rey contra el incesto replica con el ejemplo de los hijos de Adán.[22]

Por una curiosa paradoja, los mismos siglos que fomentaron la resurrección y la promulgación de la noción de homosexualidad innata en determinados animales, fueron también testigos del renacimiento de la idea contraria, a saber, que la ausencia de tal conducta entre los animales constituía la prueba de su «antinaturalidad». Un poeta satírico recita:

 

Perversa costumbre es preferir muchachos a chicas,
pues este tipo de amor es contra natura.

 

Los animales maldicen y evitan las malas caricias,
mientras que el hombre, más bestial que ellos, aprueba
tales cosas y las persigue.[23]

 

La cultura tardolatina y helenística consiguió compaginar estas creencias aparentemente irreconciliables, en gran parte gracias a su enorme variedad y a su gran expansión geográfica. Pocos de los primeros autores cristianos sostuvieron que la homosexualidad fuera desconocida entre los animales y, al mismo tiempo, que la practicaran las hienas y las liebres. El Physiologus apelaba a un público no familiarizado con la descripción de Ovidio de la conducta homosexual como desconocida entre los animales, y es probable que relativamente pocas personas hubieran leído a Agustín y el Physiologus antes de los siglos XI o XII.

Sin embargo, hacia finales del siglo XII, ambas ideas fueron lugares comunes de la misma cultura y al mismo tiempo. A partir de entonces, el éxito de su coexistencia durante siglos es una prueba de la habilidad de la mente humana para sostener paradojas con toda tranquilidad. Aunque pueda mostrarse que la mayor parte de los autores que trataron el tema abrazaron ambas creencias sólo por implicación, un puñado de ellos lo hizo explícitamente. Dentro de los mismos treinta versos, por ejemplo, Bernard de Morlaix fustigaba a los gays por imitar a las hienas y por incurrir en conductas desconocidas entre los animales.[24] En el Speculum doctrinale, de Vincent de Beauvais, que tuvo un amplio público de lectores, al argumento de que los animales no practican la conducta homosexual sigue de inmediato la acusación de que los hombres que cometen tales actos son como liebres.[25]

No obstante, la afirmación de que la sexualidad gay era reprehensible porque los animales no la conocían no obtuvo aceptación inmediata. Por ejemplo, a comienzos del siglo XII, el autor de «Ganimedes y Helena» pone en boca de Helena la afirmación de que la heterosexualidad de «aves, animales salvajes y jabalíes» debería ser un ejemplo para los seres humanos, a lo que Ganimedes responde que los seres humanos son jerárquicamente superiores a los animales y no tienen por qué imitarlos: «Pero los seres humanos no han de ser como pájaros o cerdos: / los seres humanos poseen razón».[26] En su influyente poema sobre la «comunidad del mundo»,[27] Bernardo Silvestre concuerda con Ganimedes en que «es evidente que los animales tienen percepciones oscuras: con la mirada hacia abajo mantienen la cara apuntada al suelo»;[28] el cielo y sus habitantes deberían proporcionar los modelos a la humanidad, «la única que vuelve su santa cabeza hacia las estrellas».[29] Pero Bernardo contribuyó en gran manera a una idealización de la «naturaleza» que habría de minar esta idea. La heroína de su poema es la diosa Naturaleza, quien lamenta que el mundo sea un caos y aspira a que se reestructure de tal modo que constituya un todo más armónico y justo.[30] Bernardo no es hostil a los gays, y su diosa no tiene nada que decir a este respecto, pero esta última fue también fuente de inspiración de un poema de Alain de Lille, El lamento de Naturaleza, más largo y que ejerció aún más influencia que el anterior, en el cual Naturaleza se lamenta específica y extensamente de las violaciones de su soberanía que, en materia sexual, practicaba la sociedad del siglo XII.[31] La mayor parte de su arenga se refiere a los delitos homosexuales o no sexuales, pero Alain, que condenaba la conducta homosexual, llama la atención de Naturaleza a la actividad homosexual en muchos sitios y rechaza directamente algunos de los argumentos que contra ella se enuncian en «Ganimedes y Helena», a la vez que capitaliza la resurrección del heredero romano que se produce en el siglo XII citando indirectamente la ley de 342, ya olvidada hacía mucho tiempo, contra los matrimonios homosexuales.[32]

La teología que informa El lamento de Naturaleza no es específicamente cristiana; los argumentos son teístas, pero completamente filosóficos. Sin embargo, en una época preocupada por realizar la unión entre teología y filosofía, la ausencia de referentes específicamente cristianos sólo refuerza el argumento de Alain. Nada atraía más el gusto de la época como las «pruebas» no cristianas de los principios de la moral cristiana, y la figura pagana de la Naturaleza que aparece en Alain y en otros proporcionaba precisamente tal refuerzo a quienes deseaban denigrar la actividad homosexual. Esto puede haber sido deliberado. Sería un error pensar que escritos como El lamento de Naturaleza eran meros ejercicios de invectiva literaria, como las sátiras de Juvenal o los epigramas de Marcial. Alain sufrió gran influencia de la hostilidad al no conformismo que a la sazón barría Europa, y trató conscientemente de erigir una estructura intelectual capaz de darle fundamento. Escribió tratados contra los herejes, los judíos, los infieles y los musulmanes,[33] y participó en el concilio de Letrán III, del año 1179, que condenó o restringió la libertad de éstos y de otros grupos diferenciados (como se ha observado ya supra, el Lateranense III fue el primer concilio «ecuménico» que condenó la conducta homosexual). Alain fue un maestro famoso e influyente, a menudo llamado «doctor universal», y su sostén filosófico a la hostilidad popular proveyó a los teólogos posteriores de armas eficaces contra las gays.[34]

La escolástica del siglo XIII, en su esfuerzo por racionalizar la fe cristiana de acuerdo con los principios de la filosofía griega, se sirvió abundantemente de los conceptos de «naturaleza» que popularizaron en el siglo XII autores como Alain de Lille, quienes a menudo incorporaban también sus prejuicios personales.

No deja de ser una ironía que la fascinación popular por la diosa Naturaleza pudiera deberse también a su manifiesta no pertinencia a la moral cristiana. Las múltiples formas de extremada idealización del amor durante finales del siglo XI y comienzo del XII hicieron que la ética sexual típica de la primitiva moral cristiana –formulada con total desatención a la pasión erótica– resultara inaceptable o inútil para muchos cristianos. No había guía moral cristiana sobre la cuestión de la pasión erótica con o sin matrimonio, y en una época árida de literatura y autoridad moral al respecto, la diosa Naturaleza era un regalo del cielo.[35] En las zonas más adelantadas de Europa, los ideales románticos manifiestos en este período giraban principalmente en torno a tipos de amor (primordialmente, el adulterio) que violaban directamente la moral sexual cristiana tradicional. En las sociedades que exaltaban este tipo de relaciones eróticas, casi todas las premisas que podían haberse invocado para oprimir a los gays también habrían arrojado una luz muy desfavorable sobre las fantasías –cuando no realidades– más populares y atractivas de la mayoría heterosexual. Pero en manos de un escritor inteligente, como Alain de Lille o María de Francia, la diosa Naturaleza podía, con su propia autoridad, estimular y aprobar aquellas formas de sexualidad, tradicionales o no, que el autor deseara favorecer, y desalentar o condenar cualquier forma que disgustara al autor. Podía bendecir cualquier unión sexual, ya fuera heterosexual y productiva, ya tan sólo las que tenían lugar en el seno del matrimonio, pero en cualquiera de los dos casos su opinión se justificaba en su autoridad, sólo en ella, y no ya en las enseñanzas de la Iglesia. A lo largo del siglo XII y del siglo XIII la diosa ganó estatura y familiaridad,[36] aquí dando apoyo a los prejuicios populares, allá creando nuevas opiniones, por doquier como una figura benéfica y universalmente admirada, hasta llegar a convertirse en uno de los elementos más establecidos y penetrantes del aparato intelectual europeo, posición que ha conservado hasta el día de hoy. A comienzos del siglo XIII, su autoridad era prácticamente indiscutida; reinaba soberana en casi todas las esferas intelectuales. Y en la esfera moral, merced a los esfuerzos de Alain de Lille y otros, representaba un grupo social estrictamente heterosexual.

Es indudable que la aceptación popular de la diosa Naturaleza como campeona de la fecundidad heterosexual ejerció una profunda influencia en el desarrollo de la teología moral del siglo XIII. Por una extraña ironía, una figura literaria popular de origen decididamente pagano que, apoyada en su sola autoridad, habla a favor de las preferencias sexuales de la mayoría, terminó por dominar incluso la teología dogmática. ¿De cuál de los muchos sentidos filosóficos o teológicos de «naturaleza», por entonces en pugna, podría decirse que representa a la diosa, si es que alguno la representa? Durante el siglo XII, las definiciones más populares de «naturaleza» seguían siendo las que tenían a Boecio por fundamento. Gilbert de la Porrée y otros escolásticos de su época glosaron, comentaron o simplemente se apropiaron de la definición de Boecio con muy pocos cambios.[37] La «naturaleza» de Boecio no apelaba a los animales, no contenía ninguna sugerencia acerca de la sexualidad humana y, sin duda, no excluía las relaciones homosexuales; ni siquiera la diosa Naturaleza podía extraer de ella sus objeciones. El propio Alain de Lille basaba sus definiciones teológicas de «naturaleza» en Boecio,[38] y de las nueve definiciones que proporciona, ninguna excluye las relaciones homosexuales.[39] Sólo en el siglo XIII se formularon definiciones de «naturaleza» que excluían la actividad homosexual, y en un primer momento esas definiciones tenían una relación muy débil hasta con los significados más generales de «naturaleza». Una glosa a las Sentencias de Pedro de Poitiers por ejemplo, anota cuatro significados de «natural», el último de los cuales está explícitamente calculado para excluir la conducta homosexual: «A veces, “natural” se refiere a lo que no es inusual [contra usum], como el coito entre hombre y mujer, y “no natural” [innaturale] a lo inusual».[40] Este medio para eliminar la sexualidad gay del dominio de lo «natural» presupone algo que pocos teólogos posteriores estarían dispuestos a admitir: que la sociedad cristiana equipara lo «bueno» con lo «común». Aunque hasta cierto punto eso fuera cierto, no era una posición que la Iglesia quisiera abrazar oficialmente, y la influencia de Aristóteles ya estaba convenciendo a la mayoría de los escolásticos de que la mera desviación estadística no podía tenerse por pecaminosa, puesto que, desde el punto de vista meramente estadístico, también eran aberrantes la virtud heroica, la santidad, el intelecto superior e incluso la continencia sexual. De acuerdo con la definición del glosador, el clero célibe sería «no natural».

Sin embargo, en el siglo XIII hizo su aparición providencial otro medio para excluir la sexualidad gay de lo «natural», y demostró tener una influencia decisiva en la formulación de objeciones teológicas, aunque originariamente no se tratara de un concepto teológico. El derecho romano tardío abrazó el principio de que había un «derecho natural», que la humanidad conocía al margen de la legislación que establecían las distintas naciones particulares.[41] El Digesto de Justiniano, que fue el derecho romano para la Edad Media tardía, se inicia con una discusión en la que se contrapone el «derecho natural», que conocen todos los seres sensibles, con el «derecho de las naciones», que ha sido establecido sólo por los seres humanos (1. 1. 1. 1-4). Este análisis lo redactó el jurista romano Ulpiano en el siglo III de la era cristiana, en el apogeo de la idealización romana de la «naturaleza»: «El derecho natural es lo que la naturaleza ha enseñado a todos los animales. Este derecho no es exclusivo de la especie humana, sino común a todos los animales nacidos en el mar o la tierra y también a las aves. De él proviene la unión de macho y hembra que llamamos matrimonio, así como la procreación de hijos y crianza adecuada [educatio]. En realidad, vemos que todos los otros animales, incluso las bestias salvajes, se rigen por la comprensión de este derecho».[42]

Durante los comienzos de la Edad Media, época en que la mayoría de los autores sostenían una imagen menos halagadora de la moralidad animal, este concepto de derecho no fue popular. En la Hispania del siglo VI, san Isidoro de Sevilla lo revisó a la hora de ofrecer su definición de «derecho natural»:

 

El derecho natural es común a todas las naciones, porque se mantiene gracias al instinto más que a la legislación. En él están comprendidos la unión de macho y hembra; el cuidado y la educación de los hijos; la posesión común de todas las cosas; la libertad individual para todos; la [libre] adquisición de todas las cosas de la tierra, el mar o el cielo; la devolución de los bienes prestados o que se deben; el rechazo de la violencia con la fuerza. Pues estas cosas, y otras como ellas, nunca se consideran injustas, sino siempre naturales y correctas.[43]

 

Es notable la ausencia de animales en la adaptación de Isidoro. El «instinto natural» que dicta la devolución de los bienes prestados podía difícilmente inferirse de los animales. La «naturaleza» está presente, pero lo que constituye el «derecho natural» parece ser una curiosa combinación de ideales utópicos y de observaciones empíricas, poco relacionadas tanto con la realidad como con la enseñanza cristiana.[44]

A comienzos del siglo XII, el «derecho natural» había dejado de ser una fuerza de la «naturaleza» para convertirse en un precepto ético específico y enormemente refinado. Según Graciano, «el derecho natural es lo que está contenido en la ley y en los Evangelios, de acuerdo con el cual todo el mundo está obligado a hacer por los demás lo que habría hecho para sí mismo y tiene prohibido hacer a nadie nada que no se haría a sí mismo».[45]

De haberse impuesto esta definición de derecho natural en los círculos escolásticos, habría sido muy difícil probar que la homosexualidad consensual violaba el «derecho natural». Pero cuando Graciano escribió su Decretum, el derecho romano, la urbanización y el interés en la biología comenzaban ya a dominar Europa. Cuando, en los siglos XII y XIII, el código de Justiniano barría Europa y se convertía en el principal texto legal de las universidades, la definición de Ulpiano desplazaba cada vez más a las posteriores; y cuando, en ese mismo período, la sociedad europea se hizo paulatinamente más urbana, para los cristianos fue cada vez más fácil aceptar las premisas legales y éticas basadas en la conducta animal idealizada.

Finalmente, volvieron a predominar en los círculos jurídicos las mismas ideas acerca de la «naturaleza» y los animales que habían dado origen a los bestiarios. Esta tendencia, ya visible en canonistas como Huguccio a finales del siglo XII, se hizo prácticamente universal en el siglo Xlll. Las ideas de Isidoro y de Graciano se siguieron mencionando, pero eran manifiestamente secundarias respecto de los conceptos de «derecho natural» que fundamentaba sus apelaciones al comportamiento animal. Para algunos, como Guillermo de Auxerre,[46] «lo que la naturaleza enseñó a todos los animales» constituía la definición capital y más abarcadora de «derecho natural»; mientras que para otros, como san Buenaventura, era el «más apropiado» de los tres significados básicos.[47] Tácitamente, esta afirmación subyacía a casi todas las exposiciones escolásticas de «naturaleza» y de lo «natural», y a ella se refirió Tomás de Aquino –la autoridad última en «moral natural»– como la única definición del concepto (Suma teológica, 2a. 2ae. 57. 3. Resp.).

Hacia mediados de siglo XIII, cuando la Iglesia comenzó a realizar la síntesis entre teología y derecho canónico, que habría de mantenerse hasta el siglo XX sin sufrir desafío alguno, y cuando la mayoría de los Estados europeos incorporaba principios teológicos a los códigos jurídicos seculares, la oposición entre «naturaleza» y conducta homosexual era un supuesto común de los europeos. Pocos cuestionaban exactamente lo que era la «naturaleza», y menos aún eran capaces de explicarla; pero el lector medio del siglo XIII podía encontrarse con ella de tantas maneras diferentes, que es probable que llegara a considerarla evidente. En parte, la «naturaleza» era una diosa benéfica y amable que aparecía en la literatura más popular del momento y que en general se decantaba a favor de los prejuicios sexuales y los deseos de la mayoría; en parte, era una fuente de derecho que se suponía universal y que se mostraba como proveedor del fundamento de todo el derecho civil y de gran parte del derecho canónico; y en parte la «naturaleza» era un concepto filosófico complejo heredado de Boecio y de los naturalistas del siglo XII y que en ese momento se expandía con el conocimiento que se había adquirido gracias a las nuevas traducciones de Platón y Aristóteles.

Alberto Magno fue el primero de los responsables de la síntesis final que realizó un comentario extenso sobre la conducta homosexual.[48] Es casi inevitable que sus escritos presenten una cierta confusión e incoherencia respecto de la «naturalidad» de los actos homosexuales. En su Suma teológica, Alberto condenó los actos homosexuales como el tipo más grave de pecados sexuales, porque ofendían «la gracia, la razón y la naturaleza».[49] (Inmediatamente después de éstos estarían los actos que sólo ofendían «la gracia y la razón», como, por ejemplo, el adulterio.)[50] Alberto no ofrecía explicación acerca del modo preciso en que la sodomía –que definía como la unión carnal de personas del mismo sexo– violentaba la naturaleza, pero citaba Romanos, I: 26-27 como autoridad en esa materia.[51]

En otros escritos, sin embargo, Alberto describía la homosexualidad como una enfermedad contagiosa que pasaba de una persona a otra y era especialmente común entre los ricos.[52] En su comentario sobre Lucas, citaba un texto bíblico que sugería que era innata[53] y observaba que aquellos que la padecían tenían grandes dificultades para liberarse de ella, pero en su tratado sobre los animales describía una cura relativamente fácil; un «sodomita» se «curará» si se le aplica en el ano la piel del cuello de un animal árabe al que denominaba al-zabo, quemada con alquitrán y molida hasta quedar convertida en polvo fino.[54] (Nótese que esto sugiere que un «sodomita» es un varón homosexual que practica el coito anal.)

No hay duda de que la supuesta cura con piel de animal contiene una aguda ironía: Alberto era consciente de la tradición popular acerca de la homosexualidad de la hiena,[55] pero la rechazaba (no hubiera abonado su afirmación de que los actos homosexuales son «contra natura»). Sin embargo, no parecía ser consciente de que alzabo no es otra cosa que la transliteración latina de la voz árabe al-dabc, que significa «hiena». Las propiedades curativas de la piel de hiena (particularmente en torno al ano) era un lugar común del saber popular árabe sobre animales[56] –aunque entre los árabes no se tenía a la «sodomía» por una enfermedad–, y no cabe duda de que Alberto extraería su información de una versión latina de un tratado árabe sobre animales, que ignoraba el auténtico sentido de alzabo.[57]

Mayor aún parece la ironía si se considera a la luz del hecho de que las leyendas árabes derivaban de las mismas fábulas animales del cristianismo primitivo que había justificado y, hasta cierto punto, producido, por encima de todas las cosas, el prejuicio antihomosexual: así pues, sin saberlo, los escolásticos reunieron los datos aislados de las fábulas anti-gays de la tradición clementina y del Physiologus, por un lado, y por otro, del saber médico/zoológico árabe que se basaba en ellos.[58]

La autoridad moral de la naturaleza «ideal» alcanzó su desarrollo más influyente y, en muchos sentidos, definitivo, en manos del más famoso discípulo de Alberto, santo Tomás de Aquino (m. 1274), cuya Suma teológica se convirtió en norma de la opinión ortodoxa en todos los aspectos del dogma católico durante casi un milenio y estableció de manera permanente e irrevocable lo «natural»[59] como piedra de toque de la ética sexual católica.[60]

Puesto que las enseñanzas de Tomás de Aquino representan en gran medida la síntesis final de la teología moral de la Alta Edad Media, merecen una atención particularmente detallada. Vale la pena repetir aquí que el propósito de ese análisis no estriba en enzarzarse en una polémica sobre los problemas morales, sino en investigar la medida en que tales posiciones reflejan la aplicación lógica o coherente de los principios cristianos tradicionales, y cuando no ocurre así, sugerir otras maneras de explicar su desarrollo. Es difícil de entender incluso cómo podían compaginarse las actitudes de Tomás de Aquino ante la conducta homosexual con sus principios morales generales, y mucho más aún si las considera una excrecencia de éstos. A pesar de su absoluta convicción, en cualquier otro contexto, acerca de la superioridad intelectual y moral de los seres humanos respecto de los animales, y de que los primeros, por tanto, no sólo pueden embarcarse en muchos tipos de actividades desconocidas o imposibles para los seres inferiores, sino que están obligados a ello, Tomás de Aquino recurre una y otra vez al comportamiento animal en calidad de arbitro último en cuestiones de sexualidad humana. Aun concediendo la premisa, a todas luces ilógica, semejante empresa no era tarea fácil para una inteligencia tan aguda como la de este filósofo. Por ejemplo, al condenar la promiscuidad («fornicación»), tenía que vérselas con el hecho –bien conocido a pesar del reciente ascenso de los animales a la categoría de modelos de corrección sexual– de que la promiscuidad sexual era común entre animales bien conocidos, como los perros y los gatos; tan común, en realidad, que hasta los defensores más estusiastas de la «naturaleza» comparaban con animales a los hombres inclinados a la persecución de fines venéreos obsesivos o lujuriosos. Si los animales podían llevar «naturalmente» vidas tan despreocupadas y una sexualidad tan irrefrenada, ¿por qué los hombres no podían hacer «naturalmente» lo mismo?

Para responder a esta pregunta, el filósofo de Aquino se ve obligado a dilatar considerablemente la tradición platónica de inferencia selectiva a partir de las aves, y sostiene que hay entre los animales una cierta distinción inherente sobre la base de los requisitos posnatales para la descendencia:

 

En efecto, en todos los animales en que se requiere el cuidado de un macho y una hembra para criar la descendencia, vemos que no hay promiscuidad [vagus concubitus], sino sólo un macho con una hembra, o varias hembras: éste es el caso de todas las aves. Sin embargo, la situación es diferente entre los animales para los que basta la hembra por sí sola para criar la descendencia, pues en este caso existe la promiscuidad, como es evidente en los perros y otros animales similares.[61]

 

Aun cuando, a la luz de los patrones de la época, este argumento pone de manifiesto una notable intuición biológica, presenta una enorme cantidad de dificultades morales y filosóficas. Aun al margen de la paradoja fundamental de su línea general de razonamiento –la de que el hombre, modelo de excelencia de la gran cadena de seres vivos, deba seguir el ejemplo de los animales inferiores en materia de moral– y dejando de lado el error fáctico de la premisa que afirma que todas las aves son monógamas,[62] no deja de asombrar la cantidad de cuestiones decisivas que la «respuesta» de Tomás de Aquino deja sin responder.[63]

Además, es difícil creer que el comportamiento de los animales sugiriera realmente esta posición a santo Tomás: sólo puede citar como monógamas las aves, una pequeña minoría –y en otro pasaje amplía la calificación de su ejemplo como aplicable sólo a algunas aves–, y la analogía entre los deberes paternales de las aves y los de los seres humanos es, como mínimo, discutible. No obstante, la invocación de la «naturaleza» es significativa en tanto indicación de la medida en que los apologistas escolásticos de la ética cristiana se esforzaban por demostrar que la «naturaleza» era el fundamento de los tabúes sexuales de la sociedad cristiana. Aun cuando se conceda la inferencia selectiva a partir de las especies monógamas de aves, en una ética «natural» la promiscuidad sexual no debía ser más reprehensible que la gula, que también soslaya la tendencia supuestamente «natural» de los animales a comer únicamente lo necesario para vivir. En verdad, concede Tomás de Aquino, la promiscuidad no debería ser más grave que la gula a no ser por sus consecuencias potencialmente negativas. Mientras que una comida excesiva no tiene consecuencias permanentes, un solo acto de fornicación heterosexual puede arruinar la vida de un ser humano: la del hijo ilegítimo y (supone Tomás) abandonado que dicho acto produce (Suma teológica, 2a. 2ae. l54. 2. ad 6).

A partir de este argumento se podría conjeturar que Tomás de Aquino no consideraría más graves los actos homosexuales que la gula. Podría sostener que no cumplían con ningún requisito de la naturaleza, pero no que produjeran hijos no deseados o abandonados. El único argumento que impedía a su ética «natural» aceptar la promiscuidad heterosexual como mera intemperancia no podía aplicarse a los actos homosexuales. Esto dejaba a la sexualidad gay en la situación que había ocupado en la mente de teólogos anteriores, como Burchard, esto es, como algo comparable a la borrachera y mucho menos grave que la fornicación heterosexual.

Pero Tomás de Aquino no podía llevar su lógica tan lejos de la corriente principal de la moral popular y de la intolerancia pública del siglo XIII, por lo cual se esforzó por construir una justificación filosófica para clasificar los actos homosexuales no solamente como graves, sino peores que los actos heterosexuales comparables; de hecho, los colocó en una situación de atrocidad única, sin parangón desde la época de Crisóstomo.

En una obra anterior (Suma contra gentiles, 3. 122), santo Tomás no había fundamentado en la sexualidad animal su objeción a la actividad homosexual, sino en un argumento del que se apoderarían muchos teólogos posteriores, tanto en lo relativo a la anticoncepción como a los actos sexuales «no naturales»: el que sostenía que la «naturaleza» había destinado el semen y su eyaculación a la producción de hijos, y que cualquier otro uso del mismo era «contrario a la naturaleza» y, por tanto, pecaminoso, pues el designio de la «naturaleza» representaba la voluntad de Dios. Sin embargo, a diferencia de autores posteriores, santo Tomás advirtió que este argumento tenía defectos fatales. El mismo se planteó la cuestión acerca de otros «malos usos» del designio «de la naturaleza». ¿Constituye pecado que el hombre camine sobre las manos, cuando es evidente que la «naturaleza» ha destinado los pies a ese fin? ¿O es moralmente incorrecto emplear los pies para algo para lo que ordinariamente se usan las manos?[64] Para zanjar esta dificultad, el filósofo cambia la fundamentación y reconoce tácitamente que no es el mal uso de los órganos involucrados lo que constituye el pecado, sino el que a través del acto en cuestión se impida la propagación de la especie.[65]

Esta línea de razonamiento se basaba, por supuesto, en una premisa ética que no guardaba ninguna relación con el Nuevo Testamento ni con ninguna autoridad cristiana primitiva, y que además había sido específicamente rechazado por san Agustín: la de que el aumento físico de la especie humana constituye un bien moral capital. Además, contradecía las enseñanzas del propio Tomás de Aquino. Las emisiones nocturnas «impiden» el aumento de la especie humana exactamente de la misma manera que la homosexualidad –es decir, a través del derramamiento de semen con propósitos procreadores– y, sin embargo, Tomás no sólo no los consideraba intrínsecamente libres de pecado, sino, además, una consecuencia de causas «naturales».[66] Y la virginidad voluntaria, que el propio Tomás de Aquino y otros consideraban la culminación de la virtud cristiana (Suma teológica, 2a. 2ae. l51, 152), operaba tan claramente en detrimento de la especie desde este punto de vista, que tuvo que sostener específica y razonadamente que los seres humanos no están obligados a contribuir al incremento o la conservación de la especie a través de la procreación, sino que tan sólo la raza como totalidad está obligada a ello.[67] Debido a esto, Tomás de Aquino se vio en la necesidad de volver a cambiar de fundamentación al formular su oposición teológica a la no uniformidad sexual en el mayor y más influyente de sus tratados: la Suma teológica.

En la Suma teológica hay tres comentarios principales sobre la homosexualidad.[68] En la última y mejor conocida de estas exposiciones, Tomás de Aquino presenta su argumentación bajo dos encabezamientos: 1) si «los vicios contra natura» constituyen una especie de lujuria (concluye que sí), y 2) si son la especie más pecaminosa de lujuria (también concluye que sí). Los «vicios contra natura» comprenden la masturbación, el coito con animales,[69] el coito homosexual y el coito heterosexual no procreador.

Aunque en otros pasajes de la Suma se defina la naturaleza de maneras diferentes, a veces incluso de maneras conflictivas, que van del «orden de la creación» al «principio del movimiento intrínseco»,[70] no se proporciona aquí definición de la «naturaleza» contra la cual atenían estos pecados y, por lo demás, los detalles de la exposición hacen caso omiso o bien excluyen todas las concepciones comunes de «naturaleza». La sexualidad «animal» se opone a la «natural» en un punto,[71] y ninguno de los otros sentidos de «naturaleza» que se sugieren[72] podría hallar más aplicación en los actos homosexuales que en la sexualidad extramatrimonial procreadora. Aunque en una ocasión observa que los tipos potencialmente procreadores de lujuria previamente analizados bajo los términos «fornicación» y «adulterio» no «violan la naturaleza humana», esta afirmación entra en contradicción con su propia afirmación, al hablar de la «fornicación», de que «es contrario a la naturaleza humana involucrarse en relaciones sexuales promiscuas».[73] En verdad, como luego admite, no sólo los pecados sexuales son «antinaturales», sino que también lo son todos los pecados, sean cuales fueren.[74] En esta sección, lo «natural» es en realidad pura y simplemente lo «moral»;[75] y el sostener que los actos homosexuales son inmorales porque son inmorales es, como mínimo, una petición de principio.

Sin embargo, en una parte anterior de la Suma,[76] en una discusión acerca de la posiblidad de que haya placeres «no naturales» (a lo que Tomás de Aquino responde afirmativamente), el filósofo escolástico presenta ideas más explícitas acerca de la «naturaleza» y de lo «natural» en relación con la homosexualidad. En realidad, encontramos aquí algunas definiciones sorprendentes. «Debiera observarse que una cosa se llama “natural” cuando es conforme a la “naturaleza” […] En el caso del hombre, “naturaleza” puede entenderse en dos sentidos. Por un lado, la “naturaleza” del hombre es en particular el intelecto y la razón, pues es lo que lo distingue como especie.»[77] La primera definición parece referirse a la «naturaleza» de algo, en este caso el hombre, pero su empleo es paradójico, porque lo que Tomás de Aquino entiende aquí por «naturaleza» del hombre es precisamente lo que la mayoría de los partidarios de la naturaleza «ideal» excluyen de ella: la razón. Resulta en verdad muy difícil comprender en qué la homosexualidad violenta la «naturaleza», si por ésta se entiende la razón del hombre. Era precisamente la razón del hombre lo que los defensores de la sexualidad gay habían invocado recientemente para defenderse de la naturaleza «ideal», con el argumento de que lo propio de la «naturaleza» del hombre es elevarse por encima de lo que es «natural» para los animales y amar prescindiendo de las compulsiones físicas a la procreación (por ejemplo, en «Ganimedes y Helena», que quizá santo Tomás conociera). El filósofo de Aquino no habría tenido por qué modificar en absoluto su apuesta por la procreación en tanto función de la sexualidad para reconocer que el afecto «natural», que en los animales existe por «necesidad», entre parejas y familia, se transforma sin defecto moral, en la «naturaleza humana», en relaciones en las que el afecto no se da por «necesidad» –por ejemplo, las amistades voluntarias–, y que podría apelarse a un argumento análogo para justificar las relaciones sexuales entre seres humanos allí donde hay compulsión alguna de la «necesidad». En la sección inmediatamente anterior, por ejemplo, distingue entre deseos «naturales» y «no naturales»: los primeros son aquellos que los animales experimentan como consecuencia de la necesidad. Los últimos son únicamente humanos, «que sólo pueden reconocer como bueno y adecuado cosas que trascienden los requerimientos de la naturaleza».[78] Tomás de Aquino caracteriza estos deseos «que trascienden lo natural» no sólo como «racionales, individuales y adquiridos», sino como pertenecientes a cosas que son «buenas y adecuadas», a pesar de exceder «lo natural» y ser desconocidas para los animales.

Como segunda definición de «naturaleza», santo Tomás ofrece un significado que directamente contradice el primero: «Por otro lado, en el hombre debe entenderse por «naturaleza» lo que se distingue de lo racional, es decir, lo que es común a los hombres y a otros animales, en particular lo que no está sometido a la razón».[79] Esto parece ser el concepto popular de «naturaleza animal», que no es un significado tan sólo periférico al tratamiento anterior de la homosexualidad, y que este tratamiento rechaza ostensiblemente, sino que, además, proporciona la única confirmación de la afirmación de que los actos sexuales son «no naturales». Las cosas son «naturales» tanto para los hombres como para los animales cuando corresponden al dominio de la preservación del individuo o de la especie: se citan en este apartado la comida, la bebida, el sueño y el sexo. No tienen nada que ver con el pensamiento, sino que son las respuestas necesarias para la existencia, tanto del individuo como de la especie. En este sentido, la homosexualidad y el celibato podrían ser «contra natura» si tomamos en cuenta el punto de vista simplista según el cual una y otro, de alguna manera, impiden la reproducción de la especie humana;[80] sin duda, no disminuyen en absoluto la existencia del individuo.[81] Tomás de Aquino, sin embargo, no muestra que la homosexualidad impida la reproducción de la especie: sólo podría hacerlo en caso de que fuera lógicamente necesario que, si unos hombres incurren en actos homosexuales, todos tienen que ser exclusivamente homosexuales. De otra manera, la posición de la homosexualidad podría considerarse en el mismo sentido que un deseo «no natural» (o celibato): innecesaria, pero no mala.

Sin embargo, esta dificultad resulta nimia en comparación con la asombrosa revelación que sigue a la segunda definición, según la cual la homosexualidad podría ser en realidad completamente «natural» a un individuo dado, en ambos sentidos de la palabra. «Podría ocurrir, pues, que algo que se oponga a la naturaleza humana, ya sea en relación con la razón, ya con la preservación del cuerpo, puede llegar a ser para un individuo en particular, debido a algún defecto de la naturaleza en él.»[82] No hay que entender que el «defecto» de naturaleza que aquí se menciona implique contravención alguna de las «leyes naturales». Santo Tomás compara con el agua caliente esta suerte de homosexualidad «innata»: aunque el agua no sea «naturalmente» caliente, puede ser perfectamente «natural» que, en determinadas condiciones, se vuelva caliente.[83] Aunque el ser homosexual pueda no ser «natural» para los seres humanos en general, es sin duda completamente «natural» para individuos particulares.

Esta etiología circunstancial de la homosexualidad no puede tomarse en sí misma como señal de inferioridad moral. Tomás de Aquino también creía que las mujeres eran producto de circunstancias «defectuosas» (la. 92. 1): si la concepción tiene lugar en condiciones completamente «naturales», los engendros serán siempre varones («pues la fuerza activa de la simiente masculina tiende a producir algo semejante a ella misma, perfecto en masculinidad»),[84] pero si interviene alguna peculiaridad –un defecto en el esperma o semen o el predominio de un viento húmedo del sur en el momento de la concepción–, entonces nacerán mujeres (aquí cita a Aristóteles). Aunque santo Tomás creyera que, en este sentido, las mujeres eran varones «frustrados», y aunque considerara que las mujeres eran inferiores a los hombres en muchos sentidos prácticos,[85] no se puede argumentar que juzgara que la condición de feminidad fuera moralmente reprehensible, ni que la conducta que deriva de la «naturaleza» femenina fuera moralmente inferior porque no representaba la intención primaria de la «naturaleza», y en realidad ambas son «naturales» para los individuos en cuestión.

Además, en opinión de Tomás de Aquino, todo lo que de alguna manera es «natural» tiene una finalidad, y la finalidad es buena: «Las inclinaciones naturales se dan en las cosas a causa de Dios, que mueve todas las cosas […] Cualquiera sea el fin de algo natural, no puede ser malo en sí mismo, puesto que todo lo que existe naturalmente ha sido dispuesto por la providencia divina para que cumpla alguna finalidad.»[86] Puesto que tanto la homosexualidad como la feminidad se dan «naturalmente» en algunos individuos, no se puede decir de ellas que sean intrínsecamente malas, y ambas deben tener un fin.[87] La Suma teológica no desarrolla cuál podría ser el «fin» de la homosexualidad, pero esto no sorprende si se tiene en cuenta los prejuicios de la época.

Entonces, si la «naturaleza» del hombre en general consiste en desear cosas que los animales necesitan o de las que gozan «naturalmente» (la. 2ae. 30) y si la «naturaleza» de algunos animales consiste en desear el coito homosexual (la. 2ae. 31), ¿en qué sentido podrían ser «no naturales» o «antinaturales» los actos homosexuales? En este tercer comentario sobre la homosexualidad, aunque vuelva a referirse a la «naturaleza animal», que, como ya ha admitido, no debería limitar la conducta humana, Tomás de Aquino da ciertas claves sobre el verdadero origen de su actitud respecto de la «no naturalidad» de la conducta homosexual:

 

Debe notarse que podemos referirnos a la naturaleza humana como lo peculiar al hombre, y en este sentido todos los pecados, en la medida en que se oponen a la razón, se oponen a la naturaleza (como lo afirma san Juan Damasceno);[88] o bien como lo que el hombre tiene en común con otros animales, y en este sentido se dice de ciertos pecados particulares que son contra natura, así como el coito entre machos (que es el vicio específicamente llamado contra natura) es contrario a la unión de macho y hembra natural en todos los animales.[89]

 

En último término, santo Tomás admite más o menos francamente que su categorización de los actos homosexuales como «no naturales» es una concesión al sentimiento y al habla populares. Puesto que, desde el punto de vista teológico, todos los pecados son por fuerza «no naturales», es lisa y llanamente redundante argumentar que la homosexualidad es pecaminosa porque «no es natural»; la pecaminosidad de los actos homosexuales debería mostrarse prescindiendo de que, desde el punto de vista teológico, sean inmorales por su «no naturalidad»; pero Tomás de Aquino no podía exponer ningún argumento contra la conducta homosexual que hiciese de ella algo más grave que el comer en exceso y, además, admitía que el deseo homosexual derivaba de una condición «natural», lo cual conduciría lógicamente a la conclusión de que la conducta resultante no sólo es inocente, sino también «buena».[90]

Pero a los actos homosexuales «se les llama el vicio antinatural», observa el filósofo, porque no tienen lugar entre los animales, y se inclina ante los patrones lingüísticos y las nociones zoológicas de sus contemporáneos. Tomás de Aquino no era un innovador; la posición de la Suma teológica, tanto en esto como en muchas otras cuestiones, fue una respuesta a las actitudes populares, no el origen de las mismas. No es demostrable que los argumentos con los que este filósofo y sus contemporáneos justificaban la calificación de los actos homosexuales como los más graves de los pecados sexuales (y según algunos, de todos los pecados), deriven de la tradición moral occidental, pero todos ellos habían sido aplicados al tema homosexual tanto en la legislación civil como en la diatriba popular con anterioridad a la redacción de la Suma. El poema satírico Quam pravus est mos precedía en más de un siglo a cada uno de los argumentos capitales de santo Tomás contra la homosexualidad gay que la despreciaban por ser desconocida entre los animales, por ser una violación a la «naturaleza», un abandono de la razón y un impedimento para la reproducción de la especie humana.[91] Alberto Magno, Vincent de Beauvais y santo Tomás de Aquino escribieron en sociedades que ya habían aprobado una legislación contra la conducta homosexual y en las cuales la hostilidad popular para con los gays se estaba convirtiendo en un tópico de la literatura. La redacción de la Suma no dio comienzo hasta 1265, después de la incorporación de las disposiciones anti-gays a los códigos de Castilla, Francia y ciertas regiones de Italia, de donde santo Tomás era oriundo. Y aunque la oposición a los actos homosexuales basados en la necesidad «natural» de procreación debieran aplicarse a toda la sexualidad no procreadora, en realidad la mayoría de los teólogos, como Alberto Magno, sólo dirigieron sus condenaciones a los gays; otros, como santo Tomás, aunque admitían que todos los vicios eran «antinaturales», usaban este término para referirse específicamente a la homosexualidad.

La posición de santo Tomás y de otros destacados teólogos medievales con respecto a la homosexualidad parece haber sido más una respuesta a las presiones de la antipatía popular que a la gravitación de la tradición cristiana, pero esto no implica que la Suma no haya ejercido influencia en actitudes posteriores. Debe reconocerse que a menudo el contexto de una acusación es tan corrosivo como el cargo mismo: santo Tomás no influyó en su público tan sólo porque apeló a los conceptos populares de «naturaleza», sino también porque asoció la homosexualidad a una conducta que provocaba reacciones de horror y de miedo. No comparó los actos homosexuales con otros ejemplos de exceso sobre lo necesario, como la borrachera o el comer en demasía, ni con otras conductas que se suponen extrañas a los animales, como decir mentiras o falsificar dinero, sino con el tipo más repugnante de actos violentos o desagradables, como el canibalismo, la bestialidad[92] o el comer inmundicia. En verdad, al sugerir subliminalmente a sus lectores del siglo XIII que la conducta homosexual pertenecía a una categoría de acciones o bien violentamente antisociales (como el canibalismo), o bien enormente peligrosos (como la herejía),[93] Tomás de Aquino la transfería, sutil pero definitivamente, de su posición anterior entre los pecados de exceso o desenfreno, a un grado nuevo y singular de pecado entre los tipos de conducta más temidos por la gente común y más severamente reprimidos por la Iglesia.

Además, para los gays revestía una significación muy particular el que las ideas de santo Tomás sobre homosexualidad triunfaran precisamente en el momento en que la Iglesia empezaba a imponer la ortodoxia con más rigor que nunca e insistía en que se aceptaran en todos los detalles no sólo los pronunciamientos infalibles de los papas y los concilios, sino también todos los juicios de los teólogos ortodoxos. Aunque el propósito no fuera el de erradicar la aceptación de la homosexualidad en particular, la consecuencia fue la eliminación del seno de la Iglesia de toda opinión que no se acordara con la teología aceptada en todas las cuestiones, y puesto que la autoridad de samo Tomás terminó por convertirse en regla, la aceptación de la homosexualidad dejó de ser una opinión segura para los católicos, que se hacían así pasibles de persecución por herejía.

Debido a la naturaleza extraordinariamente conservadora de la teología católica y a la persistencia de los prejuicios que animaron los desarrollos teológicos hostiles del siglo XIII, la oposición popular a la homosexualidad, una vez oficialmente expresada en los escritos de santo Tomás y de sus contemporáneos, continuó influyendo en las actitudes religiosas y morales hasta bien entrados los tiempos modernos. Sin embargo, hay que recordar que, en general, las respuestas intelectuales a la homosexualidad eran más bien reflejo que causa de intolerancia. A este respecto vale la pena observar que, cualquiera sea el criterio objetivo que se tenga en cuenta, la tradición moral medieval se oponía con mucho mayor fuerza a la usura que a la conducta homosexual. A diferencia de la homosexualidad, la usura había sido condenada de forma casi unánime por los filósofos del mundo antiguo como mezquina, degradante y contraria a la «naturaleza», tanto porque violaba la bondad que los seres humanos deben desplegar entre sí en momentos de necesidad, como porque representaba un crecimiento «antinatural» del dinero (el usurero no hacía nada para merecer el incremento que en él revertía, y en consecuencia el dinero crecía de manera «no natural» o «antinatural»). Debido a que se pensaba que explotaban a los pobres, que eran quienes más necesidad de préstamos tenían y menos capacidad para afrontar el pago de intereses, en todas partes se contemplaba con disgusto a los usureros. Cicerón los coloca en la misma categoría que a los abusadores sexuales de menores.[94] En el mandamiento de Jesús de «prestar sin esperanza de recibir nada por ello» (Lucas, 6: 35), los primeros teólogos vieron universalmente la extensión, a toda la comunidad cristiana, de las prohibiciones levíticas de usura entre judíos.

El argumento ético contra la usura fue considerablemente más vigoroso que el argumento contra la homosexualidad. En apoyo de esto podrían citarse muchos otros pasajes bíblicos que, sólo con una ligera restricción, incluyen las constantes condenaciones de los ricos por parte de Jesús.[95] La «ley natural» lo prohibía. Los Padres de la Iglesia lo prohibieron. Los mismos teólogos que influyeron en la condenación de la homosexualidad prohibieron en forma absoluta y en términos inequívocos el préstamo de dinero a interés: Pedro Cantor, Alberto Magno y santo Tomás de Aquino.[96] También la condenaron multitud de concilios, comenzando por el de Nicea, el más famoso, e incluyendo docenas con anterioridad a las definitivas y rigurosas proscripciones de los Lateranenses I, III y IV.

Hacia el siglo XIV, en el derecho de la Iglesia la usura era objeto de penas más severas que la «sodomía», y se descalificaba a ambas exactamente en los mismos términos. El más famoso de los comentaristas de derecho canónico, Panormitano, la menciona explícitamente con la sexualidad «antinatural»: «Toda vez que los seres humanos pecan contra la naturaleza, ya sea en coito sexual, en adoración de ídolos o en cualquiera otro acto antinatural, la Iglesia siempre puede ejercer su jurisdicción […] pues esos actos ofenden a Dios Mismo, pues Él es el creador de la naturaleza. Por esto Jean Lemoine pensó […] que la Iglesia podía perseguir a los usureros y no a los ladrones, porque los usureros violan la naturaleza al incrementar el dinero, el cual no se incrementa naturalmente».[97]

Dado que los usureros eran ricos casi por necesidad, en un principio el derecho civil los persiguió más ferozmente aún que a los gays. Las mismas leyes que en el siglo XIII penalizaban a los gays –el Coutumes de Touraine-Anjou, los Etablissements, etc.– estipulaban que la propiedad de quienquiera hubiese practicado la usura hasta un año antes de su muerte sería confiscada automáticamente para el rey. Muchos estatutos locales autorizaban a los nobles a aplicar esa misma y tan lucrativa pena. También se emplearon procedimientos menos sensatos. Por ejemplo la cruzada contra los albigenses llamaba por igual usureros y herejes a quienes eran blanco de su animadversión. Los primeros eran incluso enemigos más tentadores para los nobles del norte, escasos de dinero.

Pero la teología, la ética, el derecho e incluso las cruzadas carecían de poder contra una práctica que satisfacía cada vez más las necesidades de una época en que pronto dejaron de recibir el sostén de la amplia antipatía popular. En la medida en que la mayoría de los usureros eran judíos, el prejuicio suministró una energía visceral a la persecución de la usura, pero hacia el siglo XIV el interés en la banca involucró también a menudo a la mayoría cristiana, y la base emocional de la oposición a dicha práctica se vio permanentemente erosionada por su manifiesta utilidad y creciente familiaridad. Como parte de la vida cotidiana de la cultura mayoritaria, su antigua indeseabilidad terminó por parecer tan lejana que se sorteó la tradición ética contra ella con el ingenioso recurso de declarar que las viejas proscripciones sólo eran aplicables a quienes exigían un interés excesivo.

Hubo pocas razones populares que hicieran necesaria la reinterpretación de la censura a gays, judíos, brujas u otros grupos que seguían siendo objeto de sospecha o de odio por parte de la población general. Los prejuicios, que tanta responsabilidad habían tenido en las condenaciones eclesiásticas siguieron animándolas, y la mayoría de ellos se mantuvo incólume durante la Reforma. Está claro que los destinos de tales grupos, así como de sus miembros individualmente considerados, presentaban grandes diferencias en distintos lugares y distintos momentos; esta historia está todavía por escribirse. Pero, por un período muy largo, fue muy escaso el cambio que se produjo ante ellos en las actitudes públicas e institucionales, y la historia de esas actitudes ante los gays –al menos en sus líneas más generales– es la que ya hemos contado aquí. Las sanciones religiosas y el soporte intelectual que creó la teología medieval tardía cristalizaron en la expresión pública y oficial de tales actitudes en el siglo XIII y prolongaron sus efectos durante los siglos posteriores; esta expresión inspiró la vehemente antipatía de las masas y al mismo tiempo se nutrió de ella. Solamente cuando esta última se debilitó y allí donde lo hizo, esos grupos experimentaron una mejoría general de su fortuna. En el caso de los gays, los cambios fueron relativamente raros y pertenecen a una época que trasciende con mucho los límites de este estudio.

 

 

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[1] «…Más sórdido, aunque no moralmente peor, que esos [llenos de vanidad y de pompa mundana] son aquellos en quienes no ha quedado casi nada de humano, a quienes su obscena lujuria ha convertido en animales» (Alii etsi non deteriores, certe sordidiores, quibus pene de homine nihil est, quos obscoena turpitudo transformauit in bestias, De speculo caritatis, 3. 40. 111 [Hoste y Talbot, p. 160]). La traducción que Walker y Webb han hecho de este verso (p. 140) es particularmente libre y engañosa. Cf. De institutione inclusarum 32, (Hoste y Talbot, p. 674).

[2] De sanctimoniali de Wattun, PL, 195: 793: Sicut equus et mulus quibus non est intellectus irruit in virum quem feminam esse putabat.

[3] Sobre el tema de la «naturaleza» a finales de la Edad Media, véase los ensayos reunidos en La filosofia della natura nel medioevo: atti del terzo Congresso internazionale di filosofia medioevale, Milán, 1966, esp. T. Gregory, «L’idea di natura nella filosofía medievale prima dell’ingresso della física di Aristolele –il secolo XII», y F. van Steenberghen, «La philosphie de la nature au XIIIe siécle»; Brian Stock, Myth and Science in the Twelfth Century, Princeton, N. J., 1972; M. D. Chenu, Nature, Man and Society in the Twelfth Century, trad. J. Taylor y L. K. Little, Chicago, 1968, y La théologie au douzième siècle, París, 1957; Curtius, European Literature; Dronke, Medieval Latin; George Economou, The Goddess Natura in Medieval Literature, Cambridge, Mass., 1972; R. Klibansky, The Continuity of Platonic Tradition during the Middle Ages, Londres, 1950; E. C. Knowlton, «The Goddess Natura in Early Periods», en Journal of English and Germanic Philology, 19 (1920), pp. 224-253; Pellicer, Natura, étude sémantique; F. J. E. Raby, «Nuda Natura and Twelfth-Century Cosmology», en Speculum, 43, 1968, pp. 72-77; véase también las obras sobre «derecho natural» citadas infra, n. 41, y Nicole Grévy-Pons, Celibat et nature: une controverse médiévale –à propos d’un traité du début du XVe siècle, París, 1975.

[4] Los círculos eruditos han prestado escasa atención a los bestiarios, a pesar de su popularidad y de la enorme influencia que ejercieron. Es probable que el mejor estudio al respecto sea el de Florence McCulloch, Medioeval Latin and French Bestiaries, Chapel Hill, N. C., 1962, que puede complementarse con Francis Klingender, Animals in Art and Thought to the End of the Middle Ages, Cambridge, Mass., 1971, y P. A. Robin, Animal Lore in English Literature, Londres, 1932. Tratamientos más breves, pero menos generales, pueden hallarse en M. James, «The Bestiary», History, n.s., 16, núm. 61, 1931, pp. 1. 11; y Modern Language Quarterly, 2, 1941, pp. 191-199.

[5] Nam et naturales actus pecorum per spiritualem intelligentiam reperiuntur in moribus hominum; sicut et in hominibus aliquid invenitur, quod ad officia pertineat angelorum. Rerum quippe conditor omnipotens Deus, sicut terrena quaeque ad usum hominum condidit; sic etiam per ipsas naturarum vires, et necessarios motus, quos brutis animalibus indidit, hominem salubriter informare curavit. Ut in ipsis pecoribus homo possit addiscere quid imitari debeat, quid cavere, quid ab eis mutuari salubriter valeat, quid rite contemnat, De bono religiosi status et variarum animantium tropologia, 2, PL, 145: 767.

[6] Ibíd., 5: 769-770.

[7] Ibíd., 17: 777-778; 19: 780.

[8] Sería imposible proporcionar aquí un catálogo de los bestiarios que contienen alusiones a estos animales y a su sexualidad. El lector común encontrará útiles las referencias de McCulloch. Además de las obras que se citan infra, véase, para la hiena, el importante bestiario inglés del siglo XII, traducido por White, The Bestiary, pp. 31,32; el bestiario vernáculo del siglo XIII de Guillermo de Normandía, Le bestiaire: Das Thierbuch des normannischen Dichters Guillaume le Clerc, ed. R. Reinsch, Wiesbaden, 1967, pp. 290-293; y el bestiario italiano en M. Goldstaub y R. Wendriner, Ein tosco-venezianischer Bestiarius, Halle, 1892, pp. 183-185, con notas. Para la comadreja, véase análisis y notas en Goldstaub y Wendriner, pp. 291-293; y Ricardo de Fournival, Bestiaire d’amour, ed. Cesare Segre, Milán, 1957. pp. 26, 115; Libellus de natura animalium, ed. J. Davis, Londres, 1958, s.v. «mustela»; el bestiario de Cambrai, ed. E. B. Ham, Modern Philology, 36, 1939, pp. 225-237, esp. sec. 1, p. 233; el bestiario provenzal «Aiso son las naturas d’alcus auzels e d’alcunas bestias», en Karl Bartsch, Provenzalisches Lesebuch, Elberfeld, 1855, p. 163; y el Liber de naturis rerum, de Tomás de Cantimpré, Cambridge, Mass., Houghton Library MS, Lat, 125, fol. 44, s.v. «mustela», donde la idea de que concibe por la boca se atribuye a «Clemens papa». Para la liebre, véase infra, notas 15-17.

[9] En los escritos de Trotula, por ejemplo, los testículos de la comadreja son un anticonceptivo: véase On the Diseases of Women, trad. Elizabeth Mason-Hohl, Los Ángeles, 1940, p. 18.

[10] Li Livres dou trésor de Brunetto Latini, ed. F. J. Carmody, Berkeley, 1948, 188, p. 166.

[11] De bestiis et aliis rebus, 61-62; actualmente se discute acerca de su autoría; probablemente sea de finales del siglo XI o comienzos del XII (PL, 177).

[12] Las referencias más recientes a las numerosas obras que podrían citarse sobre este tema se hallarán en Dorothee Metlitzki, The Matter of Araby in Medieval England, New Haven, 1976, esp. pp. 10-13, 13-49; una exposición más limitada, pero de concisión admirable, es la de Richard Walzer, «Arabic Transmission of Greek Thought to Medieval Europe», en Bulletin of the John Rylands Library, 19, 1945-46: 160-183. Para Aristóteles, es indispensable Medieval Latin Versions of the Aristotelian Scientific Corpus, de S. D. Wingate, Londres, 1931.

[13] Esto es, además de la violación que los machos hacen de la «ley de la naturaleza» al parir la cría, las hembras violan incluso la ley de su «naturaleza inferior» por superfetación. Nótese que, en este parágrafo, «naturaleza» se usa en varios sentidos diferentes.

[14] Neckam o bien interpreta mal, o bien tergiversa deliberadamente la serie tradicional de acontecimientos del relato de Tiresias. Cf. Ovidio, Metamorfosis, 3. 316 ss.

[15] De naturis rerum, 134, ed. Thomas Wright, Londres, 1863, pp. 215-216: Ferunt leporem characterem sexus nobilioris habentem lepusculos in utero gestitare. Numquid eum hermaphroditum prodigiosa natura fecit? Addunt etiam in utero materno cum lepusculis tenellis grandiusculos tempere priori conceptos contineri, in quo derogari videtur legi naturae inferioris. Lepores initari dicuntur qui jus naturae offendunt effoeminati, majestatis summae naturae rei. Non immerito Tiresias indignationem Saturniae sensisse perhibetur, lumine privatus. Divinae enim potentiae indignationem incurrunt, exiegem legem adoslescentis Phrygii sequentes, et, dum lumine gratiae privantur, in tenebras exteriores mitti promerentur. Problablemente este pasaje deriva de Plinio, Historia natural, 8. 81. 218-219, aunque la dependencia no es del todo clara, y también hay otras fuentes posibles. Bernabé y Novaciano sugirieron que la homosexualidad era una debilidad o una asociación con el conejo, pero en el siglo XII ninguno de ellos era bien conocido en Occidente. Ni Aristóteles, ni el Physiologus acusaron de hermafroditismo a la liebre, aun cuando el primero hizo mención de la tendencia de la liebre a la superfetación. El tratamiento que Timoteo de Gaza hace de la liebre pasó al saber zoológico de los musulmanes por lo menos en el siglo IX (por ej., en Ibn Qutayba ‘Uyum al-Ajbār, 4.28.2, El Cairo, 1925, 2, p. 93) y no cabe duda de que Neckam había tenido acceso a las fuentes árabes (véase George Sarton, Introduction to the History of Science, Baltimore, 1927, pt. 2, 1, pp. 385-386; también Metlitzki). Resulta especialmente interesante que la liebre fuera objeto de ataque en el posterior saber zoológico inglés (para otro ejemplo, véase White, p. 10), ya que hubo una influyente tradición inglesa de uso medicinal de las liebres: véase el «Penitencial de Teodoro», 11.5 (McNeill, p. 208); «La liebre se puede comer, y es buena para la disentería; y la hiél de este animal debe mezclarse con pimienta para combatir el dolor». Véase también O. Cocrayne, Leechdom, Wortcunning, and Starcraft of Early England, Londres, 1864, 1, pp. 343-347. En su análisis de la comadreja (123) y de la hiena (151), Neckam se apoya en los sobrios relatos de Isidoro de Sevilla y de Solino, respectivamente, que rechazan o ignoran la asociación sexual tradicional de estas criaturas.

[16] Bartolomé fue un franciscano inglés que escribió su De rerum proprietatibus durante la primera mital del siglo XIII. Lo mismo que el Speculum majus de Vincent de Beauvais, fue copiado y vorazmente leído en toda Europa, pero dado que su longitud equivale aproximadamente a un décimo de la longitud de la enciclopedia de Vincent, su popularidad fue mayor aún. Casi todas las bibliotecas importantes de Europa tienen manuscritos de De rerum (sólo París tiene más de dieciocho), que ha sido íntegramente traducido al francés, al inglés y al castellano. Bartolomé acepta los cambios de sexo de la hiena (18. 59), aunque es consciente de que Plinio, cuando lo negaba, seguía a Aristóteles. Bartolomé repite tamo el saber médico como el sexológico en relación con la liebre (18. 66), el último de los cuales deriva por completo de Plinio. Para la comadreja (18. 72), se apoya en la información realista y limitada de Isidoro (complementada con Plinio y Aristóteles) y rechaza las supuestas debilidades sexuales del animal.

[17] Liebre (lepus): Speculum doctrinale, 15. 90; Speculum naturale 18. 61-62. Comadreja (mustela): Speculum doctrinale, 15. 96; Speculum naturale, 19. 34. Estas ideas sobrevivieron en obras zoológicas inglesas serias casi hasta los tiempos modernos: véase Izaak Walton, Compleat Angler, cap. 5.

[18] Véase supra, p. 532, n. 60.

[19] Una compilación latina de alquimia árabe interpolada en Turba philosophorum impresa en Quellen und Studien zur Geschichte der Naturwissenchaften und der Medizin, ed. Julius Ruska, Berlín, 1931, vol. 1.

[20] Ibíd., p. 326.

[21] Véase explicación en Ruska, p. 324. El hijo del rey se llama Cabritus, que para Ruska es la traducción latina del árabe kibrit, «azufre»; está convencido de que se casará con su hermana Beua, lo que Ruska interpreta como una forma mutilada del árabe baida, «mercurio». Metlitzki acepta la interpretación de Ruska (pp. 84-85).

[22] Ruska, p. 327.

[23] Íntegramente traducido en Ap. II, «Una perversa costumbre».

[24] De contemptu mundi, p. 80, verso 4: Mas maris immemor, o furor (!) o tremor (!) est ut hyena. Verso 28: Nescit ea pecus, aut canis, aut equus, asi homo totus. Cf. p. 81, verso 3: Bestia non sapit

[25] 4. 162: Inter quae animalia cuncta, / Foemina foeminea correpta cupidine nulla est; Vir facie, mulier gestu, sed crure quod ambo. / Es lepus… Las citas están tomadas de las Metamorfosis, 9. 733-734, de Ovidio y de los Epigramas, 52, PL, 63: 344, de Enodio. En el lib. 15 de la misma obra, Vincent acepta como un hecho la leyenda que dio origen a la burla de Enodio (sec. 90: Lepus autem sexum suum per annos singulos mutat), de manera que es muy poco probable que no comprendiera bien su significado. La aparente contradicción es tanto más asombrosa cuanto que en «Speculum morale», atribuido a Vincent e impreso como parte del Speculum Majus (o Bibliotheca mundi), se invocan (3.9.2: «De speciebus luxuriae») los argumentos de Tomás de Aquino acerca de la índole antinatural de la homosexualidad.

[26] 34. 1-2: Non aves aut pecora debet imitari / Homo, cui datum est ratiocinari, Lenzen, p. 177.

[27] Bernard Silvestris De mundi universitate libri duo sive megacosmus et microcosmus, ed. C. S. Barach y J. Wrobel, Innsbruck, 1876.

[28] Bruta patenter habent tardos animalia sensus, / Cernua deiectis vultibus ora ferunt, 10. 27-28, Barach, p. 55.

[29] Tollet homo sanctum solus ad astra capul, ibíd. 30. Cf. Ovidio, Metamorfosis, 1. 84-86.

[30] Análisis en Stock, Myth and Science, Economou, The Goddess Natura, ofrece un resumen del poema en pp. 151-158.

[31] De planctu naturae, PL, 210: 451-482; o bien en Wright, Anglo-Latin Satirical Poets, 2, pp. 429-522; traducción de Douglas Moffat en The Complaint of Nature by Alain de Lille, Yale Studies in English, vol. 36, 1908; reed., Hamden, Conn., 1972. Para la relación entre las obras de Alain y las de Bernard, véase Stock, esp. pp. 282-283.

[32] En Wright, 2, p. 414: Conqueruntur jura; leges armantur, et ultore gladio suas effectas injurias vindicari. El uso del indicativo, en vez del imperativo del original, da a entender que Alain pensaba que se estaban tomando medidas para ilegalizar tal conducta. Cf. la cita más precisa de Pedro Cantor.

[33] Arsfidei catholicae, Tractatus contra haereticos, y también Theologicae regulae, PL, 210.

[34] En su tratado De virtutibus et vitiis Alain definía como peccatum contra naturam cualquier emisión de semen fuera del recipiente a él destinado (esto es, la vagina: Peccatum contra naturam est quando extra locum ad hoc deputatum funditur semen. Art. 1, publicado en O. Lottin, Psychologie et morale aux XIIe et XIIIe siècles, Gembloux, 1960, 6: 75), pero en la mayoría de sus escritos la emplea indudablemente para referirse a la conducta homosexual.

[35] En cierta medida, la popularidad de la naturaleza se debía a la fascinación de los contemporáneos por las figuras femeninas semidivinas idealizadas (las Musas, la Razón, «la Dama Pobreza»), etc.: véase Joan Ferrante, Woman as Image in Medieval Literature from the Twelfth Century to Dante, Londres, 1975.

[36] Economou, Goddess Nature, es la mejor descripción general de este proceso; véase también Curtis, pp. 106-127, 444 ss.; Dronke, Poetic Individuality, pp. 17, 21, 159 ss., etc.

[37] Gilberti Porretae commentaria in librum De Duabus naturis et una persona Christi, «De natura», PL, 64: 1359-1368. Cf. Juan de Salisbury, Metalogicon, 1. 8.

[38] Distinctiones dictionum theologicalium, s. v. «natura», PL, 210: 871.

[39] Ibíd.: 1) todo lo que es conocido (omne illud qui quod modo potest intelligi) 2) todo lo que existe físicamente («actúa o recibe la acción exterior»: quidquid agere vel pati potest); 3) la propiedad por la cual se define algo (las «naturalezas» divina y humana de Cristo); 4) una cualidad inherente desde el origen mismo (por ej., la facultad de pescar es «natural» a los ángeles); 5) las características esenciales de una cosa; 6) un defecto inherente (vitium inolitum), como cuando se dice que alguien muere por «causas naturales» (de natura); 7) algo característico de la vida o que conduce a la vida (por ej., el calor corporal); 8) lo que es común a todos los seres humanos, como el concepto de bien y de mal; 9) la forma reproducible (Alain considera que, en este sentido, la Encarnación es «antinatural» o «no natural»). Se cita a Boecio como fuente de los sentidos 1) a 3); a Platón, del 4). (Chenu encuentra once definiciones en el pasaje, y no sólo nueve: Nature, p. 20.)

[40] Quandoque naturale, quod non est contra usum, ut coitus maris cum femina; innaturale, quod est contra usum, de MS, Erfurt, Cod. Q, 117, citado en Chenu, Nature, p. 20, n. 41. Abelardo también equiparó «naturaleza» y «uso» pero, posiblemente debido a su reconocimiento de la frecuencia de la homosexualidad, relacionó luego de modo paranomástico el último con la intención: Qui est contra naturam, et ideo magis abusio dicendus est quam usus. Contra naturam, hoc est contra naturae institutionem, quae genitalia feminarum usui virorum preaparavit, et e converso, non ut feminae feminis cohabitarent, Expositio in Epistolam Pauli ad Romanos, 1, PL, 178-806. El argumento a partir de la intención triunfó en algunos círculos católicos, pero en otros se lo ridiculizó como «fontanería moral». Tomás de Aquino lo rechazó, y en autores medievales posteriores sólo aparece muy raramente. Es interesante que Abelardo limitara sus comentarios a la homosexualidad femenina.

[41] Para un análisis del concepto de «ley natural» en el medioevo tardío, véase, además de las obras ya citadas en este capítulo, Odon Lottin, Le droit naturel chez Saint Thomas d’Aquin et ses prédecesseurs, 2a. ed.. Brujas, 1931; y R. M. McInery, «The Meaning of “Naturalis” in Aquina’s Theory of Natural Law», en La filosofia della natura, pp. 560-566.

[42] 1. 1. 1. 3: Ius naturale est, quod natura omnia animalia docuit. nam ius istud non humani generis proprium: sed omnium animalium, quae in terra, quae in mari nascuntur: avium quoque commune est. Hinc descendit maris atque foeminae coniunctio, quam nos matrimonium appellamus: hinc liberorum procreatio, hinc educatio. videmus etenim cetera quoque animalia, feras etiam, istius iuris peritia censeri. En contraste, el ius gentium est quo gentes humanae utuntur. quod a naturali recedere facile intelligere licet: quia illud omnibus animalibus, hoc solis hominibus inter se commune sit, ibíd., 4. Entre otras dificultades con la definición de Ulpiano, podría observarse que este autor había definido previamente el derecho (ius) como el arte de la bondad y la justicia (Ius est ars boni et aequi; introducción). Dada la distinción clásica entre «naturaleza» y «arte», es difícil de entender cómo pudo Ulpiano considerar el derecho al mismo tiempo como «natural»» y como un «arte».

[43] Etymologiae, 5. 4. 1-2. PL, 82: 199: Jus naturale est commune omnium nationum, et quod ubique instinctu naturae, non constitutione aliqua habeatur, ut: viri et feminae conjunctio, liberorum susceptio et educatio, communis omnium possessio, et omnium una libertas, acquisitio eorum quae coelo, térra marique capiuntur. 2. Item depositae rei vel commodatae restitutio, violentiae per vim repulsio. Nam hoc aut siquid huic simile est, nunquam injustum, sed naturale, aequumque habetur.

[44] Ninguna sociedad secular conocida por Isidoro permitía «la posesión común de todas las cosas» o la libre «adquisición de todas las cosas de la tierra, el mar o el cielo»; y sin embargo, si Isidoro se limitó a describir un estado ideal ¿por qué incluyó el rechazo de la violencia por la fuerza, lo cual violaba tanto el mandamiento mismo (Mat., 5: 39, Lucas, 6: 29) como el claro ejemplo del autor de la «naturaleza» en la filosofía cristiana?

[45] Decretum, Distinctio prima: Jus naturale est, quod in lege et evangelio continetur, quo quisque jubetur alii facere, quod sibi vult fieri, et prohibetur alii inferre, quod sibi nolit fieri. Cf. ibíd., c. 7, para la definición de Isidoro.

[46] Ius naturalis universalius est quod omnia naturalia animalia dictat [sic], Summa in aurea in quattuor libros sententiarum a subtilissimmo doctore magistro Gillermo Altissiodorensi, París, 1500, fol. 287r.

[47] Tertio modo dicitur ius naturale propriissime, quod “natura docuit omnia animalia, Bonaventurae commentaria in quatuor libros sententiarum Magistri Petri Lombardi, 33. 1. 1, Conclusio, Quaracchi, 1889, 4: 748.

[48] Muchos escritores del siglo XIII mencionan al pasar la homosexualidad, y la mayoría la relaciona con conceptos populares de «naturaleza»: Speculum doctrinale (10. 49), de Vincent de Beauvais trata (además de las cuestiones ya analizadas) íntegramente el «crimen de sodomía» con referencia a lo natural. Sin embargo, consiste en un simple agrupamiento de juicios canónicos estándar, extraídos en su mayor parte de exposiciones sobre el coito heterosexual, junto con la afirmación de que la «sodomía» (definida como cualquier emisión de semen fuera del «recipiente adecuado») es más grave que el incesto con la propia madre (es evidente que estos comentarios están dirigidos sólo a varones), y de que tales actos son equiparables al asesinato como pecados que «claman venganza al cielo». Cf. los comentarios de Pedro Cantor, supra. No se han realizado esfuerzos para analizar la importancia exacta del término «naturaleza» en los materiales empleados. Habría sido difícil, puesto que los cuatro textos emplean la palabra en sentidos muy distintos.

[49] Dicendum, quod deformitas omnium peccatorum mensuratur tribus, scilicet gratia, ratione, et natura. Et illud quod est contra gratiam, rationem et naturam maximum est, sicut est sodomia, 2. 18. 122. 1. 4 (en Alberti Magno Ratisbonensis episcopi, ordinis praedicatorum opera omnia, ed. A. Borgnet, París, 1890-1899, 33, pp. 400-401).

[50] Quod autem est contra gratiam et rationem, post hoc majus est, sicut adulterium, p. 401.

[51] Sodomia est peccatum contra naturam, masculi cum masculo, vel foeminae cum foemina, p. 400. En su comentario sobre Lucas, Alberto interpretó una cantidad de pasajes bíblicos como referencia a las relaciones homosexuales. A menudo valiéndose de la más extremada casuística: véase In evangelium Lucas, 17. 29, Borgnet, 23: 488.

[52] En el comentario sobre Lucas, Alberto sostenía que la conducta homosexual es «más abominable» que otros pecados debido a cuatro características: 1) su ardor, que sobrepasa el orden de la naturaleza; 2) su «hedor», que llega al cielo («y bien se dice que su hedor asciende, pues se sabe que este vicio execrable es más común en las clases altas que en las bajas»), 3) su persistencia, «porque cuando se apodera de alguien, casi nunca lo abandona»; y 4) su comunicabilidad, «porque se dice que es una enfermedad contagiosa que se extiende de una persona a otra».

[53] «Estos hombres malvados se descarriaron ya en el vientre mismo de la madre», JB, Sal. 58: 3., citado por Alberto, ibíd., como Sal. 57: 4: Peccatores a vulva, erraverunt ab utero.

[54] De animalibus, 22. 2. 1. 10, ed. Hermann Stadler, en Beiträge zur Geschichte der Philosphie des Mittelalters: Texte und Untersuchungen, Münster, 1920, vol. 16, pt. 2, p. 1360, sec. 23: Alzabo ut in libro sexaginta Animalium dicitur, animal est multum valens medicinae in desertis Arabiae conversans… Dicunt etiam quod pili in eolio huius animalis accepti et misti pulverizati combusti cum pice, unctum in ano sodomitam curant a vitio. La sección sobre el alzabo no aparece en las ediciones más antiguas de De animalibus, incluida la de Borgnet (vols. 11-12), donde la sec. 12. 2. 1. 10 trata del asinus (sec. 1. 7.) en Stadler. No hay duda de que el manuscrito de Colonia que utiliza Stadler para su edición es el mejor de los que han llegado hasta nuestros días. Algunos investigadores –incluido George Sarton– lo consideran de puño y letra del autor.

[55] Jorach etiam dicit quod aliquando [huaena] est mas et aliquando femina… Sed iste Iurach frequenter mentitur, De animalibus, 22. 2. 1. 56 (Stadler, p. 1405, sec. 106). Es curioso que Alberto citara al misterioso Jorach (sobre el cual véase G. Sarton, Isis, 15, 1931, pp. 171-172) como autoridad para una opinión que ya habían emitido Plinio y los autores de la mayor parte de los tratados zoológicos. Pauline Aiken ha mostrado («The Animal History of Albertus Magnus and Thomas of Cantimpré», Speculum, 22, 1947: pp. 205-225) que Alberto apenas hizo uso directo de Plinio, o ninguno en absoluto: en efecto, casi todo el material de De animalibus, está tomado directamente de De naturis rerum, de Tomás de Cantimpré, que en muchos casos incluye interpretaciones bastante torpes de Plinio. En este caso panicular, sin embargo, es evidente que Alberto no siguió a Tomás, quien no cita a Jorach y acepta la sexualidad doble de la hiena: Hyena animal est sepius in sepulchris habitans mortuorum. Duas habet naturas, maris et femine, Liber de naturis rerum, Cambridge, Mass., Houghton Library, MS, 125, fol. 25r, s. v. «hyena». Ni el material de Alberto sobre el alzabo, ni el material sobre la hiena deriva de Tomás de Cantimpré.

[56] Véase, por ejemplo, Kamal ad-Dīn ad-Damīrī, Hayāt al-Hayawān al-Kubrā, Bulak, 1875, 2, pp. 89-90, donde se sugieren propiedades semejantes. Ad-Damīrī dice que acerca de las cualidades curativas de la piel anal de la hiena hay acuerdo general entre los médicos («’atbaqa ‘alayhi al-’atba’», p. 92) y cita como fuentes de su material general sobre este tema a al-Jāhiz, ar-Rāzi, az-Zamajshāri, al-Qazwīni, et al. (p. 89). Las exposiciones de Ad-Damīrī sobre la liebre, la hiena y la comadreja están profundamente influidas por las leyendas griegas y las actitudes cristianas ante la naturaleza «ideal»: véase ibíd., s.v. «dab‘», «’arnab» e «ibn ’irs.»

[57] De los 113 animales del lib. 22. 2 de De animalibus, sólo dos –el alzabo y el alfech– no derivaban de una fuente occidental identificable. Ningún otro tratado zoológico escolástico menciona el alzabo. Aunque no he podido identificar la fuente árabe exacta de la información de Alberto, pienso que lo más probable es que la derivara de una traducción latina mutilada de una enciclopedia zoológica árabe y no de un tratado médico de Ar-Rāzi, como sugiere Stadler. Alberto presenta al animal como si apareciera en el sexagésimo libro de Animalium de Aristóteles, aunque la versión latina de este libro sólo tiene doce libros y no menciona el alzabo árabe. El número sesenta puede corresponder a la sección de la enciclopedia árabe de la cual Alberto extrae el material en cuestión, o bien podría ser que el traductor latino confundiera el árabe sitta («seis», el número del libro de Animalium donde aparece realmente la hiena) por sittūn («sesenta»). Además, tanto alzabo como hahane quebrantan el orden alfabético del manuscrito de Colonia. Esta curiosa circunstancia sería el resultado lógico de agregar la entrada alzabo al texto latino, a partir de una traducción latina de una enciclopedia árabe, también alfabética, en la que hahane aparece dentro del artículo sobre ad-dab‘ como un esfuerzo para reproducir en árabe la palabra griega ‘ύαινα, que es la que en realidad emplea Aristóteles (base de la mayoría de las obras árabes).

[58] El Physiologm fue traducido al árabe en la temprana Edad Media e incluía el relato tradicional de la hiena y sus cambios de sexo: véase Land, pp. 139-140, s. v. al-dab‘. Cf. al-Jāhiz, Kitāb al-Hayawān. Otro ejemplo: véase Vincent de Beauvais, Speculum naturale, 10. 62: De medicinis ex hyaena: Etiam si viri mulierum coitus oderint, spinae illius articulum primum in remediis habent comicialem; este pasaje es casi idéntico al pasaje pertinente de ad-Damīirī.

[59] Casi todos los estudios sobre santo Tomás y su teología se refieren, en cierto modo, a su concepto de «naturaleza». Para estudios más específicos, véase Lottin; y los diversos artículos sobre el tema en La filosofia della natura, (por ej., J. I. Alcorta, «El concepto de naturaleza en Santo Tomás») y en St. Thomas Aquinas, 1274-1974: Commemorative Studies, ed. A. Maurer et al., Toronto, 1974, vol. 1, esp. V. J. Bourke, «The Nicomachean Ethics, and Thomas Aquinas», y M. B. Crowe, «St. Thomas and Ulpian’s Natural Law».

[60] Las posiciones de santo Tomás no se impusieron ni fácil ni inmediatamente. Sus escritos fueron controvertidos en vida del autor y durante un cierto tiempo después de su muerte. Sus enseñanzas sobre la «naturaleza» y la «ley natural», por ejemplo, parecen haber tenido la vigorosa oposición de algunos (por ej., Duns Escoto: véase E. Piernikarczyk, «Das Naturrecht bei Johannes Duns Scotus», Philosophisches Jahrbuch, 43, 1930, pp. 67-91; y M. B. Crowe, «Nature and Natural Law in John Duns Scotus», en La filosofia della natura), y que otros simplemente han ignorado (por ej., Ramón Llull, Liber de natura, 100, en Raymond Lulle, philosophe de l’action, ed. A. Llinarès, Grenoble, 1963; analizado brevemente en R. D. F. Pring-Mill, «La estructura del “Liber de Natura” del Beato Ramón Llull», en La filosofia della natura). Puesto que el único propósito del análisis en este capítulo es arrojar luz sobre la conducta homosexual, no se ha hecho ningún esfuerzo por estudiar la filosofía «natural» posterior a la Summa theologiae. Para ello, véase la bibliografía general supra, n. 3 (p. 547).

[61] Summa theologiae, 2a. 2ae. l54, 2. Resp: Videmus enim in omnibus animalibus in quibus ad educationem prolis requiritur cura maris et foeminae, quod in eis non est vagus concubitus, sed maris ad certam foeminam, unam vel plures, sicut patet in ómnibus avibus; secus autem est in animalibus in quibus sola foemina sufficit ad educationem foetus, in quibus est vagus concubitus; ut patet in canibus et hujusmodi aliis animaliibus. Este argumento es repetición casi textual de una obra anterior (y menos influyente), la Summa contra gentiles, 3. 122, que se analiza infra. La idea de que los seres humanos no deberían imitar a los perros no era original de santo Tomás; si no de otra fuente, pudo haberla conocido a través de la Summa de Alejandro III (Magistri Rolandi), donde se la presenta en un comentario sobre el Decretum de Graciano, Cus 27, Quaes. 1, Thaner, p. 125.

[62] San Buenaventura, en un contexto semejante, había limitado a las tórtolas sus afirmaciones relativas a la monogamia en las aves (Commentaria, 33. 1. 1. Concl., p. 748): Quaedam animalia bruta sunt –licet non omnia– quae coniunguntur in individuam copulam ut sint tunures… En su tratamiento previo del tema (Summa contra gentiles, 3. 122), santo Tomás también observó que sólo algunas aves son monógamas (sicut patet in quibusdam avibus), pero al parecer decidió ampliar sus afirmaciones en la más influyente Summa theologiae.

[63] Por ej., 1) ¿Cómo se sabe que la descendencia humana requiere dos padres? ¿No crían las viudas y los viudos «naturalmente» a sus hijos? ¿Es pecaminoso que críe a los hijos uno solo de los padres? Por cierto que no hay autoridad bíblica sobre este tema: la exhortación de «creced y multiplicaos» no sugiere nada en particular acerca de los deberes de paternidad; Agar tuvo que criar sola a su hijo; a Esther la educó su tío; los comentarios del Nuevo Testamento sobre sexualidad no destacan la procreación, y mucho menos aún la paternidad doble (en realidad, podría argumentarse que el desaliento a los nuevos matrimonios de viudas y viudos constituye un estímulo negativo al respecto). En la Summa theologiae, santo Tomás se contenta con observar que «es evidente que para educar a un ser humano no sólo hace falta la madre que lo alimenta, sino mucho más el padre que instruye, defiende y vigila tanto el desarrollo interior como el bienestar exterior» (2a. 2ae. 154. 2. Resp.); pero en la Summa contra gentiles, explica más explícitamente que el varón es necesario para el cuidado de la criatura humana porque el varón es «más perfecto en razón, para dar instrucción», y «más fuerte en virtud, para ofrecer corrección» (3. 122). Como en el caso de los argumentos acerca de la homosexualidad, fue la posición de la Summa theologica la que influyó más tarde en los moralistas: véase Speculum morale, atribuido a Vincent de Beauvais, 3. 2. 2). ¿Por qué, en cualquier caso, la «fornicación» necesitaría de la ausencia de un padre? Muchos bastardos conocen a sus padres, y en la Edad Media era particularmente común que los hombres reconocieran con cierto orgullo a los que se llamaban (irónicamente) hijos «naturales». En el siglo XV, las dos casas reinantes de España continuaron su linaje a través de descendencia ilegítima, y lo mismo podría observarse de muchas familias gobernantes europeas. Tomás de Aquino se equivoca al responder a esta cuestión, la única de las aquí mencionadas que este autor trata directamente. «No importa –dice– si alguien que comete fornicación debe proveer al sustento del hijo, porque lo que entra en el conocimiento de la ley está determinado de acuerdo con lo que ocurre en general, y no de acuerdo con lo que podría ocurrir en un caso particular» (Summa theologiae, 2a. 2ae. 154. 2. Resp.). Este argumento no sería convincente ni siquiera en relación con el derecho civil, puesto que Tomás ya ha afirmado que el derecho civil no debería intentar restringir todos los vicios, sino únicamente aquellos actos que perjudican realmente a los demás (1a. 2ae. 96-2) y puesto que el concepto de «derecho natural» se predica por entero de lo que debería ocurrir y no de lo que ocurre realmente. Sin embargo, el tema de este artículo no es en absoluto el derecho, sino la moral: lo que santo Tomás intentaba analizar no era por qué el derecho podía restringir la fornicación en general, sino por qué la fornicación sería pecado mortal para el individuo que la cometiera. Su argumento es aquí manifiestamente improcedente a este tipo de consideración, pues ignora la intención –elemento decisivo a la hora de determinar el pecado– y sólo presta atención a las probabilidades estadísticas y a las consecuencias físicas. 3) Si el interés futuro de la descendencia es el elemento determinante de la moralidad de un acto sexual panicular, ¿no producir un hijo al que no se puede proveer adecuadamente es pecado tan grave como producir un hijo al que no se desea cuidar? Esta posición fue adoptada en realidad con reticencia y de manera indirecta por el catolicismo del siglo XX, pero santo Tomás la ignoró por completo.

[64] Ut si quis, verbi gratia, manibus ambulet, aut pedibus aliquid operetur manibus operandum: quia per huiusmodi inordinatos usus bonum hominis non multum impeditur.

[65] Inordinata vero seminis emissio repugnat bono naturae, quod est conservatio speciei. Unde post peccatum homicidii, quo natura humana iam in actu exisiens destruitur, huiusmodi genus peccati videtur secundum locum tenere, quo impeditur generatio humanae naturae.

[66] Summa theologiae, 2a. 2ae. l54. 5, Resp.: patet quod nocturna pollutio nunquam est peccatum.

[67] «Un deber puede ser de dos clases: puede atañer al individuo, en cuyo caso no se lo puede ignorar sin cometer pecado. O bien puede atañer a un grupo, en cuyo caso ningún individuo del grupo está obligado a cumplir con él… El mandamiento relativo a la procreación se aplica a la especie humana en su conjunto, que no sólo está obligada a incrementarse físicamente, sino también a desarrollarse espiritualmente. En consecuencia, para la especie basta con que haya cierta gente que se dedique a reproducirse físicamente», ibíd., 2a. 2ae. l52. 2ad 1.

[68] 1a. 2ae. 31. 7; 1a. 2ae. 94. 3 ad 2; 2a. 2ae. l54. 11-12. De éstos, sólo el último ha sido objeto de atención de los medios académicos en el contexto de las actitudes de la escolástica respecto de la homosexualidad. El primero fue tocado de pasada por McNeill, en The Church, p. 97, pero desgraciadamente la localización del pasaje fue incorrectamente citada en las notas.

[69] Tomás de Aquino emplea «bestialidad» (bestialitas) en tres sentidos diferentes, pero no define ni distingue explícitamente entre ellos. En algunos contextos el término se refiere a conducta «básica» o «primitiva»: lo que Aristóteles llamaba «bestial» en la Etica a Nicómano por su semejanza con el comportamiento de los animales. En otros contextos, emplea el mismo término para designar el coito humano con animales, y en un sitio el adjetivo relativo parece referirse a la manera en que los animales copulan entre sí (11 Resp.; esta extremada falta de coherencia da origen a un absurdo lógico en la organización del artículo 11: en 1 se clasifican los «vicios contra natura» como una subespecie de la «bestialidad», pero en la respuesta a los argumentos, «bestialidad» aparece como una subespecie de «vicios contra natura»). Esta confusión no sólo subsistió, sino que se hizo más pronunciada con los tomistas posteriores. En su Comentario a Romanos, Egidio Romano (Aegidio Romanus, m. 1316) sostenía que la conducta homosexual fue una forma de «bestialidad» (Sufficiat scire coitum masculinum cum masculis et foemininum cum feminis bestialitatem esse), pero aducía como prueba de su pecaminosidad el hecho de que fuera desconocida entre los animales (Aegidii Romani archiepiscopi Bituricensis in Epistolam beati Pauli Apostoli ad Romanos commentarii, en Operum D. Aegidii Romani, Roma, 1555, vol. 1, cap. 1). La posición de Egidio es más complicada aún porque sostiene que los actos homosexuales no sólo son actos contra la «naturaleza» de la especie, sino también del género y del individuo (ibíd.). Para las ramificaciones en literatura, véase, por ej., Alfred Triolo, «“Malta bestialito” in Dante’s “Inferno”: Theory and Image», en Traditio, 24, 1968, pp. 247-292.

[70] Natura est principium motus intrinsecum, 3a. 32. 4. 3.

[71] 11 Resp.: Si non servetur naturalis modus concumbendi… quantum ad alios monstruosos et bestiales concumbendi modos. Tomás de Aquino no explica el principio por el cual determina qué aspectos de la sexualidad animal deberían evitar los humanos (por ej., la posición que adoptan en el coito, como aquí) y cuáles deberían imitar (por ej., la monogamia ornitológica, como supra).

[72] Muchos e incoherentes, que van desde la «naturaleza» del acto venéreo al «orden de la naturaleza». El más prominente es el de «naturaleza humana», que recuerda a Agustín (como supra, cap. Tradiciones teológicas), que sin duda influyó en Tomás de Aquino en esta cuestión, pero la posición de este último es acusadamente distinta.

[73] 2a. 2ae. l54. 2 Resp.; Ideo contra naturam hominis est quod utatur vago concubitu.

[74] Véase infra, n. 89 (p. 558).

[75] Éste es evidentemente el alcance de muchos otros análisis de «naturaleza» y «ley natural» en la Summa, por ej., 1a. 2ae. 91. 2: «No hay duda de que el derecho natural no es otra cosa que la participación de las criaturas racionales en la ley eterna». Cf. el análisis en 2a. 2ae. 153. 2. Resp., donde «razón» ocupa exactamente la misma posición que «naturaleza» en 154: «Debe observarse que en cuestiones humanas es pecado cualquiera cosa contra el orden de la razón, que debe ordenar todas las cosas de acuerdo con sus fines». El mentor de Tomás, Aristóteles, también había fundido «naturaleza» con «razón» y «moralidad»: véase, por ej., Política, 1. 5, en donde se afirma que es «contrario a la naturaleza» que el cuerpo rija la mente, lo cual se considera probado por el hecho de que esta condición tiene lugar únicamente en hombres «inmorales».

[76] 1a. 2ae. 31-7. A menudo los comentaristas han pasado por alto cuánto debe este análisis a la Ética a Nicómano, 7. 5. Sin embargo, es importante observar que Tomás de Aquino se equivocó gravemente en la interpretación de algunos de los comentarios de Aristóteles. A pesar de la afirmación de la Summa en sentido contrario (Philosphus dicit quod quaedam delectationes sunt aegritudinales et contra naturam), Aristóteles no caracteriza como «antinatural» (ni «no natural») la conducta a la que se refiere en esta sección; las acciones a las que se hace alusión se clasifican como «no saludables» (νοσηματώδης), «malignas» (μοχθηρός) o «bestiales» (θηριώδης). Aquino también altera el significado que «bestial» tiene para Aristóteles. Sobre el problema general de cómo utiliza Tomás la Ética, véase Bourke. El comentario de santo Tomás sobre este fragmento de la Ética (lectura 5, comentario 1368-1384) es menos informativo que el tratamiento de la Summa.

[77] Dicendum quod naturale dicitur quod est secundum naturam… Natura autem in homine dupliciter sumi potest. Uno modo, prout intellectus et ratio est potissime hominis natura, quia secundum eam in specie constituitur.

[78] Sed secundae [es decir, nonnaturales] concupiscentiae sunt propriae hominum, quorum proprium est excogitare aliquid ut bonum et conveniens, praeter id quod natura requirit, 1a. 2ae. 30-4 Resp.

[79] Alio modo potest sumi natura in homine secundum quod condividitur rationi, scilicet id quod est commune homini et alias, praecipue quod rationi non obedit, ibíd.

[80] Pero obsérvese que esto contradiría directamente la opinión de Agustín según la cual semejante eventualidad habría de armonizar con la voluntad divina.

[81] En realidad, santo Tomás da a entender que sólo a afecta la supervivencia de la vida individual, aunque resulta extraordinariamente difícil de imaginar cómo podría ocurrir tal cosa.

[82] Ita igitur contingit quod id quod est contra naturam hominis, vel quantum ad rationem, vel quantum ad corporis conservationem, fiat huic homini connaturale, propter aliquam corruptionem naturae in eo existentem, ibíd. Connaturale no tiene en general un sentido distinto de naturale; si alguna diferencia hay, es que lo primero se refiere más a menudo a lo que es «natural» para un individuo en particular –esto es, ojos azules– o a un grupo (piel blanca) que a lo que es «natural» a una especie (pulmones) o a todo el mundo observable (la fuerza de gravedad). Por supuesto que lo que es «natural» a un individuo también es, en tanto pane del individuo, «natural» al todo. Sin embargo, el uso que santo Tomás hace de «naturaleza», y de otros términos relacionados con éste, es tan contradictorio que resulta imposible generalizar acerca de sutilezas terminológicas sin contexto; el lector interesado puede consultar las entradas correspondientes del Index Thomisticus, Stuttgart, 1974, s. v. «connaturalis».

[83] Llama la atención la elección del calor como punto de comparación: la metáfora no deriva de Aristóteles y debe entenderse como una idea del propio Tomás. Para los teólogos primitivos, el calor no sólo había sido «natural», sino parte de la auténtica esencia de la «naturaleza»: una de las definiciones que Alain de Lille dio de «naturaleza» fue «calor»: Dicitur naturalis calor, unde physicus dicit esse pugnam inter morbum et naturam, id est naturalem calorem (Distinctiones, s. v. «natura» [PL, 210: 871]; es la definición 7 de la nota 39, supra); y Thierry de Chartes veía el calor como «el poder creador y la causa eficiente» de todo: De sex dierum operibus, ed. N. Haring, Archives h’histoire doctrinale et littéraire du moyen âge, 22, 1955, pp. 184-200; también Juan de Salisbury, Metalogicon, 1. 8, McGarry, p. 29.

[84] Quia virtus activa quae est in semine maris intendit producere sibi simile, perfectum secundum masculinum sexum, 1a. 92. 1. ad 1.

[85] «La mujer tiene naturalmente [naturaliter] menos carácter [minoris virtutis] y dignidad que un hombre», ibíd., 2.

[86] Summa contra gentiles, 3. 126: Naturales inclinationes insunt rebus a Deo, qui cuncta movet… Illud autem quod est finis aliquarum naturalium rerum, non potest esse secundum se malum; quia ea quae naturaliter sunt, ex divina providentia ordinantur ad finem. Véase Aristóteles, Política, 1. 2: «La naturaleza no hace nada sin una finalidad»; ibíd., 8: «La naturaleza no hace nada sin una función específica, nada sin una finalidad».

[87] Dios no necesita practicar el cambio de la heterosexualidad potencial a la homosexualidad actual para que sea «natural»: para la mutación «natural» no se requiere ninguna fuerza, pues puede ser completamente pasiva (3a. 32. 4 ad 3). Más adelante, en la misma sección de la Summa en la que se acepta la definición aristotélica de «homosexualidad» como «natural» (en un sentido «real»), e inmediatamente después de la descripción de la homosexualidad ya citada, observa: «En realidad, debido a las condiciones diferentes de los seres humanos, sucede que ciertos actos son virtuosos para ciertas personas, como apropiados y adecuados a ellas, mientras que los mismos actos son inmorales para otras personas, como inapropiados a éstas» (1a. 2ae. 94 ad 3: «Lo que es virtuoso para una persona es pecaminoso para otra»). Parecería que santo Tomás se hubiera limitado a admitir que los actos homosexuales eran «apropiados» a aquellos a quienes él consideraba «naturalmente» homosexuales.

[88] De fide orthodoxa, 2. 4, 4. 20, PG, 94: 976, 1196.

[89] Dicendum quod natura hominis potest dici vel illa quae est propria hominis, et secundum hoc omnia peccata inquantum sunt contra rarionem sunt etiam contra naturam, ut patet per Damascenum; vel illa quae est communis homini et aliis animalibus, et secundum hoc quaedam specialia peccata dicuntur esse contra naturam, sicut contra commixtionem maris et foeminae, quae est naturalis omnibus animalibus, est concubitus masculorum, quod specialiter dicitur vitium contra naturam, 1a. 2ae. 94. e ad 2.

[90] Es posible que las normas bíblicas hayan desempeñado un papel en la insistencia de Tomás de Aquino sobre la extremada gravedad de los actos homosexuales, a pesar de la aparente incompatibilidad de esta posición con sus esquemas éticos generales. No obstante, en sus tratados más importantes no se cita la Biblia como fundamento de sus condenas, y sus comentarios bíblicos plantean problemas de enfoque. En su comentario sobre Romanos, 1 (1. 8. 151), por ejemplo, establece una conexión entre homosexualidad y prostitución en el templo como el fundamento de la mala traducción de la Vulgata de 2 Macabeos, 4: 12 (et optimos quosque epheborum in lupanaribus ponere: cf. LXX), mientras que en su comentario a 1 Cor., 6: 9 parece tomar molles como «catamitas» (6. 2. 285: mares muliebria patientes), aunque se contradiga abiertamente con la definición de mollitia que da en la Summa theologiae, 2a. 2ae. l54. 11). La mayoría de los teólogos posteriores retuvo la definición de la Summa.

[91] «Una perversa costumbre.» No es totalmente improbable que este poema fuera familiar a santo Tomás y a otros escolásticos. Probablemente la primera copia fue escrita en Francia, casi seguramente en el siglo X, y aún sobreviven versiones originarias hasta de Oxford y Leipzig y todavía del siglo XIV: es evidente que la obra gozó de considerable popularidad.

[92] Sicut si aliquis delectetur in comestione carnium humanarum, aut in coitu bestiarum aut masculorum, 2a. 2ae. l42. 4. 3.

[93] Sicut in speculativis error circa ea quorum cognitio est homini naturaliter indita, 2a. 2ae. l54. 12 Resp.

[94] Pro Sestio, 8: Despiciens conscios stuprorum ac veteres vexatores aetatulae suae puteali et faeneratorum gregibus inflatus.

[95] Jean LeMoine comentaba que «la usura es condenada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento y también en el derecho canónico, y, por tanto, su castigo pertenece al fundador de los cánones y al vicario de Cristo» (Usura est peccatum inductum ex veteri et novo testamento et ex lege canonica et ideo punitio spectat ad conditorem canonum et ad vicarium Christi), Panormita, Commentaria, 7. 231.

[96] Para Pedro Cantor, véase Verbum abbreviatum, PL, 205: 144-147; para Alberto Magno, In III librum sententiarum, 37. 3 y 3 (Borgnet, 28: 702); para Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2a. 2ae. 78, donde se declara que la práctica es un mal absoluto incluso para los judíos, prescindiendo de cualquier ley en sentido contrario.

[97] Panormita, Commentaria, 7. 180: qualitercunque homines peccent contra naturam, vel in actu venereo, vel adoranda idola, vel alio modo contra naturam, semper ecclesia potest iurisdictionem suam exercere in laicos… Nam ex hoc peccato laeditur ipse Deus, qui est author naturae. Et per hanc rationem sensit Joannes Monachus… quod ideo ecclesia punit usuarios, et non fures seu latrones, quia usurarii delinquunt contra naturam facientes germinare pecuniam, quae naturaliter non germinat. Cf. 241: Judei peccant contra legem suam et contra naturam exercendo usuras. Panormita cita a Inocencio como autor de una observación según la cual, en esta cuestión, la jurisdicción de la Iglesia podría extenderse incluso a los paganos (180).