Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad

Libro

 

Sacerdotes gay

John Boswell, «Conclusiones», en Cristianismo, Tolerancia Social y Homosexualidad, Los gays en Europa occidental desde el comienzo de la Era Cristiana hasta el siglo XIV, Biblioteca Atajos I, Muchnik Editores SA, Barcelona 1998, parte IV El nacimiento de la intolerancia, pp. 351-353.

Conclusiones

El término «conclusiones» quizá sea demasiado grave para el tipo de generalización o de resumen que pueda desprenderse de este estudio; las primeras elaboraciones de todos los fenómenos históricos, por rigurosas que sean, deben considerarse provisionales. De lo que antecede sólo surgen con claridad unos pocos temas. En términos generales, la sociedad romana, por lo menos en sus centros urbanos, no distinguía entre gays y no gays y consideraba el interés y la práctica homosexuales como un aspecto ordinario del abanico del erotismo humano. La primitiva Iglesia cristiana no parece haberse opuesto a la conducta homosexual por sí misma. En la literatura cristiana más influyente, era tema de discusión; ningún autor destacado de esa época consideró «antinatural» la atracción homosexual, y quienes objetaban la expresión física de los sentimientos homosexuales lo hacían en general sobre la base de consideraciones que no guardaban ninguna relación con las enseñanzas de Jesús ni de sus primeros seguidores. La hostilidad para con los gays y su sexualidad se hizo visible en Occidente durante el período de disolución del Estado romano –es decir, entre los siglos III y VI–, debido a factores que no se pueden analizar satisfactoriamente, pero que es probable que abarcaran la desaparición de las subculturas urbanas, la intensificación de la regulación gubernamental de la moral personal y la presión pública a favor del ascetismo en todas las cuestiones sexuales. Ni la sociedad cristiana, ni la teología cristiana en su conjunto, expresaban o daban su apoyo a ninguna forma particular de hostilidad a la homosexualidad, pero tanto la una como la otra reflejaron y finalmente mantuvieron las posiciones que adoptaron ciertos gobernantes y teólogos y que podían utilizarse para descalificar los actos homosexuales.

En consecuencia, durante la temprana Edad Media, los gays pasaron prácticamente inadvertidos. Las manifestaciones de una subcultura distintiva brillan casi por su ausencia en este período, aunque subsisten muchas expresiones individuales de amor homosexual, sobre todo entre clérigos. Para la teología moral del siglo XII, la homosexualidad, en el peor de los casos, era comparable a la fornicación heterosexual, pero más a menudo se mantenía silencio al respecto. Las disposiciones legales eran todavía muy raras y de dudosa eficacia.

El renacimiento de las economías urbanas y de la vida de ciudad, notables hacia el siglo XI, se vio acompañado de la reaparición de la literatura gay y de otras señales de una considerable minoría gay. Los gays eran prominentes, influyentes y respetados en muchos niveles en la mayor parte de la sociedad europea, tanto religiosa como secular. Las pasiones homosexuales se convirtieron en tema de discusión pública y se celebraban tanto en contextos espirituales como carnales. Muy raramente se manifestaba oposición a la sexualidad gay, y cuando ello ocurría, era más bien como afirmación de una preferencia estética que como censura moral; y de esto no quedaban exceptuados los líderes religiosos ni los civiles.

Sin embargo, aproximadamente en la segunda mitad del siglo XII comenzó a aparecer en la literatura popular una virulenta hostilidad, que luego se extendió a la teología y a los escritos jurídicos. Las causas de este cambio no pueden explicarse adecuadamente, pero es probable que tuvieran una estrecha relación con la intensificación general de la intolerancia respecto de los grupos minoritarios, evidente tanto en las instituciones eclesiásticas como en las seculares a lo largo de los siglos XIII y XIV. Las cruzadas contra los no cristianos y los herejes, la expulsión de los judíos de muchas regiones de Europa, el auge de la Inquisición y los esfuerzos para eliminar la hechicería y la brujería, todo ello da testimonio del incremento de la intolerancia para con lo que se apartaba de los patrones de la mayoría y que se instaló por primera vez con fuerza de ley en los Estados corporativos de reciente formación en la Alta Edad Media. Esta intolerancia se reflejaba y a la vez se perpetuaba en las compilaciones teológicas, morales y jurídicas de la Edad Media tardía, muchas de las cuales siguieron ejerciendo durante siglos su influencia en la sociedad europea.

Fuera de estas modestas conclusiones y de los hechos que le sirven de apoyo, poco es lo que se puede afirmar con seguridad. Tan inexplorada está la topografía social de la Europa medieval, que para quien escribe sobre este tema es imposible alentar la esperanza de no conducir a sus lectores a muchos senderos falsos y, ocasionalmente, llegar a un punto muerto. Pero puede sentirse reconfortado en la creencia de que, por lo menos, ha puesto mojones allí donde antes no había nada y de que ha abierto huellas por las cuales otros superarán con abundancia sus más osados avances.

 

 

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