Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad

Libro

 

Sacerdotes gay

John Boswell, «Textos y traducciones», en Cristianismo, Tolerancia Social y Homosexualidad, Los gays en Europa occidental desde el comienzo de la Era Cristiana hasta el siglo XIV, Biblioteca Atajos I, Muchnik Editores SA, Barcelona 1998, Apéndice II, pp. 379-433, y las notas correspondientes que en el original se encuentran al final del texto en las pp. 566-574.

Textos y traducciones

 

Clemente de Alejandría (m. ca. 215)
Paedagogus, 2.10

 

El fin [del matrimonio] es la buena crianza de los hijos [ευτεκνία], así como la razón por la que el agricultor esparce la semilla es la provisión de alimento, pues el objetivo de un hombre dedicado a la agricultura es la recogida de los frutos […] No toda tierra es apta para el cultivo, y aun cuando fuera, no toda ella sería para el mismo agricultor. Pues no se puede sembrar sobre las rocas, ni debería desperdiciarse semilla,[1] pues es fuente de generación y comprende tanto la sustancia de la procreación como el designio de la naturaleza. No cabe duda de que es impío para los designios naturales [κατά φύσιν] el pervertirse irracionalmente en costumbres que no son naturales [παρά φύσιν]. Por ejemplo, considérese cómo Moisés, con su gran sabiduría, repudió simbólicamente la siembra infructífera cuando dijo: «No comerás la carne de la hiena.» Pues no quería que los hombres compartieran la cualidad de ésta ni que probaran por sí mismos tal maldad, puesto que estos animales están bastante[2] obsesionados por el coito.

De la liebre, por ejemplo, se dice que desarrolla un nuevo ano cada año [véase Bernabé, 10; Plinio, 8. 55; etc.], de modo que tiene tantas aberturas como años haya vivido. De aquí que la prohibición de comer liebre represente un rechazo de la pederastia. La hiena por otro lado es, de forma alternada, macho un año y hembra el año siguiente, y por esta razón [Moisés] sugiere que quienes se abstienen de comer hiena no serán muy proclives al adulterio.[3] Aunque estoy de acuerdo en que Moisés, con su gran sabiduría, quiere decir que no hemos de volvernos como esos animales, habida cuenta la prohibición que pesa por igual sobre ellos, discrepo de la interpretación de quienes entienden todo esto de manera simbólica.[4]

La naturaleza nunca se ve obligada a cambiar, y lo que fue creado una vez no puede querer invertirse erróneamente, puesto que el deseo no es naturaleza. El deseo puede alterar el carácter de algo ya creado, pero no puede recrear su naturaleza. Es verdad que muchas aves cambian con las estaciones tanto los colores como las voces, como por ejemplo el mirlo, que –se dice– cambia del blanco al dorado y de una voz suave a otra estridente, o como el ruiseñor, que cambia de color y de canto con las estaciones. Pero no pueden cambiar un ápice de su verdadera naturaleza […] Tampoco se puede creer que la hiena cambie siempre de naturaleza o que la naturaleza misma tenga al mismo tiempo los dos tipos de genitales, los del macho y los de la hembra. Sin duda se equivocan al no tomar en cuenta cómo se dedica la naturaleza a los hijos, ella que es la madre y la engendradora de todas las cosas.

Puesto que este animal [la hiena] es extremadamente lascivo, ha desarrollado bajo la cola, frente al conducto de los excrementos, una suerte de apéndice carnoso de forma muy parecida a los genitales de la hembra.[5] Este diseño de la carne no tiene conducto que lleve a parte útil alguna, quiero decir, ni a la matriz, ni al recto. Por el contrario, sólo consta de una gran cavidad, de donde se desprende su lujuria infructífera, pues los conductos que tienen por finalidad la creación están invertidos. Esto mismo ocurre en el caso de la hiena macho y de la hembra, debido a su pasividad excepcional. Los machos se montan unos a otros, de modo que es extremadamente raro que busquen una hembra. En este animal no es frecuente la concepción, a causa de lo común que es entre ellos la inseminación antinatural. Sobre esta base, a mí me parece que, en el Fedro, Platón se pronuncia en contra de la pederastia, a la que llama «bestial» porque los que se entregan a [este] placer «se desbocan» y copulan a la manera de los cuadrúpedos, esforzándose por engendrar hijos [de esa manera].[6] «Además –como dice el Apóstol [Rom, 1: 26-27] – Dios entregó a los impíos a pasiones infames: pues sus mismas mujeres invirtieron el uso natural por el que es contrario a la naturaleza. Del mismo modo también los varones, desechando el uso natural de la hembra, encendieron su lujuria unos con otros, cometiendo torpezas nefandas varones con varones, y recibiendo en sí mismos la paga merecida de su obcecación.»

Tampoco concedió la naturaleza a estos animales tan libidinosos [el derecho] de montar el conducto para el material de desecho. La orina fluye a la vejiga; la comida no digerida al estómago; las lágrimas a los ojos; la sangre a las venas; la cera a los oídos; el moco es arrastrado a las fosas nasales. Y hay un fundamento cerca del final del intestino, a través del cual se expulsa el material excedente. Sólo en el caso de la hiena, la naturaleza ha dividido esta parte superflua para sus copulaciones «excesivas»[7] y, en consecuencia, está vacío hasta un cierto punto, para uso de las partes libidinosas; pero por la misma razón, el agujero es un callejón sin salida, pues no está diseñado para la procreación. Para nosotros, de esto se desprende con toda claridad que las relaciones físicas entre machos [αρρενομιξίας], siembras infructíferas, coito por detrás [τάς κατόπιν ευνάς] e incompleto, uniones andróginas [τάς ασυμφυεις ανδρογύνους κοινωνίας], todo eso debe evitarse; y debe más bien obedecerse a la naturaleza misma, que desalienta [de tales cosas] gracias a una disposición de las partes que no hace al macho apto para recibir la semilla, sino para sembrarla.

Cuando Jeremías –o el Espíritu Santo que habla por su boca– decía «La cavidad de la hiena se ha convertido en mi casa» [Jer., 12: 9; cf., 7: 11], con repugnancia por la comida de los cuerpos muertos, se refería en un sutil paralelismo con la idolatría; pues la casa del Señor debe estar verdaderamente libre de ídolos. Una vez más. Moisés prohibió comer liebre porque la liebre copula en todas las estaciones y lo hace desde detrás, con el consentimiento de la hembra. Esto quiere decir que es uno de esos animales que se montan por detrás. [La hembra] concibe cada mes y da a luz, copula y engendra hijos, y tan pronto como ha parido es montada de inmediato por la liebre que se encuentre más cerca (pues no se circunscriben a una pareja), vuelve a concebir y otra vez a parir.

En efecto, tiene una matriz doble, y el coito no la estimula suficientemente por una sola cavidad de la matriz, pues todos los vacíos buscan ser llenados; ocurre que cuando está preñada, la otra parte del vientre es presa del deseo y se vuelve apasionada. De aquí que esté constantemente preñada. Lo importante de esta parábola estriba en aconsejar la abstinencia del deseo excesivo, la cópula mutua [έπαλλήλων συνουσιων], las relaciones con mujeres embarazadas, la inversión de los papeles en el coito [αλληλοβασιάς],[8] la corrupción de muchachos, el adulterio y la lascivia. Además, el propio Moisés prohibió rotundamente [esto], sin apelar a la metáfora y mirando las cosas a cara descubierta. «No fornicaréis; no cometeréis adulterio; no corromperéis a los muchachos.»[9] El mandato de la Palabra debe ser observado por todos y no debe violarse nada del mismo; ni deben socavarse los Mandamientos.

El nombre de un mal deseo es hybris [ύβρις][10] y Platón llamó hybriste [ύβριστήν; «Fedro», 254c] al corcel del mal deseo, cuando leyó: «Te has vuelto para mí como sementales obsesionados por las hembras» (Jer., 5: 8).[11] Los ángeles que vinieron a Sodoma nos hicieron saber el castigo que esperaba a la hybris. Pues quemaron a quienes trataban de deshonrarlos allí, en la ciudad y, con un claro signo, demostraron que el fuego es el fruto de la lujuria [cf. 3.8 (PG, 8: 616)]. Como ya dije, el recuerdo de las experiencias de los que vinieron antes que nosotros tiene la finalidad de instruirnos, de tal modo que no nos dejemos corromper por las mismas cosas, sino más bien nos cuidemos de caer en iguales [pecados]. Pues es menester ver a los jóvenes como hijos y proteger a las esposas de los demás como si fueran nuestras propias hijas.

El gobierno más elevado es el gobierno de las pasiones y el control del vientre y las cosas que están en su interior. Pues, si la razón no permite que un hombre sabio mueva ni siquiera un dedo al azar, como afirman los estoicos, ¿cuánto más no deberían controlar las partes sexuales quienes aspiran a la sabiduría? Esta, me parece, es la razón por la cual se lo llama «lo privado», porque es esencial emplear esta parte del cuerpo con más timidez que ninguna otra. Pues la naturaleza nos permite gozar de las uniones legales justas como nos permite hacerlo con las comidas, en la medida en que [dicho goce] sea apropiado, útil y decente; esto es, permite un deseo de procreación. Pero aquellos que persiguen el exceso, caen en lo antinatural[12] y se perjudican a sí mismos al practicar el coito ilegal [cf. Rom., 1: 27].

Pero lo mejor de todo es no mantener nunca relaciones sexuales con muchachos como se haría con una mujer. A este respecto, el Filósofo, instruido por Moisés, dice:[13] «No insemines rocas y piedras, pues de sus raíces no se obtiene naturaleza fructífera». Además, el Mundo ha ordenado lo más claramente posible a través de Moisés: «No yacerás con un hombre como con una mujer. Es una abominación».[14] Y añade: «Abstente también de todo campo femenino» que no sea el vuestro. El buen Platón, recogiendo las Sagradas Escrituras e infiriendo de ellas qué es legal, aconsejó: «No yacerás carnalmente con la mujer de tu prójimo, ni te contaminarás con semejante unión».[15] Pues las siembras de concubinato son ilegítimas y adúlteras. No siembres donde no deseas cosechar, no toques absolutamente a nadie fuera de tu mujer,[16] la única con quien es lícito para ti gozar de los placeres de la carne para la legítima sucesión. Sólo estas cosas son legales, según la Palabra…[17]

 

San Juan Crisóstomo (m. 407)
Comentario sobre Romanos, Homilía 4
(In Epistolam ad Romanos)

 

Por esta causa. Dios les entregó a pasiones infames. Pues sus mismas mujeres invirtieron el uso natural por el que es contrario a la naturaleza. Del mismo modo también los varones, desechando el uso natural de la hembra, encendieron su lujuria unos con otros [Rom., 1: 26-27, KJV].

Las pasiones, en efecto, son todas deshonestas, pues el alma se ve más dañada y degradada por los pecados que el cuerpo por la enfermedad, pero la peor de todas es la manía por los hombres.[18] Nótese cómo en este pasaje [Pablo] los priva de toda excusa, lo mismo que en el caso de sus creencias, al observar de sus mujeres que «invirtieron el uso natural». Ninguna puede afirmar, señala, que ha llegado a eso porque se le impidió el coito lícito, ni que, puesto que no podía satisfacer su deseo, cayó en esa monstruosa depravación. Únicamente los que poseen algo pueden intercambiarlo, que es lo que dice en sus comentarios sobre las creencias: «Cambiaron la verdad de Dios en falsedad».

Una vez más, pone de relieve lo mismo acerca de los hombres, aunque de manera distinta, pues de ellos dice que «desecharon el uso natural de la hembra». También con estas palabras hace imposible toda excusa, pues los acusa de que no sólo tuvieron goce [legítimo] y lo abandonaron para perseguir otro diferente, sino que, desdeñando lo natural, fueron tras lo antinatural.

Sin embargo, los pecados contra la naturaleza son más difíciles y menos gratificantes, tanto que ni siquiera puede decirse que proporcionen placer, pues el verdadero placer está en armonía con la naturaleza. Pero cuando Dios ha abandonado a alguien, todo se invierte. A causa de esto, no sólo fueron satánicas sus creencias, sino que sus propias vidas fueron diabólicas. En consecuencia, cuando se refería a sus creencias, señalaba tanto al mundo físico como a la mente humana al decir que con el juicio que Dios había vertido sobre ellos, el mundo visible podía conducirlos de la mano ante el Creador, pero desde el momento en que se negaban, eran imperdonables. Además, aquí, ante el mundo, ha puesto placer legítimo, del que podrían haber gozado libremente y con más sentido, y de esa manera haberse visto exentos de vergüenza. Pero se negaron, y por esta razón están excluidos de todo perdón, puesto que han ultrajado la naturaleza misma. Y más vergonzoso es aún que las mujeres busquen este tipo de relación sexual, pues debieran ellas ser más recatadas que los hombres […] Tras hablar de las mujeres, se dirige a los hombres, y dice: «De la misma manera, también los hombres desecharon el uso natural de la hembra». Éste es el signo de la depravación última, cuando ambos sexos están corrompidos, y quien está destinado a ser maestro de la mujer y quien está llamada a convertirse en compañera del hombre, se comportan como enemigos. Nótese el énfasis que pone en sus comentarios. No dice que se han enamorado [ηράσθησαν] y que se atraen mutuamente con pasión, sino que «encendieron su lujuria unos con otros». Podéis ver [o «Veis»], que todos estos deseos surgen de una concupiscencia que no se mantiene en sus límites usuales.

La gente que transgrede las leyes establecidas por Dios desea antes cosas extrañas que lo que es lícito, así como a veces algunos, desechando el deseo de comidas preparadas, desean tierra y pequeñas piedras, y otros, presas de una sed extrema, hasta han llegado a desear barro. Así también se ve esa gente arrastrada a la pasión ilícita. Preguntas: « ¿De dónde proviene este exceso de deseo?». Del pecado de los que Le abandonan: «los hombres que hacen cosas indecentes con otros hombres».

II. [….] Al parecer, en los tiempos antiguos esta práctica era ley, y un legislador prohibió que los esclavos domésticos usaran ungüentos o que amaran a los muchachos, privilegios –o, mejor, vicio–, que concedía únicamente a los libres de nacimiento.[19] Pero luego no consideraron la cuestión como un vicio, sino como algo honroso, que había que dejar exclusivamente para los ciudadanos libres, pues era demasiado bueno para los esclavos domésticos. Esta era la actitud de los pueblos más sabios, los atenienses, y de su héroe Solón. Y se puede encontrar muchas obras de los filósofos llenas de este mal. Sin embargo, no hemos de decir que por ello el acto sea lícito, sino que quienes aceptan esa ley son más bien dignos de piedad y merecedores de compasión [literalmente, «muchas lágrimas»] […] Pues os digo que esa gente es peor que los asesinos, y sería para ellos mejor morir antes que vivir deshonrados de esta manera. El asesino sólo separa el alma del cuerpo, pero esta gente destroza el alma dentro del cuerpo. Ningún pecado que menciones, cualquiera que fuese, puede igualarse a éste. Y si los que lo padecen percibieran realmente lo que se les hacía, morirían mil veces antes que incurrir en ello.

III. No hay nada, absolutamente nada, más extraviado y pernicioso que esta maldad. Si al hablar de fornicación, Pablo dijo «cualquier otro pecado que cometa el hombre está fuera del cuerpo, pero el que fornica, contra su cuerpo peca» [1 Cor., 6: 18], ¿qué habrá que decir de esta locura, inexpresablemente peor que la fornicación? Pues sostengo que no sólo [ello] te convierte en mujer, sino que también dejas de ser un hombre; ni te vuelves de esa naturaleza, ni conservas la que tenías. Te conviertes en el traidor de ambas, y mereces por ello ser expulsado y lapidado por hombres y por mujeres, pues has cometido injuria a ambos sexos. Sólo para demostrar mi punto de vista, suponed que alguien acudiera a vosotros y os ofreciera cambiaros de hombres a perros. ¿No trataríais de huir de semejante degenerado? Sin embargo, [por este pecado] no habéis cambiado de hombres a perros, sino a un animal mucho más repulsivo aún. Un perro, por lo menos, es útil, pero un prostituto [ήταιρηκώς][20] no sirve para nada.

¿Qué pasaría, pregunto [literalmente, «decidme»], si alguien amenazara con obligar a los hombres a llevar hijos en su vientre y a parirlos? ¿No nos llenaría de indignación? Pero observad que todos los que deliran tras estas cosas se están haciendo ya algo peor a sí mismos; pues no es lo mismo adoptar la naturaleza de una mujer que transformarse en mujer mientras se sigue siendo hombre, o, mejor dicho, no ser ni una cosa ni la otra.[21]

 

San Juan Crisóstomo
Contra los enemigos de la vida monástica, 3
(Adversus oppugnatores vitae monasticae)

 

Entonces, ¿qué es el mal? En nuestras vidas ha entrado un cierto amor nuevo e ilícito, se ha presentado una enfermedad horrible e incurable, la más grave de todas las plagas que se hayan abatido sobre nosotros, se ha visto un crimen nuevo e intolerable. No sólo se han subvertido las leyes establecidas [por el hombre], sino incluso las de la propia naturaleza. La fornicación parecerá ahora una cuestión sin importancia en la evaluación de los pecados sexuales, y así como la llegada de un dolor más grande eclipsa el malestar de un dolor anterior, así también lo extremado de este ultraje [ύβρεως] hace que la lascivia con las mujeres, que había sido intolerable, ya no lo pareciera tanto. En verdad, parece deseable escapar [de alguna manera] a esas trampas, y hay cierto peligro de que en el futuro la comunidad de mujeres resulte innecesaria y que los muchachos satisfagan todas las necesidades que hoy acostumbran a satisfacer las mujeres.

Y esto no es lo peor, pues lo peor es que este ultraje se perpetre a la luz pública, y que la ilegalidad se haya convertido en ley. Pues nadie teme, nadie se estremece. Nadie se avergüenza, nadie se sonroja, sino que, por el contrario, más bien se enorgullecen de su juego; los que parecen raros son los castos, y equivocados los que desaprueban. Si éstos [los castos o los que desaprueban] son insignificantes, se los intimida; si son poderosos, son objeto de burla, de risa, de refutación, con mil argumentos. Los tribunales carecen de poder; leyes,[22] instructores, parientes, amigos, maestros: todos son desvalidos. A algunos se los corrompe con dinero, y a algunos sólo les interesa conseguir lo que pueden por sí mismos. En cuanto a los más honorables, que tienen responsabilidad en el bienestar de aquellos que les han sido confiados, con facilidad se los enloquece y se pasa por encima de ellos, pues temen el poder de los desenfrenados.

En realidad, sería más fácil escapar a una sospecha de tiranía que verse libre de sus garras tras haber tratado de salvar a alguien de estas desagradables actividades. En el corazón mismo de las ciudades, los hombres hacen cosas indecorosas entre ellos, como si se hallaran en un vasto desierto. A quienes quisieran impedir tales prácticas les resultaría difícil escapar a la mala reputación de los implicados en ellas, en primer lugar porque son muy pocos y fácilmente se perderían en la gran multitud de quienes viven una mala vida…

Entre ciertos animales hay un poderoso impulso sexual [οιστρος], una necesidad irresistible, que en nada se diferencia de la locura. Aun así, no experimentan este tipo de amor, sino que se mantienen dentro de los límites de la naturaleza. Aunque se los provoque diez mil veces, nunca transgreden las leyes de la naturaleza. Pero los seres humanos, aparentemente racionales, beneficiarios de la enseñanza divina, los que instruyen a los demás en lo que deben hacer y en lo que no deben hacer, aquellos que han oído las Escrituras que bajaron del cielo, no se unen a prostitutas con la misma falta de temor con que se unen a muchachos. Exactamente como si no fueran hombres, como si no les aguardara la justicia de Dios, como si no hubiera juicio final, como si la oscuridad lo cubriera todo y nadie pudiera ver ni oír tales cosas, se atreven a todo eso con desbordado frenesí. Los padres de los muchachos[23] de los que se hace abuso mantienen tal cosa en silencio: no tratan de secuestrar a sus hijos, ni buscan remedio para ese mal.[24]

 

Juan el Ayunador (?) (m. 595)
Penitencial

 

El sacerdote se coloca junto [al penitente] y lo interroga lo más alegre y bondadosamente posible y, si puede, lo besa y pone los brazos del penitente alrededor de él, sobre todo si lo ve abrumado por la pena y la vergüenza, que desgraciadamente podría llegar a dominar sus pensamientos, y le habla con voz suave y serena:

«¿De qué manera, hermano, perdiste la virginidad? ¿Por fornicación, por boda legal, por masturbación [μαλακία] o por uno de esos pecados contra natura [παρά φύσιν]?» Cuando ha confesado y lo ha explicado todo, [el sacerdote] vuelve a preguntar: cuántas mujeres había tenido durante su vida de casado, y cuántas de ellas eran esclavas, cuantas eran viudas, cuántas casadas, cuántas monjas –pues en estas cosas incurrían algunas de las que vestían hábito–, y así sucesivamente. No importa gran cosa que las mujeres sean putas [πόρναι], pero mucho que sean casadas […] Antes que todo lo demás debe indagarse la cantidad de personas y el tipo de esas personas. Hay seis tipos: una penitencia si eran esclavas, otra si eran libres por nacimiento; una si eran putas, otra si eran vírgenes; una cosa es que fueran viudas, otra que fueran casadas; una cosa es que fueran monjas, otra que estuvieran casadas con sacerdotes.

Así también se debe preguntar acerca del αρσενοκοιτία,[25] del que hay tres variedades. Pues una cosa es recibirlo pasivamente de otro, que es lo menos grave; otra cosa es hacérselo a alguien, lo cual es más grave que lo anterior, y otra, finalmente, hacerlo a otro y recibirlo pasivamente de otro, que es más grave que las dos anteriores. Pues ser sólo pasivo, o sólo activo, no es tan grave como ser ambas cosas. Se debe preguntar en cuál de estas [prácticas] ha caído el penitente, y con qué frecuencia, y por cuánto tiempo, y si ocurrió antes del matrimonio o después, antes o después de los treinta años.

Debe averiguarse además si ha penetrado a un animal, pecado del que sólo hay un grado.

Análogamente, hay dos tipos de masturbación [μαλακία]: una en que se excita con su propia mano, y la otra, en que es excitado por la mano de otro, lo que es una desgracia, pues lo que las partes comienzan por sí mismas termina por perjudicar a otros, a quienes enseñan el pecado.

También hay que preguntar por el asombroso, seductor [πολυμαγγάνου], y sombrío pecado del incesto, del que no sólo hay una o dos variedades, sino una gran cantidad de tipos muy diferentes. Uno es el que cometen dos hermanas del mismo padre o de la misma madre (o ambos). Otro implica un primo; otro, la esposa de un hijo; otro, la esposa de un hermano. Una cosa es con una suegra o hermana de una suegra, otra cosa es con una madrastra o una concubina del padre. Algunos lo cometen incluso con sus propias madres, y otros con hermanastras o ahijadas. En realidad, muchos hombres incurren en pecado de αρσενοκοιτία con sus esposas.[26]

El sacerdote también debería inquirir de esta manera sobre el asesinato, voluntario o involuntario, y luego si [el penitente] ha deshonrado a sus padres, o bien físicamente, o bien con palabras agrias, y si ha comulgado después de comer y beber, si se ha deshonrado en Pascua, o si ha recibido la comunión indiferentemente después de haber tenido relación sexual con una mujer. ¿Ha contraído un matrimonio secreto o se ha permitido besar y acariciar sin llegar hasta el fin?[27] ¿Ha seducido a un muchacho [επαιδοφθόρησεν], impedido a alguien que recibiera su paga, hablando contra alguien o injuriado injustamente a alguien? ¿Ha comido sangre, o algo estrangulado, muerto por un animal [Lev., 5: 2], un cadáver [Lev., 11: 8] o algo muerto por pájaros? ¿O se ha visto involucrado en adivinación, magia o preparación de pociones…?[28]

 

Papa san León IX
Nosotros, más humanamente (Nos, humanius agentes, 1051)
Respuesta a Liber Gomorrhianus, de san Pedro Damián

 

El libro que habéis publicado, hijo mío, contra la cuádruple polución del contagio carnal, franco de estilo y más directo aún en el razonamiento, constituye una prueba irrefutable de la intención de vuestra mente de sumaros a la santa disputa del espléndido poder del brillante recato. En verdad habéis caído con fuerza sobre el desenfreno de la carne, habéis castigado el deseo obsceno con el brazo del espíritu y habéis presentado con toda claridad la figura del vicio execrable con la autoridad de la virtud, que, siendo ella misma inmaculada, no permite la menor impureza. Nunca podría ser el tipo de cosa que se presta a las sórdidas vanidades. En verdad estos clérigos cuyas desagradables vidas vuestra sabiduría ha expuesto con pesadumbre, imparcialidad y racionalidad, están con justicia –con plena justicia– excluidas del [literalmente, «no pertenecen al»] vínculo de su herencia, de la que se han apartado con voluptuosos placeres. Porque si vivieran castamente, no sólo serían llamados al templo de Dios, sino también al santuario, en el que el Cordero de Dios es sacrificado en brillante gloria, por quien el mundo entero se limpia de su horrible inmundicia. Tales clérigos, por supuesto, mediante el testimonio de sus actos, si no de sus palabras, revelan que no son lo que pensaban ser. Pues, ¿cómo podría alguien ser un clérigo, ni siquiera así ser llamado, cuando no ha temido al mal en su propia voluntad?

Acerca de estas cosas, puesto que habéis escrito lo que os ha parecido mejor, movido por la santa indignación, está bien que, como lo deseáis, interpongamos nuestra autoridad apostólica a fin de eliminar toda duda escrupulosa entre quienes lean [esto], y que quede claro para todos que el contenido de este librito, como agua lanzada a las llamas del infierno, ha merecido nuestra aprobación. En consecuencia, para que la licencia impune del sucio deseo no se extienda, es esencial combatirla] con medidas adecuadas de severidad apostólica y, además, dar alguna prueba de rigor.

Aun cuando la censura de la equidad –tanto la de los concilios sagrados como la de nuestro propio juicio– excluya de todas las jerarquías de la inmaculada Iglesia a todos aquellos contaminados por la suciedad de cualquiera de los cuatro tipos [de este pecado] mencionados, aun así, nosotros, más humanamente, deseamos y ordenamos que aquellos que liberaron su semen, ya sea con sus propias manos, ya mutuamente con algún otro, e incluso quienes lo vertieron en coito interfemoral, si no fue una práctica duradera o realizada con muchos hombres y si refrenaron sus deseos y expiaron esos vergonzosos pecados con una penitencia adecuada, sean admitidos en la misma jerarquía que tenían mientras pecaban (aunque no deben seguir haciéndolo), confiando en la misericordia divina. Pero no puede haber esperanza de recuperar la jerarquía para aquellos que se han manchado con cualquiera de los dos tipos de pecados que habéis descrito –solos o con otros– durante un tiempo prolongado o con muchos hombres aunque fuera por poco tiempo, o –lo que es tan horrible de mencionar como de oír mentar– aquellos que han caído en la última categoría.[29]

Si alguien se atreve a criticar o a cuestionar este decreto de dirección apostólica, hágasele saber que pone en peligro su jerarquía. Pues quien no ataca el vicio, lo alienta, y es con justicia considerado culpable [y merecedor] del [mismo] fin que el que sucumbe al pecado.

Pero, hijo querido, me congratulo inexpresablemente de que demostréis con el ejemplo de vuestra vida precisamente lo que habéis enseñado con el don de vuestra palabra. Pues es más grandioso enseñar con los actos que con las palabras. Por ello, Dios mediante, obtendréis la victoria, gozaréis con el Hijo de Dios y la Virgen en lo alto del cielo y seréis coronado y recompensado con gracias por todos aquellos que por vos se han salvado del fuego del diablo.[30]

 

Carta apócrifa de Alejo Comneno al conde Roberto de Flandes, en la que le implora ayuda contra los turcos
(Finales siglo XI-comienzos del siglo XII)

 

Al noble y glorioso conde Roberto de Flandes y a todos los gobernantes de todos los reinos, tanto laicos como clericales, consagrados a la fe cristiana, el emperador de Constantinopla les envía saludos y paz en Nuestro Señor Jesucristo, Su Padre y el Espíritu Santo.

¡Oh, conde incomparable, gran defensor de la fe!, deseo llamar vuestra atención sobre el extremo a que llega el acoso feroz y cotidiano de los pincinnatti [¿pechenegos?] y los turcos a la mayor parte del santo imperio de los griegos cristianos, y sobre cómo se ve éste incesantemente saqueado y sometido a pillaje, y cómo se perpetran masacres e inexpresables asesinatos y vejaciones en perjuicio de los cristianos. Pero, puesto que los males son tantos y, como hemos dicho, tan inexpresables, sólo mencionaremos algunos que, sin embargo, son tan horribles de oír y perturban hasta el aire [en el que se enuncian].

Pues circuncidan a muchachos y jóvenes cristianos en las pilas bautismales de [iglesias] cristianas y derraman la sangre de la circuncisión directamente en dichas pilas y los obligan a orinar encima, tras lo cual los conducen violentamente alrededor de la iglesia y los fuerzan a ultrajar el nombre de la Santa Trinidad. A los que se niegan los torturan de distintas maneras y finalmente los matan. Cuando cogen a mujeres nobles y a sus hijas, abusan sexualmente de ellas por turnos, como animales. Algunos, mientras perversamente violan a las doncellas, obligan a las madres a presenciar la escena y a cantar canciones obscenas mientras ellos consuman el acto maligno. Leemos acerca de un acto semejante, perpetrado en los tiempos antiguos contra el pueblo de Dios, del que, después de humillarlo de diversas maneras, se burlaban con estas palabras: «¡Cantadnos una de las canciones de Sión!» [Salm., 136: 3, Vulgata].

De la misma manera, mientras violan a las hijas, fuerzan a las madres a cantar canciones lascivas; las voces de las madres, imaginamos, han de producir más lamentos que canciones, como está escrito en relación con la muerte de los santos inocentes: «En Rama se oyeron las voces, lloros y alaridos; Raquel que llora a sus hijos, sin querer consolarse porque no existen» [Mat., 2: 18], A las madres de los inocentes, representadas en la figura de Raquel, no se las pudo consolar por la muerte de sus hijos, pero hallaron consuelo pensando en la salvación de su alma. Sin embargo, estas madres, y esto es lo peor, no tuvieron consuelo en absoluto, pues [sus hijas] perecen tanto en cuerpo como en alma.[31]

¿Y luego? Pasemos a lo aún peor. Degradaron, sodomizándolos, a hombres de todas las edades y condiciones –niños, adolescentes, jóvenes, viejos, nobles, sirvientes y, que es lo peor y lo más malvado, clérigos y monjes, e incluso algo de lo que, ¡ay, qué vergüenza!, no se había hablado ni oído hablar desde el comienzo de los tiempos– ¡obispos! Ya han matado un obispo con este nefando pecado.

Han contaminado y arruinado de muchas maneras los lugares santos y han amenazado incluso con cosas peores. Ante todo esto: ¿Quién no lloraría? ¿Quién no se conmovería? ¿Quién no se estremecería? ¿Quién no rezaría? Prácticamente todo el territorio, de Jerusalén a Grecia, toda Grecia con sus regiones superiores (Capadocia Mayor y Menor, Frigia, Bitinia y Frigia Menor),[32] y muchas otras zonas tan alejadas como Tracia –demasiadas para mencionarlas aquí a todas–, han sido invadidas y no queda apenas otra cosa de Constantinopla, que amenazan con arrancarnos pronto, a menos que nos veamos rápidamente aliviados por la ayuda de Dios y de los fíeles cristianos latinos. Llegaron a invadir el Propóntides [mar de Mármara] (que también recibe el nombre de Aridus y que va del mar Negro, cerca de Constantinopla, hasta el Mediterráneo), con doscientas naves que tomaron prisioneros a griegos y secuestraron a remeros, y amenazan ahora con tomar Constantinopla en cualquier momento, como dijimos, ya por tierra, ya desde el Propóntides.

Sólo estas pocas cosas, entre los incontables males que ha provocado esta raza extremadamente impía, mencionamos y escribimos para vos, conde de Flandes y amante de la fe cristiana. Pasamos por alto el resto, demasiado desagradable de leer. En nombre de Dios y de la piedad de todos los que sostienen la fe cristiana, os imploramos que enviéis aquí, para ayudarnos a nosotros y a todos los cristianos griegos, a todo soldado de Cristo fiel que podáis conseguir, grande, pequeño o mediano, que lucharán por la salvación de sus almas para liberar el reino de los griegos, así como los años anteriores[33] liberaron, en buena medida, Galitzia y otros territorios occidentales del yugo de los incrédulos. Pues aunque soy emperador, no tengo remedio, ni sé adonde dirigirme, sino que más bien estoy permanentemente huyendo de los turcos y los pinemaci [sic: ¿pechenegos?] y me veo reducido a esperar en una sola ciudad su inminente llegada. Y como prefiero someterme a vosotros, los latinos, antes que dejar que ellos tomen Constantinopla, tendréis que pelear con coraje y con todas vuestras fuerzas, a fin de alcanzar la felicidad de una gloriosa e indescriptible recompensa en el cielo. Mejor es que Constantinopla esté en vuestras manos que en manos de paganos, ya que en ella se preservan las reliquias más preciadas del Señor: el pilar al que se Le ató, el látigo con que se Le flageló, la túnica roja con que se Le vistió, la corona de espinas con que se Le coronó, la caña que El cogió en sus manos en lugar del cetro, la túnica que se Le quitó en la cruz, la mayor parte de la, madera de cruz en la que se Le crucificó, los clavos que se usaron para crucificarle, los lienzos que se hallaron en el sepulcro desde la resurrección, las doce cestas de migas de las cinco hogazas de pan y dos pescados, la cabeza de san Juan Bautista con su cabellera y su barba intactas, los restos de los cuerpos de muchos de los inocentes, de varios profetas, de apóstoles, de mártires (sobre todo de san Esteban, el primer mártir), y confesores y vírgenes, demasiados para nombrarlos aquí a todos uno por uno. Todas estas cosas deben poseer los cristianos, no los paganos, y sería una dicha para todos los cristianos que se las conservara, pero una vergüenza y un baldón que se las perdiera.

Si no tienen voluntad de luchar por esto y si aman más el oro, hallarán en Constantinopla más oro que en todo el resto del mundo. Sólo los tesoros de las iglesias de Constantinopla –plata, oro, piedras preciosas y sedas [esto es, vestimentas ceremoniales] – serían suficientes para todas las iglesias del mundo, y los tesoros de la iglesia madre, Santa Sofía [Sabiduría Santa], son inconmesurablemente mayores que todos éstos y pueden, sin duda, compararse con el tesoro del templo de Salomón.

¿Y que diré de los infinitos tesoros de los nobles, puesto que nadie puede calcular ni siquiera la riqueza de los mercaderes ordinarios? ¿Qué puede hallarse en las arcas de los emperadores anteriores? Aseguro que no hay lengua capaz de describir tal cosa, pues aquí se han traído y escondido en el palacio no sólo el tesoro de los emperadores de Constantinopla, sino también el de todos los antiguos emperadores romanos. ¿Qué más necesito decir? Lo que se muestra a los ojos de los hombres no es nada en comparación con lo que permanece oculto. En consecuencia, daos prisa, con toda vuestra gente, y pelead con todas vuestras fuerzas, a fin de que ese tesoro no caiga en manos de los turcos y los pincinnatti. Pues son ellos infinitos en número; 60.000 se esperan cualquier día, y temo que pronto corromperán a nuestros codiciosos soldados con su gran tesoro, como Julio César hiciera otrora, cuando invadió el reino de los francos valiéndose de la codicia. Y así sucederá que el Anticristo capturará todo el mundo al final de los tiempos.

Actuad, pues, mientras tengáis tiempo, a fin no perder el reino de los cristianos y, lo que es peor, el sepulcro del Señor. Así podréis recibir en el futuro una recompensa, y no un castigo. Amén.[34]

 

Marbod, obispo de Rennes (m. 1123)
Poemas

 

Un argumento contra el idilio

 

Un raro rostro, perfectamente matizado:
más blanco que la nieve, más rosado que rosas primaverales;
resplandor celestial; sonrisa que es promesa de dulzura;
ofrenda, roja cual llama, de labios carnosos;
dientes blancos y brillantes en perfecta disposición;
miembros llenos de vigor, maneras encantadoras sin disimulo.
Todo esto posee la chica que anhela unirse a mí;
y ese joven espectacular, cuya belleza es mi fuego,
la ama, la atrapa, todo lo hace por complacerla.
Pero ello lo desdeña y a mí me desea; me ordena que la ame,
me suplica, y muere casi cuando yo me rehúso.

 

A su amado ausente

 

Si hay algo que amas en la ciudad en que vives, algo que no quieres perder,
si amas eso verdaderamente, deja de preocuparte por la corte.
Pon fin a toda demora. Tu ausencia se acrecienta cada hora.
Y esta ausencia, si es irreparable, es grave.
Deja de lado lo que en Calonne [?] te retenga,
que más estás perdiendo en esta ciudad que ganando allá.
¿Qué puede haber tan valioso como un muchacho fiel a su amante?
[Pero] cualquier demora más, y quien hoy es leal puede volverse infiel,
pues ahora mismo se ve de mucho halago tentado,
y cuando alguien es tentado, hay razón para creer que caerá.
Pronto regresa si quieres conservar lo que amas.
Abandona el castillo si quieres retener la ciudad [?].[35]

 

El joven esquivo

 

Horacio compuso una oda sobre un cierto muchacho
de rostro tan amoroso que fácilmente habría pasado por chica,
cabello que caía en ondas sobre el ebúrneo cuello,
frente blanca como la nieve y ojos negros como el alquitrán,
mejillas suavísimas y llenas de deliciosa dulzura
cuando florecían con el brillo de un rubor de belleza.
Su nariz era perfecta; sus labios, del rojo de la llama; amorosos sus dientes,
un exterior hecho para armonizar con su mente.[36]

 

Esta visión de un rostro, radiante y pleno de belleza,
encendía con la antorcha del amor el corazón de cualquiera que lo [contemplara.
Pero a este muchacho, tan amoroso y atractivo,
tormento para todos los que lo miran,
tan cruel e inconmovible lo hizo natura,
que antes moriría que permitirse amar.
Duro e ingrato, como nacido de un tigre,
sólo reía ante las suaves palabras de los admiradores,[37]
reía de sus vanos esfuerzos,
reía de aquellos de quienes él mismo era causa de perdición.
Que es vil no cabe duda, vil y cruel,
quien por perversión del carácter niega la belleza de su cuerpo.
Una cara hermosa debiera tener una mente sana,
paciente y no orgullosa, sino dispuesta a esto o aquello.[38]
La florecilla de la edad es rápida, de fugaz brevedad;
pronto se desgasta, se evanesce, y no se la puede revivir.
Esta carne tan hermosa, tan lechosa, tan impecable,
tan saludable, tan amable, tan brillante, tan suave,
llegará el momento en que sea fea y áspera,
en que su piel juvenil se vuelva repulsiva.
Así, pues, mientras estés en flor,
adopta una actitud más apropiada.[39]

 

Hilario el Inglés
Poemas amatorios
(Siglo XII)

 

7. A un muchacho de Anjou

 

Joven singular y hermoso,
observa bondadoso, te suplico,
estos escritos que un admirador te envía;
míralos, léelos y aprovecha lo que leas.

 

Postrado en tu regazo;
de rodillas, las manos juntas,
como uno de tus suplicantes
no ahorro lágrimas ni plegarias.

 

Temo hablarte cara a cara;
el habla se me va y me quedo mudo,
de modo que admito por escrito mi mal,
con la esperanza de merecer cura.

 

¡Basta, miserable! Simplemente lo soporté
mientras traté de ocultar mi amor;
ahora, que ya no puedo disimular más,
termino por extender las manos, unidas.

 

Médico reclamo como paciente,
con las manos extendidas y suplicantes.
Sólo tú tienes la única medicina;
sálvame, pues, a mí, tu clérigo.

 

Tanto tiempo en temible cárcel encerrado,
a nadie he encontrado que de mí se apiadara;
pues no se me puede liberar con un regalo,
he de llevar una vida peor que la muerte.

 

¡Oh, cómo quisiera que desearas dinero!
¡Mío es el dolor! ¡Mío el sufrimiento!
Es necio de tu parte haber decidido[40]
que es ese comercio vicio.

 

Seguramente, joven, es locura
ser tan esquivo, …[41]

 

Una solemne resolución de castidad
arruinó al bello Hipólito;[42]
José casi encontró su fin
por despreciar el deseo de la reina.[43]

 

9. A un muchacho inglés

 

¡Salud, bello joven, que no busca soborno,
que considera ser conquistado por un regalo como apogeo del vicio,
en quien belleza y honestidad han hecho su hogar,
cuya gracia atrae los ojos de todos los que le ven.

 

Pelo dorado, rostro hermoso, cuello blanco y pequeño,
hablar suave y gentil; pero, ¿por qué alabo tanto estas cosas?
Todo es en ti bello y amoroso; no tienes imperfección,
salvo que es inútil tanta belleza consagrada a la castidad.[44]

 

Cuando natura te hizo, por un momento dudó
si ofrecerte como niña o como niño,
pero mientras ella forzaba el ojo del intelecto para decidirlo,
¡he aquí que tú naciste! como una visión para todos.

 

Después, tiende ella por fin su mano hacia ti,
y se asombra de haber podido crear alguien como tú.
Pero es evidente que sólo en una cosa erró natura:
en que, habiéndote concedido tanto, te haya hecho mortal.

 

Ningún otro mortal puede compararse contigo,
a quien natura hizo para sí misma, como su hijo único;
la belleza establece su hogar en ti,
de quien brilla la carne con el brillo del lirio.

 

Créeme, si aquellos días de Jove volvieran,
no sería ya Ganimedes su preferido,
sino tú, al cielo transportado; de día, la dulce copa,
y de noche, tus más dulces besos, administrarías a Jove.

 

Tú eres el deseo común de jovencitas y de mozos;
Ellos suspiran por ti y esperan por ti, pues saben que eres único.
Se equivocan, o, más bien, pecan quienes te llaman «inglés»:
debieran agregar letras y llamarte «angélico».[45]

 

13. A un muchacho inglés

 

Bello muchacho, hermosa flor,
joya resplandeciente, si sólo tú supieras
que el encanto de tu rostro
fue la antorcha de mi amor.

 

El momento en que te vi,
Cupido me golpeó, pero vacilé,
pues mi Dido me posee,
y temo su ira.[46]

 

¡Oh!, cuán feliz sería yo
si por un nuevo favorito
pudiera abandonar este amor[47]
de modo ordinario.

 

Ganaré, según creo,
pues a ti te daré preferencia en la caza:
yo soy el cazado; tú eres el cazador
y yo cedo ante cualquier cazador como tú.

 

Hasta el gobernante del cielo,
otrora violador de muchachos,
si estuviera aquí ahora se llevaría
semejante belleza a su morada celestial.

 

Luego, en las cámaras del cielo,
estarás igualmente dispuesto para cualquier tarea:
a veces en el lecho, otras veces como escanciador,
y en ambas deleite de Zeus serás.

 

Pedro Cantor (m. 1192)
De la sodomía
(De vitio sodomitico)

 

El pecado de Sodoma fue «la abundancia de pan, la soberbia y el exceso de vino».[48] Al condenar este pecado,[49] el Señor dice: «Pero los hombres de Sodoma eran muy malos, y pecaron enormemente contra el Señor». Y el Señor dijo: «El clamor que ha llegado a mis oídos [Gen, 18: 20-21 KJV]. La novedad de un pecado tan grande e inaudito crea azoramiento y duda en el oyente. De ahí que se presente al Señor como asombrado y dubitativo ante tal crimen mientras dice «quiero ir y ver…».

En realidad, me parece increíble que los hombres hubieran podido cometer ese crimen. Un pecado «habla» cuando implica una acción que es apenas notable; «clama» cuando es cometido abiertamente con la clara perpetración de un crimen. Sólo de dos pecados se dice que su gravedad «clama» al cielo desde la tierra: el asesinato y la sodomía. Así, está escrito, el Señor se lamenta de que «él los creó machos y hembras para la multiplicación de los hombres», pero que asesinos y sodomitas los destruyeron y los mataron como adversarios y enemigos y mortales de Dios y de la especie humana, como si dijeran: «Tú has creado hombres que podían haberse multiplicado, pero nosotros nos esforzamos por minar y desbaratar esa labor».

Además, cuando el Señor asigna los castigos que han de infligirse por diferentes pecados, parece abandonar su paciencia y bondad innatas con este último, sin esperar que los sodomitas sean juzgados sino, antes bien, castigándolos temporalmente con fuego enviado desde el cielo, como si, en última instancia, quisiera impartir justicia a través de las llamas del infierno.

El Señor hizo al hombre a partir del lodo de la llanura de Damasco, para modelar más tarde a la mujer a partir de una costilla en el Edén. Así, pues, al considerar la formación de la mujer, y para que nadie pudiera creer que fueran hermafroditas,[50] dijo: «Macho y hembra los creo», que es como decir, «No habrá coito de hombres con hombres ni de mujeres con mujeres, sino sólo de hombres con mujeres y viceversa». Por esta razón, la Iglesia permite que un hermafrodita –es decir, alguien con los órganos de ambos sexos, capaces tanto de funciones activas como pasivas– use el órgano con el cual él (la)[51] más se excite o aquél al que sea más susceptible.

Si él (la) es más activo/a [literalmente, «lujurioso/a»], puede casarse como hombre, pero si es más pasivo/a, puede casarse como mujer.[52] Sin embargo, si fracasara con un órgano, nunca se permitirá que utilice el otro, sino que él (la) debe ser perpetuamente célibe, para evitar toda semejanza con la inversión de papel de la sodomía,[53] que Dios detesta.

Además, leemos en Romanos: «Por eso los entregó Dios a los deseos de sus corazones, a la inmundicia, de modo que pudieran torturar su cuerpo sin consideración, sumidos en ignominiosas pasiones. Pues sus mismas mujeres invirtieron el uso natural, por el que es contrario a la naturaleza. Del mismo modo, también los varones, desechando el uso natural de la hembra, encendieron su lujuria unos con otros, cometiendo torpezas nefandas varones con varones, entregados a sensibilidades reprobables, de modo que hicieron cosas inconvenientes» [paráfrasis de Rom., 1: 26-27].

Del mismo modo. Judas, 7: «Así como Sodoma, y Gomorra, y las ciudades comarcanas, entregándose a la fornicación y persiguiendo carne extraña», los varones hacían cosas nefandas con varones, las mujeres con mujeres.

La carne de un hombre y de su esposa es una; así, [los sodomitas] se convirtieron en ejemplo, al recibir la pena del fuego eterno en el presente. Compárese Levítico, 18 [:23]:[54] «No yacerás con un hombre como con una mujer, pues es una abominación», una cosa ignominiosa e inexpresable. El coito con varón merece la misma pena –la muerte– que el coito con animal. De ahí Levítico, 20 [:13]: «El que yaciera con varón como yace con mujer, ambos cometieron una abominación: mueran sin remisión; caiga su sangre sobre ellos» [KJV].

Pero, ¿cómo han caído estos versículos en desuso, de modo tal que lo que el Señor castigó severamente, la Iglesia deja intacto, y lo que él trató ligeramente, castiga ella con dureza? Me temo que lo primero es resultado de la avaricia, y lo segundo de la frialdad de la caridad. Estos enemigos del hombre son como Onán, que derramaba su semilla sobre el suelo, pues se negaba a dar hijos a su hermano, y fue castigado por Dios. Estos, como dice Isaías en el capítulo 1 [Isa., 1: 9?], son como Sodoma y Gomorra, silenciosos en la alabanza de Dios y endurecidos en la enormidad de sus pecados. De la misma manera, en 1 Timoteo, 1 y en Colosenses, 3 [:5]: «Mortificad, pues, vuestros miembros terrenos» [KJV]. Y Josué, 6 [:26]: «Maldito sea ante el Señor quien intentare reedificar la ciudad de Jericó: muera su primogénito cuando eche sus cimientos y perezca el postrero de sus hijos así que asiente las puertas» [KJV]. Y mucho más maldito sea quien cometa el pecado de Sodoma, que pierda el primero y el último de sus hijos, esto es, fe y humildad, incluso para la perversidad.

En su desprecio de este pecado. Dios se vuelve incluso contra la tierra y cambia la Pentápolis por el mar Muerto, en el que no puede vivir pez alguno y sobre el cual no puede navegar ningún barco con seres humanos a bordo. En esta tierra hay árboles llenos de frutos que, al menor contacto, se desintegran en polvo y ceniza. Pues si se mira retrospectivamente en Sodoma, se ve que la mujer de Lot fue convertida en tierra y en una columna de sal, como si el Señor dijera: «Quiero que no quede recuerdo de este crimen, ni un resto, ni una huella de su enormidad».

Esos hombres, espásticos y débiles, que se cambian de varones a hembras, haciendo mal uso del coito femenino, el faraón los conserva consigo como mujeres, para su placer. Son imitadores de Sardanápalo,[55] un hombre más corrompido que cualquier mujer. También Jeremías, al final de las Lamentaciones, a su largo lamento y pena por la ruina y la caída de la ciudad agrega una queja y un gemido en relación con la sodomía: «Abusaron indecentemente de los hombres jóvenes, y los muchachos perecieron a palos».[56] Esos hombres quedaron sordos y ciegos golpeando a la puerta de Lot a mediodía, de modo que miraban sin ver. Lo mismo dice Isaías, 66 [:17]:[57] «Quienes se santifican a sí mismos y se piensan puros en jardines detrás de un portalón, o dentro, detrás de una puerta…». Y lo mismo, Joel, 3[:3]: «Han colocado un muchacho [en un burdel]».[58] Y también: «cuando un hombre se casa como una mujer, que se armen las leyes, que se haga justicia».[59]

 

«Ya he cambiado de idea»
(Iam mutatur animus, siglo XII o XIII)

 

[A:] ¡Ayúdame, oh, Dios Padre,
que la muerte está próxima!
i me concedes mañana,
me haré monje.

¡Apresúrate a ayudarme!
¡Ya [la muerte] trata de llevarme!
Concédeme, oh, Padre, un respiro;
dame consuelo.

 

[B:] ¡Oh, mi querido!
¿Qué es lo que piensas hacer?
¡Piénsalo mejor!
¡No me abandones!

 

[A:] Tu tristeza, hermano,
me arranca las lágrimas,
pues huérfano serás
cuando yo sea monje.

 

[B:] Aguarda un poco, pues:
al menos tres días más.
Quizá no sea el peligro
un peligro mortal.

 

[A:] Tal es la angustia
que corre por mis venas,
que mucho me temo
que mañana no haya vida.

 

[B:] Las reglas monásticas
desconoces tú:
ayunan cada día
y a menudo observan vigilia.

 

[A:] Los que observan vigilia por Dios
buscan ser coronados.
Quien tiene sed de Dios
merece satisfacción.

 

[B:] La comida es horrible
–habas y vegetales–,
y tras semejante fiesta
poco hay para beber.

 

[A:] ¿Qué hay de bueno en banquetes,
o en dionisíacas francachelas
cuando [después de][60] las fiestas
la carne es presa de los gusanos?

 

[B:] Conmuévete al menos
por el llanto de tus parientes,
que llorarían por ti, monje,
como los vivos lloran por los muertos.

 

[A:] Quienquiera que ame a sus parientes
y a Dios desdeñe,
culpable por ello será hallado
a la hora del Juicio Final.

 

[B:] ¡Oh, arte de razonar,
ojalá nadie te hubiera descubierto nunca!
Tú, que la soledad y la desdicha
a tantos clérigos procuras.

Nunca volverás a ver
a quien tanto amas,
ese hermosísimo clérigo,
_______.[61]

 

[A:] ¡Ay! ¡Pobre de mí! No sé qué hacer.
Me encuentro muy lejos en el exilio
y sin consejo ninguno.

¡Oh, hermano, no llores!
Tal vez las cosas mejoren.
Ya he cambiado de idea,
¡nunca me haré monje![62]

 

Papa Honorio III
Carta al arzobispo de Lund, 4 de febrero de 1227

 

Hemos recibido una solicitud vuestra en la que nos encarecéis nos dignemos disponer misericordiosamente ame el hecho de que muchos súbditos vuestros, tanto clérigos como laicos, se ven con frecuencia involucrados en relaciones sexuales prohibidas, no sólo con personas relacionadas con ellos, sino mediante coito pecaminoso con animales y ese pecado que no debería nombrarse ni cometerse, a causa del cual el Señor condenó a la destrucción a Sodoma y Gomorra; y que algunos de ellos, dada la longitud y los peligros del viaje, y otros, por vergüenza, morirían antes de presentarse ante nosotros con tales cargos.

Por tanto, puesto que la merced divina es mayor que la perversidad humana y puesto que es mejor contar con la generosidad de Dios que desesperar a causa de la magnitud de un pecado en particular, os ordenamos por la presente reprehender, exhortar y amenazar a tales pecadores y luego imponerles, con paciencia y buen juicio, una saludable penitencia, calculada con moderación, de modo tal que ni la indulgencia indebida predisponga al pecado, ni la severidad excesiva hunda en la desesperación.[63]

 

«Ganimedes y Helena» (Siglo XII)

 

El sol había entrado en la Casa del Toro,[64] y la primavera, cargada de brotes,
había alzado su encantadora y florida cabeza.
Bajo un olivo, acostado sobre el lecho que la hierba me ofrecía,
divertíame yo recordando la dulzura del amor.

 

La fragancia de las flores, el fresco de la estación,
la suave y ondulante brisa, el coro de las aves:
mientras todo esto me acariciaba la mente, el sueño, lentamente, se apoderaba de mí.
¡Ojalá nunca hubiera abandonado mis ojos!

 

Pues me pareció ver a Ganimedes y Helena
de pie sobre la hierba estival, bajo un amable pino,
con aire regio y rostros serenos,
sus frentes avergüenzan al lirio, y las mejillas, a las rosas.

 

Los veo sentarse juntos sobre el suelo,
con sonrientes rostros.
Se dice que sólo los dioses confieren tal belleza.
Cada uno se asombra de haber encontrado un igual en encanto.

 

Intercambian palabras sobre muchas cosas,
y disputan entre sí sobre sus respectivas gracias,
como si la brillante Febe y el radiante Apolo arguyeran.
El impúdico joven con la hembra se compara a sí mismo.

 

Ella, ya anhelante del varón y dispuesta para el lecho,
siente desde hace un tiempo los aguijones del amor.
La belleza singular de Ganimedes la inflama,
y ya el calor dentro de su interior se trasluce al exterior.

 

Huye el recato de la posada de amor:
mas no tiene la doncella el recato de una virgen;
y pues no se la solicita, es ella quien solicita, y seduce,
ofreciendo a aquel joven su regazo, sus besos y sus pechos.

 

Ambos estirados sobre la verdeante hierba,
dichosos podían haber sido con la unión,
pero Ganimedes, sin saber qué era lo que de él se esperaba,
se aprieta contra ella como si deseara ser pasivo.

 

Ella percibe que algo no está bien y se azora.
Se lo quita de encima, lo insulta;
maldice la naturaleza y regaña a los dioses
por haber de tan bello rostro revestido a un monstruo.

 

La cuestión los lleva a una pelea:
cuanto más ella alaba a la mujer, tanto más el varón ensalza él.
Acuerdan que Naturaleza y Razón serán
los jueces que diriman la cuestión.

 

Sin demora, cada uno monta un corcel,
tres albas los contemplan darse prisa,
hasta que el rostro del sol naciente los saluda
en la casa de la Naturaleza, hacia la cual sueltan riendas.

 

Madre Naturaleza se halla en el palacio de Júpiter
y allí rumia los secretos de las cosas por venir,
mientras teje la hebra en incontables figuras
y crea cosas de dimensiones y equilibrio precisos.

 

Muy cerca se yergue Razón, su compañera, bajo cuya vigilancia
hace que los recién nacidos crezcan y siembra las semillas de lo aún no nacido.
Mezclan los sexos diferentes y de esa mezcla
de diferentes clases, surge la fertilidad.

 

También asiste Providencia, de mayor estatura,
a quien el Creador de natura dotó de puro espíritu.
Ni el pasado ni el presente se le escapan;
toda creación visible está bajo su observación.

 

«Mira –dice–, veo llegar dos seres humanos,
de elegante belleza y asombrosa gracia.
Me pregunto cómo pudo la tierra producirlos,
pues el cielo estaría orgulloso de tal descendencia.

 

Me parece oírlos dirigirse mutuamente acusaciones.
Comprendo el argumento, mas no comprenderlo quisiera.
Ahora veréis a todos los dioses reunirse.»
Apenas hubo hablado, comprobaron que así era.

 

El relato incita a Jove y a su entera casta;
unos, atraídos por Helena; otros, por Ganimedes.
Abierto está el palacio, los asientos están listos.
Los dioses llenan con majestad las salas celestiales.

 

Mientras, a Dárdano y a Tindáreo[65] se invita a entrar;
ya están pisando el umbral del palacio.
Dejan sus caballos; brillan con dorados equipos.
Cuando atraviesan la puerta celestial, de inmediato se los ve.

 

No esperado, se ve entrar al muchacho
como la estrella matutina que brilla antes del amanecer.
Parece regañar a todo el mundo con los ojos,
y su cara desdeña adornar a un mortal.

 

Cual dorada ropa imperial es su pelo,
que de puro azafrán han teñido los chinos.
Cuando trata de alcanzar la ceja
se riza evasivo sobre la suavidad de la frente.

 

Un gracioso espacio separa las cejas;
los amplios ojos, de dulces rayos se encienden;
la boca invita a besar casi con exigencia,
con dulce encanto reluce su rostro entero.

 

Helena le sigue, ligeramente ruborizada,
–aún no ha conocido hombre y es todavía tímida–[66]
como Cinthia surgió de las olas de Tetis.
No le va al muchacho en zaga en belleza del rostro.

 

Su pelo está suelto en parte y cuelga libremente,
en parte atado en elaborado peinado,
bien tirado hacia atrás desde encima de la frente;
mantiene en alto la cabeza como quien no acostumbra temer.

 

Orgullosa la ceja, pero juguetón el ojo.
De hermosa forma es la nariz;
Venus ha sazonado su beso con su propio néctar,
y algún dios le lustró con su propia mano la barbilla.

 

Para que el pelo no le cubra su real belleza,
se lo quita de la cara y lo lleva detrás de las orejas,
y así su cara se muestra como un alba,
mezclada, cuando adviene, de blanco y de rosado.

 

Luego podías ver a los dioses retorcerse en todas partes,
a Apolo calentarse, a Marte[67] jadear,
gruñir como si a la misma Venus tuviera en sus brazos.
No se esforzaba en contenerse; era desagradable de oír.

 

Júpiter llama sin ninguna vergüenza a Ganimedes,
pero Naturaleza ha preparado un asiento para la doncella.
Ella toma a mal que el muchacho haya entrado en su casa:
dice que no es él hijo ni heredero.

 

Un silencio domina la sala; el muchacho se pone de pie.
También Helena se levanta, apartando de él el rostro.
Suponiendo que será ella la primera en precipitarse al fragor de esta batalla,
toda la asamblea vuelve a Helena los ojos.

 

H: «¡Ay! –dice Helena–, lo siento por ti.
Tú odias sin duda al sexo femenino.
El orden natural está en ti invertido y la ley destruida.
Me pregunto por qué, puesto que no produces hijos, tu padre te produjo.»

 

G: «Que los viejos produzcan hijos, para goce de los jóvenes:
que los jóvenes tengan a los que están en la flor de la vida.
El juego que jugamos lo inventaron los dioses
y lo mantienen hoy los más brillantes y los mejores.»

 

H: «Esta cara tuya es sólo por el adorno mismo;
desaparecerá contigo, pues tú nunca conocerás mujer.
Si te casaras [y tuvieras un hijo],
tu hijo podría reemplazar la forma de su padre.»[68]

 

G: «No tengo interés en reemplazar mi cara,
sino sólo en dar placer a los individuos con mi ser individual;
sólo espero que tu belleza decaiga con la edad,
pues pienso que ella me hace ser un poco menos amado.»

 

H: «¡Oh, qué hermoso es el amor entre sexos diferentes,
cuando un hombre honra a una mujer en mutuo abrazo!
Él y ella se atraen mutuamente con atracción natural:
aves, animales salvajes, jabalíes, todos gozan con esa unión.»

 

G: «Pero los seres humanos no han de ser como pájaros o cerdos:
los seres humanos poseen razón.
Los campesinos, a quienes también podría llamarse cerdos,
son los únicos que recurren a las mujeres.»

 

H: «Nunca el amor afectó el corazón de un muchacho
si un mismo lecho no une un hombre y una mujer;
ésta es la conexión correcta, el orden adecuado,
pues los afectos de gusto sólo surgen de sexos diferentes.»

 

G: «La desemejanza divide las cosas: es así como las cosas se unen correctamente;
para un hombre es mucho más elegante formar pareja con un hombre.
Si no te has dado cuenta, hay ciertas reglas de gramática
por las cuales han de acoplarse artículos del mismo género.»

 

H: «Cuando él creador de los hombres formó al hombre,
trató de hacer a la mujer más hermosa que el hombre,
a fin de que el hombre se sintiera atraído a aparearse con mujer,
y los hombres no amaran a otros hombres más que a las mujeres.»

 

G: «Estaría yo de acuerdo en que es decoroso amar a las mujeres,
si fuera la apariencia lo mismo que las buenas maneras.
Pero cuando las mujeres se casan, mancillan los deleites de la cama;
y cuando no están casadas, se vuelven utilidades públicas.»

 

H: «Que los hombres se avergüencen; que Naturaleza se lamente;
no es intención de Naturaleza que los hombres se unan entre sí.
Sólo Venus une a los hombres en uniones infructíferas:
el muchacho vende sus encantos sin atender a su sexo.»

 

G: «Sabemos que consideran digna esta actividad aquellos que vale la pena tener en cuenta:
la gente con poder y posición en el mundo,
los censores que deciden lo que es pecado y lo tolerado,
esos hombres no son inmunes a los suaves muslos de un muchacho.»

 

H: «No pienso yo en esa gente que actúa cuando la pasión la domina.
No defiendes argumento racional alguno, ¡oh, joven!
Este joven jamás ha sentido un deseo,
lo que hace sus pecados y ofensas aún más graves.»

 

G: «Placentera es la fragancia del beneficio; nadie elude la ganancia.
Para hablar llanamente, cierto es el atractivo de la riqueza.
Quien quiere hacerse rico, a este juego está dispuesto:
si un hombre desea muchachos, dispuesto está a recompensarlos.»

 

H: «Aun cuando esto no se tuviera por pecado para el joven,
ninguna racionalización podría defender al anciano.
No puedo contener la risa cuando veo un viejo obstinado:
un juego de esta suerte es sin duda pecado en edad provecta.»

 

G: «No excuso yo a los ancianos, a quienes la edad acusa;
ignominia parece que, peinando ya canas,
se ocupen de tales cosas y usurpen la actividad de la juventud.
Los viejos no han de desalentar a los jóvenes.»

 

H: «Dime, joven, cuando el aspecto juvenil desaparezca,
cuando tengas barba, cuando las arrugas te surquen el rostro,
cuando tengas peludo el pecho y correoso el agujero,
¿qué semental soñará entonces contigo?»

 

G: «Dime, doncella, cuando desvanezcan tus encantos virginales,
cuando tengas espesos los labios y seca la piel,
cuando las cejas te cuelguen y tengas cansados los ojos,
¿no languidecerá también un poco el más apasionado de tus amantes?»

 

H: «Tratas de ser blando y sin pelo debajo,
para que tu templo pueda parecerse al de una mujer,
para convertirte, desafiando la naturaleza, en una chica.
Has declarado con tu inmundicia la guerra a la naturaleza.»

 

G: «Puede que quiera yo ser blando y suave debajo de la cintura,
pero Dios no me permite tener el santuario de una mujer.
Y por eso precisamente puedo yo rechazar a las mujeres, a quienes condeno.
¿Qué diferencia hay entre una mujer y una burra?»

 

H: «¡Oh, si no me contuviera el gentil recato,
no evitaría ningún tipo de palabras contigo!
Pero es deshonroso usar lenguaje bajo,
y mal acuden palabras soeces a boca de doncella.»

 

G: «Pero hemos venido preparados para hablar de cosas vulgares:
no hay aquí lugar para el recato.
La vergüenza y la piedad han quedado ya atrás,
no prescindiré del aire pudoroso ni de la verdad.»

 

H: «No sé qué actitud adoptar, pues si no hablo en el mismo nivel que el vicioso,
perdedora me declararán;
pero si trato de igualarte en lenguaje,
puta me considerarán por hablar tan vilmente.

 

G: «Busca a algún otro para bromear, a alguien que no te conozca.
Yo sé a quién has ofrecido tu regazo, echada sobre la espalda.
¿Dónde está pues la inocencia de tórtola?
De pronto Thais se convirtió en Sabina.»[69]

 

H: «Vosotros, hombres que a hombres os dedicáis,
que imprudentemente afemináis a los varones,
a muchachos, y a vosotros mismos, mancilláis con el vicio por la noche;
por la mañana –debería pasar esto por alto–, en las sábanas está la vergüenza.»

 

G: «Vosotros, hombres en cuya cama duerme una prostituta,
a quienes encante ser colmados de obscenidad femenina,
cuando Thais, reclinada, a vosotros se os revela,
sabéis a qué huele su agua de sentina.»

 

H: «Thais huele a Thais a la manera de Thais,
pero una niña, al bálsamo supera en fragancia.
Miel hay en sus besos, panales en sus labios.
Feliz aquel que se goza en dormir con una virgen.»

 

G: «Cuando Júpiter se divide en medio de la cama,
y se vuelve a Juno primero y luego a mí,
raudo termina con la mujer y el tiempo se pasa en juegos amorosos conmigo.
Cuando vuelve a ella, o bien disputa, o bien ronca.»

 

H: «Tu Venus es estéril e infructífera,
y enormemente injuriosa para las mujeres.
Cuando un varón monta a un varón de tan reprobable manera,
una Venus monstruosa imita a una mujer.»

 

G: «No es cosa monstruosa si evitamos el monstruo:
la cueva entreabierta y el espeso matorral,
el agujero cuyo hedor es lo peor que hay en el mundo,
la caverna a la que ni vara ni remo alguno debieran acercarse.

 

H: « ¡Sosiega tu sucio y desagradable lenguaje!
¡Conversa con más recato, muchacho obsceno!
Si no tienes intención de respetar a una doncella,
respeta al menos a los dioses y a Naturaleza.»

 

G: «Si bien el tema se oculta bajo un manto de palabras,
la decorada inmundicia será capaz de enloquecernos.
Yo no tomaré partido por dar lustre a la suciedad:
lo único correcto para las palabras es ajustarse al tema.»

 

H: «Arrojaré el manto del recato;
si esto es lo que sientes, hablaré llanamente en adelante:
cuando este impuro apareamiento se apodera de ti
y pierdes entre tus muslos la lágrima de Venus,

allí, ¡ah, si no te das cuenta, reside la ofensa de la humanidad!
Desagradables son las palabras, pero más aún lo es el acto.»

Cuando el muchacho oye el innombrable crimen,
el estupor le paraliza la lengua y el rubor le inflama las mejillas.
Un cálido rocío escapa furtivamente de sus ojos.
Falto de argumento, no se defiende.

Permanece en silencio. Razón se levanta para hablar.
Prudentemente se limita a unas pocas palabras:
«No hay necesidad de juez –dice–, el asunto está muy claro.
Yo digo al muchacho. Suficiente. El muchacho está conquistado.»

El responde: «Al menos no pronuncio refutación.
Reconozco el error, ahora que he sabido cuál es».
«Y yo –agrega Apolo–, he recuperado la conciencia.»[70]
Júpiter dice: «Inflamado estoy por mi Juno».

La antigua herejía es proscripta por los habitantes del cielo.
El coro de vírgenes se regocija; Juno agradece.
Razón festeja con los hijos de Naturaleza.
La doncella es coronada con pública aprobación.

Ganimedes pide que su mano en matrimonio se le conceda:
todos los dioses aprueban esto como adecuado.
La unión bendecida los une en felicidad,
la voz de alegría resuena; mi sopor se disipa.

Esta visión se me dio por voluntad de Dios.
Que se avergüencen los sodomitas, que lloren los gomorranos.
Que se arrepientan los culpables de este acto.
Dios, si yo alguna vez lo hiciera, ¡ten piedad de mí![71]

 

 

 

 

 

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«Una perversa costumbre» (Quam prauus est mos, siglo XII)

 

Perversa costumbre es preferir muchachos a chicas,
pues este tipo de amor es contra natura.
El salvajismo de las bestias desprecia esta pasión y huye de ella.
Ningún animal macho a otro se somete.
Los animales maldicen y evitan las malas caricias,
mientras que el hombre, más bestial que ellos, aprueba tales cosas y las persigue.
El irracional obedece la ley de la razón;
el racional, de la razón se extravía.
Cuando el Señor bendijo a los primeros padres de la tierra,
les ordenó ser fructíferos, cultivar y poblar la tierra.
No fueron creados dos hombres, sino un hombre y una mujer,
y así se multiplicaron y la tierra poblaron.
De haber sido ambos hombres y haber tenido esta pasión,
habrían desaparecido sin posteridad.
Si Dios odia todos los vicios, éste desprecia particularmente:
de lo cual –si tienes aún dudas– es prueba la destrucción de Sodoma,
donde leemos que el azufre y el fuego aniquilaron
a los residentes de Sodoma y que la mala gente murió con grandes sufrimientos.[72]
Quienes siguen esta herejía, bien harían ahora en reconsiderarla,
o enfrentarán la condenación a las llamas y el azufre.
Que perezcan, que vayan al infierno y que nunca regresen
quienes tiernos efebos desean por esposas.[73]

 

 

 

 

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Se han publicado en forma independiente tres manuscritos de este poema, que datan del siglo XII o del XIII;[74] publicamos aquí por primera vez una cuarta versión, posterior. La relación textual de las cuatro es extremadamente complicada, y no se harán aquí esfuerzos por solucionar todas las dificultades implícitas. El texto de París, que aquí se traduce, es la versión más elaborada y más completa, con veintidós versos, todos los cuales, salvo cuatro (9-12) quedan corroborados por otros ejemplos. Su latín es culto y elegante, y es casi seguro que su composición data del siglo XII.[75] El dístico final de esta versión falta en las dos anteriores, pero aparecen independientemente en un manuscrito bávaro[76] y en una copia del poema realizada en Leipzig en el siglo XIII o en el XIV que, asombrosamente, se aproxima mucho, por lo demás, a las versiones de Oxford-Reims.

Las versiones de Oxford y Reims comprenden, respectivamente, sólo dieciocho y dieciséis versos del poema de París. Presentan más estrecha relación de léxico entre sí que con cualquiera de las otras, aunque el orden de los versos en la de Reims difiere enormemente tanto del de la copia de París como de la de Oxford. Las últimas difieren en léxico, pero son idénticas en el orden, salvo las omisiones. La copia de Oxford parece en realidad una copia simplificada del poema de París o bien una hecha a partir de una copia tan defectuosa que el escriba hubiera tenido que reconstruir el comienzo de muchos versos.

Tanto la versión de Oxford como la de Reims incluyen un dístico que falta en la versión de París: «En suelo estéril, la semilla no echaría raíces, / ni produciría fruto; sería siempre inactiva».[77] La versión de Leipzig, que se reproduce a continuación, incluye también cuatro líneas que no se encuentran en otras copias. Son extremadamente difíciles de traducir en inglés, pero significan, aproximadamente [en traducción castellana de la versión inglesa]:

 

[09] No sé, si paren, por quién pasa uno al infierno,
[10] pero sé que si paren, paren por atrás.

[13] No nos contamos entre ellos, que lo hacen entre ellos,
[14] sino que somos de los que a ellos lo hacen.

 

Quam prauus est mos juuenes preferre puellis,
Cum sit nature veneris mos ille rebellis.
Si patribus vestris veneris mos hic placuisset
Liberis extinctis nulla successio fuisset.
Omne quod vitium Deus hoc specialiter odit,
Quod bene si dubites Sodome destructio prodit.
Quod negat et refuit [sic] sceleratos bestia captus,
Hoc probat et sequitur hic plus quam bestia factus.
Nescio si pariunt quibus itur ad inferiora,
Sed scio si pariunt, pariunt per posteriora.
Si[c] pereant et eant ad Tarthara, non redituri,
Qui teneros pueros pro coniuge sunt habituri.
Non sumus in illis facientes illud in illis,
Sed sumus ex illis illud facientibus illis.
[78]

 

 

 

 

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«Ganimedes y Hebe» (Traducción y texto)
(Post aquile raptus, siglo XII o XIII)

 

Tras el rapto que el águila llevó a cabo, tras la amorosa indiscreción[79] con el muchacho,
Juno se lamenta en su alcoba por la copa que a Hebe le arrebataran.

 

Pero no se atreve a airear abiertamente su pena,
pues a Hebe excita a la lucha y su ayuda le promete.

 

Previamente la arma con recursos retóricos,
le enseña palabras filosas con que herir al muchacho en lo vivo.

 

De su ama aprende la sierva su parte:
qué palabras usar, qué artes emplear.

 

Está el consejo reunido y empieza a escuchar los argumentos.
Cuando Hebe busca en él justicia y empieza a hablar,

 

su rostro se sonroja y el tinte del semblante colorea las palabras.
Se ruboriza al hablar, y el rubor lo dice todo.

 

«Raza inmortal, imagen del eterno París,
tesoro de la naturaleza, fuente primera de la naturaleza,

 

tú, que por ley divina reprimes lo injusto,
busco justicia del justo; solicito que el derecho se restaure al injuriado.

 

Fui la copera de Jove mientras la gracia lo permitió,
con el… [?] de Jove, y con la sanción de vuestra bendición.

 

Pero un recién llegado ha ocupado mi lugar: un enemigo único.
¿He de callar, muchacho? ¿Por qué? Tú lo sabes todo.

 

El joven frigio y vergüenza de Troya ha invadido los cielos
y ha fundado ciudadelas en el cielo.

 

Aquí una liebre caza una liebre;[80] él esparce su hechizo[81]
y la fragancia del juego en los cielos.

 

¡Una nueva presa, muchacho! ¡Se apodera de lo que es mío!
¿Ha venido el raptado a violar los derechos de las diosas?

 

Pero los hados hacen justicia cuando tú, Apolo, la exiges.
Troya está en ruinas, y una mujer proclamará sus justos castigos.

 

Ya nuestro joven ha invadido los ritos del matrimonio;
ya los fines de la tierra están marcados con su nombre cual regalos para él.

 

¡Oh, casas y sedes de la virtud! ¡Oh, insensata lujuria!
Suena en vosotras la flauta muerta de Troya.

 

Aquí, con un movimiento de su flanco, de su pierna, de su pie,
a un lado arroja la virtud, que se sienta a llorar desde lejos.

 

Él adorna su rostro y se riza con un hierro el pelo.
Con Ganimedes como señor, el crimen se expande por doquier.

 

Con su rostro justifica mil vilezas;
con tal incentivo, precavidos estén los dioses,

 

las mil deidades de la tierra, del mar y del cielo.
Un muchacho –este muchacho impuro– en el cielo está casado.[82]

 

El señor convoca al sobrino troyano de día,
y por la noche lo importuna.

 

Paso por alto qué ocurre con la criada de Jove durante el día,
pero pregunto: ¿quién se acuesta con ella por la noche?

 

¡Oh, dioses, ya se sonroja Naturaleza, y la bondadosa madre
te implora con lágrimas, que al crimen se adecué el castigo.

 

Esto piden Juno, y Palas, y las demás diosas:
que sea rápido el juicio de las diosas.»

 

Había terminado. Se levantó un murmullo, y un tumulto más alto,[83]
pero el muchacho se incorporó: el rostro mandaba silencio.

 

La noche huye ya y el día la sigue. Así como el sol eclipsa a la luna,
así la gloria de Ganimedes oscurece la de Hebe.

 

Atlas, que lo transporta, se regocija del peso de esta estrella,[84]
y Palas se conmueve por quien una mujer suspiró.

 

Apolo piensa en Jacinto, Silvano y Cipariso;[85]
Venus recuerda a Adonis: ésa era su belleza.

 

Marte, como si lo abrazara, mira con ojos anhelantes
y suspira al ver los labios delicados, para besos tiernos.

 

Silenciosamente sus alegrías conquistan a Jove; imagina
que es más que un dios porque en esto hasta su gracia cede.

 

Levanta los ojos del suelo, como un hijo troyano,
y es como si en el cielo se mostraran dos soles gemelos.

 

Semejante belleza imploraría perdón si hubiera él pecado:
su rostro y su cuerpo interceden por él ante el señor.

 

Todo esto le sacude la mente, como a un niño un susto infantil,
[pero] palabras de gracia fluyen de su dulce boca.

 

«Aquí está el rey de los troyanos y toda su posteridad;
conocido en las estrellas es el pueblo de los teucros.

 

¿Qué he hecho yo? No he forzado mis armas en el cielo.
Mi amante amigo me ha mostrado el camino, que no raptado.

 

“La compañía de Jove –dijo–, el consejo de los dioses,
los cielos, los hados, todos celebrarán que tú vivas en el cielo.”

 

Así, pues, acepté la gloria que se me ofrecía y de ella gozo: ¿es éste un cargo contra mí?
¿Fue el que yo mezclara el néctar una vil oferta de persona vil?

 

¿O era mejor que una vieja horrible y con mano de moro
–una arpía como ésta– sirviera a Jove a la mesa?

 

En tanto Jove sea Jove, seré yo lo que quieras.
Antes, una mujer meneaba las caderas; ahora, un hombre ofrece su boca.

 

Quienes atacan un tipo de sexo[86] –aprobado con prescindencia del tipo–,
están locos: un rayo caerá sobre el entreabierto agujero.

 

¿Mirarías el cielo durante el día para ver si hay luna llena?[87]
¿Enrojecerías con cada ola del mar Rojo?[88]

 

En una guarida de lobo la mujer se sienta y cuenta cuentos;[89]
falsedad dice con engaño, la pluma de su lengua describe el mal.

 

¿Fue mi falta que a Ida le gustaran los cazadores?[90]
Imposible esperar lealtad de mujer infiel consigo misma.

 

Me ataca y me provoca con el veneno de su largo discurso,
pero muy raras son la puta casta o la mujer pacífica.

 

O bien disfruto justamente del soberano del cielo, o bien ha de verse como un crimen
algo que la providencia del destino ha hecho necesario.»[91]

 

 

 

 

 

 

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Post aquile raptus, post dulce nefas puerile,
Hebe rapta sibi flet pocula Juno cubile.

 

Juno tamen non ausa palam spirare dolorem,
Suscitat in litem Hebem, spondetque fauorem.

 

Rethoricis illam documentis ante figurat,
Emula verba docet, puerum quibus intus adurat.

 

A domina discit cause vernacula partes,
Quos sermone modos, quos gestiat anibus artes.

 

Curia contrahitur et ludicra membra reuoluit,
Cum mediis Hebe pacem petit ora resoluit.

 

Ora rubet uultusque color sua uerba colorat,
Effarique rubet et iam rubor ipse perorat.

 

«Inmortale genus, eterni Paridis imago,
Nature pretium, nature prima propago,

 

Vos ego qui premitis iniustos iure beato,
Iustos iura precor, det iura queror violato.

 

Illa ego sum pincerna Iovis dum gratia fauit,
Quam Iovis [?] qua[m] sanctio vestra beauit.

 

In mea iura uenit hospes nouus, unicus hostis.
An sileam, puere? Sed quid? Vos omnia nostis.

 

Hic Phrigius Troieque nefas irrupit in astra,
Et super celos fundauit Troiea castra.

 

Hic agitat lepores lepus, iste suumque leporem,
Et pulpamenti celo spirauit odorem.

 

O nova preda puer, o rerum predo mearum!
An raptus rapere venisti iura dearum?

 

Vindictam sed fata parant ut Delie suades.
Troia ruit, meritasque dabit sibi femina clades.

 

Inseruit thalami iam noster pusio uotis,
Iam sibi terra polus signantur nomine dotis.

 

O domus! o sedes virtutis et inscia luxus!
In te postuma lasciuit Troica buxus.

 

Hic flexu lateris, humero, pede gesticulatur,
Virtus pulsa loco longe sedet et lacrimatur.[92]

 

Inducit uultum crispatque comas calamistro,
Pullulat in multis scelus, hoc Ganimede magistro.

 

In facie mille fouet argumenta malorum,
Hoc incentivo caueat sibi quisque deorum

 

Ve maris et terre ve celi numina mille.
Nupsit in astra puer, puer impurus, puer ille,

 

Quem uocitat rex Dardanum de luce nepotem;

Sollicitat Phrigium uere de nocte nepotem.

 

Sed taceo pincerna Iovi quod luce propinat.
Hoc fabor: quis pincernam de nocte supinat?

 

Iam, superi, natura rubet, materque benigna,
Vos lacrimis orat, sit criminis ultio digna.

 

Hoc Juno rogat, hoc Pallas, hoc queque dearum,
Ut maturetur sententia celicolarum.»

 

Finierat. Serpit murmur feriusque tumultus,
Sed puer exsurgit, meruitque silentia uultus.

 

Nox abiit, sequiturque dies. Ut uincere Phebem
Phebe soles, Ganimedis honor sic preuenit Hebem.

 

Sideris huius honus gaudet qui sustinet Atlas,
Et sentit pro quo suspiret femina Pallas.

 

Jacincti Phebus et Siluanus Ciparissi;
Adonis memor est Venus: hoc decus infuit ipsi.

 

Mars ut in amplexu lasciuis patrat ocellis,
Suspiratque uidens teneris oscilla labellis.

 

Pertemptantque Iouem tache sua gaudia; credit[93]
Se magis esse deum quod in hoc sibi gratia cedit.

 

Euocat a pedibus oculos ut Dardana proles;
Est uisus geminos celo diffundere soles.

 

Ipse decor ueniam siquidem peccauerit orat,
Pro quo suo domino facies et forma perorat.

 

Mens rebus ut puero puerili mota stupore;
Gratia uerborum tenero distillat ab ore.

 

«Dardanus hic pater est, hic linea tota nepotum,
Et Teucri genus est hoc inter sidera notum.

 

Quid feci? Non inieci mea brachia celis.
Non rapuit, sed iter docuit comes ille fidelis.
[94]

 

Inquit enim te cena louis, te curia diuum,
Te celi te fata iuuant super ethera uiuum.

 

Accessi decus hoc datum, hoc fruor, hoc ego plectar?
Quod turpem dare turpe fuit quod misceo nectar?

 

Turpis anus maurique manus, muliercula talis
And decuit quod uerna fuit mense Iovialis?

 

Sic tibi sim quicquid uis, dum sit Jupiter idem.
Nuper fellat homo; crissauit femina pridem.

 

Qui nomen sexus agitant sine nomine fultum,
Committunt folles, et cudet fulmen hiulcum.

 

Respicias astra die an sit luna fecunda?
Et rubeas quotiens rubri maris estuet unda?

 

In fauea uulpis mulier sedet et noua fingit,
Ficta loquendo dolis lingue stilus acra pingit.

 

Crimen erit mihi quod placuit uenatibus Yda?
Nil fidei seruit mulier sibimet malefida.

 

Incitat, irritat me uerbi felle loquacis,
Sed rara est casta meretrix et femina pacis.

 

Aut duce virtute celo fruor, aut scelus esse
Constet quod fati series facit esse necesse.»

 

 

 

 

 

 

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«El clero casado» (Traducción y texto)
(Nos uxorati, siglos XII o XIII)

 

Nosotros, el clero casado, hemos nacido para que todos se burlen de nosotros,
nos ridiculicen y nos critiquen.

Si un hombre sin culpa señala los delitos ajenos,
los censurados pueden con paciencia soportar la reprobación;
[pero] los que atacáis nuestros pecados, miraos a vosotros mismos.[95]

Dejadnos tranquilos y corregios vosotros, ¡sodomitas!

Redactáis duras leyes, promulgáis amargas disposiciones
y nos hacéis en general la vida imposible.

Negáis que es correcto tocar el lecho de mujer
y consumar el rito del matrimonio en la cámara nupcial.

Pero es derecho natural de un hombre gozar de su mujer.

Así hemos nacidos todos, así nos multiplicamos,
así cada generación sigue a la precedente.

Así sobrevive la especie humana en su búsqueda de perpetuidad.

Esta respuesta tiene correctamente en cuenta las leyes de la naturaleza:
si nadie se propagara, si nadie procreara,
todo llegaría a un fin; el mundo se acabaría.

El coito precede al nacimiento, como la mujer preñada al hijo al que da a luz.

Ninguna mujer concebiría si ningún hombre la fecundara.

A mi juicio, la opinión correcta
sostiene que el pecado natural del lecho [nupcial]
es más venial que el pecado contra natura.

Aplaudo lo que hacen las prostitutas cuando eso las lleva al nacimiento,
y a cualquiera que alimente el fruto nacido de su semilla.

Condenada sea la semilla de la que no se sigue descendencia,
que en vano fluye y nada útil produce.

Vil y peligrosamente pecas e intrigas para destruir
en vano lo que, rectamente utilizado, produciría vida.

No desperdiciéis el material que a la procreación sirve.

Hombre a medias, libertino, robas las alegrías de la prostituta:
en verdad te digo que obras como asesino.

Ningún estúpido animal es atraído al mal;[96]
la lujuria de ninguna criatura acostumbra abusar de su semejante.

La gama se somete al gamo; dominada, la cabra se une al carnero;
la osa se aparea con el compañero a ella adecuado.

El resto de los animales se aparea de acuerdo con la ley de la naturaleza,
[pero] a vosotros os arrastra un deseo que toda la naturaleza aborrece.[97]

 

 

 

 

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Nos uxorati sumus ad ludibria nati,
Obprobrioque dati, cuiuslibet ore notati.

Vir qui sorde caret, si sordida facta notaret,
Equa mente pati possent maledicta[98] notati.

Qui nostras mordes proprias circumspice sordes.

Tangere nos uita et corrigere sodomita.

Iura seuera paras. Leges decernis amaras,
Et nimium duris nos conditionibus uris.

Esse negas rectum muliebrem tangere lectum,
Et thalami ritum nupte complere maritum.

Naturale uiri ius est uxore potiri.

Hinc omnes nati sumus, hinc et multiplicati;
Sic precedenti gens instat postera genti.

Sic hominum durat series, qui soluere curat.

Legem nature notat haec responsio iure:
Si generaret
[99] nemo, res in fine supreme
Quo pacto staret mundus, ni vir generaret.

Ortum precedit coitus; que feta quem edit.

Non concepisset mulier ni uir generasset.

Hoc intellectum mea censet opinio rectum
Qui naturalem lecti culpam uenialem
Amplius esse putat quam quod natura refutat.

Laudo quod scortum quod… [?][100] ducit ad ortum,
Quodque suo ductum nutrit de germine fructum.

Semen dampnetur quod proles nulla sequetur,
Quodque fluens gratis nil confert utilitatis.

Turpiter et dire peccas, cogisque perire,
Quod recte fusum uite prodiret inusum,
Materiam proli generande tollere noli.

Semiuir et mollis scorto sua gaudia tollis,
Certa dico fide tibi inest homicide.

Huius cura mali bruto non est animali.

Nullius bruti socio solet ardor abuti.

Ceruum cerua subit, capro capra subdita nubit;
Subiacet ursa pari cui debet mixta iugari.

Cetera nature coeunt animalia iure,
Te uitium torret natura quod omnis abhorret.

 

 

 

 

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«Ganimedes» (¿Siglo XIII?)

 

Ojos, cuello, mejillas, rizos de dorado pelo:
éstas eran las llamas de Jove por su Ganimedes.
Cuando Júpiter buscaba darse un pequeño [placer] con el muchacho,
el dios ordenó que todo fuera lícito con un muchacho.
Ajeno a la preocupación del mundo y a los rumores de los dioses,
a la lengua de su afrentada esposa y al cielo,[101]
se llevó al efebo ilíaco a los cielos, una estrella a las estrellas,
y finalmente hasta creyó que era un dios,
de modo que el muchacho pudiera darle placer por el tacto y por la vista.
A la luz del día llevaba a Jove su copa; por la noche, besos.[102]

 

«Triángulo» (¿Siglo XIII?)

 

Grecino amaba a un muchacho, una moza amaba a Grecino,
y el muchacho sólo a la moza amaba.

Grecino la empujaba hacia el muchacho,
que al hombre terminó por rendirse,
y tanto el hombre como el mozo tuvieron lo que querían.[103]

 

Arnaldo de Vernhola
Confesión (1323)

 

Cuando se le preguntó si alguna vez había dicho a alguien que creía que la sodomía fuera un pecado menor que la simple fornicación con una prostituta, y particularmente si a alguno demostrara que esto estaba escrito en el derecho canónico, respondió que no a ambas preguntas.

Cuando se le preguntó si había afirmado o si creía que, puesto que su naturaleza lo impulsaba a satisfacer sus deseos con un hombre o una mujer, no era pecado tener relaciones con hombres o mujeres, y [si creía que esas relaciones] eran ligeras o veniales, respondió que, aunque él pensaba que su naturaleza lo inclinaba al pecado de sodomía, siempre lo había considerado un pecado mortal, pero que pensaba que era lo mismo que la simple fornicación, y que la inicua desfloración de una virgen, el adulterio y el incesto eran pecados mucho más graves que el pecado de sodomía (conocimiento carnal de hombres por hombres). Y se lo había dicho a Guillem Ros, el hijo de Peter Ros de Ribouisse, y a Guillem Bernardi, el hijo de John Joch de Gaudiès, con quien había cometido el pecado de sodomía. Pero no se lo había dicho a nadie con la finalidad de inducir el consentimiento de un acto que de otra manera no hubieran [cometido]. Dijo a Guillem Ros que el pecado de masturbación era igual al pecado de simple fornicación: era igual en gravedad, decía […] si el pecado de masturbación se cometía deliberada e intencionalmente.

Cuando se le preguntó si le había dicho a alguien o creía que, como subdiácono, podía absolver sacramentalmente a alguien que le confesara pecados mortales, y que esa persona quedaba efectivamente limpia de todos sus pecados y no tenía por qué confesar otra vez los mismos pecados a un sacerdote, respondió que era cierto que había dicho a ciertas personas que él podía absolverlas de sus pecados, y que había absuelto así a algunas al oírle sus confesiones, incluso de pecados mortales, sin indicarles que confesaran los mismos pecados a un sacerdote […] Sin embargo, nunca había creído que pudiera absolver a nadie de pecados mortales que a él le fueran confesados sacramentalmente […] pero había dicho esas cosas y oído las confesiones a fin de oír qué pecados habían cometido aquellos que se confesaban con él…

Cuando se le preguntó si había dicho a alguien que celebraría misa, o si realmente dijo misa o había vestido las ropas sacerdotales para decir misa, y si creía que al celebrar la misa podía convertir [el pan y el vino] en cuerpo y sangre de Cristo, respondió que en verdad había dicho a algunas personas que había celebrado misa y que era sacerdote, pero que no lo había hecho en realidad, ni creía que, sin ser sacerdote, pudiera hacerlo.

Cuando se le preguntó si había cometido el pecado de sodomía con alguien más, ya sea con las personas mencionadas o con otras o en otros lugares, además de los que había confesado, dijo que no.

No dijo nada más de interés, aunque fue diligentemente interrogado.

Cuando se le preguntó si lamentaba haber creído y afirmado y enseñado estos errores en cuanto le fue posible, llevando a los demás al error, y si deseaba abjurar de esos errores, dijo que sí…[104]

 

 

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Nota del grupo: La reproducción de este texto que aquí exponemos tiene finalidad netamente académica, no persigue fines de lucro, ni fomenta la piratería, todo lo contrario: al poder citar al autor desde su original se evita el plagio y se propicia que en la investigación académica se conserven las ideas del autor lo más próximas al original posible. Invitamos al lector a conseguir la edición original impresa, así apoyará al autor y a la editorial, y constatará la fidelidad de esta digitalización.



[1] Καθυβριστέον, juego de palabras sobre los diversos sentidos de ύβρις y sus derivados. Este pasaje está lleno de recursos paronomásticos, la mayor parte de los cuales son intraducibles.

[2] Juego de palabras, casi seguramente intencional, sobre el doble sentido del término κόρος en κατακόρως, «extremadamente». Κόρος significa al mismo tiempo «muchacho» y «exceso».

[3] Probablemente, aquí «adulterio» (μολχεία) tiene un sentido más amplio que las connotaciones modernas del término: véase cap. Las Escrituras y Ap. I. No obstante, se diferencia de πορνεία (promiscuidad extrema o mercenaria), tanto aquí como en otras obras de la literatura de este período.

[4] Esto es, Bernabé y sus seguidores.

[5] Cf. Aristóteles, Historia animalium, 6. 32.

[6] O bien, «y tratan de fecundar niños».

[7] Πέριττος; la misma palabra se usa para el «superfluo» que antecede.

[8] Esto y «coito mutuo» parecen reflejos del disgusto de Clemente ante la idea de una mujer que desempeña un papel activo en el coito heterosexual.

[9] Sólo lo segundo deriva realmente de Éxodo, 20: 14, a pesar de la engañosa cita de le Nourry en la edición de PG. Lo tercero es una pura invención de Clemente: ni en el Antiguo Testamento ni en el Nuevo aparece Παιδοφθορία.

[10] Otro juego de palabras sobre ύβρις que en su sentido ático original, sentido que se conserva aquí inicialmente en el análisis de Sodoma, se refería a la violación, pero que Clemente, por analogía con la semilla «inútil» (καθυβριστέον) extiende a toda sexualidad no procreadora.

[11] Clemente creía que Platón había leído el AT; véase supra, pp. 167-168.

[12] Πταίουσι περί τό κατά φύσιν. Normalmente, esto se leería «Cayeron en lo natural», sobre todo si se tiene en cuenta cómo el propio Clemente usa τό κατά φύσιν sólo muy poco antes con el significado de «lo natural» en posición a «lo no natural [o antinatural]». Posiblemente mantenga aquí su significado, en cuyo caso, o bien a) περί debería tomarse como «fuera de» o «más allá de» (una lectura algo inusual, que daría a la frase el sentido de «cayeron fuera de lo natural»); o bien b) Clemente emplea «natural» en dos sentidos incompatibles, uno positivo y otro negativo. Es evidente que la disposición «natural» del aparato sexual de la hiena, tal como él lo entiende, es deplorable, pero no inconcebible.

[13] Platón, Las Leyes, 8. 912; cf. análisis en Introducción.

[14] Lev., 18: 22. La siguiente cita («Abstente también...») es una paráfrasis de Las Leyes Platón y no aparece en la Biblia.

[15] Lev., 18: 20, KJV. La edición LXX da, literalmente, «You will not give to your neighbor’s wife the intercourse of your seed, to defile yourself with her», lo que debería entenderse como una proscripción un poco más limitada (esto es, sólo relativa a la ilegitimidad, no a todo placer erótico extramatrimonial). Cf. la versión JB: «You must not give your marriage bed to your neighbor’s wife; you would thereby become unclean». Clemente cita incorrectamente el texto griego, pues lee σπέρματος, του εκμιανθηναι en lugar de σπέρματος σου εκμιανθηναι.

[16] Obsérvese que aquí, y en todo este tratado. Clemente da por supuesto que los varones a quienes escribe están casados.

[17] Texto en PG, 8: 497-505. Una traducción decimonónica de esta obra en el vol. 2 de The Ante-Nicene Fathers, ed. Alexander Roberts y James Donaldson, Edimburgo, 1885, fue objeto de amputación al traducir al latín los pasajes que aludían abiertamente a la homosexualidad; mucho mejor es la traducción de Simon Wood, Christ the Educator, en vol. 23 de la serie The Fathers of the Church, Nueva York, 1954. Para un análisis de este documento, véase esp. supra. cap. Tradiciones teológicas, pp. 166-168.

[18] Esta desgraciada frase (η κατά των αρρένων μανία) podría significar «locura por los varones», pero no cabe duda de que se trata de un esfuerzo de Crisóstomo por salvar la ausencia en griego de una expresión equivalente a «conducía homosexual»; está claro que su intención es referirse con ella también a las relaciones entre hombres, aunque literalmente se referiría necesariamente a mujeres heterosexuales.

[19] Véase In Epistolam ad Titum, 3. 5. 4, PG, 62: 693.

[20] La introducción de la idea de prostitución en una exposición de las relaciones sexuales evidentemente no mercenarias no es en absoluto insólita, ni en las diatribas sexuales antiguas ni en las modernas. Y no sugiere ningún empleo inusual de ηταιρηκώς.

[21] Véase supra, Tradiciones teológicas, pp. 183-184. Texto en PG, 60: 417-422. En el vol. 11 de The Nicene and Post-Nicene Fathers, primera ser., The Homilies of Saint John Chrysostom, Oxford, 1841, puede hallarse una traducción decimonónica algo ampulosa.

[22] Es probable que Crisóstomo se refiera a las leyes de protección de menores.

[23] ‘Υβριζομένων παίδων. Todo este pasaje parece referirse a la seducción de muchachos, aunque el sentido de παις, como ya se ha observado, debe considerarse con prudencia.

[24] Véase supra, cap. Cristianos y cambio social, pp. 158-160. Texto en PG, 47: 360-362. Una traducción latina acompaña al texto griego, y hay dos versiones francesas, una en Saint Jean Chrysostome: œvres complètes, ed. M. Jeannin, Bar-le-Duc, 1874, vol. 2, y otra, de P. E. Legrand, Saint Jean Chrysostome: contre les détracteurs de la vie monastique, París, 1933.

[25] Es evidente que aquí esta palabra se usa con el sentido de «coito anal», pero como ésta es una construcción imposible de sus partes constitutivas y como su significado tiene cierta importancia, me he abstenido de traducirla y dejo que el lector infiera del contexto su exacto sentido. Que no se refiere a la actividad homosexual en general es evidente porque: a) se analizan por separado otros tipos de actividad homosexual (por ej., la masturbación mutua y la seduccción de muchachos), y b) la misma palabra se emplea luego para referirse a las relaciones entre marido y mujer.

[26] Τό μέντοι της αρσενοκοιτίας μυσος πολλοί καί μετά των γυναικων αυτων εκτελουσιν. Esta frase parece impedir por completo la interpretación de la palabra como una referencia al coito homosexual. Sin embargo, el prejuicio puede imponerse a la deducción, como resulta evidente en la absurda traducción al latín que se da de ella en el volumen de PG, Scelus quidem masculorum concubitus multi etiam cum mulieribus ipsis perficiunt («Muchos hombres cometen incluso el pecado de acoplamiento masculino con sus propias mujeres»).

[27] O bien, «sin terminar el trabajo»: τό δέ έργον ουκ ετέλεσε.

[28] Véase análisis supra, en pp. 133 y 375. Este penitencial, uno de los primeros en griego, se ha atribuido tradicionalmente a Juan el Ayunador («Jejunator»), patriarca de Constantinopla desde 582 a 595, cuyo nombre aparece en diversos manuscritos de la obra. Aunque esta atribución ha sido vigorosamente discutida (no sin razón), aún no ha sido posible una solución al problema y la opinión erudita sobre el tema va desde la aceptación de la autoría de Juan, a la hipótesis de que su redacción data del siglo X. En Emilio Herman, «Il più antico penitenziale greco», Orientalia Christiana periodica, 19, 1953, pp. 71-127, puede encontrarse un resumen complejo de los diversos puntos de vista. Para el texto, tal como se cita, véase PG, 88: 1893-1896. No hay traducción inglesa. Y la traducción latina que se ofrece en la edición PG es particularmente libre y engañosa.

[29] O bien, «los que se han movido hacia el trasero» –lectura más literal de la expresión in terga praelapsi sunt–, pero esto parece incoherente con la terminología eufemística que caracteriza la epístola.

[30] Véase supra, cap. La resurreción urbana, pp. 235-236. Texto en Mansi, 19: 685-686. La gran complejidad del texto latino, típica de las cartas pontificias, se refleja en la traducción algo torpe.

[31] El texto señala animalibus en lugar de animabus.

[32] Esto es, Troya, el Ponto, Galacia, Libia, Panfilia, Isauria, Licia y las imponantes islas de Quíos y Mitilene.

[33] O, tal vez, «el último año».

[34] Traducido a partir de PG, 131: 565-568. Véase supra, cap. Cambio social, pp. 279-300.

[35] El texto dice Desine castellum, si vis retinere citellum. No hay traducciones inglesas de la poesía de Marbod, ni tampoco edición crítica. Los tres poemas que aquí se traducen han sido tomados de PL, 171: 1635, 1717-1718. Véase, cap. El triunfo de Ganimedes, pp. 268-271.

[36] Aquí se han omitido dos versos; son difíciles de traducir satisfactoriamente en inglés y no agregan gran cosa al poema.

[37] Cf. Dronke, Medieval Latin, 2: 341, núm. 2a, vv. 15-20: Gaudet lamentis, /gaudet querelis, / ridet et ex[an]gues / miseros amantes, / ridet et precordia / trahere suspiria.

[38] Véase Tácito, Anales, 15. 21. 4: «Hay virtudes que son odiosas: la rigidez que nunca cede, el rigor del alma que nunca se abandona al favor».

[39] En la edición PL este poema se titula Satyra in amatorum puelli sub assumpta persona («Sátira sobre el amante de un muchacho con identidad supuesta»), pero no parece probable que Marbod intentara realmente satirizar más al amante que al muchacho, y no hay ninguna «identidad» supuesta. El consejo del final parece representar claramente la opinión sincera del propio Marbod.

[40] Yo leo es nescius (con Herkenrath), y no sed melius, como reza la edición Champollion-Figeac.

[41] Aquí faltan dos versos; el primero no figura en el manuscrito, lo que comunica ambigüedad al otro (Qui sit pulcris ex pudiciciae).

[42] Quizás Hilario conociera el relato, incluido en la Fedra de Séneca.

[43] Gen., 39:7 ss. Dronke traduce únicamente esta estrofa. Los números de los poemas corresponden a los textos de Hilarii versus et ludi, ed. Champollion-Figeac, a partir de los cuales se ha hecho la traducción, y que resultan más fieles al manuscrito que la edición Fuller, de la que se ha criticado tanto la interpretación como la edición propiamente dicha. Véase supra, cap. El triunfo de Ganimedes, p. 270.

[44] Como Fuller, yo leo nequit y no nequid. Trask, al traducir el verso en Curtius, European Literature, p. 116, ofrece Save-protesting chastity jars with forms so fair! Sólo traduce las estrofas 2 y 6.

[45] Juego de palabras entre anglicus y angelicus, copiado sin duda de Beda (supra, cap. Tradiciones teológicas, n. 35, en p. 487).

[46] Esta estrofa fue traducida en una nota a pie de página en Dronke, p. 218.

[47] Esto es, si pudiera yo dejar mi «Dido» por ti, como otros hombres dejan una mujer por otra. El latín es tortuoso.

[48] Ezeq., 16: 49. He traducido al inglés muchas citas bíblicas de Pedro Cantor, pues sus pasajes a partir de la Vulgata descansan muchas veces en peculiaridades del latín que no aparecen en las traducciones inglesas hechas a partir del hebreo o del griego. En los casos en que la KJV se adapta al latín, la he usado, con la indicación [KJV].

[49] Presumiblemente homosexualidad, aunque –lo que es asombroso– la descripción bíblica inmediatamente anterior de los pecados de los sodomitas no menciona ninguna clase de comportamiento sexual.

[50] «Andrógino»: la confusión o la fusión de los conceptos y la terminología propias del hermafroditismo y de la homosexualidad es muy antigua. Aunque hubo de renacer en los siglos XIII y XIV a medida que declinaba la conciencia de los gays (véase, por ej., el retrato de Dante de los «sodomitas», en Purgatorio, 26. 82, que gritan «Nostro peccato fu ermafrodito»), este tipo de inexactitud era raro en la época de Pedro Cantor, en que la familiaridad general con los gays y el vivo interés científico por los hermafroditas hicieron posible que distinguieran entre ambas categorías incluso quienes se oponían por igual a ambas. El interés en los aspectos médicos del hermafroditismo era común en la ciencia islámica del medioevo temprano (véase, por ej., Albucasis, On Surgery and Instruments, 70. 454-455); Maimónides dedicó elaboradas especulaciones morales a la posición y las obligaciones de los hermafroditas; véase The code of Maimonides, Book 4: The Book of Women, trad. Isaac Klein, Yale Judaica Series, núm. 19, New Haven, 1972, pp. 13, 14, 26, 303-305, 349, 493. Sin embargo, Pedro Cantor fue uno de los pocos escolásticos que comentó los aspectos morales del hermafroditismo en oposición a la homosexualidad. Este autor suponía que mientras que lo primero era una «condición» no susceptible de culpabilización, lo segundo representaba una elección voluntaria. Esa distinción fue apoyada por algunos teólogos modernos, pero hubo de ser rechazada por Tomás de Aquino, para quien la homosexualidad era congénita.

[51] «El (la)» se emplea aquí para sugerir la ambigüedad respecto al sexo del hermafrodita, que Pedro Cantor consigue mediante el uso de los verbos latinos sin sujeto prenominal expreso.

[52] El texto reza et en lugar de ut.

[53] Alternitatis: obsérvese las semejanzas con el horror de Juan Crisóstomo ante la inversión del papel sexual.

[54] Pedro Cantor ofrece referencias capitales para algunas de las citas bíblicas, pero sin números de versículo (que en su época aún no estaban sistematizados). Las he agregado entre corchetes; cuando no se dan es porque el pasaje resulta imposible de identificar debido a la falta de cuidados de Pedro Cantor en la trascripción.

[55] Sobre Sardanápalo, rey de Asirla, véase Plutarco, Moralia, 336c; Clemente de Alejandría, Paedagogus, 3. 11. etc.

[56] Véase la Vulgata: Adolescentibus impudice abusi sunt, et pueri in ligno corruerunt (Lam., 5: 13). La edición LXX trae ’Εκλεκτοί κλαυθμόν ανέλαβον καί νεανίσκοιέν ξύλω ησθένησαν. Es evidente que ’εκλεκτοί es una lectura errónea del hebreo «bachurim» («jóvenes») como «bachirim» («elegido»). La versión KJV es más fiel al hebreo: «They took the young men to grind, and the children fell under the wood». En hebreo y en griego no cabe duda de que se alude a alguna clase de trabajo forzado; sólo en latín es posible la insinuación sexual.

[57] Pedro Cantor altera aquí la Vulgata mediante la inserción de las palabras vel post ostium para hacer eco al Gen., 19: 6. Cf. la KJV.

[58] Así, la Vulgata: Puerum posuerunt in prostibulo. Probablemente no sea éste el sentido en hebreo, pero Pedro Cantor no podía saberlo.

[59] Verbum abbreviatum, 138, texto en PL, 205: 333-335. Para la última cita, véase supra, cap. Cristianos y cambio social, pp. 149-150.

[60] Laguna en el manuscrito.

[61] El nombre no figura en el original. En la Edad Media era común que se dejara un espacio en blanco para el nombre, sobre todo si luego se publicaba y se difundía profusamente un poema personal.

[62] Véase supra, cap. El triunfo de Ganimedes, pp. 271-272. Tomado de la conocida colección de poemas Carmina Burana, hallada en un manuscrito monástico originario de Benediktbeuern. Este poema (probablemente del siglo XII), aparece en fols. 52v-53r y en su edición original del manuscrito lo publicó Schmeller. Sin embargo, no se reimprimió en ediciones posteriores de Carmina Burana, ni siquiera en la edición de Schmeller de 1894. Esta traducción se realizó a partir de la edición, mucho mejor, de Otto Schumann, «Über einige Carmina Burana», ZFDA, 63, n. 45, 1926, pp. 81-99. Algunos estudiosos intentaron eliminar la naturaleza evidentemente homosexual del poema: véase comentarios de Schumann, esp. pp. 92-95.

[63] Texto en A. Krarup, ed., Bullarium Danicum, n. 208, Copenhague, 1932, 1: 178. Véase supra, cap. Cambio social, pp. 312-314.

[64] Cf. Ovido, Metamorfosis, 9. 736. No se sabe quién es el autor de este poema. El texto lo publicó por primera vez Wattembach, y Lenzen realizó un esfuerzo por dar a luz una edición crítica (que contenía muchos manuscritos descubiertos con posterioridad a la edición de Wattenbach). Curtius hace una breve mención del poema en European Literature, p. 116, n. 26; Raby, en Secular Latin Poetry, 2, pp. 289-290, se refiere al mismo con mayor extensión. La tradición manuscrita se analiza en Walther, Das Streitgedicht, p. 141, n. 2; Wattenbach, pp. 126,135-136; e Ingeborg Schröbler, «Zur Uberlieferung des mittellateinischen Gedichts von “Ganymed und Helena”», Unterscheidung und Bewahrung: Festschrifr für Hermann Kunisch zum 60. Geburtstag, Berlín, 1961. Se pueden hallar más comentarios en Karl Praechter, «Zum Rhythmus Ganymed und Helena», ZFDA, 43, n.s., núm. 31, 1899, pp. 169-171; Charles Langlois, «La littérature goliardique», Revue bleue, 51, 1893, p. 174; y en Walther, Das Streitge-dicht, pp. 141-142. La presente traducción se realizó a partir del texto editado por Lenzen, pero modificado sobre la base de las lecturas de Houghton Library, MS, Lat., 198.

[65] Esto es, Ganimedes y Helena; véase supra, cap. El triunfo de Ganimedes, pp. 273-274.

[66] Obsérvese la discrepancia entre este verso y el núm. 26.

[67] Lenzen prefiere «Júpiter» (Iovem) a «Mane» sobre la base de la lectura de D (Berlín, Staatsbibliothek Diez B Sant, 28), pero parece muy poco probable en vista del v. 105. Júpiter se mantiene del lado de Ganimedes hasta el verso 258.

[68] Topos favorito de la literatura posterior (por ej., Lorenzo Valla, De voluptate. Cf. el soneto 11 de Shakespeare: «Que los que no han sido formados por la Naturaleza para renovarse, los de trazos duros, deformes y groseros, mueran. Repara en que ella te ha concedido más que a los mejor dotados; debes recompensar generosamente ese don generoso. Tallado por ella para servirle de sello, y queriendo, por consiguiente, que dejaras más huellas de tu persona, no permitas que perezca el ejemplar». [Trad. cast. de Astrana Marín].

[69] Thais es una prostituta arquetípica de la literatura latina; véase Dronke, Medieval Latin, 2: 496, nota al verso 2. Cf. Marcial, 6. 93 (que Dronke no cita). Para Sabina, véase Lenzen, p. 182 nn.

[70] Obsérvese que Apolo ha sido identificado previamente como partidario del bando de Helena (verso 103). Esta es una de las diversas dificultades de los versos finales.

[71] Lenzen y, en menor medida, Schröbler, pasan por alto la importancia de varios aspectos originales del manuscrito de Houghton (H). Sin embargo, todo el mundo coincide en que no hay manera de datar con precisión este manuscrito, y la tradición es tal que no se puede mostrar que tenga ninguna relación particular con otras copias que han llegado hasta nosotros (Lenzen, p. 166). Por otro lado, ésta es la única copia que no forma parte de una colección y, curiosamente, está escrita en un trozo de pergamino que no podía haber pertenecido a un volumen mayor, pues ha de desplegarse vertical y no lateralmente. Contiene dos versiones del verso final escritas por la misma mano, lo que sugiere que, o bien el escritor compuso el poema y cambió luego de opinión acerca del último verso, o bien que tuvo ante sí dos versiones del mismo. La segunda es la misma que se encuentra en otras copias, pero la primera parece un comentario más revelador sobre el autor (véase supra, cap. El triunfo de Ganimedes, n. 62 para ambas lecturas; Lenzen no toma en cuenta la variación). Entre el verso 244 y el 245 de Lenzen hay un espacio de seis versos. En todo el poema los interlocutores están indicados al margen con «G» y «H», y una «G» en este espacio indica que cuatro de los versos que faltan habrían sido de Ganimedes. Los otros dos serían los dos primeros de una estrofa de Helena que probablemente se complete en los versos 245-246 de Lenzen. Tal como aparece en otras copias, el poema consiste por entero en estrofas de cuatro versos, salvo la núm. 61, que tiene seis. Schröbler (p. 330) se inclina a pensar que eso no es tan raro, pero no cita ningún otro ejemplo de poesía de esa época que presentara una única estrofa con mayor cantidad de versos. Lenzen deja abierta la posibilidad de que falten versos (p. 163). Si H representa el autógrafo, como su forma extraña y su final expandido pueden llevar a suponer, el autor intenta claramente dar un argumento más tanto a Ganimedes como a Helena, y al poema le falta tanto la respuesta de Ganimedes al argumento de Helena sobre la «pérdida de la lágrima de Venus» y su explosión final, que presumiblemente termina la discusión (el ibi fit iactura de la línea 245 sólo sería una referencia a este argumento, fuera el que fuese). Schröbler sugiere que el escriba de H pudo haber pensado simplemente que la estrofa de seis versos constituía un error de un copista anterior y haber dejado lo que consideraba el espacio adecuado para una corrección. Pero esta explicación no tiene en cuenta el final suplementario. Hace falta un estudio textual y un análisis paleográfico más detenidos; es posible que aún se descubran más manuscritos.

[72] Cf. Cambridge University, Gonville y Caius College, MS 385/605, (siglo XIII):

 

Quam male peccauit sodomita ruina probauit.
Comprobat esse reum sulphur et ignis eum
Fetor fetori fit pena; calorque calori;
Talibus est talis congrua pena malis.

 

Los mismos versos se encuentran en un manuscrito del siglo XIV que ahora se halla en la Bodleian Library, Oxford, MS, Laud Misc. 2, fol. 5v.

[73] Texto en BN, MS 15155, editado en Hauréau, Notices et extraits de quelques manuscrits latins de la Bibliothèque nationale, París, 1892, 4: 311-312. Para un comentario histórico de este poema, véase supra, cap. Cambio intelectual.

[74] 1) París. 2) Oxford, MS Laud Lat. 86, fols, 94v-95r (no 96, como afirma Dümmler, infra), que Walther (Initia carminum, núm. 15159), ha datado en el siglo XIII, pero el catálogo bodleiano en «12/11/13»; editado por Ernst Dümmler, «Zur Sittengeschichte des Mittelalters», ZFDA, 22, n.s., núm. 10, 1878, pp. 256-258. (Dümmler afirma erróneamente que en el verso 6 de este manuscrito, falta «homo»; en realidad, está escrito ligeramente.) 3) Reims, 1275, fol. 190v. datado por Walther en el siglo XIII, publicado por W. Wattenbach, «Beschreibung einer Handschrift der Stadtbibliothek zu Reims», en Neues Archiv der Geselleschaft für ältere deutsche Geschichskunde, 18, 1892, pp. 519-520.

[75] Walther no data el manuscrito de París (Initia carminum, núm. 14013), pero se encuentra en un manuscrito del siglo XIII que contiene mucho material del siglo XII.

[76] Bayerische Staatsbibliothek clm 6911; véase supra, cap. El triunfo de Ganimedes, notas 75 y 76.

[77] Versos 11-12 de la versión de Oxford, 5-6 de la de Reims: In sterili tena semen radice careret, / Nec faceret fructurs, sed semper inane iaceret. Si se considera como original la copia de París y se le agregan estos versos tras el 14, el poema tiene un máximo de veinticuatro versos, dispuesto de la siguiente manera:

 

París

Oxford

Reims

Munich

Leipzig

1

1

1

1

2

2

2

2

3

3

4

4

5

5

7

7

6

6

8

8

7

7

9

8

8

10

9

10

11

12

13

9

3

3

14

10

4

4

11

5

12

6

15

13

11

5

16

14

12

6

17

15

13

18

16

14

19

17

15

20

18

16

21

1

11

22

2

12

 

Obsérvese que esta esquematización no tiene en cuenta las lecturas variantes; todos los versos de contenido semejante se tienen por iguales, independientemente de las variaciones en construcción y puntuación.

[78] Leipzig, Karl Marx Universität, MS. 1019. Un colofón a este poema agrega, Hii versus situentur in [?]. Item lex Julia de adulteriis s. e[t] contra exercentes nefandam libidinem cum masculis. Le siguen cuatro versos que elogian la virtud sacerdotal y que probablemente no guardan ninguna relación con los anteriores, pero que se publican aquí para dar la versión completa:

 

Viri venerabiles, sacerdotes Dei,
Precones altissimi lúceme diei,
Caritatis radio fulgentes in spei,
Auribus papite verba oris mei.

 

[79] Nefas tiene en general un significado algo más fuerte que «indiscreción»; su sentido literal es «innombrable». Pero sería muy extraño que el autor de este poema hubiera querido decir algo de tono tan extremadamente negativo, como resulta patente por el contenido mismo.

[80] Ovidio, Ars amatoria, 3. 662.

[81] Juego de palabras: lepŏrem significaría «liebre», mientras que lepōrem significa «encanto».

[82] Virgilio, Églogas, 8. 49-50.

[83] Virgilio, Eneida, 12. 239.

[84] Ibíd., 8. 141.

[85] Para Jacinto, véase Ovidio, Metamorfosis, 10: 162 ss.; para Cipariso (Ciprés), ibíd., 121 ss., y Virgilio, Geórgicas, 1. 20.

[86] Literalmente, «el nombre del sexo».

[87] Esto es, el amor homosexual y el heterosexual son tan distintos como el sol y la luna.

[88] Aparentemente, este extraño verso significa « ¿Deben ser todas las cosas semejantes a las demás?». (« ¿Tienes que ser tú del mismo color que el mar Rojo?») Esto es, ¿no pueden ser dos clases de amor distinto?

[89] Cf. Bayerische Staatsbibliothek clm 6911, fol. 128: Et sunt heredis custodes ut lupus edis (trad. supra, cap. El triunfo de Ganimedes, n. 75).

[90] Ganimedes fue secuestrado mientras cazaba en el Monte Ida.

[91] Cf. Carmina Burana, Schmeller, núm. 84a: Non est crimen amor, quia, si scelus est amare, / Nollet amore Deus etiam divina ligare («El amor no es un crimen; si amar fuera un crimen, / no uniría Dios con amor incluso lo divino»). Véase también supra, cap. El triunfo de Ganimedes, pp. 268-269. El texto de «Ganimedes y Hebe», inédito hasta ahora, se encuentra en un manuscrito del siglo XIII, actualmente depositado en Munich, Bayerische Staatsbibliothek clin 17212, fols. 26v-27r.

[92] MS: lacrimantur.

[93] Cf. AL, núm. 795: Et se tune tandem credidit esse deum.

[94] MS; “σ” después de docuit.

[95] Cf. Wright, Anglo-Latin Satirical Poets, 2: 209.

[96] Véase Ovidio, Metamorfosis, 9: 731-737.

[97] Del mismo manuscrito que «Ganimedes y Hebe», también inédita hasta ahora. La sintaxis y la estructura poética de este poema son irregulares y erráticas; en muchos pasajes, la traducción es sólo aproximada. Véase análisis supra, cap. La resurrección urbana, pp. 240-242 y cap. Cambio social, pp. 298-299.

[98] MS: madedicta.

[99] MS: generet.

[100] Indescifrable.

[101] Jovem no parece tener aquí mucho sentido, salvo que signifique «cielo», uso consagrado por Cicerón, Horacio, Virgilio, Ovidio y otros escritores indudablemente familiares al siglo XIII, pero que a mí no termina de convencerme. Toda la traducción refleja la torpeza del original.

[102] Texto en AL, núm. 795. El editor data este poema en el siglo XIII sobre la base del manuscrito (Parisinus 3761) en el cual fue encontrado con el poema siguiente (797). Baluze lo atribuye a Hildeberto de Lavardin (cf. supra, cap. La resurrección urbana, n. 106). Cf. Dronke, Medieval Latín, 2: 393.

[103] Del mismo manuscrito, núm. 797 en AL. Cf. supra, Marbod, cap. El triunfo de Ganimedes, n. 19.

[104] Traducido del MS Vaticano 4030, fol. 233r-v, editado en Jean Duvernoy, Le registre d’inquisition de Jacques Fournier, évêque de Pamiers (1318-1325), Toulouse, 1965, 3, pp. 49-50. Véase supra, cap. Cambio social, pp. 304-307.